Ríete de las bodas Capítulo 18
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Capítulo 18

Algo nerviosa, pero contenta por ver la felicidad de su hija, Alma caminaba con ella por la calle en dirección al restaurante en el que habían quedado en la Cava Baja con el novio de Natalia. Verla tan pizpireta y emocionada a Alma le hacía sonreír.

—Mamá, estoy muy feliz —admitió Natalia.

—Me alegro.

—Y nerviosa.

—Tranquila.

—¡Vas a conocer a mi unicornio!

—Sí, corazón —afirmó con una sonrisa—. Lo voy a conocer. Pero tampoco exageres. ¿Cuándo te ibas con tus amigos a Portugal a hacer escalada? —le preguntó Alma.

—En junio —respondió su hija—. Habíamos pensado ir a Serra da Arrábida, que está cerca de Lisboa, pero no sé si de momento lo voy a posponer.

—¿Por qué?

—Mamá, pues porque tengo otras cosas mejores que hacer.

Madre e hija se miraron.

—¿Lo pospones por él? —preguntó Alma con seriedad.

—Sí.

—Pero, Natalia. Que solo os conocéis desde hace tres meses. No condiciones tus planes de vida por...

—Mamá, no te tomes a mal mis palabras, pero es mi vida, soy mayor y yo decido. ¿Entendido?

Alma asintió. Aunque le jorobara que Natalia pospusiera sus planes por aquel hombre, sabía que insistirle era lo peor.

—De acuerdo —no insistió.

Caminaron en silencio unos metros.

—Mamá, le he preguntado su signo del zodiaco y es Capricornio —señaló Natalia—. Se lo diré a la tía Estíbaliz, para que me cuente cosas sobre mi signo y el de él. ¿Crees que Cáncer y Capricornio son compatibles?

—No lo sé, cielo. Tu tía, encantada, te dirá.

Fueron las primeras en llegar al restaurante, así que decidieron esperar en el pequeño jardín interior que allí había tomándose algo junto a otros comensales.

—¡Ahí está! —exclamó Natalia de pronto.

Con una sonrisa en los labios, Alma se dio la vuelta para mirar y se quedó literalmente congelada. A pocos pasos de ellas, junto a otras personas que entraban en la terraza venía Saem hablando con un hombre. Vestía vaqueros, camisa y una americana gris marengo de sport, que le sentaba muy bien.

Pero ¿qué hacía Saem allí?

Dándose la vuelta, dejó la copa que llevaba en las manos en la barra. Esperaba que él no la viera. Que no la saludara ni se le acercara. Conocía a Natalia y sabía que notaría algo en ella.

—Qué guapo está con esa americana gris —oyó decir a su hija.

¿¡Gris!? ¡¿Americana gris?!

A Alma le temblaron hasta las pestañas.

—Amor, ¡estamos aquí! —dijo Natalia, levantando la voz.

¡No podía ser!

No... no... no...

No podía ser cierto lo que pasó rápidamente por su mente. ¿El novio de su hija era Saem? ¿Natalia era la pareja abierta de Saem?

Se dio aire con la mano. Calor. Le entró un tremendo calor mientras hilaba las cosas que Natalia le había contado de su novio. Guapo. Puntual. Caballeroso. Sabía cocinar. Vivía la relación abierta como su hija. Y, joder, ¡llevaba una americana gris!

¡¿Se estaba acostando con el novio de su hija?! Pero ¿acaso los Masters del Universo se habían vuelto locos?

Apurada, se sacó un abanico del bolso negándose a creer lo que pensaba. El calor que le subía por el cuerpo era asolador. Notó que alguien se les acercaba.

—¡Puntual como siempre! —exclamó Natalia.

Alma, que rogaba que el suelo se abriera y se le tragara, al ver que el suelo pasaba de ella, tragó saliva y tomó aire.

El desastre estaba servido. Había que resolver aquel incómodo momento.

Por lo que fabricó una de sus sonrisas, se dio la vuelta para enfrentarse al desastre y se encontró con otro hombre de americana gris.

Aquel que tenía ante ella con una amplia sonrisa era un hombre que rondaría los sesenta años. Vamos, que estaba más cercano a su edad que a la de su hija. Un madurito, de buen ver, que la observaba a la espera de que reaccionara.

—Mamá —dijo Natalia—. Te presento a Elías Basagoitia. Elías, ella es mi madre, Alma Santana.

Boquiabierta, Alma parpadeó. Seguía en shock , primero por Saem, y ahora por aquel hombre. ¿El novio de su hija era aquel madurito de pelo canoso? E intentando disimular el desconcierto, al ver con el rabillo del ojo que Saem continuaba hablando al fondo, sonrió cuando el tal Elías la abrazó.

—Encantado de conocerte, Alma. Ahora entiendo de dónde le viene a Natalia toda su belleza.

Sin perder la sonrisa, Alma asintió.

—Encantada de conocerte, Elías. Y gracias por el cumplido —respondió, intentando no parecer tonta.

Madre e hija se miraron.

—Dadme un segundo. Iré a avisar a Fernando, el dueño del restaurante, de que estamos aquí —dijo Elías.

Cuando se alejó, Natalia miró a su madre y al verla tan acalorada le preguntó:

—¿Qué te ocurre?

—Nada.

—Mamá, ¡estás blanca!

—Serán los calores tropicales. Uf... madre mía, qué calor.

Alma se dio aire con el abanico.

—¿No estarás así por nuestra diferencia de edad? —preguntó su hija.

Alma la miró. Si pensaba aquello, no tendría que dar la verdadera explicación de por qué estaba tan acalorada.

—No, corazón —dijo.

—¡Mamá!

—Vale, Natalia. No te voy a negar que me ha sorprendido.

—Mamáááá.

—A ver, hija...

—¡Lo sabía! ¡Te lo he visto en la cara!

Alma tomó aire. Lo que realmente su hija le había visto en la cara había quedado eclipsado por aquello.

—Natalia, sabes que soy de las que piensa que para el amor no hay edad, pero tu padre y los yayos...

—Papá y los yayos se tendrán que callar. Es mi vida. No la suya.

Alma asintió. Imaginó lo que sus padres dirían cuando vieran a la pareja de su hija.

Como siempre, la culparían a ella de la mala decisión de Natalia, y volverían a recordarle que ella era la gran decepción de la familia.

Y si a eso le sumaba la que iba a montar Carlos, el padre de Natalia, la cosa no pintaba bien.

Dándose aire estaba cuando regresó Elías.

—Nuestra mesa, la mejor del restaurante, está preparada —anunció.

—¡Estupendo! —sonrió Natalia, emocionada.

Alma miró con disimulo hacia atrás. Saem seguía hablando con los hombres del fondo. Por suerte, no la había visto.

—Espero que no os importe, pero le he dicho a mi hijo que nos acompañe —dijo entonces Elías, y sin más se volvió y llamó—: Saem.

—¿En serio Saem está aquí? —aplaudió Natalia, feliz.

El corazón acelerado de Alma se desbocó.

No. No. No. No... ¡Eso no podía ser! ¿Su hijo? ¿Saem era su hijo?

Horrorizada, volvió a pedirle al suelo que se abriera, pero tampoco lo hizo esta vez. Con todos los hombres que había en el mundo, ¿justo su hijo tenía que ser aquel?

Saem, que hasta el momento había permanecido ajeno a todo el drama que en silencio Alma vivía, al mirar hacia donde su padre estaba, se quedó parado. ¿Aquella era Sara?

Sin entender qué hacía su padre con la mujer que no se podía quitar de la cabeza, con prudencia se acercó a ellos.

—Hijo, quiero presentarte a mi novia, Natalia —anunció su padre.

Sorprendido por aquella noticia, Saem miró a la joven que Elías tenía agarrada por la cintura.

¿Novia? ¿Su padre tenía novia?

Y tras cruzar una mirada significativa con su progenitor, para que la joven no se sintiera mal, se acercó a ella y le dio dos besos.

—Encantada de conocerte, Saem.

—Lo mismo digo, Natalia.

Rápidamente miró a Sara. Esta, a pesar de estar a su lado, miraba hacia otro lado. ¿En serio no lo iba a saludar?

—Tu padre me ha hablado mucho de ti —prosiguió Natalia.

—¡Espero que bien!

—Muy bien —afirmó la joven.

Saem, aún desconcertado, con la mejor de sus sonrisas continuaba buscando la mirada de Sara.

—Saem, ella es Alma Santana, la madre de Natalia —presentó su padre.

Saem parpadeó, y, sin poder evitarlo, miró a Alma, que ahora sí lo observaba con gesto de «ni se te ocurra decir que me conoces».

—¡¿Alma?! —exclamó.

—Sí.

—¿Su madre?

Ella, paralizada por el momento, se limitó a asentir.

—Podría decirse que parece su hermana mayor —señaló Elías, halagador.

Natalia sonrió.

—No eres el primero que lo dice —afirmó.

Saem, sorprendido, al tiempo que molesto por descubrir aquellas mentiras y ver que ella quería hacer como que no se conocían, asintió, y tras darle dos castos besos en la mejilla, mantuvo las distancias.

—Encantado de conocerte..., Alma —dijo.

—Lo mismo digo, Saem —respondió ella, apurada.

Durante unos instantes se quedaron en silencio.

—Me llama Francisco. Enseguida regreso —dijo de pronto Elías, sin soltar la cintura de su novia.

—¡Voy contigo! —indicó Natalia.

Cuando los dos se alejaron, Saem miró a Alma, que no sabía dónde meterse.

—¡¿Alma?! —murmuró.

—Ni se te ocurra decir que nos conocemos —le pidió, horrorizada, por no haber aclarado en su momento sus tontas mentiras.

—¿Por qué?

—Porque no, y no me montes un numerito —respondió, azorada.

—¡¿Numerito?!

—¿Te has visto la cara? —gruñó ella, moviéndose.

Al hacerlo, inconscientemente se golpeó en la cadera con el pico de una mesa. Rápidamente, Alma se encogió.

—¿Estás bien? —se interesó él.

Alma, dolorida por el picotazo que se había dado, asintió.

—Lo sé. Mentí. Es ridículo que... —dijo con rapidez.

—Exacto —la cortó—. Esto es ridículo. Y que sepas que si algo no me van son los numeritos.

Y sin más, se alejó hacia la barra dejando a Alma sola y sin saber qué hacer. Segundos después, una feliz Natalia se acercó a su madre.

—¿Y Saem? —preguntó, sorprendida al verla sola.

—Fue el baño —mintió.

—Mamá, ¿estás bien?

Apurada por el tsunami de sentimientos que tenía en su interior por todo lo ocurrido, al ver cómo su hija la observaba, respondió:

—Sí. Es... es solo que...

—¡Lo sé! Mamá, no disimules que lo sé.

Alma, horrorizada, abrió los ojos.

—¿Qué sabes? —preguntó en un murmullo.

—Sabes perfectamente que me he dado cuenta. —Agitada por lo que su hija decía, cuando iba a hablar, ella prosiguió—: Te ha chocado nuestra diferencia de edad y por eso estás así. Por Dios, ¡pero si estás hasta pálida!

Oír eso tranquilizó a Alma un poco.

—A ver, Natalia... —empezó; quería ser coherente.

—Mamá. Siempre te he oído decir que la edad es simplemente un número en el pasaporte o en el carné de identidad...

—Y lo es, corazón, ¡claro que lo es!