Capítulo 35
Esa noche, cuando Alma y Romina terminaron de ver un capítulo de uno de los k-drama que Alma veía, se fueron a la cama. Al entrar en la habitación de invitados, Romina cogió la almohada y se fue directa a la cama de Alma. Ella, al verla, sonrió y, divertida, la aceptó.
Veinte minutos después, cuando estaban a oscuras en la cama de Alma, Romina dijo:
—Quería quedarme aquí para pensar con claridad lejos de Roberto y que él pensara también.
Mañana hemos de enfrentarnos a las niñas y lo que digamos ha de salir de nuestro corazón.
Y la verdad, tu terracita bajo el sol o las estrellas, para mí, es un lujo; incluso podría decir que es uno de mis lugares preferidos del mundo.
Alma sonrió. Romina siempre ensalzaba la bonita terraza del ático con hermosas vistas.
—Mi casa es tu casa, como la tuya siempre ha sido la mía —le dijo—. Es más, mañana te daré un juego de llaves para que vengas a pensar siempre que lo desees. A Sugar le harás feliz. Y si algún domingo me traes churros para desayunar, ¡te comeré a besos!
—Eso está hecho —sonrió Romina emocionada.
Durante varios minutos hablaron sobre varios pisos que Romina había visto y quedaron en ir a visitarlos juntas. A Romina le gustaba el ojo de Alma para las casas y necesitaba su opinión.
—Sé que al principio el no vivir con Roberto va a ser duro, complicado, diferente. Llevamos juntos treinta años. Pero también sé que voy a hacer lo correcto.
—Todo cambio cuesta, cielo.
—Lo sé.
—Pero te conozco, y aunque ahora dudes, sé que lo llevarás bien.
—¿Y Roberto?
—Saldrá de esta, como tú.
—¿Tú crees? —preguntó, emocionada—. ¿No crees que nos podemos estar equivocando?
Alma, con cariño, abrazó a su amiga.
—Si os equivocáis o no, no lo puedo saber —susurró—. Pero si tu instinto y el de Roberto os grita que debéis hacer lo que estáis haciendo, hay que hacerle caso. Es vuestra vida. Y nadie mejor que vosotros dos para decidir cómo vivirla.
—Nos queremos mucho, pero como amigos —reconoció—. Y aunque estamos cagados de miedo por el cambio, queremos vivir. Tenemos cincuenta y seis años, nos sentimos jóvenes. ¿Por qué no sentir y disfrutar?
—¿Estás preparada para ver salir al que fue tu unicornio con otra mujer?
—Sí. —En Romina no había un ápice de duda.
—¿No sentirás celos?
—Lo que siento es incertidumbre, porque quiero a Roberto y sé que cuando conozca a otra mujer, hay una parte de él que perderé, como también él perderá una parte de mí.
Pero si algo tenemos claro los dos, y sé que es inamovible, es que nunca nos perderemos como padres y amigos.
Eso nunca lo vamos a permitir. —Alma asintió.
Que sus amigos tuvieran aquello tan claro era bueno; Romina le preguntó—: ¿Crees que volveré a encontrar otro unicornio o me cerraré en banda como tú?
—Eso a Alma le hizo sonreír e, inconscientemente, Saem hizo presencia en su mente.
Era lo más parecido a un unicornio que ella había conocido.
Recordar sus ojos, su mirada, era un bálsamo para ella; Romina insistió—: ¿Por qué estás tan cerrada al amor?
—No estoy cerrada. Simplemente y como dicen los coreanos, nadie me ha creado curiosidad.
Ambas sonrieron. Aquello de «la curiosidad» era muy de los doramas que veían.
—Pero ¿lo buscas? —quiso saber Romina.
—El amor no se busca —respondió, tratando de alejar de su mente al hombre que le desbocaba el corazón—. Se encuentra. Otra cosa es el sexo...
—Dudo de que yo pueda buscar sexo con esa frialdad con que lo hacéis Nuria y tú. No sé si seré capaz de echar un cuchi cuchi con alguien al que apenas conozco.
Alma soltó una carcajada.
—Yo tampoco me creía capaz, ¡hasta que lo hice! —admitió. Ambas rieron y Alma indicó—: Hagas lo que hagas con tu vida y tu sexualidad estará bien, porque tú y solo tú serás la dueña de esa decisión. Tanto si aciertas como si te equivocas.
Romina suspiró. Sabía que Alma tenía razón.
—¿Sabes lo que me gustaría hacer para las vacaciones del año que viene? —dijo.
—Dime.
—Me encantaría irme a Seúl. —Alma soltó una carcajada y Romina añadió—: Si fuimos a Escocia para ver guapos escoceses, ¿por qué no me voy a ir a Seúl a ver guapos coreanos?
—No todos los coreanos son tan impresionantes como el capitán Ri.
—Lo sé. Pero aun así quiero ir a Seúl. Necesito conocer ese lugar.
—¿Qué te parece si propongo el viajecito a Seúl, para hacerlo las cuatro cuando podamos?
—¿Iremos todas en busca de nuestro capitán Ri? —Las dos amigas rieron a carcajadas—. Seguro que no conoceremos a ningún capitán Ri, pero creo que puede ser un bonito viaje para nosotras. ¡Para las lobas!
—Te doy toda la razón.
—¿Sabes de lo que me he dado cuenta? —siguió Romina.
—¿De qué?
—De que todavía algún hombre me mira —Alma le hizo gestos para que se explicara—: En el gimnasio hay un madurito interesante que me mira con ojitos. Es canosito, debe de tener más o menos nuestra edad y...
—Pero buenoooooo, ¡cuéntameeee!
Las dos amigas rieron divertidas y Romina le habló del susodicho.
—¿Y Roberto se ha dado cuenta? —quiso saber Alma.
—¡Fue él quien me lo dijo!
—Noooooo.
—Sí. Me dijo que el canosito me miraba y me animó a ligotear.
—Madre mía, Romina, ¡no dejáis de sorprenderme!
—Y, de momento, alguna miradita hemos cruzado.
—Auuuuuu —aulló Alma como una loba, divertida, cosa que Romina imitó.
—Roberto ha sido el único hombre en mi vida y eso me agobia porque solo lo he besado él. Solo he hecho cuchi cuchi con él. Y no sé si sabré...
—¡Sabrás!
—Pero ¿cómo sabes que sabré?
—Porque lo sé. Carlos también fue el único para mí —explicó Alma—, y cuando llegó mi momento, ¡supe!
Pero, tranquila. Todo lleva sus tiempos, comas y espacios.
Y lo que ahora te parece imposible, llegado el momento, será posible porque tú así lo habrás decidido.
—Romina, con gesto asustado, asintió, y Alma, para hacerla rabiar, cuchicheó—: Y que sepas que vas ¡a follar!
—¡Alma!
—¡Vas a follar, amiga!
—¡La madre que te parió! —gruño Romina, que comenzó a reír, y ya no paró.