Capítulo 32
En el atelier, Alma hablaba con sus trabajadores sobre los nuevos bocetos. El equipo que tenía era increíble, tremendamente competente, y eso repercutía en el maravilloso resultado de los vestidos de novia.
—Este diseño que me pasaste —indicó Aurora, jefa del taller— lo hemos confeccionado como nos pediste en mikado y encaje. Nosotros tenemos nuestro preferido por mil cosas, pero a ti ¿cuál te gusta más?
Alma miró los dos vestidos. Ambos eran bonitos. Mismo diseño. Distintas telas. Pero, tras valorar muchas cosas que apenas eran imperceptibles para quien no entendiera de costura, indicó:
—Me quedo con el confeccionado en mikado.
Aurora asintió y sonriendo iba a decir que ella era de la misma opinión cuando Erika, una de las costureras más jóvenes, intervino.
—Tenemos el mismo ojo.
Eso hizo sonreír a Alma.
—Alma, Susana y Ángeles están aquí —la informó un joven que acababa de entrar en el taller.
Alma asintió y, sonriendo a su equipo, se encaminó hacia la puerta.
—Luego seguimos decidiendo —les dijo—. Ahora voy a atender a unas clientas.
Ya en la tienda, recibió a las dos jóvenes con una amplia sonrisa y dos besos.
—Gracias por atendernos otra vez —le dijo Susana.
—Anda ya, Susana, no digas eso.
La joven sonrió. La visita con su madre y su suegra había sido un desastre.
—Queremos encontrar esos vestidos especiales que deseamos —confesó—. No los que elijan nuestras madres.
Alma las entendía a la perfección.
—¿Qué os parece si primero vemos los vestidos expuestos en la tienda? —les propuso.
Ambas se mostraron de acuerdo. Era una excelente idea.
Durante un rato, Alma paseó con ellas por la bonita tienda de novias mostrándoles los vestidos confeccionados en tul, seda, mikado y un gran catálogo de telas. Les enseñó a diferenciar entre corte sirena, corte princesa y un sinfín de estilos más.
—Acompañadme —les pidió—. Vamos a una sala para hablar de lo que habéis visto y de lo que queréis.
Encantadas, las jóvenes siguieron a Alma. Poder elegir con libertad el vestido especial para la boda era lo que querían. Se sentaron en unas bonitas butacas.
—Lo primero de todo, ¿queréis sorpresa entre vosotras para ese día? —quiso saber Alma.
Angelines y Susana se miraron.
—Sí —dijo Angelines—. No quiero saber cómo es el vestido de Susi. Ni quiero que ella sepa cómo será el mío. Me gustaría sorpresa.
—Me parece bien —sonrió Susana.
—Me iré a tomar un café mientras hablas con Susana —dijo Angelines—. ¿Cuánto tiempo necesitas?
—Una horita, más o menos —indicó Alma.
Angelines asintió y, tras darle un cariñoso beso en los labios a su chica, se dispuso a marcharse.
—¡Diviértete! —le dijo—. Aunque te pongas lo que te pongas, estarás preciosa.
—¿Cuánto tiempo lleváis? —indagó Alma cuando la otra chica se marchó.
—Un año y medio. Y ha sido el mejor año y medio de mi vida.
—Vaya...
Divertidas, las dos sonrieron.
—¿Crees en el amor? —preguntó la joven.
Alma tomó aire.
—Creía, pero, tras mi experiencia, dejé de hacerlo —contestó con sinceridad.
Susana asintió. Por todos era conocido lo mal que Carlos se portó con Alma durante su matrimonio.
—El amor es algo en lo que siempre hay que creer —le dijo ella, cogiendo sus manos—.
Nunca sabes cuándo y dónde puede aparecer.
Antes de conocer a Angelines, estuve con una chica durante tres años.
Se llamaba Estrella, y aunque era una chica agradable, no era cariñosa, ni detallista ni romántica.
Al principio de nuestra relación, esas cosas me daban igual.
Yo misma le quitaba importancia. Pero, con el paso del tiempo, me di cuenta de que deseaba a mi lado a una persona que al regresar del trabajo me diera un beso, que se acordara de mi cumpleaños o simplemente me enviara un mensaje durante el día para hacerme saber que se acordaba de mí.
Cuando terminé con ella, me juré y perjuré que no volvería a permitir que nadie llegara a mi corazón para que no me lo volvieran a dañar, pero entonces apareció Angelines.
Y, de pronto, ella, con su manera de ser, representó todo lo que siempre había querido en mi vida.
Era cariñosa, detallista, romántica, paciente, y una mañana, cuando llevábamos un año y medio de relación, al despertarnos, no lo dudé y le pedí que se casara conmigo.
Porque, como decía mi abuelo Isaías, «Cuando algo es especial. .. se sabe».
—Me alegro mucho por tu felicidad.
—Pues déjame decirte que tú tienes que encontrar la tuya.
—Soy feliz.
—Lo sé. Sé por la prima Natalia que eres feliz. Pero me refiero a ese tipo de felicidad que solo se siente cuando ese alguien especial está a tu lado.
Ambas sonrieron. Aquel amor del que hablaba Susana para ella ya era un tema olvidado y enterrado.
—De los vestidos que has visto ¿alguno te ha llamado la atención? —preguntó Alma, volviendo al tema que las ocupaba.
—Sí. He visto uno que me ha encantado.
—¿Te lo quieres probar?
—Sí.
—Wooooo, ¡qué buena señal! —se rio Alma.
De nuevo salieron a la tienda. Susana rápidamente señaló un vestido, y Alma, cogiéndolo de la percha, se lo mostró.
—Este vestido es de la nueva colección y lo llamamos «Románica» —le explicó.
—¡Es precioso!
—Venga. Vamos al probador, para que veas cómo te queda.
Emocionada, Susana asintió. Alma y ella entraron en uno de los probadores y tras ayudarle a ponerse aquel fantástico vestido, abrió la cortina para que se contemplara en los espejos centrales.
—Estás preciosa, Susana —dijo Alma.
La joven sonrió. Poder probarse algo que a ella le enamorara para su gran día era lo que más quería.
—Este modelo es un precioso y elegante vestido corte princesa en tul plumeti —explicó Alma—.
Como ves, tiene algo de pedrería en la parte superior, que se puede quitar si no te gusta, o poner más, en el caso de que te encante.
Y lo mejor es el escote deep-plunge . Un escote muy favorecedor y por el que muchas novias están apostando.
—Me encantaaaaaa...
—El vestido puede ir tal y como lo ves. Pero, si tú quieres, podemos hacerte algunos cambios en el diseño y...
—Es perfecto tal y como está. ¡Este es mi vestido!
Alma sonrió. Por norma, las novias querían probarse varios modelos antes de decidir.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Segurísima.
—¿No te quieres probar otro?
Susana negó con la cabeza.
—No, porque esto es lo que yo buscaba —admitió, con una bonita sonrisa.
Encantada, Alma sonrió y tras ayudarla a quitarse el vestido, comenzó a tomarle medidas.
Una hora después, llegó Angelines y se marchó Susana.
—¿Has visto algún vestido que te gustara? —Angelines movió la cabeza con pesar, y Alma, sonriendo preguntó—: ¿Qué es lo que tenías en mente?
Sin dudarlo, Angelines habló de lo que quería, y Alma, con un cuaderno y lapicero, comenzó a dibujar lo que ella le comentaba. A mano alzada hizo unos trazos que, como siempre, la hacían soñar. Disfrutar. Vivir.
Acabado aquel boceto, Alma le enseñó varios tejidos. Saber el tejido que deseaba para su vestido de novia era muy importante y la joven se decantó por un crepé.
—Lo que tú quieres es un mono de novia con sobrefalda, ¿verdad? —dijo Alma, volviendo a enseñarle el boceto.
—Sí. Pero eso a mi madre le va a horrorizar.
—Es tu día. No el de tu madre. Pero tú tranquila.
Vamos a crear un precioso traje de novia con pantalones que hasta a ella le va a emocionar.
—Angelines, encantada, sonrió. Alma, con el cuaderno en la mano, prosiguió—: Confeccionaremos un elegante mono en crepé blanco con un bonito escote redondo, con la espalda de encaje.
—¡Genial!
—Y para darle un toque rompedor, y sobre todo darle el gusto a tu madre, la sobrefalda la confeccionaremos de organza con una flor en la cintura, que le hará tener movimiento, transparencia y ligereza. ¿Qué te parece?
—Me parece ideal —admitió Angelines, sobrecogida.
Una hora después, tras despedirse de Susana y de Angelines, y quedar en llamarlas para sus primeras pruebas, Alma regresó junto a su equipo en el atelier. Tenían que decidir los futuros diseños de la siguiente temporada.