Capítulo 31
A las dos y media, Alma salió de las oficinas de Diva y Radiante con la moral y la autoestima por todo lo alto gracias a Shakira y su música.
Aquella cantante siempre lo conseguía. Con una sonrisa, se dirigió al restaurante donde había quedado con Nuria.
Caminaba por la calle Serrano mirando escaparates, cuando su teléfono sonó. Era Nuria.
—Hemos salido, pero nos hemos vuelto a detener —informó, con voz desesperada y recogiéndose en una coleta su pelo recién teñido.
—¡No me jorobes!
—Llevamos parados más de veinte minutos en medio de la nada. Por lo que no llego a comer contigo y a saber si llegaré a mi cita esta noche en Madrid.
—¿Tienes una cita?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con un sinvergüenza que folla muy bien.
—Vaya... vaya... —se rio.
—Por cierto, ¿sabías que Romina y Roberto se han apuntado al gimnasio? —desvió la conversación Nuria.
Alma se sorprendió. Era la primera vez que oía algo así. Sabía que ellos dos eran antigimnasio.
—Pero ¡qué dices! —exclamó.
—Me llamó Carolina —le explicó— para preguntarme por unas cremas que se quiere comprar y me dijo que sus padres estaban en el gimnasio. —De pronto, Nuria cambió de tema—: Necesito que me hagas un favor.
—Dime.
—He llamado a la tienda de Loewe para decir que irás a mediodía a recoger mi bolso color pistacho. He dado tu nombre y te esperan.
—De acuerdo.
—Es que me llamaron ayer para decirme que ya lo tenían.
—Lo recojo y lo llevo a la oficina. Sin problema.
Cuando se despidieron, Alma continuó caminando por la calle Serrano en dirección a la bonita tienda de Loewe.
Tras saludar al vigilante de la puerta, miró a su alrededor en busca de una dependienta, cuando el cuerpo se le heló.
A menos de dos metros de ella, en la caja, estaba Saem.
¿Otra vez tenían que volver a encontrarse?
Rápidamente se dio la vuelta para salir de allí cuando vio que una dependienta se dirigía a ella.
—¿La puedo ayudar? —le preguntó.
Alma respiró. No era una cobarde como para marcharse corriendo. Ella no había hecho nada que fuera tan grave como para huir como una rata.
—Vengo a recoger un bolso a nombre de Nuria Urrutia —dijo, sonriendo—. Ella no puede venir y ha llamado para decir que lo recogeré yo. Mi nombre es Alma Santana.
—Si quiere puede esperar ahí mientras voy a buscarlo —indicó la dependienta con amabilidad.
Encantada, Alma asintió, y alejándose de Saem, que estaba en la caja con otra dependienta, comenzó a mirar trajes mientras lo observaba. Qué sexi estaba con aquella camiseta blanca y sus vaqueros.
Saem, que había ido a recoger el vestido de Ji Woo, estaba esperando, cuando una dependienta llegó a la caja y dijo a otra de sus compañeras:
—Alma Santana ha venido a recoger el bolso pistacho de Nuria Urrutia.
Al oír aquel nombre, Saem se volvió y entonces la vio.
Alma estaba al fondo de la tienda mirando unas prendas.
Con disimulo, la observó. Como siempre, iba impecablemente vestida.
Arreglada. De pronto sus miradas se encontraron y aunque ella la desvió de inmediato, por su gesto supo que lo había visto.
Sin moverse de su sitio y sin saber realmente qué hacer, Saem esperó a que la dependienta le sacara el vestido de Ji Woo.
No podía irse de allí sin él, o literalmente lo mataría.
Y pocos minutos después, cuando recibió la prenda, Saem se dirigió hacia la salida.
Pero antes de llegar a la puerta, cambió de idea y giró a la derecha.
—Hola, Alma —saludó.
Haber sido descubierta le horrorizó ¿Cómo podía tener tan mala suerte? Pero tomando aire se volvió para mirarlo.
—Hola, Saem —saludó también.
Durante varios segundos, se miraron en silencio, mientras la gente que pasaba por su lado era ajena al raro momento que ambos vivían, hasta que Saem, confundido, pero con su habitual tranquilidad y aplomo, dijo:
—He hablado con mi padre y me ha dicho que ayer en casa de tus padres todo resultó complicado y...
—Fue tremendo —lo cortó. Y retirándose el cabello de los ojos, ese día violetas, tratando de contener los acelerados latidos de su corazón, apostilló—: Mis padres no son complicados, son imposibles.
De nuevo el silencio incómodo los rodeó. Aunque en su interior había mil cosas que se querían decir, ninguno dio el paso para hacerlo.
—Adiós. Que tengas buen día —se despidió Saem, para cortar aquello que él había iniciado.
—Adiós.
Y sin más, se marchó, sintiendo, además de que se le iba a salir el corazón del pecho, que era el tío más gilipollas del mundo, mientras ella mantenía el tipo y no corría tras él para hablar.
Minutos después, cuando Alma salió de la tienda, miró a su alrededor esperanzada.
¿Y si estaba todavía Saem por allí? Pero estuviera o no, él no se le acercó y pensando en ello estaba cuando le sonó el teléfono.
Eran Susana y su novia. Querían regresar al atelier, pero solas para poder elegir con libertad sus vestidos.
Alma sonrió, y tras entrar en una tienda a por un sándwich, regresó al atelier para atender a dos preciosas novias.