Capítulo 26
El domingo por la mañana Alma, Estíbaliz, Romina y Nuria se fueron al Rastro. Si algo les gustaba era caminar por la zona de los muebles artesanales y las antigüedades.
A la una y media, cargadas con las compras realizadas, se pararon a tomarse un aperitivo. Siempre que finalizaban sus compras en el Rastro, les encantaba tomar un vermut con patatas bravas en el bar de Agustina. Estaban disfrutando del momento cuando Nuria preguntó:
—A ver, mi querida loba, ¿bien ayer con Ricardo?
Alma asintió. Recordar la tarde de sexo con Ricardo le hizo sonreír. Y sin comentar que en varias ocasiones por su pensamiento se cruzó Saem, respondió:
—Tan bien como siempre. El tío es una máquina y yo un caramelito .
—Lo que hay que oír —musitó Romina.
Una carcajada escapó de sus bocas.
—Follamos como locos —añadió Alma.
—¡¡Almaaaa!! —gruño Romina.
Estíbaliz, divertida, tragó la patata brava que tenía en la boca.
—Con saber que te lo pasaste bien ¡es suficiente! —le riñó.
Entre risas, y tras coger algo de comida para llevarse a casa, las cuatro se encaminaron hacia el coche de Alma.
Después de guardar las cosas, se dirigieron hacia el piso de Nuria.
La gran mayoría de las compras eran suyas.
Al entrar en el portal, Nuria vio a Mario parado en los buzones.
Parecía que regresaba de correr por cómo iba vestido y lo sudada que llevaba la camiseta.
Como si no lo conociera, pasó por delante de él con sus amigas.
—Buenas tardes, vecina —oyó.
Alma, Estíbaliz y Romina se pararon para mirar, y Nuria, al darse cuenta, dijo:
—Buenos tardes, vecino.
Con celeridad, Nuria abrió el ascensor. De un empujón metió a Alma, que no se había percatado de quién era él, y miró a sus amigas.
—¿Entráis? —preguntó.
Ellas lo hicieron, y antes de cerrar la puerta del ascensor, Nuria se giró hacia Mario, que las miraba con descaro sonriendo. Le dedicó una de sus intimidantes miradas y cuando la puerta se cerró, le dio al tercer piso.
—¿Quién es ese? —preguntó Romina.
—Mi vecino de la puerta de al lado.
—¿El que pone a Barry White?
—Sí.
—Madurito interesante y potentón —cuchicheó Estíbaliz.
—No es mi estilo —matizó Nuria—. Me gustan más jóvenes.
Estíbaliz sonrió.
—Madre mía, qué hambre tengo —soltó Nuria para cambiar de tema.
Al entrar en la casa, todas se fijaron en una enorme caja de cartón que había en el recibidor.
—¿Y eso?
—La caja donde venía el precioso baúl que encargué a Noruega. —Sorprendidas, miraron la caja y Nuria añadió—: Luego bajamos al punto limpio la caja. Tranquilas. Ahí no se va a quedar.
—¿Dónde está el baúl que te enamoró? —preguntó Alma.
Encantada y feliz, Nuria entró en el coqueto salón, y dijo, señalándolo:
—Tachánnnnnn.
Las amigas ensalzaron el baúl. Era una bonita antigüedad, restaurada y decapada en un color claro y cuando Estíbaliz y Romina se fueron hasta la cocina para sacar de las bolsas la comida que habían comprado, Alma, bajando la voz, murmuró:
—¿Por qué me has empujado así en el ascensor?
—Porque era él.
—¿Él? ¿Quién es él?
Nuria tomó aire.
—Mario. El tío de Saem —susurró.
Boquiabierta, Alma parpadeó. ¿En serio? Con lo grande que era Madrid, Nuria tenía que ser la vecina del tío de Saem.
—¿Es tu vecino y no me lo dices? —le recriminó, intentando controlar su nerviosismo.
—No quería ni preocuparte, ni acalorarte. —Acalorada, Alma se dio aire con la mano, y Nuria observó—: Y sí, amiga. En este momento estás preocupada y acalorada y no precisamente por la puñetera menopausia.
Alma resopló. Su amiga tenía razón. Romina apareció con una botella de vinito blanco. Tenían que comer.
Durante un buen rato las cuatro amigas hablaron de sus cosas, que no eran pocas. La terraza de Nuria era rectangular y grandecita. Tenía varias jardineras vacías.
—El próximo día te traigo geranios —le dijo Romina—. Los tengo enormes en la ventana de casa.
—Mejor que no.
—¿Por qué?
—Porque soy el corredor de la muerte para las plantas. Por lo tanto, como dice la canción de nuestra loba jefa y nuestro amado Sanz: «Te lo agradezco, pero no».
A las cinco de la tarde, Romina y Estíbaliz se marcharon. Ambas tenían planes con sus maridos. Por ello, Nuria y Alma se tiraron en el cómodo y nuevo sofá para ver una película. Acabada la peli salieron a la terraza para fumarse un cigarro. Ambas se apoyaron en la barandilla.
—¿Ese es tu vecino? —curioseó Alma.
Nuria vio entonces a Mario parado en el portal. Justamente debajo de donde ellas estaban. Vestía unas bermudas vaqueras, una camiseta blanca y, por cómo movía las manos, tenía que estar hablando con alguien.
—¿Y si le escupo?
—Nuriaaaaa.
—¡¿Qué?!
—¿Pero qué dices?
—Una maldad. Lo sé. Soy lo peor.
—¡Y tan maldad!
Se rieron.
—Vale. Lo reconozco —bromeó Nuria—. La niña cabrona que con dieciséis años fui sigue en mí. Pero cuando veo a ese chulito ¡potentón! me saca de mis casillas.
Divertidas reían por aquello, cuando Nuria cogió una botellita de agua que estaba sobre la mesa de la terraza y, tras quitar el tapón, la volcó y el agua se desparramó.
Sorprendida, Alma vio cómo Mario rápidamente se tocaba la cabeza al notar la humedad. Acto seguido miraba hacia arriba, por lo que tiró del brazo de su amiga y la obligó a agacharse para que no las viera.
—¡Te has vuelto loca! —le riñó. Nuria, con gesto de no haber roto un plato, parpadeó, y Alma volvió a regañarla—: Contén a la niña cabrona de tu interior, porque ya tenemos una edad para hacer estas tonterías. ¡No me jorobes, Nuria!
—Por favorrr —se mofó ella.
—Pero ¿cómo se te ocurre hacer eso?
—¿El qué?
—Nuriaaaa...
Incapaz de contenerse, ambas comenzaron a reír. Lo que acababa de hacer era horrible. Surrealista. Pero no podían dejar de reír.
—Ha sido un impulso —admitió Nuria.
—Más bien una mala acción.
—Realmente, no sé por qué lo he hecho. Bueno sí, porque es muyyyy tontoooo.
—Y tú muy cabrona...
Nuria se tapó con una mano el rostro. Su amiga tenía razón.
—Te puede denunciar por lo que has hecho —dijo Alma.
—¿Y cómo va a saber él que he sido yo?
—Porque yo creo que nos ha visto.
—Déjate de tonterías. Ese idiota no nos ha visto.
Sin levantarse, se quedaron varios minutos sentadas en el suelo de la terraza, cuando de pronto sonó con insistencia el timbre de la puerta.
—Oh... oh... —murmuró Alma.
—No pienso abrir —musitó Nuria, consciente de la cagada que acababa de hacer.
—Nuria, ¡sabe que estamos dentro!
—¡¿Y?!
Con cuidado se levantaron del suelo y de puntillas fueron hasta la entrada donde el timbre sonaba y sonaba. Con sigilo, Nuria miró por la mirilla. Al otro lado de la puerta estaba Mario, con la cabeza empapada y el gesto serio.
—Sé que estás ahí, ¡abre la jodida puerta! —le gritó.
Llevándose la mano a la boca, Nuria se tapó la sonrisa.
—No es momento de reír —la reprendió Alma.
—Lo sé. Pero no lo puedo remediar.
La insistencia de Mario y sus voces proseguían.
—Haz el favor de abrir y disculparte —le pidió Alma.
—¡Ni hablar!
—¡Nuriaaaaa!
Ella, consciente de que lo que había hecho era horrible, se arrepintió.
—Soy lo peor. ¿Por qué no me lo has impedido?
—¿¡Yo!?
—Sí, ¡tú!
—¡Tendrás poca vergüenza!
Alma, agobiada, resopló. Miró por la mirilla y de repente dio un traspié hacia atrás.
—Ay, Dios mío. ¡Saem está con él! —entró en pánico.
—Nooooo —murmuró Nuria, mirando.
—¡No se te ocurra abrir!
—A ver si te aclaras, guapa. ¿Abro? ¿O no abro?
—Mira, bruja. Como no abras, te juro que llamo a la policía —gritó Mario.
—¿Me acaba de llamar bruja otra vez el jodido calvo? —murmuró Nuria, abriendo mucho los ojos.
Alma resopló. Allí se iba a liar la marimorena. Y cuando su amiga puso la mano en el picaporte, sin saber por qué, se tiró al suelo y se colocó la enorme caja de cartón sobre ella. Tenía que esconderse.
Nuria, al ver aquello, se echó a reír cuando abrió la puerta.
—¿Y encima te ríes? —oyó que le decía Mario, cabreado.
Cuando oyó aquella voz, cambió el gesto, y al ver a su sobrino, preguntó:
—A ver, ¿qué pasa?
Saem, con voz calmada, le pedía tranquilidad a su tío.
—¿En serio tienes la poca vergüenza de preguntar eso? —le gritó él, con la cabeza y la camiseta mojada.
Con gesto angelical, Nuria parpadeó.
—Os he visto. He visto a alguien en tu balcón y cómo os escondíais —acusó Mario. Nuria asintió. Mentir era ridículo. Si las había visto ¡las había visto! Debía encontrar una posible explicación menos indignante que la real, pero él no la dejó hablar—. Dime al menos que es agua y no pis.
—Por favorrr, pero ¿por quién me has tomado? —Él no contestó, y ella no pudo evitar un comentario jocoso—: Aunque entiendo que el agua te ha rizado el pelo.
Saem levantó las cejas sorprendido por aquello, y Mario, tocando su aún mojada calva, respondió:
—Dijo la bruja morena de bote.
—Bueno... tengamos tranquilidad —murmuró Saem, intentando calmar los ánimos.
Los dos contrincantes se miraron. Uno era calvo y la otra se teñía el cabello para ocultar sus canas. Estaba claro que sabían cómo molestarse el uno al otro.
—De acuerdo. Lo siento —se disculpó Nuria para zanjar el tema, y mintiendo añadió—: Regué las plantas que tengo en las jardineras de la terraza sin darme cuenta de que podía pasar lo que ha pasado. Por lo tanto, ¡perdón!
Aquella reacción a Mario lo sorprendió. ¿Le estaba pidiendo disculpas?
—Lo ves, tío Mario —indicó Saem—. Te dije que tenía que haber sido sin querer.
—Y tanto que sin querer. No soy tan «bruja», aunque mi escoba tenga más kilometraje que mi coche —afirmó Nuria con gesto victimista.
Aquel comentario hizo sonreír a Saem, pero a Mario no. Este movió la cabeza. No la creía, pero tampoco podía poner en duda lo que estaba diciendo. Él mismo tenía macetas en la terraza. Se secó con la mano la cabeza y extendió un dedo ante ella.
—Riégalas a partir de las doce de la noche —le dijo—.
Así evitarás mojar a quien entre o salga del portal.
—Nuria asintió, y Mario, viendo que la mirada de ella no concordaba con su sentido gesto, indicó, moviendo su dedo—: Como tú dijiste, esta es la línea que nos separa.
Recuerda. Tú por tu ladito y yo por el mío.
A Nuria le hizo gracia aquello, pero sin cambiar su gesto victimista, susurró:
—Lo recordaré.
Guardaron silencio unos segundos, y de pronto, Saem, mirando la enorme caja que había en medio del recibidor, preguntó:
—¿Necesitas que baje la caja al contenedor de cartón?
Nuria miró la caja. Bajo ella estaba Alma escondiéndose.
—No, gracias —Y le dio una patadita.
—No me cuesta nada —insistió Saem.
—Que lo baje ella. Es su basura —bramó Mario, molesto con lo ocurrido.
—Aclarado el tema agua. ¿Queréis algo más? —preguntó Nuria, deseosa de cerrar la puerta ya.
Saem y Mario negaron con la cabeza.
—Pues entonces, ¡adiós! —dijo ella con su habitual desparpajo.
Y sin más, cerró la puerta en sus narices.
Rápidamente echó una ojeada por la mirilla, sonriendo al ver cómo ellos se miraban desconcertados y oía a Mario decir mientras se dirigían a la puerta de al lado:
—Esta no es bruja, es la jefa suprema del aquelarre.
Alma, que había escuchado todo bajo la caja, se la quitó de encima.
—Te quiero, aunque contigo la paciencia sea deporte olímpico —protestó.
Nuria, con gesto serio, la miró. Que aquel idiota la llamara bruja no le hacía ni pizca de gracia, pero tomó aire y respiró. Más le valía respirar.