Ríete de las bodas Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La comida fue exquisita. Todo estaba tan bueno que Saem no pudo poner ni un pero. Tenía claro que en aquel restaurante el cocinero era de los buenos.

Mientras comían el postre, Alma se percató de que, a la derecha, junto a la barra, estaban esperando a que les dieran mesa una compañera de trabajo de Estíbaliz con un grupo de gente.

Eso la incomodó. Si la veía, se acercaría a saludar y le tendría que presentar a Saem.

Eso significaría que se lo diría a Estíbaliz, que le preguntaría quién era el tipo asiático con el que estaba cenando.

¿Cómo se le había ocurrido ir a ese restaurante? ¿Es que creía que no se encontraría a nadie conocido?

Estaba pensando en ello cuando vio que aquella mujer miraba en dirección a ella y se echó a toda prisa el cabello en el rostro. Saem se percató de aquello.

—¿Qué pasa? —preguntó.

Mentir ante lo que le preguntaba no era una opción.

—Conozco a la mujer pelirroja del vestido verde que hay en la barra —contestó—. Y, la verdad, no me apetecería que nos viera.

—¿Por qué?

—Porque no.

—¿Tan horrible soy que no quieres que te vean conmigo? —Alma sonrió. Precisamente Saem no era nada de eso—. Te incomoda que te vean conmigo.

—¿Qué dices?

—¿Es por mi etnia o por mi edad?

—No digas tonterías —contestó, molesta por aquella incómoda pregunta—. Lo importante son las personas, no las etnias. Ya tengo una edad como para estar por encima de esa gilipollez.

—¿Entonces es por mi edad?

—La edad simplemente es un número —respondió a la defensiva.

—Pues demuéstramelo —la increpó él tendiendo su mano por encima de la mesa.

Alma entendió por qué hacía aquello. Quería que se la cogiera.

—¿Qué pretendes? —susurró, mirándole.

—Nada. Solo darle la mano a mi cita.

Ella no se movió. Miró hacia la barra; la mujer no los había visto.

—No voy a darte la mano —se negó—. No tengo veinte años como para estar haciendo manitas en un restaurante.

—¿Tomarse de la mano es hacer manitas?

—Mira, Saem —replicó Alma, con gesto de disgusto y molesta por la sonrisa de él—. Seamos sinceros. ¿Acaso el sexo no es la finalidad de esta cita?

—Tú no sé —respondió Saem, sorprendido por cómo una bonita cita se estaba yendo a la mierda—. Pero yo no he salido de mi casa pensando que esta cena iba a terminar en sexo.

—¿Ah, no?

—No.

Acalorada, porque los jodidos calores de la menopausia aparecían cuando menos lo esperaba, respondió:

—Pues yo sí. Yo sí he pensado en tener sexo contigo.

Esto es lo que es, Saem. ¡No digas tonterías!

—Él, a pesar de que le gustaba la claridad de aquellas palabras, guardó silencio.

Se limitó a mirarla, echándose hacia atrás en la silla; ella, nerviosa, añadió—: Si me estás cuestionando por lo que he dicho, más vale que dejes de hacerlo.

—No te estoy cuestionando.

—A ver, Saem. Siempre que nos vemos terminamos teniendo sexo, ¿hoy iba a ser diferente?

Saem, esta vez molesto, no contestó. Lo que ella decía le ofendía. Posiblemente hubieran terminado teniendo sexo, algo que, desde luego, ya estaba descartado, así que se levantó y dejó su servilleta sobre la mesa.

—Gracias por la cena y buenas noches —se despidió con frialdad.

Y sin más, se dio la vuelta y se marchó, mientras Alma sin moverse de su sitio lo observaba abochornada y boquiabierta por cómo habían terminado las cosas.

Cinco minutos después, con la dignidad que le quedaba, y sin que la amiga de Estíbaliz la hubiera visto, Alma pagó la cuenta y salió del restaurante.

Una vez en la calle, miró a su alrededor, pero Saem no estaba allí. Se había marchado. Era evidente que se había enfadado.

Pensó en parar un taxi e irse para casa, pero decidió fumarse un cigarrillo antes. Lo necesitaba. Por lo que comenzó a caminar con tranquilidad mientras se lo encendía y se preguntaba por qué había sido tan idiota. ¿Acaso tener que explicarle a Estíbaliz quién era Saem era tan malo?

Iba sumida en sus pensamientos cuando notó que alguien se ponía a su altura al pararse en el semáforo, y al mirar y ver a Saem el corazón se le desenfrenó. Durante unos segundos, ambos se quedaron en silencio, y cuando vio que él iba a hablar, ella, poniéndole una mano en la boca, se adelantó.

—Lo siento. Siento haberme comportado como una idiota y como una histérica inmadura con la edad que tengo.

Soy de las que lleva defendiendo toda la vida que una mujer madura puede estar con un hombre más joven y, por supuesto, de cualquier etnia.

¿Por qué no van a poder hacerlo? ¿Acaso la sociedad tiene que marcar también con quién estar?

Y si reaccioné así en el restaurante, fue porque esa mujer es compañera de trabajo de una de mis amigas.

Estíbaliz, Nuria y Romina son mis mejores amigas y mis hermanas de vida.

Nosotras nos contamos todo y, aunque Nuria sí sabe que estoy cenando contigo, Estíbaliz y Romina no.

—Saem la miraba en silencio; ella alterada añadió—: Soy viuda desde hace muchísimos años y a excepción de con Ricardo, nunca he quedado con un hombre para comer o cenar a solas.

En eso soy fría y práctica, y cuando he querido sexo, simplemente he ido con alguno de mis amigos a hoteles por horas sin necesidad de tener una cita.

Y si te cuento esto, es porque si Romina y Estíbaliz se enteran de que he quedado para cenar contigo, me harán un tercer grado y no sé cómo explicarles que.

.. que me gustas y me aceleras el corazón y. ..

Saem dio un paso adelante y la besó. Y aunque quiso saber quién era Ricardo, no la dejó continuar. No lo necesitaba.

En silencio y junto al edificio Metrópolis de Madrid, Saem y Alma se besaron sin pensar en nada, ni en nadie más.

—Tú también me gustas a mí —afirmó Saem, cuando el beso terminó—. Por eso estoy aquí.

Alma esbozó una sonrisa. Aquel hombre, con sus palabras y acciones, estaba derribando infinidad de barreras que ella había construido durante años.

—Vaya... —musitó.

Al oírla y ver su cara, Saem también sonrió.

—Mira, Sara. Me gustas y creo que te gusto —dijo, seguro de sus palabras—. Y aunque me muero por tener sexo contigo, hoy eso no va a pasar, porque quiero que te quede claro, que tú, para mí, eres algo más que sexo.

Alma sonrió, sorprendida por lo que le estaba diciendo.

—Claro que tú también me gustas. —Y lo besó en los labios.

—¿Qué te apetece que hagamos? —le preguntó Saem. Alma lo pensó. Pero estaba tan embotada con todo lo que estaba ocurriendo que no supo qué decir, hasta que él indagó—: Sara, ¿hay en Madrid algún sitio especial para ti?

—Hay muchos, pero sí que hay uno muy especial. ¿Quieres que te lo enseñe?

—Me encantaría.

—Dame un segundo que hago una llamada.

Sonriendo, vio que buscaba en su teléfono móvil, marcaba y tras una corta conversación, lo cogió de la mano mientras paraba un taxi.

—Vamos.

Media hora después, ya en su destino, se dirigieron hacia una caseta. Alma saludó a un hombre que le presentó como Jesús que les abrió una portezuela. Al entrar se encendieron unas bonitas farolas. Ella lo cogió de la mano.

—Bienvenido al parque del Capricho —explicó. Encantado, Saem miró a su alrededor. Aquel lugar era precioso—: Como verás, está cerrado al público porque solo lo abren los fines de semana y ciertas fiestas. Pero Jesús, el guarda, es el marido de alguien que conozco.

Estaban totalmente solos en aquel bonito lugar y entre bromas fueron paseando. Alma, conocedora de la historia de aquel lugar, le iba contando lo que recordaba.

—¿Y por qué este sitio es especial para ti? —quiso saber él.

Alma tomó aire.

—Porque es un sitio que me trae bonitos recuerdos de alguien muy especial para mí —contestó, contándole una verdad a medias—, y si cierro los ojos todavía puedo sentir su manita entre las mías.

Al escucharla Saem quiso saber de quién era aquella manita, pero calló. Si ella no le contaba nada, era mejor no preguntar. Ese era el trato.

Durante un buen rato caminaron por aquel bonito y mágico parque lleno de preciosos robles, pinos y cipreses. Cruzaron el puente de hierro. Vieron el Fortín. Pasearon junto a la columna del dios Saturno y al llegar a lo alto de una colina, Alma se detuvo.

—¿Y esto cómo se llama? —preguntó Saem, al ver lo que ella miraba.

—Se llama el Templete de Baco.

—Es precioso —exclamó, admirando aquel templete de doce columnas y preciosa cúpula.

—Lo es —afirmó Alma—. La primera vez que esa persona especial vio nevar fue en este lugar. Y fue un momento tan mágico y precioso, que desde entonces siempre que nieva, vuelvo aquí.

Saem sonrió. Y respetando que ella no mencionara quién era ese alguien especial, la atrajo hacia él y la besó. Tras aquel beso llegó el siguiente. Estar solos en aquel parque, rodeados por la noche y por las bonitas farolas que iluminaban el lugar, era sin lugar a duda mágico.

—Llevo años viviendo en Madrid y nunca había estado aquí —admitió él.

—Porque tenía que traerte yo.

Su mirada, tras aquellas palabras, la hizo sonreír, y esta vez fue ella la que lo besó.