Ríete de las bodas Capítulo 28
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Capítulo 28

Tres días después, Alma estaba en el despacho de su oficina solucionado temas de la empresa mientras tarareaba la canción Puntería , de su amada Shakira y Cardi B, que sonaba en el Spotify de su ordenador, cuando el teléfono le sonó.

Era su madre. Suspiró. Las nueve y diez de la mañana.

¡Malo! Sabía por qué la llamaba. La tarde anterior, ella, Natalia y Elías habían ido a casa de sus padres a presentarlo.

Había sido todo un desastre. En cambio, cuando fueron a casa de la yaya Emi, y esta prometió guardar el secreto a su hijo hasta que Natalia se lo presentara, todo fue fenomenal.

—Hola, mamá. Dime.

—¿Que te diga? ¿Qué quieres que te diga?

Pues si tengo que decirte algo, te diré que no he pegado ojo en toda la noche, y tu padre anoche no cenó y esta mañana se ha tenido que tomar una pastilla para la acidez.

—Alma asintió con tranquilidad. El drama con sus padres estaba servido tras haberles presentado a Elías; su madre prosiguió—: Por el amor de Dios, hija, ¿cómo permites que Natalia salga con un viejo? ¿Acaso mi nieta es su follamiga?

—¡Mamáááá!

—¿Quéééé?

—Quiero que sepas que ayer papá y tú os comportasteis fatal —respondió Alma, intentando no perder la paciencia—. Pero ¿cómo se os ocurre llamarlo viejo en su cara?

—Solo le dijimos nuestra verdad, ¡es viejo!

—Mamáááá.

—¡¿Qué?!

—Elías no es un viejo.

—Tiene sesenta años.

—Mamá. Yo tengo cincuenta y cinco. ¿Acaso ya estoy entrando en la vejez?

—Pues sí.

—Mamááá.

Alma se levantó de la mesa. Quería a sus padres. Pero su manera de ver la vida siempre había sido un problema entre ellos.

—Vamos a tranquilizarnos, mamá —le recomendó.

—Solo me tranquilizaré cuando me digas que Natalia ha dejado de salir con ese viejo estirado y elitista, al que le encantaba mirar su Rolex.

—¿Quieres dejar de llamarlo viejo?

—No.

—Entonces tú y papá, que tenéis ochenta y setenta y ocho años, ¿qué sois?

—Mayores.

—Ah. Elías, por tener sesenta, y yo, por tener cincuenta y cinco, ¡somos viejos! Y vosotros ¿sois mayores? —Su madre no contestó, aunque la imaginó poniendo una de sus caras; Alma prosiguió—: Mamá, modernízate un poco, porque...

—¿Que me modernice? Tú es que eres muy moderna.

¡Siempre lo has sido y así te ha ido la vida!

—Alma resopló. Sabía que su madre decía aquello por haberse quedado embarazada fuera del matrimonio y por su posterior divorcio—.

Y está visto que has hecho que la niña sea una moderna sin cabeza como tú.

Bendito sea Dios, hija, que la niña está con uno que podría ser su padre o su abuelo y. ..

—Pero ¿qué dices, mamá?

—Digo mi verdad. Con lo monísima que es Natalia podría aspirar a un joven de su edad, no a un viejo al que en cuatro días va a tener que dar sopitas.

Pero ¿es que tú no piensas que cuando Natalia tenga tu edad, ese hombre tendrá noventa años?

Pero ¿qué clase de futuro y de vida quieres para tu hija?

¿Tan mal la quieres? —Horrorizada por lo que escuchaba, Alma fue a hablar, pero su madre no le dejó meter baza—.

Bendito sea Dios, hija mía, ¡que tiene sesenta años!

Y nuestra niña solo treinta y cuatro. Pero ¿en qué cabeza cabe que una relación así pueda funcionar?

Lo ideal, en los matrimonios, es que el hombre siempre sea un poquito más mayor.

Dos. Tres. Cinco años. Pero ¡veintiséis años!

Por el amor de Dios, Alma, ¿dónde tenéis Natalia y tú la vergüenza?

—A ver, mamá...

—¿Fue a conocer ayer a Emilia también?

—Sí.

—¿Y qué dijo?

—Simplemente respetó la decisión de su nieta y no fue desagradable con Elías.

Oír eso a Cecilia no le gustó.

—Esa mujer ¡no sé en qué mundo vive! —protestó.

—En mi mundo, mamá. En el siglo XXI .

—¿Y su hijo Carlos lo sabe? ¿Qué ha dicho él?

Apoyando la cabeza en la cristalera, Alma suspiró. Por suerte, sus padres y su ex no tenían relación desde el divorcio.

—Carlos aún no lo sabe. Está de viaje por Extremadura, y, cuando regrese, Natalia quedará con él para comentárselo y presentarle a Elías.

—Por una vez, tu padre y yo creo que vamos a estar de acuerdo con Carlos. Ese atontado seguro que pone el grito en el cielo cuando vea que el novio de su hija tiene la misma edad que él.

—Mamá...

—Que no, Alma, que no, ¡que no nos parece bien que la niña esté con ese viejo!

—Mamá, por favor. Deja de usar la palabra «viejo» tan despectivamente. Elías es un hombre maduro, como yo soy una mujer madura, y...

—¿Por qué Elías no es para ti? Si fuera tu novio, tu padre y yo estaríamos muy contentos. Pero no. Tú sigues sola y amargada y...

—Mira, mamá, que esté sola, te lo admito, pero ¿amargada?

—Sí. Amargada y gorda.

—¡Buenoooo! —murmuró Alma.

—Desde que te divorciaste, no has vuelto a tener novio ni catar varón.

En cambio, a Carlos, según las vecinas, se le han conocido varias novias.

Y no entiendo por qué Andrés, el hijo de Genoveva, no te gusta.

Andrés siempre ha bebido los vientos por ti, y si tú quisieras, te podrías casar con él y. ..

—Por Dios, mamá.

—Trabaja en una gestoría. Es un buen partido y...

—¡Ya basta, mamá!

—Amargada. Eso es lo que estás, ¡amargada, vieja y gorda! Por no catar varón.

—Mamáááá...

Alma movió la cabeza. Cuando su madre iba por ahí, podía con ella.

—Lo que te voy a decir no te va a gustar —replicó, perdiendo la poca paciencia que le quedaba—, pero el que no quiera novios no significa que no haya catado varón.

—Pero ¿qué estás diciendo?

—Como tú dices, digo mi verdad. El que esté divorciada desde hace años, y no me haya echado una pareja o no me haya casado, no significa que sea infeliz, y...

—¿Has catado varón tras el divorcio?

—Pues sí mamá. —Y para escandalizarla, añadió—: Y varios.

—¡Bendito sea Dios, Alma!

—¿Qué, mamá?

—¿Tienes follamigos? —susurró.

—Sí.

Alma escuchó un ruido. Conociendo a su madre, seguramente se estaría persignando.

—¡Qué vergüenza! —soltó—. Esto sí que no lo esperaba de ti. Y déjame decirte que eso solo lo buscan las guarrillas y...

—Mamá, por ahí no me vayas.

—Mejor que no se entere tu padre, porque se moriría de vergüenza. No sé. No sé qué hicimos mal cuando te criamos. Lo hicimos igual que con Francisco, pero está claro que tú no nos escuchaste nunca, ¡nunca!

Alma sonrió. Ahora tocaba compararla, como siempre, con su fallecido hermano. Tomó aire.

—Soy Alma, no Francisco, os guste o no —declaró—. Estamos en el siglo XXI , y las mujeres decidimos con quién nos acostamos y con quién nos levantamos. Y sí, estoy felizmente divorciada, no tengo novio, ni lo busco. Pero sí tengo follamigos con lo que, si me apetece, tengo sexo porque...

No pudo continuar. Su madre colgó el teléfono.

Aquello que había soltado por la boca era un nuevo frente a discutir con ella, pero no le importó.

Alma se volvió a sentar en la mesa de su despacho y continuó trabajando mientras tarareaba.

Eso sí, cabreada como una mona, porque su madre le acababa de llamar ¡vieja, gorda y amargada!