Capítulo 19
Con una cerveza en una mano y un manolito de chocolate blanco en la otra, Alma observaba a sus amigas.
—¡Veintiséis años más que ella! —exclamó Estíbaliz.
—Sí. Elías Basagoitia. Vasco. Sesenta años. Capricornio.
—Pero ¿es que Natalia se ha vuelto loca? —insistió Estíbaliz, que añadió—: Cáncer es un signo de agua y Capricornio de tierra. Signos bastante opuestos, pero compatibles si se lo trabajan.
Alma resopló.
—Os habéis comido todos los manolitos de pistacho, ¡sois unas tragonas! —soltó Romina.
Las amigas se miraron y sonrieron. Durante sus conversaciones, que ellas llamaban aquelarres, lo que más les gustaban eran esos deliciosos cruasanes de mantequilla llamados manolitos.
—Pero vamos a ver —dijo Romina, cogiendo de la caja uno de limón—, ¿qué ven las jovencitas en los hombres maduros? Por Dios... que si se casan y tienen hijos, cuando vayan al parque, todo el mundo creerá que es el yayo con su hija y sus nietos.
Nuria puso los ojos en blanco.
—Romina, qué pesadita eres con la edad —dijo Alma.
—¡Es que no lo entiendo! —insistió—. ¿Por qué Natalia tiene que fijarse en un hombre que le saca veintiséis años?
—Porque para el amor no hay edad —soltó Alma—. Y si os soy sincera, Elías, como hombre, aunque no es mi tipo, no está mal. Pero me preocupa que en el tema sexo sea de exclusividad, cosa que sabéis que Natalia no lo es.
—En eso estoy con Elías —afirmó Romina.
—Pues yo con Natalia... —dijo Nuria—. Hace bien disfrutando del sexo con libertad.
—Eso les va a traer muchos problemas.
—Mal futuro auguro —afirmó Estíbaliz.
Todas se miraron.
—Con ese corte de pelo me recuerdas a Sonsoles Onega —dijo de pronto Nuria mirando a Romina.
Romina sonrió. Parecerse a aquella presentadora, con lo monísima que era, era un gran piropo.
—¿Por qué no nos habías dicho que te habías cortado el pelo? —preguntó Alma.
—Porque quería sorprenderos —respondió Romina, que en los últimos treinta años no había cambiado su larga melena.
—¿Qué ha dicho Roberto? —preguntó Nuria.
—Le gustó.
—Normal. Estás muy guapa —afirmó Alma.
Ella sonrió.
—Estaba esperando a que pasaran las bodas de las niñas para cortármelo; ¡hace tanto calor! —añadió, viendo cómo sus amigas la miraban.
Durante unos segundos hablaron sobre el calor que hacía, hasta que Estíbaliz recondujo la conversación.
—Verás tus padres cuando se enteren de quién es el novio de Natalia —dijo—. No quiero ni imaginar la que te van a montar. Porque, claro, tú y solo tú serás la responsable.
Alma resopló.
—Algo me dice que la vamos a tener muy gorda por el tema de la edad, aunque cuando Carlos vea que Elías nada en dinero, le encantará. Ya sabéis lo materialista que es.
—¿Natalia y el madurito han hablado de boda? —preguntó Romina.
—Madre mía, Romina —murmuró Nuria, mordiendo su manolito de tres chocolates—. Es como si me preguntas si hoy el tipo con el que he tenido sexo me ha hablado de boda.
Estíbaliz y Romina clavaron la mirada en ella.
—¿De quién estás hablando? —preguntó Romina.
—De un tipo que conocí por Bumble —respondió Nuria, chupándose el chocolate que le había quedado en los dedos por el manolito.
—Un sinvergüenza, ¡seguro! —apostilló Romina.
—Con todas las letras —matizó Nuria, que añadió sonriendo—: Y que, por cierto, me ha dejado el clítoris dolorido porque se debía de creer que era un rasca y gana.
—¡Nuria, por favor! —protestó Romina.
Alma no pudo evitar una carcajada. Nuria era tremenda.
—Dijiste que no te abrirías cuenta en Bumble —le reprochó Estíbaliz.
Alma y Nuria se miraron. Tras varias malas experiencias en Tinder, Nuria juró y perjuró que no volvería a usar una red social para ligar.
—Está claro que mentí como una bellaca —soltó—. Fustigadme, ¡soy lo peor!
Tras un breve interrogatorio a Nuria para saber quién era aquel con el que había tenido sexo mañanero, Estíbaliz volvió al tema original.
—Volviendo al tema Natalia. Ese hombre es de nuestra edad —observó.
—Bueno, tiene cinco años más. Sesenta —apostilló Romina.
—¡¿Y?! —preguntó Alma.
—Pues que, si va en serio con ella, no creo que quiera desperdiciar años siendo simplemente novios. Por lo que no tardarán mucho en casarse. ¿Eso lo has pensado?
Alma dio un mordisco a su manolito. Claro que no había pensado en aquello. Toda la información recibida era muy reciente.
—A ver. No adelantemos acontecimientos —trató Nuria de tranquilizar las cosas.
—Pues debería —insistió Romina—. Con los hijos nunca se sabe. Y hablando de hijos, que sepáis que anoche apareció Carolina en casa para quedarse a dormir. Había discutido con Pablo.
Todas la miraron boquiabiertas.
—Dile que me llame. Le llevaré el divorcio —se ofreció Estíbaliz, la abogada del grupo.
Romina resopló.
—Anoche Carolina nos volvió locos a su padre y a mí —siguió explicando Romina—, que si Pablo esto, que si Pablo aquello, y esta mañana, cuando estábamos desayunando, ha aparecido Pablo, y bueno...
—¿Habéis tenido gresca? —preguntó Nuria.
Romina suspiró.
—Fue verse y comerse a besos. Vamos... que yo no los entiendo.
Alma resopló, y durante un buen rato continuaron hablando sobre aquello. Lo de Carolina y Pablo era para estudiar, y, aunque pensó en Saem, no dijo nada. Bastante tenía con escuchar.
—Como te veo más tranquila, creo que deberíamos irnos —dijo Estíbaliz, levantándose.
—Mírala, ¡ahora que se ha acabado la caja de manolitos! —se mofó Nuria.
Estíbaliz puso los ojos en blanco, y luego miró a su amiga.
—¿Te importa que me vaya, Alma? —le preguntó.
Ella negó con la cabeza. Eran las diez de la noche. Llevaban debatiendo aquello y comiendo manolitos desde las cuatro y media de la tarde.
—Claro que no me importa. No digas tonterías —dijo. Ella también tenía la cabeza como un bombo.
Estíbaliz sonrió.
—Aprovecho y me voy también —se sumó Romina, cogiendo su bolso.
Cuando Nuria y Alma se quedaron solas, la segunda fue a la cocina. Allí, tras tirar la caja vacía de manolitos a la basura, abrió la nevera, sacó dos cervezas fresquitas, y regresó al comedor donde Nuria tocaba la cabecita de Sugar.
En silencio se miraron unos segundos.
—Espero que el sexo de esta mañana fuera bueno —dijo Alma, entregándole la cerveza.
—Normalito, pero divertido —respondió ella con una sonrisa—. Eso sí, uno de los mejores culitos que he visto en mi vida. Durito y con forma de melocotón.
—¿Qué te parece lo de Pablo y Carolina? —quiso saber Alma.
—Pues me parece lo mismo que a ti. ¡Divorcio a la vista! —Luego Nuria recordó algo y lo comentó—: Ya tengo casi preparada la documentación necesaria que el banco nos pidió para estudiar si nos pueden dar el préstamo que necesitamos para la compra del local de al lado y las reformas.
Alma asintió. Habían puesto a la venta el local de al lado. Comprarlo y unirlo al que ya tenían era un gran sueño, una gran idea, pues podrían ampliar estancias.
—Dios... es que lo visualizo. ¡Va a quedar todo tannnnn bonito! —exclamó.
—Y tan amplioooooo.
—Y tan moderno y funcional.
—Elías Basagoitia.
—¡Basagoitia! ¡No puede negar que es vasco! Que todo sea dicho, los vascos somos encantadores —apostilló, recordando su propio apellido, que era Urrutia, y a sus tíos de Barakaldo.
—Mañana vendrá Natalia para hablar —dijo Alma. Nuria asintió. Que hablaran madre e hija era buena idea. Alma prosiguió—: Cuando se enteren Carlos y mis padres me la van a montar.
—Directamente pasa de ellos.
—¿Qué voy a hacer con Natalia?
Nuria dio un trago a su cerveza. La encrucijada en la que estaba su amiga no la querría para ella.
—Respetarla, como has hecho siempre —le aconsejó.
Alma hizo un gesto afirmativo. El respeto era una base primordial que siempre le había enseñado a su hija. El respeto lo era todo. Y tras chocar la cerveza con su amiga, se sentó en el sillón frente a ella.
—Natalia se lía con uno casi de nuestra edad, y tú con uno solo un poquito más mayor que tu hija. ¡No es bonita la vida! —Nuria se rio.
—Preciosa. Y, a eso, le añado que los Masters del Universo son unos cabritos.
—¿Por qué dices eso?
Alma suspiró. Necesitaba soltar lo que se había guardado hasta ahora.
—Es su hijo.
—¡¿Qué?! —preguntó Nuria, sin entender.
—¡Que es su hijo!
—¿Hijo? ¿Qué hijo? ¿Quién es su hijo?
Alma tomó aire. Aquello era una locura. Dio un trago a su cerveza.
—Saem —musitó. Nuria levantó las cejas sin entender nada y Alma afirmó—: Saem es hijo de Elías, el novio de Natalia. Y, por lo que he visto, no tienen muy buen rollito entre ellos.
Aquello hizo que Nuria se incorporara, abriera descomunalmente los ojos y murmurara:
—No te puedo creer.
—Pues créeme.
—¡No!
—Sí.
—Por favorrr... ¡esto es de culebrón!
Alma asintió. Estaba totalmente de acuerdo con su amiga.
—Y como es lógico, se ha enterado de que soy la madre de Natalia —continuó explicando—, que soy Alma, no Sara, que no soy viuda, sino divorciada y que tampoco soy inspectora de policía, porque tengo mi propio negocio de vestidos de novias. Vamos, que no le conté una puñetera verdad.
—Joder...
—Eso digo yo... ¡joder!
Tras un rato en silencio, Nuria señaló:
—Corroboro lo que has dicho de los Masters del Universo. —Alma se mostró de acuerdo, y Nuria siguió indagando—: ¿Y qué habéis hecho cuando os habéis visto?
—Disimular. Les hemos hecho creer que era la primera vez que nos veíamos, pero.
.. pero ha sido horrible. Natalia no paraba de preguntarme qué me ocurría.
Y yo... yo... como he podido he disimulado.
—Nuria, al ver el desconcierto en el rostro de su amiga, se sentó en el mismo sillón que ella, que siguió contando—: Al principio creí que Saem era el novio de Natalia.
—Pero ¡qué dices!
Rápidamente le contó el porqué.
—Más tarde, cuando me enteré de que era el hijo del novio de Natalia, te juro que no sabía dónde meterme.
—Vaya momentazo.
—¡Momentazo de los grandes! —exclamó Alma, que tras dar un trago a su cerveza indicó—: Y luego, cuando se fueron descubriendo mis mentiras, te juro que yo rogaba que se abriera el suelo y me tragara.
—¿Se lo vas a contar mañana a Natalia? —preguntó Nuria.
Alma negó con la cabeza de inmediato.
—¿Cómo le voy a contar que me he acostado con el hijo de su novio?
—Visto así ¡suena fatal! —se mofó, ante el gesto serio de su amiga—. Pero vamos, que el hijo de su novio, si mal no recuerdo, tiene treinta y nueve años.
—Así es. Pero no se lo voy a contar. Esto quedará como algo que ocurrió y que solo sabremos para el resto de nuestras vidas él, tú y yo.
—¿No se lo vas a contar a las lobas?
—No. Contárselo a Estíbaliz y Romina será liarlo más.
Las conozco, y si les comento que he tenido algo con el hijo del novio de mi hija, les va a explotar la cabeza, y después me explotará a mí.
Y ya no digamos si mis padres o el padre de Natalia se enteran.
—Tras un momento de silencio, Alma añadió—: Me siento mal.
Me he comportado como una mentirosa con Saem, que siempre ha sido amable, dulce y caballeroso conmigo. ¿Puedo ser peor persona?
—No eres mala persona.
—Lo soy.
—No digas eso.
—Pues así me siento.
Nuria suspiró. No conocía a Saem, pero por las cosas que Alma le había contado, intuía que era una buena persona.
—Es tan caballeroso, romántico y protector como el capitán Ri —apostilló Alma.
—No me jorobes que tú también... —soltó Nuria.
Consciente de que se había ido de la lengua, Alma asintió.
—Lo admito. He caído. Me estoy fumando la serie con auténtica pasión. Y ya estoy ojeando otras.
—Por favorrr. ¡Loca me dejas! —Y de pronto ambas comenzaron a reír a carcajadas; luego Nuria indicó—: Cuando se enteren dos que yo me sé que has caído en las garras del capitán Ri, ¡van a flipar!
—Ese es un tema que cuando llegue lo afrontaré. Por hoy ya tengo bastante k-drama en mi vida.
Conmovida por ver en su amiga un pesar que nunca había visto en ella, Nuria preguntó:
—¿Tan mal se lo ha tomado Saem?
—Peor.
—¿Pero por qué?
Evitando contar la increíble química que había entre ellos y guardándose para ella los sentimientos que intuía que ambos tenían el uno por el otro, respondió:
—Porque no he hecho otra cosa que mentir.
—¿Puedo preguntarte algo muy loco?
—Claro.
—¿Te gusta Saem?
Al oír aquella pregunta, Alma movió la cabeza. La respuesta era sí. Sí. Sí. Las veces que habían estado juntos, todo había sido fácil, fluido, bonito, pero no quería reconocerlo.
—En el sentido en que lo preguntas, no, pero me cae bien —respondió—. Aunque ahora dudo que podamos ser ni siquiera amigos.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé.
—Pues tendrás que hablar con él.
—Dudo que quiera hablar conmigo.
—¿Por qué?
—Por mis mentiras. —Nuria asintió. Entendía a Saem. Ella, por su pasado, también odiaba las mentiras gratuitas; Alma añadió—: Habíamos quedado esta noche.
—¿Y por qué crees que ya no te espera?
—Me lo dijo su mirada. Tú no sabes cómo habla con la mirada.
—¿Como el capitán Ri?
—Exacto. Como el capitán Ri.
—¿Y si le envías un wasap para preguntar?
Alma se levantó y encendiéndose un cigarrillo, salió a su terraza.
—Ni loca lo escribo.
Nuria vio el teléfono móvil de su amiga sobre la mesita, y tras cogerlo y trastear en él, al encontrar el teléfono de Saem sonrió.
¡Qué mono estaba en la foto! Y consciente de que Alma nunca lo escribiría porque para hacerlo tenía que pararse, reflexionar y decidir, tecleó algo. Se levantó y fue hasta ella.
—Ya lo he escrito yo —le dijo, entregándole el móvil.
Boquiabierta, Alma miró la pantalla de su móvil. Allí, en el WhatsApp de Saem, supuestamente ella había escrito:
Yo ¿Al final nos vemos esta noche?
Sin saber si matar a Nuria, o tirarla por la terraza, Alma intentaba respirar cuando el teléfono le sonó y leyó:
Saem No.
Aquel escueto «No» le picó.
¿En serio no iba a querer hablar con ella?
Y enfadada, tecleó.
Yo Quiero hablar contigo y explicarte.
Cuando le dio a enviar, se lo enseñó a Nuria y luego soltó el teléfono sobre una mesita.
—Somos adultos. ¡Por favorrrr! —dijo.
Nuria asintió. Estaba claro que aquel tipo le gustaba a su amiga más de lo que reconocía, pero calló. Conociendo a Alma era lo mejor.
Durante quince minutos esperaron respuesta al wasap. Pero no llegó. Por lo que Nuria le quitó el teléfono a su amiga y lo miró.
—Creo que te ha bloqueado —le dijo.
—¿¡Qué!?
—Lo que oyes. Antes se veía su foto y ahora no.
Alma agarró su teléfono. ¡Su amiga tenía razón! Nadie le había hecho aquello.
—Punto uno —expuso Nuria—. No se ve su foto. Punto dos. Solo hay una flechita. No dos. Y eso significa que tu mensaje ha salido, pero no llega a destino. Por lo que, amiga, ¡te ha bloqueado!
Molesta, incrédula y enfadada, Alma miró la hora. Las diez y media. Y sabía que Saem estaría en el DeLokos porque tenía una reunión con su tío Mario, así que le dio un beso a Sugar, que dormitaba sobre el sofá, y cogió su bolso.
—¡Vamos! —ordenó.
Nuria, sorprendida, cogió su bolso.
—¿Adónde? —quiso saber.
—Tengo que pedirle perdón al idiota que me ha bloqueado.
Nuria asintió y cerró la puerta.
—La noche se anima —musitó, con una media sonrisa en sus labios.