Ríete de las bodas Capítulo 24
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Capítulo 24

Dos días después, tras acabar el servicio de cenas, Saem llamó a su tío Mario para comentarle algo de una factura recibida de los proveedores del local de copas, y cuando finalizaron de hablar de aquello, este le dijo.

—¿Sabes quién es mi vecina?

—¿Quién?

—La insoportable amiga de Sara. La que en realidad se llama Alma.

—Sorprendido, Saem frunció el entrecejo; su tío le explicó—: El día que la vi en el local me sonó su rostro.

Sabía que había visto en algún sitio a esa bruja.

Y resulta que es mi vecina de la puerta de al lado.

¿Te lo puedes creer? —Saem negó con la cabeza—.

Eso sí. Dudo que vaya a pedirle azúcar, porque esa es capaz de darme cianuro. Menuda tía más insoportable.

Durante un rato hablaron sobre aquello. El mundo era demasiado pequeño. Minutos después se despidieron y quedaron en verse otro día.

Mientras procesaba lo que su tío le había contado, Saem se sentó en la mesa de su despacho cuando la puerta se abrió. Era Ji Woo.

—Vaya... vaya... —dijo ella, mirándolo con una sonrisa.

—Vaya... Vaya... ¿qué? —preguntó Saem.

Ji Woo se acercó a él.

—No habías comentado que esperaras compañía esta noche —murmuró. Sorprendido, Saem levantó las cejas, y ella, con una sonrisita, le aclaró—: Una tal Natalia pregunta por ti.

Al escuchar aquel nombre, Saem se levantó. ¿Natalia allí?

—Dile que pase —le pidió, intentando que no se notara su desconcierto.

—¿Quién es? ¡Cuéntameeeee! Tengo mucha curiosidaddddd. —Saem clavó su mirada en Ji Woo, pero a ella le dio igual, porque añadió—: Un poco más joven de lo que te suelen gustar, ¡pero guapísima!

Saem suspiró. No entendía qué hacía allí aquella joven.

—¡Dile que pase! —repitió.

Divertida, Ji Woo abrió la puerta.

—Natalia, por favor, pasa —dijo, con una bonita sonrisa.

Ella lo hizo de inmediato. Su mirada y la de Saem rápidamente conectaron.

—Os dejo para que habléis —dijo Ji Woo, quien no pudo evitar un cierto retintín, antes de cerrar la puerta.

Cuando se quedaron solos en el despacho se miraron durante unos segundos en silencio, hasta que Natalia, confundida por la mirada de Saem, saludó:

—Hola, Saem.

—Hola, Natalia.

De nuevo el silencio los rodeó. Saem quería ser prudente, porque no entendía a qué venía aquella desconcertante visita.

—Estarás pensando qué hago aquí —arrancó Natalia.

—La verdad es que sí.

Ella tomó aire.

—Vine para que me aclares algo que me dijiste el día de la comida cuando te marchabas —le pidió con firmeza.

Saem asintió. Ahora ya sabía el motivo de la visita.

—¿Quieres algo de beber? —le preguntó.

—Una Coca-Cola.

Él se acercó a una pequeña nevera y sacó dos latas de Coca-Cola.

—¿Vaso y hielo? —ofreció.

—No. Así está bien.

—Siéntate, por favor —le dijo, entregándole una de las bebidas.

Natalia se sentó en un sillón de cuero marrón y él lo hizo a su lado.

—¿Mi padre sabe que estás aquí? —preguntó, mientras abría su lata.

—No, y no se lo voy a decir.

—Mejor.

—Esta visita quedará como algo entre tú y yo. —Con prudencia, Saem hizo un gesto afirmativo. Natalia, necesitada de saber, insistió—: Mira, Saem. No soy persona a la que le guste andarse con rodeos, por lo que necesito saber por qué el otro día dijiste que fuera lista y me alejara de tu padre.

Él trató de buscar las palabras más acertadas para explicarse.

—No te conozco, pero a mi padre sí —empezó—.

Y al igual que veo en ti que eres una buena persona, no puedo decir lo mismo de él.

Y lo sé. Suena fatal lo que estoy diciendo, porque hablo de mi padre, pero mi relación con él no es precisamente un camino de rosas.

—Sorprendida, Natalia parpadeó. Cuando Elías hablaba de Saem lo hacía con amabilidad; él prosiguió—: Imagino que sabes que mi padre ha salido con otras mujeres antes que contigo.

—No lo he hablado con él, pero claro que lo imagino. Como entiendo que él sabe que yo he salido con otros hombres antes que él. Ambos somos adultos.

—¿Te ha hablado de su relación anterior? —quiso saber él.

—No.

Saem en su interior maldijo. ¿Qué hacía hablando de aquello?

¿Por qué se estaba entrometiendo? Si algo no le gustaba era entrometerse en las vidas ajenas y menos en la de su padre.

Pero aquella muchacha, y en especial su madre, le caían bien, y se merecía saber dónde se metía, así que tomó aire, y se lanzó.

—Lo que te voy a decir no hay forma de dulcificarlo, pero tienes que saber que mi padre es un gran manipulador, entre otras cosas.

Es una persona que sabe cómo ganarse la confianza de la gente para que emocionalmente dependan de él, y cuando lo consigue y esa persona se convierte en alguien invisible, se aburre y la descarta.

Y a la primera persona que se lo hizo fue a mi madre.

—Natalia frunció el entrecejo; Saem preguntó—: ¿Quieres que continúe?

—Sí.

—Hace cuatro años mi padre conoció a Verónica —explicó, evitando hablar de su madre—. Ella tenía más o menos tu edad, y era una persona tranquila y reservada. De esas que por no entrar en conflicto se quedan calladas y en un segundo plano.

—Yo no soy así.

—Lo sé. Y no sabes cuánto me alegro. Porque mi padre es una persona que, de entrada, parece amable y encantador.

Es la clase de hombre que, por su palabrería y su manera de hacer las cosas, te hace creer que te va a bajar la luna, pero, en realidad, te baja al infierno.

—Natalia levantó las cejas. Aquello era imposible.

Elías era increíble. Saem soltó—: Cuando mi padre hizo lo que quiso con Verónica y finalmente la descartó, ella se intentó suicidar.

—¿¡Qué?!

—Hoy en día, sigue internada en un centro de salud mental, y por suerte se va recuperando.

Natalia, estupefacta, se levantó de un salto.

—Pero ¿qué dices, Saem?

—Digo que cuando mi padre la convirtió en un ser sin criterio ni voluntad, se la quitó de encima, y ella, como estaba mal psicológicamente, hizo esa locura.

Por suerte, su hermana Almudena la encontró.

—Natalia, bloqueada al enterarse de todo eso, se quedó sin palabras.

Él continuó—: Mi padre ha tenido muchas mujeres en su vida y con todas se ha comportado igual.

La única que llegó a ese límite fue Verónica, aunque mi madre lo rozó.

Natalia negó con la cabeza. Imposible. Seguro que Saem estaba recrudeciendo aquel relato.

—¿Cómo puedes hablar así de tu padre? —le preguntó.

—Porque lo conozco muy bien. —Natalia, sentándose, dio un trago a su Coca-Cola—. Sé que lo que digo es...

—¡Es horrible! —lo interrumpió ella.

—Exacto. Es horrible. Y por eso te dije que te alejaras de él. Sé que tú no eres Verónica, pero no quiero que te haga daño, y...

—Mira, Saem —lo cortó, levantándose—. Te agradezco lo que me has contado y tu preocupación. Pero soy una mujer adulta y segura de sí misma que nunca se dejaría manipular por nadie. Además, soy de las personas que creen que los humanos podemos cometer errores y rectificar.

—Mi padre nunca va a cambiar.

—Eso no lo sabes.

—Lo sé —aseguró Saem—. Lo conozco desde hace treinta y nueve años, y vi lo que hacía con mi madre.

—Siento oír eso.

—Más lo siento yo.

Natalia tomó aire. Entendía su dolor. Pero todo el mundo cambiaba y evolucionaba en la vida.

—Respeto tus palabras y tus propias vivencias —dijo ella, sin querer dar su brazo a torcer—, pero permite que yo tome mis decisiones.

Saem asintió. No iba a discutir con ella. Odiaba discutir. Ella había ido a por una explicación y él se la había dado. Ahora que decidiera cómo proceder.

Estuvieron unos segundos en silencio hasta que Natalia agarró su bolso.

—Me gustaría que esta conversación quedara entre tú y yo —le pidió.

—Así será.

—Y, por favor, aunque no tengas amistad con mi madre, prométeme que bajo ningún concepto le comentarás nada de esto.

—Aunque no lo creas, no soy ningún chismoso, y te lo prometo —murmuró él, tomando aire, consciente de que no se iba a acercar a Alma.

—Como dice mi madre, en la vida hay que dar oportunidades a las personas que uno quiere, y yo a Elías lo quiero.

—Y al ver el gesto de aquel, insistió—: Saem, todos podemos equivocarnos, tomar malas decisiones, hacer cosas que no están bien, pero también todos podemos aprender de los errores y cambiar.

Saem estaba totalmente de acuerdo con ella, pero sabía que no era el caso de su padre. Él nunca cambiaría.

—Tú sabrás, Natalia —replicó, suavizando el gesto.

Segundos después, cuando aquella joven se marchó, Ji Woo entró en el despacho.

—Cuéntameeeeee... —canturreó con picardía.

—No tengo nada que contarte.

Ji Woo protestó. De pronto el teléfono móvil de Saem sonó y al ver quién era, no pudo evitar un tonillo sardónico.

—Es mi padre, ¡por una vez me alegro de que llame!

Ji Woo, con gesto hosco lo miró y sin decir nada salió del despacho.

—Hola, papá —lo saludó.

—Saem, ¿cómo estás?

Si supiera que Natalia acababa de salir de su despacho porque había ido en busca de una explicación por algo que él dijo el día de la comida, se cabrería.

—Bien.

—Iré directo y al grano. ¿Qué te pareció Natalia?

—Simpática y guapa —respondió con gesto cansado y tocándose la frente.

Elías se mostró encantado. Desde el primer instante en que la vio, tuvo la necesidad de conocerla más. Por suerte, a ella le pasó igual.

Durante un rato, Saem escuchó a su padre hablarle de la joven, mientras se mordía la lengua para no decirle lo que realmente pensaba. Pero no. No debía.

—Hay ciertos aspectos de ella que no son objeto de mi devoción —dijo Elías—. Le gusta salir por la noche, viajar de mochilera, hacer escalada y es de relaciones abiertas. Y la mujer que esté conmigo ha de ser en exclusiva.

—Ella en exclusiva, pero tú en multipropiedad, ¿verdad?

—Saem. No empecemos —siseó, molesto por aquellas palabras.

—No empieces tú. No sé qué haces saliendo con otra mujer.

—Porque me conviene.

—¿Y tú le convienes a ella? —Elías no respondió y Saem insistió—: ¿Te recuerdo lo que pasó con Verónica?

Oír aquello a Elías no le agradó. Aquel episodio de su pasado con aquella mujer era algo que no le gustaba recordar.

—Natalia no es Verónica. Ella es lista y sabe lo que quiero y me gusta.

—¿Y tú sabes lo que quiere y le gusta a ella? ¿O eso sigue sin importar?

—Saem...

—¡No! ¡Saem, no! —lo cortó ofuscado—. ¡Piénsalo!

Un incómodo silencio se instaló entre ambos.

—Ya salió tu frialdad coreana —soltó Elías.

Saem resopló. Odiaba que su padre dijera aquello. Oír lo de «frialdad coreana» le traía el mal recuerdo de sus padres discutiendo.

—Realmente, te llamaba para hablar de negocios —prosiguió Elías con frialdad—.

Quiero organizar una cena para mis amigos en casa.

El motivo es presentarles a Natalia y me gustaría que fueras el chef, pero ella no puede saberlo.

Quiero que sea una sorpresa, pues está deseando ir a comer a tu restaurante.

Saem se mostró de acuerdo. No era la primera vez que su padre o sus amigos lo contrataban para cenas particulares, y tras definir una fecha, lo apuntó en su agenda.

—Ya concretaremos el menú —señaló.