Capítulo 33
El viernes, tan pronto como Elías aparcó su coche en el parking, vio a Saem acercarse con rapidez. Con una tensa sonrisa lo esperó.
—¿Preparado para liarnos a puñetazos? —preguntó Saem con cierto humor.
—No lo digas ni en broma.
Padre e hijo caminaron hacia el restaurante, mientras Natalia y sus progenitores tomaban ya algo en la barra.
—Este lugar tiene dos estrellas Michelin —comentó su padre, mirando a su alrededor. Natalia y Alma asintieron, y él insistió—: Comer aquí va a costar un pastizal.
—Tranquilo, papá.
—¿Tu novio va a pagar esto o lo vamos a pagar nosotros?
—Lo va a pagar Elías —sonrió Natalia.
—Muy bien, hija. Que pague el novio —se mofó él. Alma tomó aire. Odiaba esos micromachismos, pero no dijo nada; Carlos observó—: Si tu novio puede pagar esto, es que le va bien en la vida.
—No le va mal —matizó Natalia, mirando a su madre.
—Así me gusta. Que a tu lado esté un muchacho al que no le vaya mal en la vida y te pueda dar todos los caprichos que te mereces.
Alma bebió un trago de su cerveza. Carlos, tratándose de los novios de Natalia, solía ser bastante intransigente.
—Estás muy guapa, hija —piropeó Carlos a Natalia.
—Será cosa del amor.
—Y de mis genes, que son excelentes.
—Papáááá...
Él sonrió, mientras Alma miraba al techo. Pero ¿se podía ser más idiota?
Mientras su hija y su exmarido hablaban, Alma los observaba en silencio. Pensar que durante años estuvo enamorada de aquel bocazas, que con los años se había convertido en un caballornio prepotente, le hacía gracia. ¿Cómo pudo estar tan ciega por un tipo tan insustancial?
Carlos, para ella, tenía el complejo Peter Pan. Cumplía años, pero no crecía. Era el típico chulito que creía saberlo todo, era ambicioso con el dinero y se creía más guapo que nadie.
—¿Es un buen muchacho tu novio, hija? —preguntó Carlos.
—Sí, papá. Es un buen hombre.
—¿Qué coche tiene?
Natalia miró a su madre. Elías tenía varios coches, y cuando iba a contestar vio a Elías y Saem a través de la cristalera cruzar la calle en dirección al restaurante.
—Ahí llega —anunció.
Carlos se dio la vuelta para mirar, y también lo hizo Alma, que al ver a Saem se puso tensa. ¿Otra vez tenían que coincidir?
Ajeno a sus pensamientos, Carlos se fijó en el joven que cruzaba la calle.
—No me jodas, Natalia —murmuró.
—¿Qué pasa?
—¡¿Chino?!
—¡Papáááá!
—Dime que no es él, aunque pueda pagar este restaurante.
—Escucha, papá...
—No. Escúchame tú a mí. No he criado una hija lista, guapa y resuelta para que un chino que regente una jodida tienda de gangas te haga trabajar en su negocio.
—Pero serás idiota —murmuró Alma, que añadió—: Y la he criado yo.
Carlos la miró.
—Idiota, no —siseó—. Solo busco el beneficio de nuestra hija. —Natalia no contestó. Y Alma, molesta, fue a replicar cuando él miró a su hija y prosiguió—: Si no me gustó el italiano ni el inglés, ¿cómo crees que me va a gustar que estés con un chino?
—¡Carlos!
—¿Carlos quéééé?
—¡Te estás pasando! ¿No crees que ella tiene que decidir de quién se enamora y no tú? —indicó Alma.
—Pero ¿tiene que ser de un chino?
—¡Papááá!
—No me jodas, Natalia. No me jodas.
—¡Pero serás clasista de mierda! —se quejó Alma. Su exmarido, al escucharla, la miró, y ella, molesta, aclaró—: Y que sepas que no es chino, ¡es coreano! E igual que existimos los europeos, africanos o americanos, ¡existen los asiáticos!
Carlos, horrorizado, dio un trago a su cerveza.
—Me niego a esta pantomima —murmuró, mirando a su hija—. Me voy a casa. Y haz el favor de romper con el chino ¡ya!
Natalia fue a contestar cuando la puerta del local se abrió y entraron Elías y Saem. La joven les sonrió y, antes de que su padre dijera otra de sus perlas, agarró a Elías de la mano, le dio un beso en los labios y dijo:
—Papá, te presento a mi novio Elías Basagoitia y a su hijo Saem.
Durante unos segundos, el mundo pareció paralizarse. Alma miró a su hija y con la mirada se entendieron. Después miró a Saem. El entendimiento fue el mismo. Hasta que Elías, consciente de aquel raro momento, tendió su mano y dejó a la vista el Rolex que llevaba para que él lo viera.
—Encantado de conocerte, Carlos —saludó.
Carlos, intentando procesar aquello, estrechó la mano de aquel hombre y se fijó en el Rolex. ¿Sería verdadero o de imitación? Pensando en ello estaba cuando Elías le presentó a Saem, su hijo. Carlos, sin cambiar su gesto, le estrechó la mano. Segundos después, los recién llegados saludaron a Alma.
—¿Qué tal si pasamos al salón que he reservado en exclusiva? —propuso Elías, al intuir el malestar.
Natalia asintió y, sin soltar la mano de su novio, comenzaron a caminar seguidos de Saem.
—Pero ¿esto de qué va? —susurró Carlos, agarrando a Alma del brazo—. ¿Salón en exclusiva?
—Carlos, compórtate.
—¿El Rolex que lleva es auténtico?
—¡Carlos!
—¿Cuántos años tiene?
—Ahora lo sabrás. Natalia te lo contará.
—¿Y no me lo puedes contar tú?
—No me corresponde.
Carlos resopló. La desinformación de aquello no le agradaba.
—¿Y tú qué opinas al respecto? —quiso saber.
Con tranquilidad, Alma se encogió de hombros.
—Es la vida de Natalia. No la mía.
Carlos, sorprendiéndola, asintió. Aquella rara tranquilidad era algo que no esperaba. De pronto Saem, que iba delante de ellos, se dio la vuelta y vio que Carlos tenía a Alma cogida por el brazo.
—¿Ocurre algo? —preguntó.
Carlos soltó rápidamente a Alma y Saem, que clavó sus ojos en aquel tipo, abrió la puerta con toda su educación.
—Pase usted primero, por favor —dijo. Carlos traspasó la puerta que Saem sujetaba y cuando desapareció, este le preguntó a Alma—: ¿Te encuentras bien?
Alma, con una sonrisa, asintió y sin hablar siguió a su exmarido. Quería tenerlo controlado.
Una vez en el comedor privado, todos se sentaron en una mesa redonda de cinco y la comida comenzó con cierta tensión que se fue evaporando a medida que Elías se hacía con el control de la situación.
En silencio, Alma lo observó. El novio de su hija sabía cómo tratar a Carlos.
Con rapidez lo deslumbró hablándole de su importante estatus en el trabajo en un banco del mercado asiático, añadió que vivía en una gran casa en La Moraleja y finalizó haciéndole saber que estaba forrado.
Eso a Carlos inevitablemente lo dejó impactado.
Natalia, como su madre, observaba todo con prudencia. En cierto modo, había aleccionado a Elías con respecto a su padre, y lo estaba manejando bien. Había conseguido lo que se proponía.
Alma, durante la comida, intentaba no mirar a Saem, porque cada vez que sus miradas se cruzaban, el cuerpo le entraba en llamas y tenía que darse aire con el abanico. Aquel tipo le gustaba mucho. Demasiado.
Tres horas después, cuando la comida terminó y salieron del restaurante, Natalia, su padre y su novio hablaban animados. Aunque la velada había comenzado tensa, había terminado de manera excepcional.
—¿Ha ido mejor de lo que esperabais? —le preguntó Saem a Alma.
—Sí —afirmó Alma, omitiendo el deslumbre de Carlos por el dinero de Elías.
—¿Te parece bien que mi padre y tu hija estén juntos? —indagó, después de mirar a su padre y a Natalia.
—Es su decisión, no la mía —respondió Alma.
Saem la entendió. Y captó que Natalia no le había contado nada a su madre sobre la conversación que había tenido con él sobre su padre.
—Oye, con respecto a mi padre, creo que...
—Mira, Saem —lo interrumpió—. No quiero ser borde contigo, pero en las relaciones de mi hija no me meto. Por lo tanto, se acabó hablarme de tu padre.
Molesto por aquel toque de atención cuando él solo intentaba advertirle de que su padre no era el hombre ideal que aparentaba, asintió.
—Lo que pasó entre nosotros... —cambió de tema.
—Olvídalo. Está finiquitado.
—Eso mismo te iba a decir yo —musitó Saem.
Ambos se miraron. Estaba claro que los dos pensaban igual, y con fingida naturalidad, se acercaron a los otros tres y se añadieron a la conversación. Alma, en silencio, escuchó. Su teléfono móvil le vibró. Al mirar, vio que era un wasap de Romina.
Romina (LOBAS) He comprado manolitos. ¿A qué casa voy?
Aquel simple mensaje les hizo saber a Alma, Nuria y Estíbaliz que Romina les tenía que contar algo. Siempre compraba manolitos la que necesitaba hablar, por lo que rápidamente escribió:
Yo (LOBAS) Yo también compraré manolitos. En cuarenta minutos estoy en mi casa.
Los mensajes de Nuria y Estíbaliz no tardaron en llegar. Todas se verían en la casa de Alma.
—He de marcharme —dijo, guardando el teléfono.
Con rapidez, se despidió, y sin mirar atrás, para no encontrarse con aquella sensual mirada asiática, se marchó. Era lo que necesitaba.
Minutos después, tras hacer una parada en una tienda de Manolos Bake para comprar manolitos, cuando iba en el taxi curioseando el WhatsApp, comprobó que Saem seguía teniéndola bloqueada. Recibió entonces un mensaje de su hija:
Natalia Papá viene a la cena del sábado, y acompañado. ¿Flipante, verdad?
Leer eso a Alma le hizo sonreír inconscientemente. Sin duda, era flipante. ¿Acudiría acompañado? ¿Quién sería? Pero todo lo que fuera bueno para su hija lo era para ella también.