Capítulo 15
Las dos siguientes semanas Saem y Alma se vieron muy a menudo.
La química que había entre ellos era brutal, por lo que decidieron explorarla, aunque Alma seguía dándole vueltas al tema de que él tenía una pareja. Fuera abierta o no, ¡era su pareja!
El martes, cuando llegó ella al lugar donde habían quedado, Saem la recibió con un beso, y la cogió de la mano.
—Sara, hoy te voy a llevar al mejor restaurante que conozco —le dijo con seguridad.
Sonriendo, ella asintió y cuando comenzaron a caminar se fijó en dos mujeres sentadas en un banco que los observaban, y vio en sus miradas lo que pensaban. Estaba claro que la estaban cuestionando, pero no le importó; junto a Saem disfrutaba del momento. ¿Qué le importaba lo que la gente pensara?
Minutos después, se encontraba ante un local llamado Mesa Trece en el que ponía cerrado.
—¿Venimos aquí a cenar? —se sorprendió Alma.
—Sí.
—Pues creo que va a ser que no.
—¿Por qué crees eso?
Con gracia, Alma señaló el cartel de cerrado.
—Tranquila —dijo Saem, sacando una llave del bolsillo—. Para nosotros está abierto.
Boquiabierta, vio que abría la puerta y tomando su mano la animaba a entrar. Y una vez dentro, él desconectaba la alarma de seguridad.
Sorprendida, Alma miró a su alrededor. Aquel restaurante no era muy grande, pero era un sitio muy agradable, decorado con mucho gusto.
—¿Trabajas también en este sitio? —preguntó.
—Sí —afirmó él, que veía cómo ella lo escaneaba todo.
—¿Y tú jefe sabe que estamos aquí?
—Por supuesto.
Alma se fijó en una pared en la que había colgadas varias fotos y vio a Saem en ellas.
—Mi madre Hye-Jin y mi abuela Min-Ji —explicó él, antes de que ella preguntase—. Y eso que se ve es el restaurante que durante años regentaron en Seúl, llamado El Dragón de Seúl.
—Este sitio es tuyo —murmuró, tras un leve parpadeo de sorpresa.
—Sí.
—¿El jefe eres tú?
—Sí. Vengo de una familia de excelentes cocineras, y yo también lo soy.
—¿Eres chef?
—Sí. —Ella se quedó con la boca abierta sin saber qué decir; él prosiguió—: Soy un chef modernete de esos que ponen hierbajos y rúcula en los canapés.
—Ella levantó las cejas y él, con gracia, afirmó—: Sí.
Esos canapés los hice yo. —Alma se tocó la frente, estupefacta y sorprendida por ese descubrimiento.
Saem continuó con sus explicaciones—: Sé que la norma número uno es no hablar de nuestras vidas.
Pero quiero que sepas que soy dueño y chef de este restaurante y uno de los dos socios del DeLokos.
El otro socio es mi tío Mario. No quiero seguir fingiendo que soy lo que no soy.
—Vaya...
—Por lo tanto, tranquila. El jefe no me va a despedir.
Ver su cara de sorpresa, a Saem le hizo gracia. Estaba claro que Alma no se esperaba nada de aquello. De pronto, a él empezó a sonarle el teléfono.
—Un segundo, Sara. —Y alejándose respondió—: Dime, Preciosa...
A Alma aquel saludo cariñoso a la que seguramente era su novia la incomodó.
Saber que Saem tenía novia, aunque fuera una relación abierta y ella supiera que lo de ellos era solo sexo, no era algo a lo que ella estuviera acostumbrada.
Con disimulo, lo observó mientras hablaba por teléfono.
Sonreía. Parecía feliz. Estaba claro que su novia conseguía aquella felicidad en él y, retirando la mirada, decidió dejar de pensar en ello. Pero ¿qué hacía cotilleando?
E intentando destensarse, miró a su alrededor. Saber que Saem era el dueño de aquel bonito lugar, y no el camarero que creía, la desconcertó. ¿Acaso él esperaba que ella también le contara cosas de su vida?
Estaba pensando en ello cuando Saem, acercándose a ella, la agarró de la mano.
—Acompáñame —le pidió.
Con gesto rápido, ella se soltó de su mano. Él la miró.
—¿Pretendes que yo te hable sobre mí ahora que me has desvelado cosas de tu vida?
—No.
—¿Entonces por qué me lo has contado?
—Porque soy un pésimo mentiroso. No tengo nada que ocultar, y a ti no te quiero mentir. Y vale. Reconozco que me gustaría que bajaras un poco la guardia y saber más de ti. Pero si he sido sincero hoy contigo, es porque si soy Saem y trabajo como chef, ¿por qué tengo que ocultarlo?
Aquellas palabras la hicieron sentir culpable. Ella sí que mentía. Por norma con los rollos de una noche se inventaba infinidad de nombres y profesiones. Simplemente salvaguardaba su vida privada de personas que no volvería a ver en su vida, pero entendía a Saem.
—Intentaré bajar la guardia —admitió.
—¿En serio, inspectora? —Ella, sonriendo, asintió y él insistió—: ¡Guauuuu... me muero por saber más de ti!
—Poco a poco —pensó mientras su mente pensaba en cómo explicarle que se llamaba Alma y no Sara. Que era divorciada y no viuda. Pero no. Ahora no era el momento para ello. En otra ocasión.
Saem volvió a cogerla de la mano y Alma, desconcertada, lo siguió. Al entrar en la cocina del restaurante volvió a sorprenderse. Era grande. Limpia. Ordenada. Todo parecía estar en su sitio.
—¿Cómo se te da la cocina a ti? —le preguntó Saem.
—Me defiendo —respondió, admirando aquella cocina impoluta.
Saem abrió un cajón. De él sacó dos delantales.
—Cocinaré para ti esta noche —dijo, poniéndose uno de ellos—. ¿Quieres ser mi pinche?
Divertida, Alma dejó el bolso en un lateral, y mientras se ponía el delantal, Saem la observaba.
—¿Eres viuda desde hace mucho? —preguntó con tiento.
—Sí —respondió sin pensar.
—¿Tienes hijos?
—No.
Sus escuetas respuestas le dieron a entender que no quería hablar de ello, así que se dio la vuelta, sacó su teléfono móvil y buscó una de sus listas. De inmediato comenzó a sonar la canción Love Again , cantada por la increíble Gummy y Ha Dong Qn.
Saem sacó una botella que abrió con destreza, y tras servir dos copas, le entregó una a ella.
—Un rico y fresquito albariño. Lo que te gusta.
Ella tomó un sorbito. Le gustaba que se fijara en esos detalles y supiera qué vino le gustaba.
—Riquísimo tu albariño —alabó—. Y bonita música. ¿Quién canta?
Saem sonrió. Con seguridad no los conocería e indicó:
—Una cantante afrocoreana llamada Gummy, junto a Ha Dong Qn.
—No los conozco.
—En España solo conocéis grupos de k-pop como los BTS o BlackPink o el Gangnam Style de PSY —explicó él—. Es una pena que no conozcáis más de la música coreana, pues hay mucho talento y es buena.
A Alma le sonaba el grupo BTS por habérselo escuchado a su hija, y sin duda el Gangnam Style , por lo mucho que lo bailó en su momento. Pero sin duda indagaría más en la música coreana. La que aparecía en la serie coreana que veía le agradaba.
—Antes de comenzar a preparar la cena, necesito saber si hay algo que no te guste o seas intolerante para el menú «una experiencia completa» —quiso saber Sean.
—Me muero del asco con la casquería —admitió, chocando su copa con la de él—. Y bueno, los hierbajos y las verduras tampoco es que sean lo mío, pero antes que la casquería, por supuesto que sí.
Saem tomó nota. Nada de casquería.
—Un respeto a los alimentos —se rio—. No llames a las verduras hierbajos.
—Los dos se rieron. Él empezó a sacar productos de la nevera y a explicar—: Vamos a hacer unos pastelitos de aguacate y galletas saladas.
Berenjenas asadas en salsa kabayaki con ajoblanco y almendras.
Y lingote de cordero con crema de coliflor y miso.
—Creo que es demasiada comida —se mofó Alma.
—La hacemos, y vemos la que sobra, ¿de acuerdo? —Alma se mostró de acuerdo, y él, besándola, añadió—: Señora inspectora, quiero proporcionarte una experiencia en Mesa Trece inolvidable y completa.
—Vaya...
De nuevo se besaron. Sus bocas estaban como locas por encontrarse y tras varios besos Saem se detuvo, o no podría preparar la cena. Se separó de ella y con la encimera de por medio se contuvo.
—Y de postre, dúo crujiente de chocolate con avellanas —remató.
—Qué ricoooo...
En silencio se miraron. No podían entender la atracción que había entre ellos. Volvieron a besarse. Disfrutaron de un tranquilo y sosegado beso que a los dos les hizo saber que estaban bien.
—¿Preparada para cocinar? —preguntó Saem cuando sus bocas se separaron.
—Sí, chef.
Durante las siguientes dos horas hablaron, cocinaron y comieron en la cocina lo que preparaban, disfrutando del momento y de la complicidad.
Entre ellos había una bonita corriente de buen rollo que hizo que el tiempo corriera mientras bromeaban y saboreaban cada plato sin hablar de sus vidas personales.
A las doce menos diez, terminaron de comer y se dispusieron a recoger la cocina para que volviera a quedar impoluta.
—Tu madre tiene que estar muy orgullosa de ti. Eres un excelente chef —dijo ella.
—Gracias.
Conmovida por lo que él le hacía sentir, Alma resopló. Su corazón estaba desbocado. Pero ¿qué le ocurría? Para disimular comenzó a darse aire con la mano.
—¿Te está dando un brote de calor? —se interesó Saem.
—Todavía no me creo que te hablara de mi menopausia.
—La menopausia para las mujeres o la andropausia para los hombres —observó él, encogiéndose de hombros y con una sonrisa— son fases de la vida por las que todos vamos a pasar. ¿Dónde está el problema por hablar de ellas?
—No te quito la razón. Pero ¿cuántas mujeres te han hablado de su menopausia?
—Solo tú.
—¿Lo ves? Soy una bocazas.
—No. Eres real.
Y se echaron a reír. Los dos sintieron que sus corazones se desbocaban. A Alma le parecían increíbles las cosas que decía.
—Todo estaba buenísimo, ¡incluso los hierbajos! —dijo, apoyándose en la encimera.
—Vayaaaaa —se mofó él, cerrando el lavavajillas.
Se quitaron los mandiles y él los dejó sobre una mesa. Alma se acercó a él con confianza y apoyó las manos en sus hombros.
—Enséñame a decir algo en coreano —le pidió.
—¿Qué quieres aprender? —preguntó Saem, sonriendo.
—No sé. Cualquier palabra.
Él comenzó a decir palabras que ella repetía, y cinco minutos después, ella admitió:
—La única palabra que se ha quedado en mi cabeza es annyeong . ¡Adiós!
—Ya sabes despedirte en coreano —asintió Saem.