Capítulo 14
El lunes Alma miró continuamente su teléfono. ¿Recibiría algún mensaje de Saem?
Pero no. No lo recibió. ¿Eso le gustaba o no?
Saem, por su parte, estaba igual. ¿Sara le escribiría?
La respuesta fue la misma. Ninguno de los dos se decidió a hacerlo.
El lunes por la tarde, con una sonrisa de oreja a oreja, Alma recibió en su atelier a Susanita y su novia Rosa, la madre de ambas y a su exsuegra.
Durante un buen rato les enseñó vestidos e incluso las futuras novias se probaron algunos, y quedaron en que regresarían otro día, siendo más conscientes de cómo querían que fueran los modelos de que lucirían en su boda.
El martes, que comenzó como un día tranquilo en el trabajo para Alma, a las cuatro de la tarde se volvió caótico al irse la luz y las máquinas del atelier de costura dejaron de funcionar.
El plan inicial de Alma era irse a las seis de la tarde a su casa, para ducharse y cambiarse de ropa para ir a la cena, pero a las ocho menos diez de la tarde seguía en su despacho discutiendo con la compañía eléctrica.
—¡Hoy juro que me cargo a alguien! —soltó Nuria, entrando en su despacho.
Alma, con un gesto, la ordenó callar. Bastante cabreada estaba ella con todo lo que estaba ocurriendo. Minutos después cerró su teléfono.
—¡Me han dicho que es por un problema en la zona y que básicamente me aguante hasta que lo resuelvan! —exclamó con voz agotada.
—¿Has visto qué hora es? —le preguntó Nuria, mirando el reloj.
Alma miró su reloj. Las ocho y veinte.
—Voy a escribirle un wasap para decirle que se anula la cena —murmuró, con un bufido.
En cuanto abrió su teléfono, Nuria se lo quitó de las manos rápidamente.
—De eso nada —le dijo.
—Estoy sudada —reconoció Alma, tocándose el vestido largo que llevaba—. No me he duchado y el problema no se ha solucionado, por lo que...
—Te vas a ir a cenar con él, aunque lleves chanclas con calcetines.
—Pero Nuria...
—No hay peros. Necesitas relajarte y desconectar, por no decir ¡follar!
Ya me quedo yo aquí hasta que se solucione.
Por lo tanto, coge el bolso y sal de la oficina, que yo te voy pidiendo un taxi para que te lleve a donde has quedado.
—Alma cerró los ojos y cuando fue a protestar Nuria insistió—: Fuimos a ese local en busca de esta cita, y no vas a desaprovecharla, ¿entendido?
—Cualquiera que te oiga pensará que estoy desesperada —dijo Alma, sonriendo.
Las dos se rieron.
—No, cielo —replicó Nuria—. Desesperada no estás y lo que piensen los demás te importa tan poco como a mí. Pero la cita te vendrá de lujo para desconectar. Y si no, mañana me lo cuentas.
—Nuria, nunca he cenado con un hombre a solas.
—Pues, mira, hoy te vas a estrenar.
—¿Y de qué hablo con él?
—De lo que quieras.
—Pero es que se cree que soy inspectora de policía y viuda.
—¡Qué morbazo, chica! —se mofó la amiga.
Sin ganas de comenzar una nueva polémica, Alma se levantó. Se miró en el espejo.
—Vale. Pídeme el taxi —claudicó, después de coger su bolso.
Al salir del despacho, con paso seguro caminó hacia el ascensor.
Una vez en él, mientras bajaba, se miró al espejo.
Su apariencia con aquel vestido de verano largo era seria.
Profesional. Ella quería haberse duchado, cambiado de ropa.
Ponerse algo más acorde con la cita que iba a tener, pero las cosas se habían dado de aquella manera, y si quería ir a la cita, tenía que ser así.
Bajó de las oficinas a la tienda, y en la calle un taxi se detuvo ante ella, y al acercarse y comprobar que estaba a su nombre, se montó en él y miró su teléfono. Las ocho y treinta y cinco. Tenía veinticinco minutos para llegar.
El tráfico en Madrid a aquella hora estaba imposible. Y su nerviosismo fue creciendo segundo a segundo al ver que el tiempo pasaba y que, a las nueve en punto, como habían quedado, ella no estaría.
¡Joder, qué rabia, y más con lo que ella odiaba la impuntualidad!
Finalmente, y viendo que no iba a llegar, abrió su teléfono y buscando su número escribió.
Yo Lo siento... Lo siento... Pero estoy metida en un terrible atasco y llegaré como diez, quince minutos más tarde.
Una vez que le dio a enviar, se sintió ridícula, pero el teléfono le pitó y leyó:
Saem Tranquila. Esperaré.
Leer aquello le gustó; segundos después el móvil vibró de nuevo.
Saem Eso sí. Pagarás también la copa de después por tu retraso.
Aquello le hizo sonreír.
A las nueve y diez, el taxi paró frente al metro de Callao. Se bajó con rapidez y se encaminó hacia Saem, que, apoyado en las barandillas del metro, la esperaba escuchando música con unos auriculares.
—Siento el retraso —se disculpó—. Ha sido un día complicado. ¡Horrible!
Verla acelerada le hizo gracia. Estaba muy guapa con aquel elegante vestido largo, pero algo decepcionado al verla con las lentillas azules.
—¿Estás bien? —preguntó, quitándose los auriculares.
—Sí. Pero ni si quiera he podido pasar por mi casa para ducharme y cambiarme de ropa.
Saem sonrió. Para él estaba preciosa tal y como iba vestida.
—Inspectora, ¿tan elegante vas a trabajar a la comisaría? ¿En serio con esos tacones persigues a los maleantes? —preguntó, suspicaz.
Escuchar eso hizo que Alma parpadeara. ¡Joder!
—Me cambio de ropa —respondió, tras un leve parpadeo—. Lógicamente, con estos tacones y este vestido no sería fácil realizar mi trabajo. Pero volviendo a lo que importa, perdón por el retraso.
Saem asintió, y se recordó aquello de nada de preguntas personales.
—Te perdono si me das un beso —le pidió, al ver su gesto de apuro.
A Alma le hizo gracia aquella petición, y acercándose a él, lo besó en los labios. El dulzor de sus labios le recorrió todo el cuerpo y cuando se iba a retirar, Saem la agarró por la cintura.
—Pero un beso de verdad —murmuró, sin permitir que se separara de él.
Alma, sin dudarlo, aunque nunca había hecho algo así, sonrió. Estaban en plena calle. En pleno centro de Madrid. La gente pasaba por su lado cuando ella, recordando que él tenía novia, aunque fuera en una relación abierta, preguntó:
—¿Crees que es buen sitio para que nos besemos?
—Contigo, cualquier sitio es bueno —asintió Saem con seguridad.
Y la besó con una pasión que hizo que le temblaran las piernas, y ella sin dudarlo le correspondió con el corazón ya acelerado. ¿Por qué no, si él estaba tan seguro?
Cuando aquel pasional beso acabó, ambos sonrieron.
—Pensé que los coreanos eráis más pudorosos —observó ella.
—Recuerda, inspectora. Soy medio español.
Los dos se rieron.
—¿Puedo? —le preguntó él, tendiéndole la mano.
Consciente del significado de aquel gesto, asintió, y Saem la agarró de la mano.
—¿Adónde me vas a llevar a cenar? —indagó él.
—Tenemos reserva a las nueve y media en un sitio que me gusta mucho, y espero que a ti también.
—Si es tan bonito como tú, me gustará.
Alma afirmó con la cabeza, un tanto azorada. ¿Era cierto lo que acababa de oír? ¿En serio le había dicho eso? No pudo evitar una sonrisa. Tenía que reconocer que el romanticismo de Saem la dejaba sin palabras, y sin decir nada tiró de él y comenzaron a avanzar.
Cogidos de la mano caminaron con tranquilidad por la Gran Vía charlando y bromeando. Alma había hecho una reserva en un bonito restaurante de la zona.
Ya en el establecimiento, Alma le indicó al recepcionista que tenía una reserva para dos, a las nueve y media, a nombre de Sara Santana. El recepcionista, con una sonrisa, les indicó que subieran a la primera planta. Allí un compañero los acompañaría a su mesa.
Saem, curioso, miró a su alrededor y lo que vio le agradó. El lugar era elegante y sofisticado. Había oído hablar de aquel restaurante, pero nunca había estado.
—¿Qué tal se come aquí? —preguntó, cuando estuvieron acomodados en su mesa.
—Maravillosamente bien. Pidas lo que pidas ¡te gustará!
—Qué segura estás.
—Es que aquí tienen un excelente chef.
Saem sonrió. Ella no sabía que él era chef y, como tal, era muy crítico con la cocina.
En silencio miraron las cartas. Por encima de ella, pero con disimulo, Saem la observaba.
La manera en que ella se concentraba para leer la carta le hizo gracia.
Observó sus manos. Eran finas y delicadas.
Imaginarla con una pistola en sus manos se le hizo extraño.
—Me sigue sorprendiendo que seas inspectora de policía —dijo con cautela, deseoso de saber.
El corazón a Alma le dio un vuelco.
—¿Por qué? —preguntó con un hilillo de voz.
—No sé. Quizá es que he visto demasiadas películas y series, y no te imagino a ti como tal.
Alma asintió. Y sin querer profundizar en ello, como pudo desvió la conversación al ver a dos mujeres entrar en el restaurante con un perro.
Saem, sin darse cuenta, rápidamente entró en su juego y con naturalidad le contó que tenía una perra llamada Freya y que era la reina indiscutible de su casa.
Eso le hizo gracia a Alma, pero a diferencia de él, calló que tenía a Sugar. ¿Para qué contarlo?
Mientras hablaban de cosas sin importancia que les hacían a ambos sonreír, Alma comenzó a sentirse culpable por sus mentirijillas. No sabía si él le mentía o no, pero desde luego ella no paraba de hacerlo.
—Me encantaba el grupo Simply Red —contó Alma—. De hecho, fui a verlos en directo una de las veces que vinieron a Madrid y me enamoré locamente de Mick Hucknall, el cantante.
Al ver la cara de Saem preguntó.
—¿No lo conoces? —Él negó con la cabeza y Alma insistió—: ¿En serio?
—La verdad —rio Saem—, ahora mismo no sé quiénes son. Quizá si escucho alguna de sus canciones los localice, pero por el nombre no.
Alma asintió y no dijo nada. Pero ¿cómo no podía conocer a aquel grupo de música tan bueno?
De la música pasaron a hablar de cine.
—La película Leyendas de pasión la habré visto veinte veces —dijo Alma.
—No me suena de nada.
—Pero ¿cómo no te va a sonar?
Saem soltó una risotada. Estaba claro que los años que los separaban en algo se notaban.
—Vale. Lo pillo —admitió ella con humor—. Entre nosotros hay una brecha generacional.