Capítulo 23
Delante de su mesa de trabajo, Alma rumiaba sus pensamientos.
Todavía no se podía creer que Saem, aquel con el que se había acostado en varias ocasiones, fuera el hijo del novio de su hija.
Pero ¿qué locura era esa? ¿Por qué los Masters del Universo tenían que ser tan cabrones con ella?
La puerta se abrió de improviso y entró Nuria.
—Acabo de llevar los papeles al banco —anunció, sonriente—. Me ha dicho el director de la sucursal que los estudiarán con cariño y amor, y nos llamarán.
Alma asintió. Aquel préstamo para ellas era importante.
—¡Estupendo! —exclamó, intentando sonreír.
—Cuando compremos el local de al lado, ¡esto va a ser colosal! —dijo Nuria, emocionada.
Alma asintió. Aquello que habían fantaseado Nuria y ella, con seguridad se iba a materializar. Sus cuentas en el banco eran perfectas. Su economía, la mejor.
—Será nuestro sueño hecho realidad —admitió.
—Y tantoooo.
Durante varios minutos hablaron sobre aquello tan importante para ellas.
—¿Qué te parece si te vienes de compras conmigo? —le propuso Nuria.
Alma no parecía muy animada.
—Venga. ¡Vayámonos de shopping ! —insistió Nuria.
—No me apetece mucho, la verdad.
—Hoy tengo el día gastón .
—¡Qué bien!
—Y quiero comprar cosas para la casa nueva. Sábanas, toallas, un bonito edredón y todo lo que se me antoje. La cama nueva es de uno cincuenta y las sábanas que tengo de la cama vieja son de uno treinta y cinco, por lo que no me valen.
—Normal —susurró Alma, desganada.
—¿Qué te pasa? —preguntó Nuria, sentándose a su lado.
—Nada.
—No me digas que sigues dándole vueltas a lo que ocurrió el otro día con cierto individuo medio coreano. —Incapaz de mentir, Alma asintió; Nuria indicó—: Pues muy mal.
—Lo sé. Pero me siento mal. Yo no soy una mentirosa, como él me llamó.
—Claro que no lo eres. Pero deberías entender que...
—Lo sé —le cortó—. Cualquier cosa que me digas ¡lo sé!
—Alma, ¿hay algo que no me cuentas?
—No.
—Entonces, ¿por qué sigues dándole vueltas?
—Porque me siento mal. Fatal. Saem es un hombre encantador. Y me sabe fatal haberle decepcionado. Y luego está lo de la canción.
—¿Qué canción?
Alma, dejando caer su cabeza sobre la mesa, murmuró dándose golpecitos:
— Risk It All , la última de Bruno Mars. Esa tan preciosa. —Nuria asintió y Alma añadió—: La bailé con él, y ahora cada vez que la escucho yo... yo... ¡joder!
Nuria se dio cuenta de que a su amiga aquel tipo le gustaba de verdad.
—De loba a loba, ¿debo preocuparme? —preguntó.
Alma levantó la cabeza de inmediato. La miró.
—No debes preocuparte por nada —replicó—. Ya se me pasará.
—¿Seguro?
—Segurísimo.
Nuria quiso creerla y no insistió más. Abrió su móvil y se lo mostró.
—Mira. Anoche cotilleando por internet, vi en una tienda este precioso baúl vintage en color beige para la entrada de mi piso. ¿Qué te parece?
Alma lo miró. Nuria tenía muy buen gusto en lo relativo a la decoración.
—Es una preciosidad —afirmó.
—¿A que sí? Es de una tienda en Noruega. Concretamente de una tienda de Bergen. Y lo he comprado.
—Excelente adquisición.
—Veamos cuánto tiempo tardan en enviármelo.
Alma sonrió. Nuria estaba feliz y emocionada con su nueva casa y con todo lo que estaba comprando para ella.
—Vete de compras —la animó.
—Pero quiero que te vengas conmigo.
—Tengo que terminar unas cosillas. Y la verdad, mi humor hoy no es el mejor y estoy deseando coger el coche e irme a casa para tirarme en el sofá con Sugar.
—Ok. Me iré de compras —claudicó al fin—. Pero en tu conciencia recaerá si me arruino comprando todo lo que se me antoje sin medida.
Las dos sonrieron.
—Disfruta de las compras —le deseó Alma.
Nuria se fue directa a una tienda de menaje del hogar que le encantaba, y allí compró sábanas, toallas, un par de edredones, cojines para el sofá y cojines para la cama. Si algo le gustaba eran los cojines.
Con todo metido en el coche, se dirigió hacia su casa nueva que estaba en el paseo de la Florida y, al pasar al lado del centro comercial de Príncipe Pío, decidió entrar. Seguro que allí compraría algo más.
Tranquilamente echó una ojeada en las tiendas que allí había hasta que, parándose frente al escaparate de una de ellas, se fijó en un centro de mesa que tenía unas bonitas velas redondas.
Rápidamente las visualizó sobre el mueblecito que había comprado para su entrada y no dudó.
Las compraría. Pero antes daría una vuelta por la tienda. Seguro que tendrían algo interesante.
Al cabo de diez minutos, tras elegir un par de cojines de pelito suave para el sofá, se dirigió hacia donde estaban las velas, y ya no estaban. Eso la jorobó, así que le preguntó a la dependienta.
—Disculpe, señorita. Sobre esa mesita había un centro de mesa con unas velas redondas, pero veo que ya no está. ¿Tendríais más?
La joven supo de qué le hablaba.
—Lo siento —respondió—, pero era el último que nos quedaba, y me consta que no traeremos más.
—Noooo...
—El hombre de la camisa roja que mira los portarretratos —susurró la chica— lo lleva en sus manos. Si quiere, puede estar pendiente, por si lo suelta y no se lo lleva.
Nuria asintió. Miró al hombre que parecía interesado en los portarretratos y cuando vio que soltaba el centro de mesa para seguir viendo los portarretratos, se acercó a él.
—Disculpe, ¿se va a llevar el centro de mesa? —le preguntó.
El hombre se giró con rapidez.
—Ahí va la hostia. ¡Tú! —exclamó.
A Nuria le cambió el gesto.
El que la miraba con gesto guasón era el tío de Saem. El tal Mario, con el que tuvo unas palabritas. Tomó aire para replicar cuando él la saludó.
—Nuria, ¿verdad?
Ella ni confirmó ni desmintió, y sin ganas de confraternizar, le preguntó, manteniendo las distancias:
—Le he hecho una pregunta, caballero. ¿Va a contestar?
—Lo de caballero me ha gustado, porque lo soy más que ¡caballornio! Pero, vamos, qué mínimo que un «¡hola!». ¿No crees?
—Disculpe, pero no tuteo a los desconocidos —replicó Nuria, a quien el gesto de guasa de Mario le estaba molestando.
— Porfaplisss —se mofó él.
Nuria apretó los puños. Aquel tipo con su gesto guasón y su sonrisita la estaba sacando de sus casillas.
—La verdad es que este centro de mesa es muy bonito y creo que quedará estupendamente sobre la mesa de mi salón. Por lo tanto, me lo voy a llevar —dijo.
—Es demasiado femenino.
Aquella excusa a Mario le hizo gracia. Estaba claro que ella lo quería sí o sí. Pero para hacerle rabiar, aunque a él el centro de mesa le daba igual, respondió:
—Me gusta lo femenino.
Nuria asintió, y sin más, se dio la vuelta y se alejó. No tenía nada más que hablar con él.
Mario la observó. Vio cómo aquella pagaba los cojines que llevaba en las manos y se marchaba de la tienda. Divertido, sonrió. Algunas mujeres qué complicadas eran, y siguió mirando los portarretratos. Quería comprar un par de ellos para su casa.
Nuria, algo alterada por lo ocurrido, siguió caminando por el centro comercial. Encontrarse con aquel tipo no le iba a jorobar el momento y sonriendo continuó con sus compras.
A las ocho de la noche dio por finalizadas sus compras y se encaminó hacia su casa. Feliz y canturreando, llegó hasta la puerta de su garaje, que se abrió tras darle al mando a distancia.
Aparcó y abrió el maletero para recoger sus bolsas.
—Si ya decía yo que te había visto antes.
Al oír aquella voz, Nuria se volvió y se quedó sin palabras. ¿Otra vez él?
—Pero ¿tú qué haces aquí? —preguntó, totalmente descolocada.
Mario dio al mando de su vehículo, que parpadeó, un coche situado a la derecha.
—Vivo aquí. 3. º D. —Nuria, sorprendida, no dijo nada. Así que era el que ponía siempre la música de Barry White. Lo sabía porque ella vivía en el 3. º C. Él añadió—: Ahí va la hostia, ¡eres mi vecina de al lado!
—¡Qué ilusión!
—Mujer. Intento ser amable.
—¿Y quién te ha pedido que seas amable?
—Serás bruja.
—¿Me acabas de llamar bruja?
—Sí. Con todas las letras. Desde la b hasta la a .
—Serás idiota.
Mario asintió. Estaba claro que el carácter de aquella mujer era complicadito. Al ver la cantidad de bolsas que tenía en el asiento trasero del vehículo, fue a ofrecerle su ayuda, pero consciente de que se la iba a rechazar, preguntó:
—¿Siempre llevas la escopeta cargada?
Lo miró con la ceja levantada. Aunque le gustara la música que ponía, no le gustaba él, y respondió haciendo un gesto con el dedo:
—Recuerda que entre tú y yo hay una línea imposible de traspasar. Ni te caigo bien. Ni me vas a caer. Por lo tanto, ve por tu lado sin molestar y yo iré por el mío, ¿de acuerdo?
Mario asintió. Aquella mujer era insoportable y, tras encogerse de hombros, se montó en su vehículo y se marchó.
Nuria, molesta con la situación, resopló. ¿Por qué aquel tenía que ser su vecino?