Capítulo 20
Saem, que estaba con su tío Mario en el pequeño despacho que tenían en el DeLokos, gruñó.
—Cuando ha mencionado a mamá, te juro que...
—¡Saem!
Él no dijo más; Mario comprendía a su sobrino.
Elías, su hermano, siempre había sido un hombre frío e impersonal con todos, y más especialmente con su mujer y su hijo, con quienes nunca supo ejercer ni de marido ni de padre.
Cuando Saem llegó de Seúl tras la muerte de su madre, Elías literalmente lo soltó en la casa familiar de La Moraleja con Haneul.
Se ocupó de que fuera a los mejores colegios y tuviera lo mejores estudios, pero se olvidó de todo lo referente a la complicidad, empatía y amor. Él tenía cosas mejores que hacer.
Saem creció con el amor de los abuelos paternos hasta que murieron y, por supuesto, con el cariño incondicional de Haneul y Mario.
El joven se desvivía por ellos como ellos por él.
Y ya siendo adulto, cuando a Elías le dio un infarto, y en cierto modo demandó la atención de su hijo, este no se la negó.
Saem le había prometido a su madre que cuidaría de su padre, por lo que aflojó la tensa cuerda que había levantado entre los dos para que la relación fuera más fluida, pero lo que no estaba dispuesto a darle era el amor que él nunca había recibido.
Algo que Mario entendió y nunca le reprochó.
Saem estaba nervioso. Cabreado. Le contó a Mario lo ocurrido aquel día.
—Y resulta que todo lo que me contó sobre ella era mentira, ¡mentira! —siseó.
Mario, que escuchaba con paciencia a su sobrino, asintió. A excepción de la influencer , él nunca le había hablado de otra mujer. No sabía quién era Sara o la que en realidad se llamaba Alma, pero, conociendo a Saem, y por su gesto, estaba claro que le gustaba.
—¿Quieres un chicle? —le preguntó.
Saem miró el paquete de chicles de maracuyá que él le ofrecía.
—No —respondió.
Mario se metió un chicle en la boca, porque así evitaba el tabaco.
—¿Le has preguntado por qué te mintió? —indagó. Saem negó con la cabeza, y Mario insistió—: ¿Y por qué no le preguntas antes de seguir comiéndote la cabeza y bloquearla en el teléfono?
—¡Paso!
—A ver, Saem, si pasas, ¿por qué le sigues dando vueltas?
Saem se levantó y tomó aire.
—Le doy vueltas porque me has preguntado —replicó.
Mario asintió. La relación con su sobrino era excepcional. Saem era un chico tranquilo, como él, al que no le gustaba ni discutir ni las polémicas. Abriendo una nevera, sacó de ella dos cervezas, una con alcohol y otra sin y le entregó la primera a su sobrino.
—¿Quieres hablar con ella? —quiso saber.
Saem asintió, y cogió la cerveza.
—Y si quieres hablar con ella, ¿por qué la has bloqueado? —Mario volvió a la carga.
—Porque estoy muy cabreado y no me van los numeritos.
Mario dio un trago a su cerveza. Saem le había contado, además de lo de aquella mujer, lo de su padre y su nueva novia.
—En lo referente a tu padre, sabes que me da igual lo que haga. Dicho esto, él, hoy por hoy, tiene todo el derecho del mundo a enamorarse.
—Conociéndolo, dudo que se enamore de nadie.
Mario lo entendió.
—Saem, lo de Verónica no tiene por qué volver a ocurrir —dijo.
—Lo sé —admitió—. Pero no puedo evitar pensarlo. No quiero que le joda la vida a nadie más, y él es especialista en jorobarla.
Mario tenía que reconocer que su sobrino tenía razón.
—¿Cuánto hace que conoces a esa mujer? —preguntó.
—Menos de un mes.
—Pues tu padre y esa muchacha, por lo que me has contado, se conocen desde hace tres meses. Por lo tanto...
—Lo sé, tío. Lo sé. Pero cuando yo conocí a Sara... digo a Alma, no sabía que mi padre y la hija de ella tenían algo.
En ese momento se abrió la puerta del despacho y entró Benedicto, uno de los camareros.
—Saem, en la barra hay dos mujeres que preguntan por ti —le dijo.
Mario sonrió. Su sobrino tenía un gran éxito con las mujeres.
—Di que no estoy —dijo Saem.
Benedicto miró a Mario, y al ver que aquel se encogía de hombros, insistió:
—Una me dijo que te dijera que se llama Alma.
—¡¿Alma?! —preguntó Saem, levantándose.
El camarero asintió.
—Benedicto, dile a Alma que Saem saldrá ahora —intervino Mario.
Cuando la puerta se cerró, Saem, totalmente descolocado por saber que Alma había ido a buscarlo, miró a su tío. En su gesto se veía el desconcierto.
—Ambos sois adultos y esa mujer está ahí fuera. Por lo tanto, sal, habla con ella e intenta averiguar qué quieres —le recomendó su tío.
—No me van los numeritos.
—Dudo que tú montes un numerito. Anda, ¡ve!
Confundido, Saem salió. Pero ¿qué hacía ella allí?
Sonaba por los altavoces del local Seven , de Jung Kook y Latto, y parándose, Saem miró alrededor, hasta que la vio. No estaba sola, estaba con la amiga de siempre, y tomando aire caminó hasta ellas.
Alma, nerviosa, bebía de su cerveza, y miraba hacia la derecha.
—Por favorrr. Es como ver caminar hacia mí al capitán Ri —oyó decir a Nuria.
Entonces Alma vio que Saem se acercaba a ellas. Iba vestido con un pantalón y una camisa negra. Aquel color oscuro le sentaba muy bien, y su mirada rasgada y seria era arrolladora. Notó que le temblaban las piernas y se le aceleraba el corazón.
—Esto es una mala idea —murmuró.
—Puede.
—He actuado por impulso y no he pensado.
—En eso te doy la razón.
—¿Qué narices hacemos aquí? —se quejó Alma.
—Pregúntale a la IA.
—¡Nuriaaaaa!
—A ver, Alma. Tú sabrás. Yo solo te he acompañado para que le pidas perdón al idiota que te ha bloqueado.
Alma notó que la garganta se le secaba. Se le cerraba. Ver cómo Saem se aproximaba a ella, con aquella mirada felina, la desconcertaba al tiempo que la excitaba. Pero levantó la barbilla.
—¿Me has bloqueado? —preguntó.
Saem miró lo que ella le enseñaba. Su teléfono. A diferencia de todas las veces que la había visto, en esa ocasión iba vestida de sport. Pantalón vaquero, camiseta caqui, cazadora vaquera y el pelo lo llevaba recogido en una informal coleta que la hacía estar preciosa. Increíble.
—Sí —respondió sin cambiar su gesto serio.
Alma, con chulería, asintió. Aquello era el colmo de los colmos, y enseñándole su móvil, lo buscó en WhatsApp, y lo bloqueó, asimismo.
—Bloqueado también —se lo mostró. Saem no cambió su gesto. Simplemente parpadeó cuando ella indicó—: Somos adultos y creí que como tal podríamos hablar.
—No tengo nada que hablar contigo.
—Pero yo sí.
Se miraron, casi retándose, como dos rivales.
—Muy bien... Alma. Habla —claudicó él, cambiando el peso de pie.
Acalorada porque la hubiera llamado por su nombre, miró a su amiga Nuria, que apoyada en la barra los observaba. Sin necesidad de hablar, su amiga le recordó para qué habían ido allí, y volviéndose hacia él, levantó la voz para ser escuchada, a pesar de la música.
—Quiero disculparme porque no soy Sara, pero sí Alma —empezó—. No soy viuda, pero sí divorciada. No soy inspectora de policía, pero sí diseñadora de vestidos de novia y tengo una hija que, como bien sabes ahora, se llama Natalia y es la novia de tu padre.
—¿Y?
—Pues que te pido perdón por todas esas mentirijillas piadosas.
—¡¿Mentirijillas piadosas?! —preguntó molesto.
—Tú también mentiste.
—¿Yo?
—Dijiste que tenías novia...
—Eso lo dijiste tú.
—Pero...
—Te dije que tenía una relación abierta muy especial con alguien.
—¿Con tu perro?
—Perra —matizó él. Y al ver cómo lo miraba añadió—: Lo que tú hayas imaginado a partir de mis palabras es problema tuyo, no mío.
Alma maldijo. ¿Cómo podía él mantener aquel control cuando ella estaba que echaba chispas?
—A ver, Saem, nunca pensé que tras nuestro primer encuentro nos volveríamos a ver y...
—Pero nos vimos —sentenció—. ¿Por qué no desvelaste tus mentirijillas piadosas?
—No lo sé —gritó Alma, atacada de los nervios, mientras él parecía un remanso de paz—.
Y por eso te pido disculpas. ¡Joder! Yo no soy así.
No acostumbro a mentir, y si lo hago suele ser una mentirijilla piadosa.
Pero las cosas se dieron así y no sé por qué no revertí lo que te dije.
Y... y me siento mal no, ¡lo siguiente! Porque tú fuiste sincero conmigo.
Me hablaste de tu madre. Me llevaste a tu restaurante y yo. .. yo...
Saem la escuchaba sin moverse. El enfado que tenía, al tenerla delante, se iba disipando. Pero ¿qué tenía aquella mujer que tanto le gustaba?
Mario se acercó a ellos y al ver a Alma sonrió. Aquella atractiva madurita de pelo claro era de las que le gustaban a su sobrino.
—Soy Mario. Tío y socio de Saem —dijo, apoyándose en la barra junto a Nuria.
—Nuria. Amiga y socia de Alma.
—¿Por casualidad nos conocemos? —preguntó Mario, al cabo de un momento.
Nuria lo miró de arriba abajo.
—No —respondió.
—Pues me suenas.
—Tendré una cara muy corriente.
—Mujer, ¡pero si tienes una cara preciosa! —afirmó él.
Nuria, sin hablar, movió la cabeza. Sin duda, estaba intentando ligar con ella.
—¿Quieres un chicle?
Nuria miró lo que le ofrecía. Eran chicles con sabor a maracuyá.
—No me gusta el sabor del maracuyá —respondió.
—Eso es porque lo has probado poco.
Nuria no pudo evitar una sonrisa. Aquel madurito alto, fuerte, calvo, de ojos azules y de buen ver, debía de tener su edad.
—Prefiero una cerveza.
—¡Marchando dos cervezas! —sonrió Mario, entrando en la barra.
Saem y Alma, ajenos a los otros dos, en silencio se miraban. Alma, intentando un acercamiento, dio un paso adelante.
—Oye. Creo que...
—No —la frenó Saem.
—Pero si no sabes lo que voy a decir.
—No me interesa.
—A los españoles nos interesa saber todo.
—Soy medio coreano.
Alma parpadeó. Cuando quería, él era medio coreano o medio español, e incapaz de callar, volvió al ataque, y Saem, echando mano a su paciencia, la escuchó. No le quedaba otra.
Apoyados en la barra del bar, Mario y Nuria bebían sus cervezas.
—Una de las virtudes de mi sobrino es la paciencia y la templanza, que, por cierto, ha heredado de mí —señaló Mario.