Ríete de las bodas Capítulo 34
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Capítulo 34

Cuando Alma llegó a su casa, al bajarse del taxi, vio a Romina. Con su nuevo corte de pelo y aquellas gafas oscuras, estaba guapísima, moderna y actual, y levantando la mano le sonrió.

Se dieron dos besos, y Alma, al ver la caja de manolitos en sus manos, preguntó:

—¿Qué ocurre?

—¿Puedo quedarme en tu casa esta noche a dormir?

—¿Has discutido con Roberto? —se sorprendió Alma.

—No.

—¿Entonces?

Romina se encogió de hombros y no contestó, cuando el sonido de un claxon les hizo girar la cabeza. Eran Estíbaliz y Nuria. Después de aparcar, se acercaron a ellas.

—Traigo manolitos —dijo Estíbaliz.

Alma enseñando su caja y Romina la suya se rieron.

—Madre mía, ¡cuánta plancha tenemos! —soltó Nuria.

Todas sonrieron.

—¿Cómo ha ido la comida con Carlos? —quiso saber Romina.

—¡Deslumbrado por el dinero de Elías! —exclamó Alma.

Todas conocían la ambición de Carlos.

—¡Vas de espía! —susurró Nuria, al ver a Romina con aquellas gafas oscuras.

Romina resopló.

—Venga. Subamos a casa —propuso Alma sin más dilación.

Tras los saludos de Sugar, todas dejaron sus bolsos sobre la mesa. Alma se dirigió a su habitación y Nuria la siguió.

—¿Cómo ha ido todo? —indagó Nuria, al quedarse las dos solas.

—Bien. Ahora os contaré. —Nuria asintió y Alma apostilló—: Saem también estuvo en la comida. —Eso hizo que Nuria levantara las cejas, pero Alma, fingiendo indiferencia total, indicó—: Pero tranquila. Los dos nos comportamos como personas adultas.

—¡¿Y?!

—Y nada.

—¿Cómo que nada?

—En un momento que tuvimos lo comentamos y el tema por ambas partes está finiquitado —explicó Alma, captando la mirada de su amiga—. Él a su vida y yo a la mía.

—¿Seguro?

—Segurísimo, y con certificado de confianza.

—Alma, ¿seguro? —insistió Nuria.

—Por supuesto que seguro —afirmó, dispuesta a ganarse un Óscar a la mejor actriz, y mintiendo añadió—: Lo vi y no me produjo ni frío ni calor, ni se me aceleró el corazón.

Lo que pasó, pasó. Y ahí se quedó. —Nuria pareció complacida.

Lo último que quería era que su amiga sufriera por amor, y antes de que pudiera hacer cualquier comentario, Alma preguntó, quitándose las lentillas—: ¿Y tú qué tal con tu vecino?

—No nos hemos vuelto a ver. Pero igual que él me pone a Barry White a todo trapo, yo le pongo a Shakira.

Se rieron.

—En cuanto a la comida con Carlos y Elías —explicó Alma—, cuando lo cuente ante las lobas, omitiré a Saem. Como no saben nada de lo que pasó, es mejor obviarlo.

—Me parece bien —afirmó Nuria.

Cuando las dos amigas salieron de la habitación de Alma y se dirigieron al comedor, Romina estaba con el mando de la televisión en la mano.

—¿En serio? —preguntó. Nuria y Alma no entendieron a qué se refería, y ella, con el televisor encendido, explicó—: ¿Se puede saber por qué tu algoritmo de Netflix solo me enseña k-dramas coreanos?

—¡Qué pillada! —se mofó Nuria.

Estíbaliz soltó una carcajada.

—Vale. Lo admito, lobas —reconoció—. Estoy enganchada y sin intención de desengancharme.

Aquella revelación hizo que las cuatro comenzaran a hablar atropelladamente de aquellas series y sus hombres increíbles.

—Bueno. Hay tres cajas de manolitos. ¿Por cuál empezamos? —dijo Nuria.

Las amigas se miraron.

—Tengo que contaros algo —empezó Estíbaliz.

Alma se puso en alerta. Rápidamente, recordó que Emilia, su exsuegra, le contó que había visto a Estíbaliz en el hospital.

—¿Vuelves a estar enferma? —preguntó.

Romina y Nuria se quedaron sin respiración. Estíbaliz había superado unos tumores en los ovarios.

—No. ¡Estoy perfecta! —se apresuró ella a decir.

Las tres amigas respiraran aliviadas.

—Pero ¿a qué viene eso? —quiso saber ella.

Alma explicó el porqué de su pregunta, y Estíbaliz, riendo, explicó a sus amigas:

—Ese día fui al podólogo. Pero lo que yo quiero contaros es que Alberto y yo nos hemos comprado un precioso apartamento en Menorca en primera línea de playa. ¡Nuestro nidito de amor!

—Noooooo.

—¡Síííí!

—Tres habitaciones. Dos baños. Cocina y salón y una preciosa terraza que ni os imagináis el lujazo que será.

—¡Habrá que probar ese lujo! —propuso Nuria.

—¡Me apunto! —sonrió Romina.

—Cuando queráis —afirmó emocionada Estíbaliz, que sacó una carpeta de su bolso y feliz les enseñó las fotografías que tenía del apartamento.

Encantadas, todas lo ensalzaron, aquello tenía una pinta impresionante y tras un rato haciendo planes para visitarlo, Romina abrió su caja de manolitos y dijo:

—¡Tengo algo que contaros!

—Espero que sea tan bueno como lo que ha contado Estíbaliz —indicó Nuria.

Romina movió la cabeza. Por cómo lo hizo, a todas les escamó.

—¿Qué pasa? —preguntó Estíbaliz.

—¡Llegó el divorcio! —soltó ella.

Las amigas se miraron. Asintieron. Estaba claro que aquello iba a pasar más pronto que tarde.

—A ver, loba. Esto ya lo presuponías.

—Dile que se pase por mi despacho. Como ya te dije, le llevaré el divorcio.

—Si es que no se tenían que haber casado —indicó Nuria—. Pero nada. Carolina ¡es Carolina! Y no se le puede decir que no.

—No es Carolina. ¡Somos Roberto y yo!

Todas se quedaron congeladas. Mudas. Boquiabiertas.

¿Cómo? ¿Habían oído bien?

Si había una pareja real y auténtica en el mundo que se quería con verdadero amor, eran Roberto y Romina. Roberto ¡era el unicornio por excelencia!

—A ver, loba, vocaliza bien, porque yo creo que todas te hemos entendido mal —le pidió Nuria.

—Me habéis entendido perfectamente —afirmó Romina, con los ojos humedecidos.

—¡¿Quééééé?! —gritaron Alma y Estíbaliz.

—No puede serrrrrr —musitó Nuria, boquiabierta.

—El año pasado —comenzó a decir Romina—, cuando las niñas nos dijeron que se casaban, Roberto y yo tuvimos una conversación. Me dijo que más que amantes éramos compañeros de piso y quedamos en que cuando las niñas se casaran solucionaríamos la situación.

Estupefactas, todas se miraban. Aquello que su amiga les contaba no lo habían visto venir.

—Llevas callando esto un año —se percató Estíbaliz.

—Sí.

—¿Y por qué no nos lo dijiste? —preguntó Alma.

—Porque no quería hablar de ello, ni quería preocuparos, y...

—¡De unicornio a caballornio! —alzó la voz Nuria, cortándola—. ¿Está con otra? ¿Te ha puesto los cuernos? Si es que los mosquitos muertos son los peores. Ahí lo tenéis. Carita de bueno. Sonrisita de no haber roto un puñetero plato y ¡zasca!, una perla más.

—¡La madre que lo trajo! —gruñó Estíbaliz.

—Pero ¡qué cabronazo! —rezongó Alma.

—Como le oí decir a la maravillosa Jedet, hay que tener cuidado con los hombres que nacen de enero a diciembre —aportó Nuria.

—¡Roberto no es un cabrón! Y por supuesto que sigue siendo un unicornio —subió la voz Romina—. Y no. Ni me ha puesto los cuernos, ni me los está poniendo. Roberto sigue siendo el hombre más bueno del mundo. No digáis esas cosas de él. ¡No todos los hombres son iguales!

Todas se miraron en silencio y sin entender nada cuando Romina, con una tranquilidad que a todas las tenía boquiabiertas, después de secarse los ojos con un pañuelo y darle un mordisco a un manolito de pistacho, se explicó.

—Nuestra vida es aburrida. Tremendamente aburrida.

Y, efectivamente, somos más compañeros de piso que otra cosa.

Y si me emociono no es por divorciarme de él, sino porque él tuvo el valor y el coraje de hablar de algo que a mí me martirizaba y me quemaba por dentro, pero era incapaz de poner sobre la mesa.

—¡¿Qué?! —gritaron las tres al unísono.

—A ver, lobas. Quiero a Roberto como él me quiere a mí. Fuimos muy felices, pero ya no lo somos. Y aunque nos jorobe romper el modo de vida al que estamos acostumbrados, ambos sabemos que será para nuestro bien.

Se miraron sobrecogidas.

—¿Por eso quieres dormir aquí esta noche? —preguntó Alma.

Romina negó con la cabeza.

—No.

Cada vez entendían menos.

—Ahora entiendo tu corte de pelo —señaló Alma—. Siempre se dice que cuando una mujer hace un cambio drástico en su pelo es por algo y... ¿cómo no nos dimos cuenta?

—Porque Roberto y yo somos unos excelentes actores y porque todas lleváis unas vidas plenas y ajetreadas. No como yo. Que tengo una vida aburrida.

Horrorizada, Alma suspiró.

—Si la situación es la que es, ¿por qué vais juntos al gimnasio? —quiso saber Nuria.

—Porque estamos oxidados y deseamos estar bien para entrar al mercado.

—¡¿Qué?! —exclamaron, boquiabiertas.

—A ver, lobas. Roberto y yo nos deseamos lo mejor —aclaró Romina, con otro manolito en las manos—.

Y bueno, siempre os hemos oído decir que el mercado está muy mal y nosotros queremos estar bien.

—Las chicas se miraron estupefactas cuando ella concluyó—: Yo lo animo a que ligue y él me anima a mí. ..

—Por favorrr...

—Al final, de ser los más carcas del grupo, vais a pasar a ser los más modernos —se mofó Alma.

—Esto no es un tema de cuernos, ni de que él o yo nos hayamos enamorado de otras personas.

Es simplemente que deseamos vivir, y para ello nos vamos a divorciar y vamos a vender la casa.

La perfumería seguirá como siempre. Es lo que nos ha dado siempre de comer, y funciona. Pero, en el resto, todo va a cambiar.

—No sé ni qué decirte —murmuró Estíbaliz.

Romina asintió y se terminó el manolito.

—Dime que todo va a salir bien —le pidió.

Estíbaliz suspiró; Romina continuó—: Vivir como hermanos no es lo que queremos.

Y me guste o no, Roberto ha sido más valiente que yo al enfrentarse a tener esa conversación incómoda conmigo, cuando yo la callaba por cobardía.

Y sí, podéis insultarme por no haberos dicho nada, pero no podía.

De verdad que no podía. Incluso Roberto me animó a quedar con vosotras y contároslo, pero yo le dije que no.

Quería esperar a que se casaran las niñas, y después. ..

—Mira que eres tonta. —Nuria la abrazó.

Sentir el abrazo de su amiga y las cariñosas miradas de Estíbaliz y Alma le hizo saber que todo estaba bien entre ellas, y entonces durante un rato se permitió llorar. Por fin lo podía hacer ante ellas.

Poco después, Romina se tranquilizó, y todas se concentraron en los manolitos hablando sobre el tema.

—¿Se lo habéis dicho a Virginia y Carolina? —preguntó Alma. Romina negó con la cabeza—. ¿Y cuándo se lo vais a decir?

—Mañana. Hemos quedado con ellas en casa a las nueve para cenar, y entonces se lo diremos.

—¿Cómo crees que van a reaccionar? —preguntó Nuria.

Romina suspiró.

—Pues imagino que se sorprenderán y posiblemente llorarán —respondió, encogiéndose de hombros—. Pero, al igual que cuando nosotros hemos querido opinar sobre sus vidas y ellas nos han dicho que... ellas decidían, ahora el caso es al contrario y solo decidimos Roberto y yo.

—Así ha de ser —se mostró de acuerdo Alma.

Estíbaliz, con cariño, le apretó la mano.

—Pasaos mañana por mi despacho. Os llevaré el divorcio y... —le dijo.

—No me mates, pero ese tema ya lo tenemos solucionado.

—¿De qué hablas? —se sorprendió Estíbaliz.

Romina suspiró.

—Roberto y yo sabíamos que el divorcio no era algo que se hiciera de un día para otro —explicó—. Por lo que consultamos a un abogado. Durante este año hemos ido arreglando cosas, y solo nos falta fijar la fecha para firmar los papeles y vender la casa.

—La madre que te parió —soltó Nuria.

—¿Acabas de decir que te has buscado otro abogado que no soy yo? —Estíbaliz no se lo podía creer.

—Por favor no te enfades —murmuró—. Sé que tú eres la mejor. Y te quiero y te adoro. Pero no quería contarte lo que pasaba. No podía. Ya os lo he dicho.

—Si yo fuera tú, le retiraba el saludo de por vida —le dijo Nuria a Estíbaliz.

—Creo que me lo voy a pensar —respondió ella, cogiendo un manolito.

Romina, sin perder el tiempo, abrazó a su amiga y esta sonrió.

Nada de lo que ninguna hiciera podría romper su bonita amistad y, sobrecogida, contestó a todas las preguntas que ellas le hicieron.

Ni en el peor de sus sueños se esperaban algo así.

Romina, ya cansada de hablar de lo suyo, abriendo la caja de manolitos de Alma, preguntó:

—¿Y a ti cómo te fue la comida con el caballornio y compañía?

Aún sorprendida por aquello, Alma, cogiendo un rico manolito, les contó lo ocurrido en la comida, evitando mencionar a Saem. Estaban comentado todo esto cuando sonó el timbre de la puerta. Sugar comenzó a ladrar, y Alma, levantándose, fue hasta el portero automático y abrió.

—Es Roberto —anunció.

Romina, al oír aquel nombre, asintió y mirando a sus amigas se levantó.

—Como os paséis con él, os juro que os mato —las amenazó dulcemente.

Ninguna dijo nada cuando apareció Roberto por la puerta. A diferencia de otras veces, aquel unicornio no traía una sonrisa de oreja a oreja, sino un gesto de precaución. Roberto las conocía. Llevaba muchos años a su lado y las saludó, enseñándoles que llevaba una caja de manolitos.

—Hola, lobas.

Como algo mecánico todas lo saludaron, mientras Sugar, como siempre que veía a un hombre, le enseñaba los dientes.

En esta ocasión, nadie se le abalanzó para darle un beso o un achuchón, y Roberto, consciente de por qué había ido allí, dejó lo que llevaba en las manos sobre un mueble y empezó a hablar.

—Vengo para responder a cualquier pregunta que vosotras tengáis.

Entiendo que vuestro cariño se vuelque en Romina, y eso me gusta, pero quiero deciros que, para mí, sois mi familia.

Mis lobas preferidas. Y aunque el título de unicornio que me disteis lo pierda, me encantaría seguir siendo alguien que esté en vuestras vidas.

Os quiero, y lo último que querría es perderos.

Las tres amigas se miraron. Ese era Roberto. Atento. Cariñoso. Leal. Ese era el unicornio al que llevaban queriendo muchos años y sin dudarlo lo abrazaron.

Roberto, al sentir aquel abrazo, se emocionó y lloró. Lloró como un niño. Adoraba a aquellas mujeres, como sabía que ellas lo querían a él, y seguir teniéndolas en su vida era muy importante.

Minutos después, todos se tranquilizaron.

—Ven. Siéntate aquí —le indicó Romina con cariño.

A partir de ese momento, los cinco amigos hablaron. Se comunicaron. Estaba claro que una época se terminaba y comenzaba otra, pero el amor y el respeto entre ellos proseguía. No se acababa. La vida era un cambio constante de situaciones, y aquella, aunque les doliera, simplemente era una más.