Capítulo 29
Poco después, a las diez y media, tras una visita al atelier de novias que estaba en la planta baja para solucionar unos temas, volvió a su despacho y puso de nuevo la música de Shakira.
De pronto, su teléfono sonó. Era Nuria, que regresaba de una reunión en Barcelona con el dueño del local que querían comprar.
—El tren de vuelta a Madrid no ha salido. En teoría, llegaba a Madrid a las doce y media, pero va a ser que no.
—Vaya...
—Llevamos un retraso de media hora, y me temo que será otra media hora más.
Alma miró el reloj y vio que eran las diez de la mañana pasadas.
—¿Llevas algo para leer? —preguntó.
—Sí. El último de Sandra Miró. Uisss, espera que dicen algo por megafonía. —Alma, con el teléfono en la mano, escuchaba el bullicio de la estación; oyó a Nuria protestar—: ¡Me cago en la mar y en el chiringuito eterno!
—¿Qué pasa?
—Al parecer, ha habido un incendio en las vías, y todos los trenes que van para Madrid están retrasados hasta nueva orden.
—¡Joder!
—Eso digo yo, ¡joder! —gruñó Nuria.
Durante varios minutos estuvieron hablando sobre la reunión que Nuria también había tenido en Barcelona con una de las fábricas de tejidos con las que trabajaban.
—¿Te parece si nos vemos en el restaurante italiano de Piero directamente, sobre las tres y media, y te sigo contando? —propuso.
—¿Habrás llegado a esa hora?
—Espero que sí.
—De acuerdo. Allí estaré —afirmó Alma.
Después de colgar el teléfono, se centró de nuevo en su trabajo, pero fue interrumpida por una nueva llamada. Era su hija.
—Hola, corazón.
—Hola, mamá, ¿tienes un segundo?
Levantándose de la mesa, Alma se acercó al ventanal.
—Para ti tengo todos los segundos del mundo —respondió.
Oír eso a Natalia la hizo sonreír. Su madre era la mejor. Nunca le había fallado.
—Es para decirte que ya he quedado con papá y tengo fecha para comer con él y con Elías.
Alma suspiró.
—¿Qué sabe de Elías? —quiso saber. Conocía bien a su ex.
—Lo mismo que sabías tú cuando te lo presenté.
Alma cerró los ojos.
—¿Qué ha dicho Elías de los yayos? —preguntó, llevándose las manos a la frente.
Natalia recordó la desastrosa tarde anterior en casa de sus abuelos.
—Pues ha dicho que habrá que darles tiempo, por no decir que son dos viejos amargados y fuera del mundo actual —fue contundente.
Alma suspiró. El numerito que sus padres organizaron no había sido nada agradable.
—¿Has prevenido a Elías en cuanto a tu padre? —preguntó, pensando en su ex.
Natalia, que estaba en la redacción de la revista para la que trabajaba como periodista, hizo un gesto negativo con la cabeza, aunque no sabía que su madre y Elías habían hablado.
—He quedado con él el viernes, en el restaurante Tres Picos a las dos —anunció—. Vienes, ¿verdad?
—¿Puedo decir que no?
—No.
—Natalia...
—Mamá, porfi... porfi..., tienes que venir.
Alma suspiró. Aunque su hija no se lo pidiera, sabía que tenía que ir. Conocía como era Carlos, su ex.
—Vale. Allí me tendrás a las dos en punto —transigió, sabiendo que su hija necesitaría su apoyo.
—¡Gracias, mamá!
Finalmente, sonrió. Por su hija daría la vida.
—Tengo que pedirte otro favor —dijo Natalia.
—¿Facilito o complicado?
—Facilito.
—Dispara.
—Elías está organizado una cena en su casa de La Moraleja. Invitará a sus amigos íntimos para presentarme, y bueno, sé que papá ya estará de regreso y me gustaría que papá y tú estuvierais ahí.
—¿Tu padre y yo? Corazón, yo puedo hablar por mí, pero no por tu padre.
—Lo sé.
—Y en cuanto a que tu padre quiera ir a esa cena, el viernes, cuando coma con Elías, sin que lo preguntes, sabrás su respuesta.
—Si estás conmigo en esa cena, aunque papá no venga, me hará sentir mejor —insistió Natalia—. Por lo tanto, porfi... porfi... porfi... ¡dime que sí!
Alma cerró los ojos. Como madre de Natalia, iría por ella al fin del mundo.
—No creo que sea buena idea —se mostró reticente.
—¿Por qué?
—Porque es una cena con sus amigos, en la que yo no pinto nada y...
—Claro que pintas, ¡eres mi madre!
—Natalia. A esa cena deberías enfrentarte tu solita.
—Egoístamente, ¡necesito que vengas! Porque estoy convencida de que muchos de esos amigos me miraran como a la niñata de treinta y cuatro años que ahora es la novia de Elías. Y...
—Pues quien te mire así, ¡puerta grande y a la mierda!
—¡Mamá!
—A ver, Natalia...
—Mamá, por favor, ¡ven conmigo!
—A ver, corazón. Si tú apuestas por esa relación, ¿no crees que lo que digan los demás ¡está de más!?
—Sí. Claro que sí. Pero, porfi, mamá. ¡Porfi!
—¿Sabes si irá el hijo de tu novio?
Tan pronto soltó la pregunta, Alma se horrorizó. Pero ¿qué hacía preguntando aquello? Por su parte Natalia, pensando en lo que Saem le contó aquel día, y que no le había contado a su madre, respondió:
—Que yo sepa, no. Saem tiene que atender su restaurante.
Alma sonrió. Era importante no encontrarse con él.
—¿Tan rancios son los amigos de Elías? —quiso saber.
—No sé si la palabra es «rancios», pues no los conozco a todos, pero dudo que les guste hacer escalada como a mí o les agrade Shakira como a ti —respondió, al escuchar la música de fondo que tenía Alma.
—De acuerdo...
—¡¿Me acompañas?!
—Claro que sí, corazón. No te voy a dejar sola ante el peligro.
Encantada, Natalia pegó unos brincos. Una vez más, su madre no le fallaba.
—¡Genial! —exclamó—. Te llamaré para quedar contigo e ir juntas en mi coche.
Cuando madre e hija se despidieron, Alma dejó su teléfono sobre la mesa y, subiendo la música de su amada Shakira, comenzó a tararear La tortura , canción que la diosa cantaba junto al dios Alejandro Sanz.