Capítulo 20 #2
Nuria sonrió. Observar el gesto serio de Saem, que impasible y sin mover una pestaña observaba a su amiga, mientras esta, acalorada, le soltaba todo lo que había ido a soltar, le hizo gracia.
—Mi amiga está llena de virtudes —dijo.
—¿Tantas tiene? —se mofó Mario.
—Ni te imaginas.
—¿Y tú tienes virtudes también?
Nuria lo miró. Un cierto tono de burla en aquellas palabras de alguna manera la molestó.
—Seguramente más que tú —replicó, mirándolo a sus bonitos ojos azules y retándolo.
—¿Por qué me respondes así?
—¿Cómo quieres que te responda?
—Con educación. Amabilidad. Empatía.
—Por favorrr —se mofó ella. Mario al escucharla volvió a sonreír y Nuria dijo—: Mejor cállate y sigue con tu cervecita sin alcohol.
—¡Ahí va la hostia, pues! —rio aquel. Y viendo cómo lo miraba, indicó, señalando su bebida—: Pues bien rica que está mi cervecita sin alcohol.
—¡Mario te tenías que llamar!
—¿Qué problemas tienes con mi nombre?
—¡Muchos!
—Cuéntame...
—¿Qué tal si te olvidas de que estoy aquí? Es más —y haciendo una raya en el aire con el dedo de su mano izquierda, señaló—: Ese es tu espacio y este el mío, ¡respétalo!
Sorprendido por el carácter de la mujer, Mario, divertido, preguntó:
—¿He dicho algo malo?
—No. Pero, si sigues por ahí, vamos a terminar muy mal.
Mario soltó una carcajada que a Nuria le molestó. Siempre le habían atraído las mujeres con carácter.
—Menuda tensión sexual. —Y al ver cómo aquella lo miraba, matizó con cierta sorna—: Me refiero a ellos, no a nosotros.
Nuria movió la cabeza y no respondió. Como lo hiciera, lo iba a hacer fatal.
Por su parte, Saem no se movía. Solo observaba a Alma. La escuchaba. Si se movía la iba a besar, y no. Aquello nunca pasaría.
—Sois complicaditas tu amiga y tú, ¿eh? —le soltó Mario a Nuria al ver a Alma gesticular.
—Mejor no te digo lo que creo que sois tu sobrino y tú.
—Ahí va la hostia...
—Mira, calvete —lo cortó—. No me van los caballornios maduritos y ligoncetes que beben cervecita sin alcohol. Yo soy más de jovencitos. Por lo tanto, qué tal si dejas de intentar ligar conmigo. —Boquiabierto, Mario la miró, y Nuria añadió—: Y no digas que no lo haces, porque no te voy a creer.
—Pero bueno...
—Y que conste que estoy siendo fina y comedida.
Mario, sin moverse, le dio un trago a su cerveza. No iba a hablar más.
Alma, ajena a lo que ocurría entre Mario y Nuria, se detuvo para tomar aire. Lo necesitaba. Ver como Saem la observaba sin inmutarse la estaba sacando de sus casillas.
—Me da igual si eres Sara o Alma —soltó Saem de pronto en un tono calmado—.
Viuda o casada. Policía o diseñadora. ¿Y sabes por qué me da igual?
—Alma negó con la cabeza—. Porque lo que tuvimos, y hablo en pasado, fue simple diversión.
Por lo tanto, qué tal si te das la vuelta, dejas de montarme un numerito y te marchas.
—¿Numerito? —repitió Alma.
Saem asintió.
—¡Menudo borde! —protestó Nuria, viendo lo bloqueada que estaba su amiga.
—Ante una mentirosa, ¿qué esperas? —se metió Mario.
—¡Te estás pasando!
—No me paso —replicó Mario—. Solo digo la verdad.
Tu amiga es una mentirosa, y siento decirte que su defensa la tienes tan complicada como que yo te vuelva a invitar a otra cerveza.
Porque ¿sabes, morena teñida? Tú tampoco eres mi tipo.
Y que conste que también estoy siendo fino y comedido. ¡Por favorrr!
—¿Morena teñida?
—Tú me has llamado ¡calvete y caballornio! Realidad por realidad.
Nuria, molesta, resopló.
—¿Te han dicho alguna vez que eres muy tonto?
—Alguna vez. No lo voy a negar —afirmó él con tranquilidad.
Nuria, a la que le comenzó a bullir el cuerpo por dentro, sin ganas de montar un numerito ante aquel que la miraba con una media sonrisa, al ver a Alma paralizada ante la mirada de Saem, decidió terminar con aquel incómodo momento.
Por ello, tras dejar la cerveza sobre la barra y hacerle una peineta con el dedo a Mario, que con sorna le tiró un besito, se acercó hasta su amiga y la cogió de la mano.
—Tema aclarado. Nos vamos —le dijo.
Sin rechistar, Alma, tras una última mirada a Saem, llena de reproche, murmuró:
— Annyeong .
A su manera, le dijo adiós, en coreano, mientras permitía que su amiga tirara de ella hacia la salida.
—Ha sido horrible —reconoció tan pronto estuvieron en la calle y fue consciente de lo ocurrido.
—¡Penoso!
—¿Crees que le he montado un numerito? —Nuria, con tranquilidad, asintió, y Alma, horrorizada, murmuró—: Aisss, por Diossss, ¿cómo he podido hacer eso?
—Y luego está el calvete ese de los chicles de maracuyá que...
—¿Qué calvete?
—Un tal Mario, que se ha presentado como el tío de Saem.
Primero me pregunta que si nos conocemos.
Luego que si quiero un chicle de maracuyá; después me invita a una cerveza.
Y para rematar, el idiota se permite tirarme los tejos para criticarme y llamarme complicadita y morena teñida.
Pero ¿se puede ser más torpe? —Congestionada por todo y sin entender casi nada, Alma ni se movió cuando su amiga dijo—: Alma.
Viniste. Hablaste con él. Le pediste disculpas.
Y si él no quiere perdonarte, es su problema, no el tuyo. Por lo tanto, ¡a otra cosa mariposa!
Alterada por lo ocurrido, Alma resopló. Montar un numerito era lo último que deseaba.
—Espero no volver a verlo —dijo, intentando recomponerse.
—Difícil lo tienes —musitó Nuria, mirando a la carretera en busca de un taxi—. Su padre es el novio de tu hija.
Horrorizada, Alma asintió, y cuando un taxi paró, se montó y, enfurruñada, no dijo nada durante todo el trayecto.
Cuando dejó a Nuria en su casa, que estaba en el paseo de la Florida, Alma siguió en el taxi y al llegar a su ático todavía seguía alterada.
¿Cómo podía haberle montado aquel numerito?
Tras saludar a Sugar y ponerse el pijama, se tumbó en la cama, donde comenzó a dar vueltas, incapaz de dormir.
En su mente solo estaba Saem. Circunspecto.
Helado. Mirándola con seriedad mientras ella se explayaba.
Sin duda, había montado un numerito. ¡Qué horror!
Una hora después, agobiada, se levantó. Fue a la cocina, cogió un vaso con agua y se tumbó en el sofá del comedor, encendió la televisión y, junto a Sugar, volvió a engancharse a la serie coreana del capitán Ri. ¡Qué bonito era el amor!