Ríete de las bodas Capítulo 16
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Capítulo 16

El párroco de la iglesia, con una sonrisa en los labios, ante todos los feligreses que lo escuchaban dijo:

—El Señor bendiga estos anillos que vais a entregaros el uno al otro en señal de amor y fidelidad.

Carolina y Pablo, los novios, respondieron:

—Amén.

Acto seguido, Pablo, cogiendo uno de los anillos que portaba la linda niña de las arras, comenzó a colocárselo a la novia.

—Carolina, recibe esta alianza —recitó— en señal de mi amor y fidelidad a ti. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Romina, la emocionada madre de la novia, lloraba a mares, cuando su hija, Carolina, cogió el otro anillo y se lo puso a Pablo en el dedo.

—Pablo, recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Romina, incapaz de contenerse, lloraba y lloraba. Alma, al ver que su hija, Virginia y Leyre la miraban, se extrañó.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Estas, divertidas, se miraron.

—Que estamos esperando a ver qué dices hoy —dijo Leyre.

Nuria y Alma cruzaron una mirada cómplice.

—Tres meses, ¡no les doy más! —vaticinó Alma.

—¡Mamáááá! —murmuró, muerta de risa, Natalia.

Pero todas se miraron y entendieron. Carolina y Pablo eran una bomba de relojería, y todas pensaban lo mismo.

—Alma, el vestido de Carolina es precioso —intervino Estíbaliz—, y Romina esta impresionante con ese vestido fucsia.

Alma sonrió. El vestido de mikado de Carolina era uno de los que había creado la última temporada y estaba causando furor entre sus clientas.

Por suerte para ella, Carolina no quiso hacer ningún cambio.

Lo aceptó tal y como lo vio en el maniquí, y Alma se alegró.

Así tendría menos quebraderos de cabeza.

En cuanto al vestido de Romina, al haberse casado sus dos hijas en tan poco espacio de tiempo, quería algo diferente.

Por lo que esta vez creó para ella un vestido con escote en pico, manga tres cuartos y detalle de flor en la cintura.

Acabada la ceremonia, llegaron el arroz, los pétalos de rosa y, cómo no, ¡la purpurina!

Cuando se montaron en el vehículo para ir al banquete, Natalia, mirando a sus abuelos, preguntó:

—¿A que hoy mamá está muy guapa?

Alma sonrió. Se decía que la felicidad embellecía, y sin duda ella se sentía feliz por lo que estaba viviendo con Saem.

—Si se tapase los hombros, enseñara menos pechuga y fuera más discreta, te diría que sí —soltó su madre, aguafiestas.

—Yayaaaaa —se quejó Natalia.

Alma, que conducía, no perdió su sonrisa. El vestido que llevaba, de un tono violeta y palabra de honor que ella misma había diseñado, era una preciosidad.

—Me gusta enseñar los hombros —se limitó a decir.

—Te gusta enseñar demasiado —gruñó su padre.

—Yayo. Pero ¿qué dices? —se metió Natalia.

—Mi verdad —replicó él.

—Pues tu verdad no me gusta. Y que sepas que cada día soporto menos que le habléis a mi madre así.

—¡Buenooooo! —siseó Cecilia, mirando a su marido.

Alma rápidamente con su mano derecha tocó la pierna de su hija. En silencio le indicó que no merecía la pena seguir con aquello, y el resto del camino, hasta el convite, lo hicieron sin decir palabra. Era lo mejor.

Durante el banquete y alejadas de los abuelos, reinó la alegría.

—Me he creado una cuenta en Bumble —anunció Nuria.

Alma, que sabía que aquello era una red social tipo Tinder, preguntó:

—Pero ¿no decías que pasabas de esto?

Nuria asintió.

—Lo pensé mejor y mira, como en esta red las únicas que podemos dar el primer paso somos nosotras, me animé. —Nuria, enseñándole una foto, explicó—: He hecho match con este guaperas. ¿Qué te parece?

Alma miró el teléfono de su amiga. Ante ella tenía a un hombre de unos cuarenta años. Pelo oscuro. Ojos claros. Sonrisa canalla. Por lo que leía, era gestor financiero y por lo que parecía en varias de sus fotos vivía en el lujo.

—De tu estilo. Un sinvergüenza de una noche loca.

Nuria recuperó su teléfono. Lo que su amiga decía era cierto.

—Mañana he quedado con él —replicó, sin inmutarse. Alma sonrió. Y ella añadió—: Será un polvete mañanero. Quería que fuéramos a su casa, pero paso. Así que he quedado en el bar que hay enfrente del hotel.

Ambas sonrieron con complicidad.

—¿Nunca has pensado en encontrar a alguien especial? —le preguntó Alma.

—No. —Alma no se podía quitar a Saem de su mente; su amiga prosiguió—: Los unicornios de los que hablamos están en fase de extinción, por lo que dudo que yo conozca a uno.

Con haber sido tomada por tonta una vez tuve bastante.

Además, soy tan insoportable como práctica y realista.

A mí nadie me soportaría, porque a veces no me soporto ni yo.

—Yo te soporto. ¿Por qué no iba a hacerlo una pareja?

—Pero ¿qué tontería de pregunta es esa?

—¿No te gustaría enamorarte y sentir que te quieren? Vivir tu propia historia de amor con final feliz.

—El final feliz ya me lo busco yo.

—No me refiero a eso, Nuria.

Nuria sonrió. Claro que le gustaría vivir algo así. Pero era consciente de las barreras que había levantado a su alrededor.

—¿El coreano te está enamorando? —quiso saber—. No me digas que te hace volar y al final es un ¡unicornio!

Saliendo de su ensoñación rápidamente, Alma negó con la cabeza. Aunque fantaseara con Saem, sabía que lo que había entre ellos no era nada.

—Pero ¡qué dices! —gruñó.

—Entonces, ¿qué has bebido hoy? —Alma se rio. Su amiga tenía razón. ¿Qué hacía preguntando por el amor?—. Dudo que mi corazón congelado vuelva a descongelarse —sentenció Nuria.

—¡Lo dudas! ¡Pero no lo sabes!

—Lo sé, Alma. Lo sé. Y con tener mi final feliz cuando me apetece y que nadie me complique la vida, tengo suficiente. ¿Acaso tú no?

Alma, con pesar, sonrió. Nuria, le gustara o no, tenía razón.

—Mañana en el hotel ¡pásalo en grande! —le deseó.

—¡Te lo aseguro! —Y luego Nuria susurró—: Por cierto, se te nota.

—¿El qué se nota?

—Cierta ilusión con aire asiático.

—Pero ¿qué dices?

—Tienes la piel más tersa. Pero cuidadito, que yo diría que comienza a haber algo de ojera coreana. —Alma parpadeó. ¿Tanto se notaba lo que Saem le provocaba? Nuria preguntó—: ¿Anoche a qué hora llegaste a casa?

—A las dos.

Nuria asintió. Su amiga llevaba dos semanas viéndose con Saem.

—¿Estuvisteis otra vez en su restaurante? —quiso saber. Y ante el gesto afirmativo, continuó con el interrogatorio—: ¿Por qué no vais a tu casa o a la suya?

—Porque ese lugar nos vale.

Ella lo entendía, pero volvió a la carga:

—A ver, Caramelito —se mofó—. Tú nunca repites, a excepción de con tu vecino Ricardo porque es tan práctico como tú.

¿Tan bueno es el tal Saem en el sexo? —Alma hizo un gesto de aprobación.

Saem no solo era bueno en el sexo. Era increíble en otras muchas cosas de la vida, y Nuria cuchicheó—: Cuidadito, a ver si te vas a enamorar.

—¡No digas tonterías! Esto es sexo. Nada más.

—Vale, loba. Pues cuando te canses de él, preséntamelo. Me gustaría probar ese asiático que los Masters del Universo te enviaron.

—¡Perfecto! —afirmó Alma, sin dejar de sonreír, pero con cierto escozor.

¿En serio iba a querer que aquello ocurriera?

¿Realmente querría que Saem mirara a su amiga, la besara o le dijera las cosas bonitas que a ella le decía? No. ¡Definitivamente, no!

Cuando los novios cortaron la tarta, Romina y su marido volvieron a lloriquear. Todo lo que sus hijos hacían les emocionaba, aunque cuando Carolina metió la mano en la tarta, cogió un trozo y se lo restregó a su marido en la cara y viceversa, se horrorizaron. Pero ¿qué estaban haciendo?

Acabado el momento tartazos, en el que todo el mundo se quedó sorprendido, y después de limpiarse, comenzó a sonar cierta musiquita y la novia se levantó con su ramo en la mano. A Alma se le paró el corazón al ver que Carolina se paraba y se lo entregaba a su hija.

—Si es especial, es porque merece la pena —le dijo.

La novia y Natalia entre aplausos se abrazaron y, segundos después, la primera se alejó. Natalia, con el ramo de novia que su amiga le había dado en las manos, fue consciente de que todos los de la mesa la miraban, en especial su madre.

—¡¿Quééé?! —exclamó. Nadie dijo nada. Y ella dirigiéndose a Alma, soltó—: Carolina y sus cosas, ¡no le des más vueltas! Mamá por favorrrr.

Alma asintió. Esperaba que no se cumpliera eso de que la siguiente en casarse era la persona que cogía el ramo de la novia y tras ver cómo sus padres las observaban no dijo más. Era lo mejor.

Durante el baile, como siempre, el grupo de amigas bailó hasta el agotamiento. Si algo les gustaba era una buena fiesta con música, y las bodas eran un lugar idóneo para reír, bailar y desfogarse todas juntas.

A las doce de la noche, Natalia se acercó a su madre. Se marchaba.

—Llevas tú a los yayos a casa, ¿verdad? —le preguntó.

—Claro, corazón.

—Mañana, sobre la una y cuarto, paso a buscarte por casa para ir juntas al restaurante que está por la Cava Baja. He quedado allí con mi chico a las dos en punto. —Alma asintió, y Natalia la abrazó—. Qué ganas tengo de presentártelo.

Ver la emoción de su hija hizo que ella también se emocionara. Si Natalia era feliz, ¡ella lo era también! Cuando la joven se marchó, Nuria se acercó.

—Me muero por saber quién ha enamorado de tal forma a nuestra niña.

—¡Y yo! —exclamó Alma.

Cuando esa madrugada Alma llegó a su casa, tras dejar a sus padres en la suya, su perro Sugar corrió a recibirla.

Encantada y soltando los zapatos de tacón que llevaba en la mano, sin importar si el precioso vestido violeta de seda se arrugaba más de lo que ya estaba, se sentó en el suelo y abrazó a su perro.

—Hola, gruñoncete —murmuró.

Sugar, feliz, se la comía a lametazos; finalmente Alma se levantó, se desnudó, fue al baño para quitarse el maquillaje, y una vez que regresó a su habitación, se tiró en la cama y abrazada a su perrete y pensando en Saem, en su más loca fantasía asiática, se durmió. Estaba agotada.