Capítulo 22
El servicio de comida en el restaurante Mesa Trece había sido movidito y cuando salió el último comensal por la puerta, Ji Woo, cerrando con llave, gritó:
—¡Liberadossssss!
Instantes después, la música llenó todo el espacio del restaurante, y el equipo al completo, sentándose alrededor de una mesa, se dispuso a comer.
Ji Woo hablaba. Siempre era la más habladora.
—¿Cuándo dijiste que es la boda de tu prima? —preguntó Rosa, una de las pinches de Saem.
Yeon-Seok, al saber que le hablaba a él, respondió.
—En octubre.
Todos se miraron. Él estaba emocionado con la boda, pues regresaría a su tierra natal, donde podría visitar a sus padres, a los que llevaba sin ver cuatro años.
—¿Conseguiste al final los pasajes económicos que querías? —se interesó Saem.
—Paola y yo hemos conseguido unos pasajes increíbles —afirmó Yeon-Seok—. Iremos desde Madrid al aeropuerto internacional de Hamad en Doha. Allí hacemos escala de unas dos horitas y luego cogemos el vuelo que nos lleva directos al Aeropuerto Internacional de Incheon en Seúl.
—¿Y cuántas horitas de viaje son?
—Diecisiete, más o menos —indicó Yeon-Seok.
Durante un buen rato el equipo sentado alrededor de la mesa habló sobre aquello y al terminar de comer, mientras todos regresaban a la cocina, para comenzar a preparar elaboraciones, Saem se encaminó a su despacho.
Tras cerrar la puerta, dejó unos papeles sobre la mesa, se sentó en el sofá y puso música en su teléfono. Comenzó a sonar Who Are You , del cantante Sam Kim. Instantes después se tumbó. Estaba agotado.
La noche anterior apenas había podido dormir.
Lo ocurrido con su padre, pero especialmente lo ocurrido con Alma, lo tenía todavía desconcertado, y resopló.
Debía olvidarse de ella. No merecía la pena seguir pensando en esa mujer que le aceleraba el corazón, aunque la canción que se había puesto le indicaba lo contrario.
Unos golpes en la puerta le hicieron saber que era Ji Woo. Entró y sonriendo fue hasta el escritorio. Allí cogió la agenda de Saem y apuntó algo. Y cuando la cerró lo miró.
—¿Qué te ocurre? —preguntó.
—Nada.
—La canción dice «Siempre te recordaré. Solo a ti te miraré», y te conozco... —le dijo—. Te pasa algo que tiene que ver con el corazón. Cuéntame, ¿te has enamorado y no me lo has contado? ¿Quién es? ¿Qué ha pasado? ¿Cómo he estado tan ciega para no verlo?
—Ji Woo...
—Uy... Uy... Uy... Te conozco y tengo curiosidad. Cuando tienes ese gesto tan tan tan serio, y encima escuchas música tan tan tan romántica es porque algo te pasa. Por lo tanto, o me lo dices, o no me voy a ir de aquí hasta saberlo.
Saem resopló. Adoraba a Ji Woo. Pero cuando se ponía pesada, era insufrible.
—Conocí a alguien y acabó mal —admitió.
Entonces Ji Woo cogió una silla y se sentó delante de él.
—¡Soy toda oídos! —exclamó.
A grandes rasgos, Saem le contó lo ocurrido con Alma.
—¿Y esa mentirosa mujer ha resultado ser la madre de la novia de tu padre? —se sorprendió. Saem asintió y Ji Woo exclamó—: ¡Qué fuerteeee!
—Ji Woo...
—Por favorrrr... es un perfecto k-drama, no me digas que no. Estoy por contárselo a mi prima Hi Yin, que trabaja como guionista para la KBS. Seguro que la idea le gusta.
—Ji Woo...
—¡Es broma!
Saem resopló. Aquello era una locura.
—A ver, que yo me entere —recapituló ella—. Si por un casual tu padre y esa chica se casan, ella pasará a ser tu madrastra y su madre ¡tu abuelastra! Y si tu padre y ella tienen niños, pasaran a ser tus hermanastros y...
—¡Quieres dejar de decir tonterías!
—¡Madre míaaaa!
Saem resopló de nuevo. Y Ji Woo entendió que no era aquello lo que le enfadaba.
—Pero a ti eso no te importa. A ti te importa que ella te haya dicho mentirijillas piadosas, ¿verdad? —Él no dijo nada, y ella siguió indagando—: ¿Por qué sigues enfadado, si ella, ayer mismo, te buscó para disculparse?
—Joder, Ji Woo...
—Vamos a ver, Saem. No puedes creer que todo el mundo es como...
—¡No la menciones!
—Olivia.
—¡Ji Woo!
—O-LI-VIA —repitió.
—Te he dicho que no la menciones.
Ji Woo movió la cabeza.
—Alma no es Olivia —continuó, sin hacerle caso—. Yo no soy Olivia. Cualquier mujer no es Olivia. Y sí, todas y todos decimos pequeñas mentiras alguna vez en nuestras vidas. ¡Tú también!
—Pero ¿qué estás diciendo?
Ji Woo sonrió.
—Yo le mentí a Clara, y a todos los rollos que me eché durante un tiempo.
—¡¿Por qué?!
—Porque no me nacía ser sincera con el rollo de una noche.
A veces me llamaba Mei-Yin, o Nuwa o Ming-ue en lugar de Ji Woo, y era veterinaria, profesora de autoescuela o abogada.
Según tuviera el día. Incluso una vez fui parlamentaria de Corea de visita en Madrid.
—Saem parpadeó sorprendido; ella continuó—: Con esto te quiero decir que las mentirijillas al rollo de una noche es algo de lo más normal.
Forma parte de la fantasía que se crea en ese momento, y. ..
—Yo nunca he mentido.
—Eso es mentira. A mí me has mentido.
—¿A ti?
Ji Woo asintió.
—Cuando te torciste el pie a principios de año, me dijiste que no te dolía para aguantar el turno de trabajo, y cuando acabamos y te lleve a urgencias, tenías un esguince que te mantuvo quince días en tu casa.
O esa otra vez en la que la imbécil de Olivia le dio un golpe a mi coche, y tú me dijiste que fuiste tú.
—Pero eso...
—Son mentirijillas piadosas —lo cortó Ji Woo con seguridad.
Saem suspiró. Le gustara o no, sabía que ella llevaba razón.
—A ver, Ji Woo. Sara... digo Alma y yo nos hemos visto varios días, ¿no crees que podría haber rectificado esas mentiras?
—Tienes razón. Pero en su defensa, y tras lo que me has contado, he de recodarte que el mismo día de la cagada te buscó y te pidió perdón. ¿Acaso eso no vale?
—No.
—Venga, Saem.
—¡Que no!
—Mira, pesadito, no conozco a Alma, pero ella no es O-LI-VIA. Porque para ser O-LI-VIA hay que ser rematadamente mala persona.
Saem, furioso, se levantó, y cuando fue a protestar, Ji Woo lo frenó.
—Si me vuelves a decir que no repita el nombre de ¡O-LI-VIA! —le recriminó—, te juro que me lo tatúo en la frente para que lo leas todos los días de tu vida.
Se quedó estupefacto ante aquella mujer que lo retaba. Ji Woo era Ji Woo, su amiga de la infancia que se había trasladado a vivir a Madrid hacía unos años.
—Ah, por cierto —le dijo ella, abriendo la puerta y preparándose para marcharse—.
La semana que viene me voy al viaje que Clara ha preparado para las dos.
He apuntado en tu agenda que tienes que recoger mi vestido en la tienda de Loewe a la que fuimos.
No lo olvides. Ya les avisé y di tu nombre.
—Hizo un gesto afirmativo, sin ganas de bromas, y Ji Woo, que lo conocía muy bien, remató—: Por tu cabreo deduzco que esa mujer te gusta, y mucho.
Por lo tanto, llámala y déjate de tonterías.
Cuando ella cerró la puerta, Saem soltó una maldición y negó con la cabeza. No pensaba llamarla.