Ríete de las bodas Capítulo 25
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Capítulo 25

Con los auriculares puestos, el sábado por la mañana Alma trotaba sobre la cinta de correr del gimnasio de su urbanización mientras tarareaba la canción Soltera , de Shakira, y sonreía.

Como decía la canción, estaba soltera, no tenía que dar explicaciones a nadie. ¿Por qué no podía pasarlo bien?

Inconscientemente, supo que pensaba eso por lo ocurrido con Saem. Con él no tenía nada. Solo había sido un rollo que duró algunos días, por lo que no se tenía que sentir culpable por haberle mentido. Pero la realidad era que se sentía culpable. Tremendamente culpable.

Estaba sumida en estos pensamientos cuando sintió a su lado una presencia y antes de mirar ya la habían besado en el cuello y alguien le decía.

—Hola, Caramelito.

Divertida, sonrió. Ahí estaba su vecino Ricardo. Ese que siempre que la veía la llamaba Caramelito. Un divorciado con el que tenía muy buen rollo y con el que había tenido algún que otro encuentro sexual.

Sonriendo se miraron. Alma se quitó uno de los auriculares y bajando la intensidad de su cinta estática, saludó:

—Pero bueno, ¡cuántos días sin verte!

Ricardo asintió y tras darle dos besos en la mejilla a modo de saludo, se subió en la cinta estática que había al lado y empezó a caminar sobre ella.

—Estuve de trabajo en Suecia —le explicó.

Él era CEO en una empresa de cine. Ricardo, como ella, llevaba muchos años divorciado y, como ella, no buscaba el amor. Simplemente buscaba disfrutar del momento sin malos rollos ni complicaciones. Algo que a ambos les venía bien.

Durante un buen rato hablaron de todo lo que se les ocurrió mientras trotaban sobre las cintas. Como siempre, se entendían hablando.

—¿Tienes algún plan para hoy? —le preguntó él.

—No.

—A ver, Caramelito. ¿Qué te parece si hago una rica pasta carbonara en mi casa? La última vez estuvimos en la tuya.

Alma sonrió. Sabía cuál sería el postre tras esa carbonara y, encogiéndose de hombros, y dispuesta a dejar de pensar en Saem, aceptó.

—Pues me parece genial.

Media hora después, tras despedirse, quedaron en verse a las dos de la tarde en el piso de él.

Tras una ducha que a Alma le supo a gloria y en la que se repasó con la depiladora, estaba arreglándose cuando sonó su teléfono.

—Hola, corazón.

—Hola, mamá. ¿Qué haces?

—Pues en este momento arreglándome. ¿Y tú?

Natalia miró a su derecha.

—Estoy en casa de Elías con su hermano Mario, al que he conocido hoy, y es muy simpático, y Saem. Vamos a comer. —A Alma se le encogió el estómago al oír aquel nombre. Su hija prosiguió—: Y por eso te llamaba, por si te quieres venir a comer.

—No, gracias —contestó con rapidez—. Tengo planes.

—¿Qué planes?

Mirándose en el espejo, Alma se recogió el cabello en una coleta alta.

—Voy a comer con Ricardo —explicó.

—Wooooo, Caramelitoooooo —se mofó Natalia.

—Va a preparar pasta carbonara en su casa.

—Woooooo, no digo másssss. —Ambas se rieron. Natalia sabía que su madre y Ricardo de vez en cuando tenían sexo sin compromiso y cuchicheó antes de colgar—: Pues pásalo bien, mamá.

—Te lo aseguro —afirmó Alma, y luego cogió su bolso y tras darle un beso a Sugar en la cabeza, se encaminó hacia el piso de Ricardo. Tenía una excelente tarde por delante en la que no iba a pensar en Saem.

Cuando Natalia con una sonrisa se guardó el teléfono en el bolsillo del pantalón, al darse la vuelta, vio cómo los tres la observaban.

—Mamá tiene planes —les informó.

—¿Qué planes? —preguntó, curioso, Elías.

—Se va a comer a casa de Ricardo —dijo ella—. Un vecino, atractivo y divorciado con el que tiene muy buen rollito y la llama ¡Caramelito!

Elías y Mario sonrieron. Saem no. Si él y su tío estaban allí era porque su padre se había empeñado en que Mario conociera a Natalia. Y Saem, para facilitarle el momento a su tío, le había acompañado. Su padre y su tío nunca quedaban a solas. Su relación era respetuosa, pero distante.

—Normal que Alma tenga planes.

—¿Y por qué lo ves normal, papá? —preguntó Saem con cierta acidez.

Mario lo miró. Natalia también. La pregunta le había salido como un resorte de la boca.

—Pues porque es una mujer atractiva y divorciada —contestó su padre—. Por eso lo veo normal. Y si tu tío la conociera, lo vería tan normal como yo. Incluso puede que le pidiese una cita.

Mario se calló lo que pensaba. Ni su hermano ni la novia de su hermano podían saber que conocía a Alma, y mucho menos que la conoció cuando esta fue a explicarse ante Saem por sus mentiras.

—Mario —dijo Natalia—, siento no poder presentarte hoy a mi madre. Será otro día.

—Tranquila. No hay prisa.

Segundos después, cuando Elías y Natalia se alejaron un momento, Mario miró a su sobrino.

—He venido por no hacer un feo a esa muchacha que me quería conocer —le dijo—. Pero, en cuanto terminemos de comer, me quiero ir de aquí.

—Lo sé, tío. Tranquilo.

—¿Celoso porque tenga una cita esa mujer? —preguntó Mario al ver el gesto adusto de su sobrino.

—Pero ¿qué dices?

—Lo que veo.

—No digas tonterías.

Mario sonrió. Conocía a su sobrino.

—Deja de apretar los dientes —le recomendó—. La mandíbula se te tensa.

Saem maldijo. Recordaba quién era ese Ricardo.