Ríete de las bodas Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Encantada y con una tranquilidad que hasta a ella le sorprendía, Alma lo abrazó.

—Gracias por la invitación —le dijo, mirando a aquellos preciosos ojos rasgados que la tenían hechizada—. Ha sido una experiencia fantástica.

Saem sonrió. Escuchar aquello le gustaba y la besó. Con tranquilidad y deleite tomó aquella boca.

—La experiencia no es completa hasta que se acaba —le dijo, separándose unos segundos de ella.

—¿No se ha acabado aún?

Divertido, él negó con la cabeza, y cogiendo su teléfono móvil, tecleó en él y comenzó a sonar una canción.

—Como me enseñaron primero mi madre y luego mi tío Mario —señaló—, en toda bonita cita, no puede faltar un bonito baile.

—Pero buenooooo —rio Alma.

—¿Qué pasa? —rio él con picardía.

—¡Qué caballeroso y romántico!

—Mi madre me hizo entender que el romanticismo era uno de los regalos más interesantes y bonitos que tiene la vida —dijo con sensualidad—, y mi tío que ser caballeroso es una bonita virtud que nunca hay que olvidar.

Alma sonrió, sorprendida por las cosas que le hacía sentir con aquellas palabras. Estaba claro que aquel hombre era un gran romántico. Cogió el móvil de él.

—A ver qué música escuchas —se interesó.

Divertido, Saem vio que ella leía los nombres de artistas coreanos con gracia y mal dichos, mientras ambos se reían. Su pronunciación era terrible.

—No conozco a nadie —admitió—. ¿Solo escuchas música coreana?

—Sí. Es la música que me gusta.

—A mí me encanta todo tipo de música, aunque reconozco que me encanta escuchar a Shakira.

—Lo sé.

—De hecho, tengo entradas con mis amigas para ir a uno de sus conciertos de septiembre, aquí en Madrid.

—Eso es estupendo.

—¿Qué tal si elijo yo una canción de tu lista para bailar? —preguntó ella, con gesto guasón.

—Estaría bien que fuera una balada —rio él.

Alma, divertida, miró signos ininteligibles para ella.

—Pero si no es balada, también la bailamos —replicó.

Saem riendo movió la cabeza, y ella le dio al play . Comenzaron a sonar como unas campanitas y Saem rápidamente la paró.

—Esta no, Sara.

Alma lo miró y le dio al play de nuevo.

—¡Esta sí!

De nuevo las campanitas sonaron. Saem la volvió a parar.

—¿Qué pasa? —quiso saber Alma.

Saem negó con la cabeza. Aquella canción siempre había sido especial para él, porque decía las mismas cosas que le había oído siempre a su madre sobre el amor y el destino. Desde la primera vez que la había oído, se juró que solo la bailaría con la persona adecuada.

—No pasa nada —respondió.

—¿Entonces?

—Es solo que hay muchas canciones que...

—Pero yo quiero esta.

—¿Por qué?

Alma, sin ser consciente de las cosas que le pasaban a él por la cabeza, acercándose a él, le dio un beso en los labios.

—Simplemente por llevarte la contraria y porque sé que en el fondo te mueres por bailarla conmigo.

Saem sonrió. Tenía razón, se moría por bailarla con ella. Pero no debía. Aún no.

Si algo le gustaba de Sara era su arrolladora personalidad.

No sabía si era la mujer que, según su madre, el destino traería a su vida, pero ahí estaba, acelerándole el corazón y haciéndole sonreír y sacar su lado romántico como llevaba tiempo sin hacer.

Pero no quiso saltarse aquello que se prometió una vez con respecto a aquella canción.

—Yo decidiré la canción.

Alma claudicó e intuyó que aquella canción era la que compartía con su novia.

—De acuerdo. Elige canción —dijo, sin querer darle más vueltas.

Sin dudarlo, Saem supo la que quería poner. Y cuando comenzó a sonar Risk It All de Bruno Mars, Alma, sonriendo, murmuró:

—Me encanta esta canción.

—Lo sé.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque me lo dijiste el primer día que te vi —confesó, dándole un dulce beso en la punta de la nariz.

Sorprendida por aquello que no recordaba, Alma parpadeó.

—¿Bailamos? —le propuso él, dejando el teléfono sobre la encimera.

Encantada, colocó sus brazos sobre los hombros de él.

—Hace mucho tiempo que no bailo —admitió.

—Mentirosilla —susurró él, percibiendo cómo el perfume de ella le inundaba las fosas nasales—. El día que te conocí en DeLokos bailabas muy alegre y desinhibida cierta cancioncita de Shakira con tu amiga. Y, por cierto, bailas muy bien. Tienes ritmo.

—Lo que tengo es morro.

—También —se mostró de acuerdo.

Alma sonrió. Le encantaba aquello que tenían entre ambos.

—Me refiero a que llevo mucho sin bailar con un hombre —matizó.

—¿Hace mucho tiempo?

Alma tomó aire. Con Carlos, su exmarido, nunca había bailado.

—Demasiado —afirmó.

Al notar que ella era reacia a hablar de su vida privada, Saem no volvió a preguntar. Y abrazándola en silencio comenzaron a bailar aquella dulce y romántica canción de amor.

Mientras lo hacían Saem, conmovido, cerró los ojos. Esa mujer le hacía sentir cosas. Cosas bonitas, y aunque le gustaba, también le asustaba. Cada vez que la veía o pensaba en ella, el corazón se le desbocaba de una manera tan irracional que no lograba entender.

En silencio continuaron bailando, sumidos en sus propios pensamientos.

—La canción dice cosas preciosas —susurró ella, con sus sentimientos a flor de piel.

—Tan preciosas como tú.

Alma sonrió. Y entonces recordó el momento en el que le dijo que aquella canción le gustaba.

—¿Siempre eres tan galante? —le preguntó.

—Si la persona que tengo ante mí lo merece, sí.

Encantada y maravillada por vivir un momento como los que veía en las películas, dijo sonriendo:

—Pues gracias por ser tan galante y bailar conmigo esta canción.

Tras esta canción, llegó la siguiente, y solo con mirarse supieron que deseaban continuar bailando. Aquella sensación de estar abrazados, en paz y en silencio con sus corazones latiendo al unísono era algo nuevo para ellos. De pronto, Alma lo oyó canturrear.

— Gaseumi teojil deut nal gadeuk chaeun tongjeunggwa eolmana neoreul wonhago inneunji.

—¿Cantas en coreano?

—Sí

—¿Qué significa eso que tarareas?

—La traducción más o menos sería: «Este dolor que me llena, como si mi pecho fuera a estallar, por cuanto te deseo...».

Oír eso y sentir su mirada, a Alma le aceleró de nuevo el corazón.

—¿Cómo se llama esta canción?

— If It Is You .

—¿Y quién la canta?

—Jung Seung Hwan, un joven cantante surcoreano. ¿Lo conoces?

Alma negó con la cabeza. Era la primera vez que oía aquel nombre.

—No. Pero la melodía y su voz son preciosas —dijo, sin saber por qué.

—Lo son —afirmó Saem.

—No conozco la música coreana —admitió ella—, a excepción de algunas de las canciones que salen en la serie coreana Crash Landing on You .

Saem soltó una risotada.

—Nunca imaginé que tú vieras series coreanas. —Y acercó su nariz a la de ella.

—Y no las veo. Pero mis amigas se pusieron tan pesadas que al final caí. Y, por cierto, ¿te han dicho que tienes un aire al capitán Ri? —Él asintió y ella continuó—: ¿Has visto la serie?

—No.

—Pues es curiosa, divertida y muy muy romántica.

—Eso he oído —afirmó divertido.

Cuando la canción acabó y comenzó otra, Saem, asiéndola entre sus brazos, la llevó hasta su despacho, que estaba junto a la cocina. Al entrar, Alma miró todo a su alrededor. Ordenado y limpio.

La sentó sobre la mesa del despacho, y, sin hablar, le desabrochó el chaleco y cuando este cayó a un lado, le quitó el sujetador.

Mientras Saem disfrutaba saboreando sus pechos, Alma le desabrochaba el botón y la cremallera del pantalón y metía su mano dentro del calzoncillo. Los jadeos de ambos se intensificaron.

Sin darle tregua, se bajó de la mesa y, arrodillándose ante él, lo miró. Aquella mirada volvió loco a Saem y más cuando, instantes después, notó cómo la húmeda lengua de ella recorría toda su erección para acabar introduciéndola en la boca.

El placer les recorrió el cuerpo.

La intimidad entre los dos se acrecentó.

El deseo por poseerse los estaba volviendo locos, y Saem, moviéndose, le dio a un botón y el sofá marrón que había frente a ellos se convirtió en una cama.

—Menudo picadero tienes aquí preparado —cuchicheó ella.

Saem, al captar la picardía en su mirada, sonrió. Alma se levantó. Con rapidez se desabrochó el pantalón y se quitó las bragas, mientras Saem se deshacía de la camisa, los pantalones y calzoncillos.

Desnudos, se miraron.

—Me gustas y me aceleras el corazón, Sara —susurró él—. No sé si serás mi destino, pero solo quiero estar aquí contigo.

Oír aquello y sentir su mirada, a Alma le erizó todo el vello del cuerpo. Los hombres con los que tenía sexo esporádico nunca le habían dicho algo así. Como mucho decían cosas como «¡Qué buena estás!» o «¡Me pones mucho!». Pero algo tan sentido nunca. Besándose se tumbaron en el sofá.

Pasaron los siguientes minutos en la cama disfrutándose. Chupándose. Lamiéndose. Reconociéndose y atreviéndose cuando Saem, interesado en saber, preguntó:

—¿Te agrada de esta forma?

—Sí... sí...

Notar el dedo de Saem metido en su vagina, moviéndose con celeridad, era una delicia. Ella, que tenía entre sus manos la dura erección de él, también quiso saber:

—¿A ti te gusta así?

Saem asintió. Y tras un nuevo jadeo de placer por cómo ella lo tocaba, murmuró:

—Necesito estar dentro de ti, ¡ya!

—¡Hazlo! Yo también lo necesito.

Saem, que sacó del mueble de al lado del sofá un preservativo, se lo colocó, se posicionó sobre ella, se metió entre sus piernas y, tras un beso cargado de posesividad, mirándola a los ojos, la poseyó.

Aquello hizo que ambos soltaran un contundente grito de placer.

—Sí... —jadeó Alma posando sus manos en el trasero de él.

—¿Así, Sara? —preguntó él, avivado por el fuego y el loco placer que veía en ella.

—Sí.

Saem era un amante nada egoísta, y eso le gustó.

Los hombres con los que solía tener sexo simplemente buscaban su propio placer, como ella egoístamente buscaba el suyo.

Pero él no era así. Saem preguntaba. Se interesaba.

Necesitaba sentir que ella estaba bien. La poseía no solo con el cuerpo, sino también con la mirada, con sus palabras, con su manera de besarla.

Y deseosa de que él se sintiera poseído por ella, adelantó su pelvis con fuerza para encontrarlo en el camino.

—¿Así te gusta? —siguió preguntando ella, al oír el jadeo de Saem.

Tembloroso, al sentir aquella sensación asintió, y dejándose llevar como dos animales salvajes, tras varias embestidas por ambas partes el clímax les llegó.

Agotados y satisfechos, durante unos minutos sin moverse, permanecieron abrazados cuando ella tiró de la camisa de él y se la colocó sobre la cintura.

—¿Tienes frío?

Alma negó con la cabeza. Aunque era una mujer segura de su cuerpo y de sí misma, estar con aquel hombre más joven de pronto le dio inseguridad. ¿Cómo hacía Nuria para sentirse tan segura con los jóvenes con los que se acostaba?

Alma no llevaba una talla 36 como seguramente tendrían las chicas que tuvieran sexo con Saem. Ella era una mujer madura de talla 42/44.

—¿Te ocultas de mí? —se sorprendió él.

Alma se acaloró. Decirle que sí era mostrar su inseguridad. Él retiró la camisa que cayó al suelo y paseó sus manos sobre las curvas de ella.

—Eres preciosa —señaló—. Única e irrepetible. Que nada ni nadie te hagan creer lo contrario.

Alma con el corazón a mil sonrió. Saem la hacía volar. Estaba claro que Romina tenía razón. Los coreanos eran románticos y caballerosos.

—¿Ahora la experiencia está completa? —preguntó, nerviosa por la intensa mirada de él.

Saem sonrió. Y sin hablar, solo besándola, le hizo saber que la experiencia continuaba.