Ríete de las bodas Capítulo 21
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Capítulo 21

Al día siguiente, cuando Alma se levantó, tenía la cabeza como un bombo. Apenas había dormido porque había visto íntegramente la serie coreana. Necesitaba saber cómo terminaba aquella historia de amor y hasta que concluyó, no se fue a la cama. Eso sí, lo hizo emocionada.

¿Por qué ella no conocía a un capitán Ri?

Duchada y vestida, al ver un mensaje de su hija en el que le decía que ya salía para su casa, suspiró. Debía recomponerse. Natalia no debía de percatarse de lo ocurrido la noche anterior. Llegaría en una hora, así que decidió bajar a Sugar a la calle. Él necesitaba hacer sus necesidades.

Cuando regresó del paseo con Sugar, sin poder quitarse a Saem de la cabeza, regó las plantas de su terraza. Adoraba las plantas. Y estaba observándolas cuando sonó el telefonillo y supo que era Natalia.

Tras abrir la puerta para que su hija entrara en el portal, se miró al espejo. Con coquetería se colocó el cabello y cuando Sugar comenzó a ladrar al oír el ascensor, le dijo:

—Es Natalia. Para de ladrar.

Segundos después, una chispeante Natalia abrazó y besó a su madre y entró en el ático.

—¿Por qué no usas las llaves que tienes?

—Mamááá... ¿Y si tienes compañía como esa vez que estabas con Ricardo?

Oír eso hizo que Alma sonriera. Ese día Natalia los pilló en el sofá y no estaban viendo una película precisamente.

—Valeee —se mostró de acuerdo.

Con cariño, Natalia cogió a Sugar en sus brazos para besuquearlo y cuando lo soltó, le dio un beso a su madre.

—Tienes cara de no haber dormido mucho —observó.

—La verdad es que no he dormido casi nada.

Natalia, tras dejar el bolso sobre la mesa, miró a su madre.

—No será por Elías y por mí, ¿verdad? —preguntó.

—Cosas del trabajo —mintió—. Estoy nerviosa por el préstamo que queremos pedirle al banco. Conseguirlo es importante para Nuria y para mí.

La joven sonrió.

—Mi novio trabaja en un banco importante y es un supermegajefazo —dijo.

—Olvídalo —respondió Alma.

—Pero, mamááá...

—Que lo olvides, Natalia —insistió con seguridad.

—Bueno. Vale, mamá. Pero ahora, dime. ¿Qué te pareció Elías?

Alma asiendo a su hija del brazo, se sentó con ella en el sofá.

—Bien.

—¿Solo bien?

—A ver, corazón. Es tu vida. Y lo que tú elijas, yo lo aceptaré. Y Elías me pareció un hombre agradable, pero también un pelín estirado.

—Mamááá.

—Hija, me has preguntado y estoy respondiendo.

Natalia asintió. Por la forma de hablar, percibía a su madre enfadada.

—Siento no haberte contado antes que Elías tiene veintiséis años más que yo —se disculpó—. Pero es que quería que lo conocieras, antes de que lo prejuzgaras.

—¿Por qué voy a prejuzgar?

—Mamá. Pues por su edad. Y sí. Sé que lo aceptas. Sé que nos vas a respetar y que puedo contar contigo para todo, pero también sé que, en el fondo, hubieras preferido para mí a alguien más acorde a mi edad.

—Natalia, si estáis en sintonía, la edad da igual.

—Elías y yo estamos en sintonía.

—Y si lo estáis, ¿por qué él es de relaciones cerradas y tú abiertas?

Natalia resopló y recordando lo que Saem le dijo al oído, pero que no pensaba contarle a su madre, murmuró:

—Mamá, eso es un tema...

—Un tema importante, Natalia —la cortó—.

El sexo en una pareja es importante, y quien diga lo contrario miente, y mucho.

—Natalia, entendiendo las palabras de su madre se encogió de hombros; Alma prosiguió—: Y dejando a un lado el tema sexo, tú eres una chica a la que le encanta salir cada noche con sus amigos, viajar, hacer deportes extremos, ir de mochilera, escalar y, la verdad, no veo yo a Elías saliendo cada noche, ni tirándose en parapente.

—Mamá, ¡me estás rayando!

—¿Por qué? ¿Porque te hago pensar?

Natalia suspiró. Sabía que su madre tenía razón.

—Tengo treinta y cuatro años. Deja de darme la charla —se defendió, sin querer dar su brazo a torcer.

—Si no piensas ahora las cosas, las tendrás que pensar luego. Pero de acuerdo, Natalia, dejo de darte la charla.

Se instaló un tenso silencio entre ellas.

—¿Y esa caja de manolitos? —preguntó Natalia, cambiando de tema.

Alma miró hacia la mesa. Ahí seguía la caja que había comprado la tarde anterior para disfrutar con sus amigas mientras hablaban.

—¿Has hablado con Carolina? —le preguntó.

Natalia asintió. La noche anterior, Carolina había inundado de mensajes el WhatsApp que tenían con Leyre y Virginia.

—Sí, mamá. Discutió con Pablo porque ella quería comprar una estantería blanca y él negra. Pero, por lo que sé, esta mañana se ha solucionado todo y han comprado una estantería marrón. —Alma asintió. Carolina no dejaba de sorprenderla, su hija preguntó—: ¿Le has contado a las tías lo mío con Elías?

—Sí.

—Mamááá...

—A ver, corazón. Necesitaba hablarlo con ellas. Ya nos conoces.

Natalia se levantó.

—No habéis dejado ni uno —musitó al ver la caja vacía.

—Había mucho que hablar.

—¿Qué dijeron al saber lo mío con Elías?

—De todo. Ya las conoces. Y, por cierto, según me dijo tu tía, Cáncer y Capricornio se lo tienen que trabajar mucho para entenderse.

—Mamá...

—Eso ha dicho tu tía Estíbaliz. No yo.

—Vale. Elías y yo tenemos algunas diferencias —admitió—, pero las solventaremos. Ambos sabemos que lo nuestro es especial. Diferente. —Alma la miró. No pensaba decir nada al respecto; ella prosiguió—: Cuando mi relación se haga oficial, tendré que escuchar cosas que seguramente no me gustarán.

—Así va a ser —se mostró Alma de acuerdo, pensando en sus padres.

—Habrá gente que dirá que me he buscado un sugar daddy , para que me financie la vida.

—Quien diga eso se las verá conmigo —apostilló Alma.

Natalia soltó una carcajada. Alma también.

—Conociendo a los yayos, les va a horrorizar.

—Sin duda.

—Con papá será fácil, cuando vea el dinero que Elías tiene.

—¡Qué triste!

—Mamá, quiero hacer las cosas bien —susurró, apoyando la cabeza en el hombro de su madre.

—Eso espero, corazón. No quiero que sufras, ni sufran por ti.

Ambas rieron por aquello, y Alma con cariño besó la cabeza de su hija.

Natalia era un torbellino de locura y entusiasmo.

Se enamoraba y desenamoraba con una facilidad increíble, y no era la primera vez que la veía tan ilusionada.

Por lo que sabía muy bien que cualquier cosa de su hija relativa al amor había que tomarla con pinzas.

—Eres la mejor madre del mundo —afirmó Natalia.

Alma disfrutó del abrazo de su hija. Natalia, tuviera la edad que tuviera, siempre sería su niña. La pequeña que protegería con su vida.

—Aclárale a Elías que, como te haga daño, no tiene mundo para correr —amenazó en broma.

—Mamááá...

Se rieron las dos.

—¿Y qué te pareció su hijo Saem?

Se puso tensa. Nunca le había mentido a Natalia, pero, en esta ocasión, creyó que lo mejor era hacerlo.

—Majo.

—Según me ha contado Elías, su última novia, la influencer , se lo hizo pasar tremendamente mal, y, por eso, pasa de buscar la química con ninguna mujer. Su única relación verdadera es con su perra.

Eso le hizo entender su enfado. Ahora comprendía por qué se había tomado tan mal las mentiras que le había dicho.

—¿Qué te apetece hacer hoy? —cambió de conversación.

—Pasar el día rebozadas en el sofá hablando.

En ese instante a Natalia le sonó el teléfono. Había recibido un mensaje.

—Es Elías —explicó, sonriendo—. Sabe que estoy contigo y me pregunta que si nos apetece que comamos juntos los tres.

A Alma se le pusieron los pelos como escarpias. Y cuando iba a responder, sonó el telefonillo de la casa. Alma rápidamente se levantó, y al ver que se trataba de Nuria, miró a su hija.

—Corazón, es Nuria. Mejor dile a Elías que otro día.

Sin dudarlo, Natalia asintió. No cuestionó aquella negativa y comenzó a teclear en el móvil.

Alarmada, Alma no se movió de la puerta. Que su hija le hablara de Saem, sin que ella le dijera la verdad, la incomodaba. Pero ¿cómo contarle que se había acostado con él?

—¿Cómo está la complicadita? —preguntó Nuria nada más salir del ascensor.

Alma sonrió. Sin necesidad de llamarla, Nuria ya estaba ahí para cuidarla.

—¿Complicadita?

Caminando hacia ella Nuria asintió.

—Así nos llamó el tío de don Hierbajo.

Alma, sin darle mayor importancia, suspiró. No recordaba ni haber visto a aquel hombre.

—Contén tus comentarios, que Natalia está aquí —susurró, abrazando a su amiga.

Nuria asintió. Entró en la casa, saludó a Sugar y le sonrió a Natalia.

—Vaya... vaya con mi niña, ¡con que te van los maduritos interesantes! —le soltó.

Eso hizo que las tres rieran a carcajadas y terminaran el día rebozadas en el sofá.