Capítulo 27
Varias mujeres, con sus sonrientes familiares y amigos, estaban en la tienda para probarse sus preciosos vestidos de novia.
Aquel momento era un ritual. Un ritual cargado de sonrisas, emociones y lágrimas, al que Alma ya estaba acostumbrada y disfrutaba como una más.
Alma y una de sus ayudantes estaban ajustando el vestido a una novia para que el día del enlace fuese todo perfecto. La mujer se puso los zapatos, y la ayudante dejó a Alma y a la novia a solas.
Su familia esperaba impaciente en una salita colindante.
La prueba de un vestido de novia era un momento inolvidable para la que se casaba y para quienes la acompañaban.
Verse ante el espejo con un vestido que no volvería a ponerse probablemente en su vida, solía emocionar, y cuando Alma vio a aquella mujer con los ojos cargados de lágrimas, entregándole un kleenex, señaló:
—Estás muy guapa y el vestido te queda espectacular.
Karina, emocionada, sonrió.
—¿Puedo preguntarte algo? —le pidió.
—Lo que quieras.
Alisó la bonita falda de tul de su vestido y miró a Alma.
—¿Crees que hago lo correcto llevando este vestido de novia, siendo divorciada y con cuarenta y ocho años o por el contrario hago el ridículo? —preguntó.
Alma con cariño sonrió. No era la primera vez que veía aquella inseguridad en mujeres maduras.
—Creo. Afirmo. Y aseguro —le dijo con convicción, cogiéndole las manos— que haces lo correcto. Y no haces el ridículo. La vida es para vivirla y tú vives tu vida.
Karina suspiró y se miró al espejo.
—Mi madre cree que vestirme de novia a mi edad no es lo más correcto —murmuró.
—Eso lo cree tu madre. Pero ¿qué crees tú?
Karina volvió a mirarse.
—Yo estoy encantada de verme vestida de novia —replicó.
Alma asintió, y ella continuó—: Me divorcié hace diez años de Jesús.
Y para ella con que me casara con David por el juzgado estaría bien.
Pero David ¡es maravilloso! Ilumina mis días de una manera que yo todavía no me lo creo y él nunca se ha casado.
Y sé lo importante que es para él este día, incluso que yo camine hacia el altar vestida de novia.
En temas de padres, Alma tenía una licenciatura.
—Hablamos de tu vida, no de la de tu madre —le dijo—.
Eso como primer comentario. El que te divorciaras no quiere decir que no te puedas volver a enamorar, ilusionar y casar.
Eso como segundo comentario. Y como último y tercer comentario te diré que, si has conocido a un maravilloso unicornio que ilumina tus días, lo vivas, disfrutes y luzcas tu bonito vestido el día de tu boda.
Si David se lo merece y tú estás feliz, no hay más que hablar.
Sonriendo, Karina asintió. Aquellas palabras la reafirmaban en su decisión.
—Pues entonces vamos a enseñarles el vestido a mi madre y mis hijos —anunció con determinación.
—Me parece perfecto.
Agarrándose la pomposa falda, Karina salió del probador y, acompañada de Alma, llegó a la sala donde sus familiares la esperaban. Al entrar, un «ohhhhhh» generalizado la hizo sonreír.
En un discreto segundo plano, Alma observó el momento y vio cómo los hijos de aquella la ensalzaban. Las hermanas y amigas también y finalmente la que intuyó que era la madre se levantó y dándole un beso, sonrió. Ver aquello a Alma la emocionó.
Acabada aquella prueba, cuando Alma estaba en el atelier mirando unos patrones, entró Olga, una de las chicas nuevas contratada para el periodo de las bodas.
—Alma, un hombre pregunta por ti.
—¿Quién es?
La joven con gesto preocupado no supo responder. No había preguntado el nombre.
—No te preocupes, Olga. Ya salgo.
Cuando la joven desapareció, Alma dejó los patrones sobre la mesa y caminó hacia la tienda. Al salir se sorprendió. Era Elías, el novio de su hija. Iba impecablemente vestido con un traje azulón, su inseparable Rolex y sus relucientes zapatos.
Con una sonrisa de desconcierto por aquella imprevista visita, se acercó a él, que observaba unos vestidos de novia.
—Hola, Elías, ¿a qué se debe esta visita? —lo saludó.
Elías, que observaba aquel glamuroso local, le dio dos besos en las mejillas.
—Qué tienda más bonita tienes —alabó.
—Gracias.
—¿Todos estos vestidos los has diseñado tú?
—El ochenta por ciento de ellos —respondió con seguridad—. El otro veinte son de otros diseñadores.
—¡Qué maravilla!
Se quedaron en silencio mirando unos instantes la tienda.
—Natalia me comentó que tu socia y tú os habéis planteado comprar el local de al lado para ampliar el negocio —fue Elías al grano.
—Así es. Comprándolo podríamos ampliar estancias. En especial, la del taller.
—¿Tenéis taller aquí?
—Sí. Ahora te lo enseño.
—Si quieres, me puedes pasar la documentación que habéis entregado en el banco y... —propuso él.
—Te lo agradezco, Elías, pero no hace falta —lo cortó.
—¿Seguro?
—Seguro —zanjó ella el tema.
—Ven. Sígueme. Te enseñaré el taller —dijo ella.
El hombre la siguió en silencio. Se dirigieron a una sala en donde varias personas trabajaban en diferentes máquinas o mesas y en la que se veían distintas telas y maniquíes.
Elías, curioso, lo examinó todo.
—Este espacio se te ha quedado pequeño —señaló.
—Sí. Pero con el préstamo, compraremos el local de al lado y ampliaremos todas las estancias.
—Los locales de esta zona son bastante caros.
—Tremendamente caros —afirmó Alma, pero sonriendo añadió—: Pero, por suerte, si nos conceden el préstamo, podremos afrontarlo.
Durante varios minutos deambularon por el taller.
—He venido porque me gustaría hablar contigo unos minutos sin que Natalia esté delante —dijo él de repente.
Sorprendida, Alma asintió.
—Sígueme. Vayamos a mi despacho —indicó.
Elías la siguió. Subieron a la primera planta, donde tenían las oficinas y cuando entraron en el despacho de Alma y ella cerró la puerta, con gesto preocupado, preguntó:
—¿Ocurre algo?
—No. Tranquila. No ocurre nada por lo que debas alarmarte.
Solo quería hablar contigo con respecto a mi relación con tu hija.
—Alma hizo un gesto afirmativo; él tomó asiento y añadió—: Entiendo tu desconcierto por nuestra diferencia de edad, pero quiero que sepas que soy un hombre que estoy muy bien a pesar de los años y al que la vida le permite muchos lujos.
Eso sin contar con las cosas que le puedo enseñar a Natalia.
A Alma le hizo gracia aquel comentario. Encima de presumido, ¡vanidoso! ¿Qué pretendía enseñarle aquel hombre a su hija?
—La edad no es impedimento si existe amor —contestó con tranquilidad; no quería parecer borde—.
Y siendo sincera, no sé qué le vas a enseñar a mi hija que yo no le haya enseñado ya.
Es más. La he criado para que sea una mujer independiente con ideas propias y para que viva la vida feliz, libre y segura.
—Mi intención es hacerla feliz.
—Eso quiero. Como su madre, solo deseo su felicidad.
—Te entiendo. Eso mismo quiero yo para mi hijo Saem.
Alma no pudo menos que asentir al oír hablar de Saem.
—Me dijo Natalia que nos acompañarás pasado mañana para ver a tus padres —dijo Elías.
—Sí.
—Te lo agradezco, Alma, pero no hace falta.
—Te equivocas. Sí hace falta. —Que le llevara la contraria no agradó a Elías; ella aclaró—: Mis padres son complicados y posiblemente escucharás y te dirán cosas que no te van a gustar.
—¿Tan mal se lo van a tomar? —se sorprendió él.
—Peor. —Elías resopló y no pudo evitar una expresión de preocupación. Alma añadió—: Mi consejo para ese día es que, a pesar de lo que oigas, no entres al trapo. Suelen ser especialistas en retorcer las cosas con maldad.
Elías asintió. Pero ¿qué clase de familia era aquella?
—¿Al padre de Natalia tampoco le gustaré?
—Le gustará tu dinero. —Sorprendido por aquella crudeza, Elías fue a hablar cuando ella dijo—: Sé que parecen las palabras de una mujer despechada y herida, pero no.
No es así. Natalia es lo mejor, más bonito y puro que tengo en mi vida.
Pero su padre es todo lo contrario. Cuando lo conozcas, tú mismo sacarás tus propias conclusiones.
Y dicho esto, espero que, como yo, protejas a Natalia de él.
Desconcertado, asintió. Aunque Natalia le había dicho que sus abuelos y su padre no eran como su madre, no imaginaba algo así.
—Estáis muy guapas las dos en esa foto —dijo, al fijarse en una fotografía que estaba sobre la mesa.
—Gracias.
Elías se levantó. Alma lo imitó.
—El cumpleaños de Natalia se acerca. ¿Tienes pensado algo? —preguntó él. Alma se encogió de hombros, y él propuso—: ¿Qué te parece si le organizamos una fiesta sorpresa en mi casa?
—Me parece bien, pero voy muy liada de trabajo y...
—Por eso no te preocupes. Tú pásame un listado con los amigos de Natalia que no pueden faltar y mi secretaria se encargará de organizar todo y de llamarles.
Alma se lo pensó. Desde que nació Natalia, ella se ocupaba de organizarle aquella fiesta, pero consciente de que estaba hasta arriba de trabajo y de que aquella ayuda que Elías proponía era una buena solución, le pareció una buena idea.
—Me parece genial. Te pasaré el listado.
Cinco minutos después, Elías se marchó y Alma regresó al atelier, donde continuó revisando unos patrones que eran importantes.