Capítulo 18 #2
—¿Entonces? ¿Qué ocurre? ¿Por qué tienes esa cara y por qué te tiemblan las manos? —Alma suspiró. Contarle a su hija que no solo estaba sorprendida por lo que ella creía estaba fuera de lugar. Natalia continuó—: Antes de que lo preguntes, te diré que Elías tiene sesenta años. La edad de papá.
Alma calculó con rapidez. Si Natalia tenía treinta y cuatro años y aquel sesenta como su ex, la diferencia de edad entre ellos era de...
—Sí, mamá. Veintiséis años de diferencia.
—¿A él también le gustan las parejas abiertas? —No pudo evitar la pregunta.
Natalia movió la cabeza y tomó aire.
—Ni sí. Ni no —musitó. Alma parpadeó. Si algo había tenido siempre claro Natalia era que nadie coartaría su libertad en las relaciones—. Él me conoció sabiendo que la exclusividad no es lo mío.
—Pero, Natalia...
—Mamá, no te preocupes ahora por eso.
Aturdida no solo por lo que su hija decía, Alma asintió.
—Discúlpame si te hice sentir incómoda, pero me he sorprendido —admitió—. Esperaba que tu novio fuera alguien de tu edad, no alguien de la edad de tu padre y...
—Por eso quería que lo conocieras para que entendieras que Elías es especial. Y no te quedaras solamente con que es un hombre maduro de la edad de papá.
—Temo cómo se lo va a tomar tu padre.
—Por el tema edad, ¡drama! Ya te lo digo yo. Pero en cuanto sepa que económicamente Elías tiene poder, le encantará —se mofó ella.
En ese momento vieron a Saem cruzar el jardín en dirección al interior del restaurante.
—Qué atractivo es el hijo de Elías, ¿verdad?
—dijo Natalia, observándolo. Alma, incapaz de hablar, asintió cuando Natalia prosiguió—: Elías me ha hablado maravillas de Saem.
Al parecer, tiene un restaurante en Madrid del que es chef y es copropietario de un local de copas con su tío Mario, hermano de Elías.
—Alma, con el corazón acelerado y sin querer revelar lo que ya conocía, siguió haciendo un gesto de asentimiento—.
Como diría la tía Nuria, ¡por favorrr! Qué revolcón tiene Saem.
—¡Nataliaaaaa!
Y las dos sonrieron con complicidad.
—Vamos, mamá. La mesa está preparada —le dijo.
Con decisión, Alma caminó junto a su hija. El desastre ya estaba servido. Solo tocaba aguantar el chaparrón.
Al entrar en uno de los comedores privados, vieron a Saem con su padre ya sentados a una mesa. Sus gestos eran serios. En cierto modo tensos. Cuando las vio, Elías mudó su expresión y se levantó.
—Aquí llegan las dos bellezas del restaurante —les dijo, adulador.
Natalia sonrió. Saem también se levantó y los dos se comportaron como dos perfectos caballeros retirándoles las sillas para que se sentaran.
—Alma, ¿te gusta el vino? —indagó Elías.
Ella hizo un gesto afirmativo.
—Sobre todo hay uno que le encanta —intervino Natalia.
—¿Será el albariño? —soltó Saem.
Alma lo miró con frustración.
—¡Qué fuerteeee! —exclamó Natalia—. ¿Cómo lo has sabido?
Consciente de que había soltado aquello sin pensar, se hizo el sorprendido.
—¿Lo he acertado? —preguntó, Natalia asintió y él dijo—: ¡Increíble!
Todos sonrieron, mientras Alma intentaba serenarse. O lo hacía o allí terminaría todo muy mal, pues estaba claro que Saem estaba molesto.
La comida comenzó. Natalia y Elías no paraban de charlar y bromear, mientras Saem y Alma disimulaban su incomodidad intentando ser participativos.
En ese rato Alma se fijó en lo mucho que a Elías le gustaba el lujo.
Reloj Rolex. Traje de Armani. Gemelos Montblanc. Sin duda era un hombre gustos caros.
—¿Trabajas, Elías? —preguntó, interesada.
—Sí. Soy un alto directivo de un importante banco hispano-asiático.
—Vaya... —murmuró Alma sorprendida.
—Natalia me comentó que tú eres diseñadora y diriges tu propia tienda de vestidos de novias.
Saem ni la miró, no pareció acusar la nueva información. Otra mentira.
—Mamá es la dueña, diseñadora y directora de Diva y Radiante —explicó Natalia—. Una empresa que ella y tía Nuria levantaron de la nada.
—¿Dos mujeres solas?
Alma lo miró. No conocía a Elías, pero sí conocía aquel gesto y el porqué de aquella pregunta.
—Sí. Nosotras dos solas —respondió con tranquilidad—. Sin la ayuda de ningún hombre.
—¡Qué interesante! —afirmó Elías.
Durante gran parte de la comida hablaron sobre aquello. Elías estaba interesado en saber sobre Alma, y esta, aún nerviosa, intentaba parecer natural mientras sus mentiras se descubrían una a una.
—Por cierto, me ha dicho Natalia que otro día comeremos con su padre.
Saem levantó la cabeza del plato.
—¿Tu padre? —preguntó, sorprendido. Natalia, sin entenderlo, asintió, y Saem insistió—: ¿Tu padre vive?
—Sí —contestó ella, un poco extrañada por la pregunta.
Saem, incrédulo, asintió. Tampoco era viuda. ¿Estaba casada?
—Mi exmarido comerá con nosotros otro día —se apresuró a explicar Alma, entendiendo lo que podía estar pasando por la cabeza de Saem—. Está de viaje y por eso no ha podido venir.
Exmarido. Aquel término tranquilizó a Saem. Si algo había tenido siempre claro era que no quería tener nada que ver ni con una casada, ni con nadie que tuviera pareja. En ese momento, una mujer se acercó a ellos.
—¡Qué alegría veros por aquí! —dijo, posando sus manos sobre los hombros de Saem.
Se trataba de Rocío, la mujer de Francisco, el dueño del restaurante, y amablemente comenzó a hablar con ellos. A los pocos segundos se les unió Isabel, la hija de Rocío, y cuando se marcharon, Elías, que estaba disfrutando del postre, miró a su hijo.
—Tienes a Isabelita en el bote. Llámala —comentó.
Saem miró a su padre con gesto serio. ¿Qué hacía diciendo aquello?
—¿Y tú, Saem, sales con alguien? —curioseó Natalia.
—No.
—¿No sales con nadie? —preguntó Alma, sorprendida por aquella respuesta.
Él la miró a los ojos cuando su padre soltó:
—Salía con una preciosa influencer y...
—Papá —lo cortó Saem.
—Actualmente su única relación es con Freya, su perra —terminó Elías.
Alma levantó las cejas. Pero ¿no tenía novia?
Saem, molesto porque su padre hubiera mencionado a su ex, con cierta sequedad afirmó:
—Freya y yo tenemos una perfecta relación abierta —afirmó Saem, con cierta sequedad, molesto porque su padre hubiera mencionado a su ex.
Escuchar aquello hizo reír a Natalia, y de pronto se levantó y, tras coger a su novio Elías de la mano, miró a su madre y Saem.
—Disculpadnos un segundo —les dijo—, pero acabo de ver a mi amiga Marivi pasar por la puerta y quiero presentarle a Elías.
Alma asintió.
—¿Tu perra es tu relación abierta? —preguntó, incapaz de callar, cuando los dos se alejaron.
—Sí.
—Dijiste que tenías novia.
—Nunca dije que tuviera novia.
—Lo dijiste. Incluso una vez te oí hablar con ella por teléfono y la llamabas «preciosa».
Saem levantó la mirada del plato.
—Solo dije que tenía una relación abierta —respondió, omitiendo aclarar quién era Preciosa—. No como tú, que lo único que has hecho es mentir. Viuda. Inspectora de policía. Sin hijos... ¿sigo?
Con gesto serio, Saem continuó comiendo. Alma quería hablar con él. Aclarar el porqué de las tontas mentiras, y tras ver a su hija y a su novio hablando con Marivi, tomó aire para hablar.
—Ahora no quiero explicaciones —dijo Saem sin mirarla.
—Pero...
—No me van los numeritos —la interrumpió.
Molesta por aquello, maldijo; Natalia y Elías volvieron a la mesa.
—Marivi te manda saludos —le dijo su hija.
Alma sonrió. Isabelita, la hija de los dueños, se acercó a Saem con otra joven. Por cómo hablaban los tres, estaba claro que se conocían.
—Este hijo mío ¡triunfa con las mujeres! —exclamó Elías cuando las dos chicas se marcharon.
—Papá.
—No te quites mérito, hijo. No hay mujer que se te resista con esa varonil carita asiática que tienes. Ya decía tu madre, Hye-Jin, que su cachorro era muy guapo. Le encantaba repetirlo una y otra vez hasta la saciedad.
Saem lo miró. Que mencionara a su madre, aunque fuera para ensalzarla, lo había terminado de cabrear y dejando la servilleta sobre la mesa, cogió el móvil que le sonaba.
—Disculpad. He de contestar —dijo.
Elías, consciente de que había mencionado a Hye-Jin, se levantó también.
—Aprovecho para ir a comentarle algo a Francisco —dijo.
Cuando padre e hijo salieron del comedor privado, Saem se volvió hacia su padre, ignorando su teléfono.
—¿¡Tu novia!? —siseó.
—Saem...
—Joder, papá.
—¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? Te he dicho mil veces que no quiero que el nombre de mi madre salga de tu boca. —En silencio se miraron; el joven, molesto, preguntó—: ¿Y esta encerrona? —Elías no contestó y él insistió—: Maldita sea, papá ¿Qué narices haces con esa chica? Pero ¡es que tú no aprendes!
—A ver, Saem...
Saem soltó una maldición. Aunque tenían trato, su relación no era la ideal.
—¡No tuviste suficiente con lo de Verónica, que ahora quieres joderle la vida a otra! —lo interrumpió.
En un incómodo silencio se miraron. Desde pequeño, a Elías la enigmática mirada de Saem lo desconcertaba.
Le provocaba una inquietud silenciosa que nunca supo explicar.
Hye-Jin, la madre de Saem, siempre dijo que la mirada de su hijo era así porque desde muy pequeño se había dado cuenta de que la vida no era un juego, sino una responsabilidad. Algo que Elías nunca entendió.
—No me mires así, Saem —gruñó—. Sabes que me incomoda.
—Ese es tu problema. No él mío —respondió el joven.
Saem creció teniendo una personalidad muy definida que le hizo aprender a respetar los silencios de los demás y sobre todo a hacerse escuchar sin levantar la voz. Era cumplidor, cariñoso y responsable con su madre, algo que hacía a modo de protección ante el desinterés y frialdad de su padre.
En la mesa, y ajenas al enfrentamiento de los dos hombres, Natalia y Alma seguían comiendo su rico postre. Natalia miraba nerviosa hacia la puerta por donde ellos habían desaparecido mientras a Alma la cabeza le iba a explotar.
—¿Se puede saber qué te pasa, mamá? —le preguntó Natalia.
—Nada.
—Y si no te pasa nada, ¿por qué tengo la sensación de que sí te pasa algo?
Alma, acalorada y hasta revuelta, miró a su hija.
—Corazón, simplemente estoy sorprendida. Eso es todo.
—¿Qué te ha parecido Elías? —preguntó.
—Bien.
—¿Solo bien?
—A ver, hija. Acabo de conocerlo y...
—Pero ¿te ha caído bien?
—Sí. Pero...
—No me gustan los «peros».
—A ver, Natalia.
—Mamá, ¡me gusta mucho!
Alma cogió aire. Necesitaba serenarse y centrarse en lo importante. En su hija. Y tomando sus manos trató de medir sus palabras.
—Tu felicidad es la mía —replicó—. Y ahora solo necesito ver que él te quiere como tú lo quieres a él. Solo es eso, y lo sabes perfectamente.
—¿Seguro, mamá?
—Sí, Natalia.
—Es que te sigo viendo, no sé... rara.
Con complicidad se miraban cuando Saem y su padre se acercaron a ellas. Ambos regresaban serios.
—Natalia, he de marcharme por un tema urgente —dijo Saem—, pero ha sido un placer conocerte.
—Y acercándose a ella para darle dos besos.
murmuró en su oído—: Sé lista y aléjate de él.
—Natalia, desconcertada, parpadeó. Solo ella había escuchado aquello; luego Saem, sin acercarse a Alma, dijo—: Que tenga buena tarde. ..
Aquel desinterés la molestó, pero Saem se dio la vuelta y se marchó.
Natalia, sorprendida, miró a su novio y este, sin ser consciente de lo que Saem le había susurrado al oído, miró a Alma.
—Disculpa a mi hijo —le dijo—. Frialdad coreana. No le des más importancia.
Una hora después, tras despedirse de su hija y de su novio, y quedar con Natalia al día siguiente en su casa para hablar, Alma, desconcertada, se dirigió a su hogar. Lo ocurrido aquel día era una locura. ¿Cómo iba a asimilarlo?
Levantando la mano, paró un taxi. Y cuando se puso en marcha, después de darle la dirección, abrió su teléfono y escribió un wasap.
Yo (LOBAS) He conocido al novio de Natalia. En una hora en mi casa. Compraré manolitos.