Ríete de las bodas Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando Alma llegó a la azotea, respiró. Aliviada porque el fresco de la noche le diera en el rostro, caminó hacia un lateral y encendiéndose un cigarrillo miró a su alrededor.

Madrid. La noche. La luna. En aquel lugar todo era siempre perfecto. De pronto, al ver a alguien apoyado en la pared mirando su teléfono móvil, se detuvo. No contaba con encontrar a alguien allí, pero el corazón se le aceleró. ¡Era Saem!

Alma pensó en escabullirse. Huir. Pero sus pies, que parecían tener vida propia, se encaminaron hacia él.

—No esperaba verte aquí —dijo.

Al oír su voz, él ni la miró. Sin que ella lo supiera, él había propiciado aquel nuevo encuentro.

—¡Ya ves! —le respondió con cierto tono de desgana, pero con el corazón acelerado.

El silencio los rodeó. Ahora era Alma la que esperaba que él dijera algo y entendiendo su postura distante, murmuró:

—Vale. Siento haberte respondido así. ¿No trabajas hoy?

—No.

Saem continuó mirando su teléfono móvil. Si ella quería hablar con él, se lo tendría que currar.

—Vine esta noche para ver si te encontraba —admitió ella, dando un paso adelante y sorprendiéndolo.

Saem se quedó desarmado. Para él, ya era suficiente con oír aquello. Y, guardándose el teléfono móvil en el bolsillo, dio un paso hacia ella.

—Pues me has encontrado, Sara —replicó.

Saem entonces vio sus ojos. En esta ocasión no eran ni oscuros, ni azules; eran verdes.

—¿No tenías los ojos azules? —preguntó, confundido.

Alma sonrió.

—Hago trampa. Me encantan las lentillas de colores.

—¿Y de qué color son tus ojos?

—¡Verdes! Estos son los originales —reconoció, al ser consciente de que había salido de casa sin lentillas.

Saem parpadeó. Ojos verdes. Corazón acelerado. Su madre se tenía que estar partiendo de risa en aquel momento.

La tensión sexual que había entre ellos crecía y crecía, por lo que Alma dejó el cigarrillo sobre el murete, dio un paso hacia él y acercando sus labios a su boca, sin pedir permiso, lo besó.

Saem, encantado por aquel gesto, pasó su mano por la cintura de ella y acercándola a él profundizó en aquel húmedo y caliente beso lleno de morbo y lujuria, que los calentó aún más.

La hora que habían estado observándose en el local los había excitado a unos niveles que no lograban entender, y sin mediar palabras, se quitaron los pantalones, la braga y el calzoncillo, y después de que él se pusiera rápidamente un preservativo, Alma se acomodó en un pequeño poyete y Saem, metiéndose entre sus piernas, la poseyó.

Deseo... locura... lujuria... calor...

Tener sexo bajo el cielo de Madrid en aquel lugar oscuro y solitario era lo que ambos deseaban en aquel momento. Y sin hablar, pero besándose con auténtica ferocidad, sus cuerpos se encontraron sin pudor, mientras Saem, todavía sorprendido por el color de ojos de ella, intentaba entenderlo.

Minutos después, cuando el orgasmo les llegó y todo terminó, Alma le dio un dulce y último beso en el cuello que a él le erizó de nuevo la piel; se arreglaron la ropa.

—¿No ibas a saludarme? —preguntó Saem.

Alma suspiró. No sabía qué responder. Y jugueteando con el botón de su pantalón vaquero respondió sintiendo su corazón más tranquilo.

—No lo sé —respondió, al tiempo que se abrochaba el botón de su pantalón vaquero y notaba su corazón más tranquilo.

—Pero ¿has dicho que viniste para ver si me encontrabas?

—Así es —afirmó con seguridad, omitiendo que ya lo había visto con anterioridad dos veces—.

Pero al llegar no quise ser una más del corral.

—Avergonzada por lo que acababa de decir, al ver cómo la miraba, añadió rápidamente—: Si mal no recuerdo, te dije que la siguiente vez que nos encontráramos, te invitaría a cenar.

Saem perdiéndose en aquella mirada verde, asintió. Quería seguir conociendo a esa mujer.

—Dime día y hora —repuso, sin perder ni un segundo.

—Vayaaaaa... —se sorprendió ella por su efusividad. Y se rieron. Alma añadió—: Si quedamos, hay que cumplir cierta norma.

—¿Qué norma?

—Nada de preguntas personales. Esto es lo que es.

—Sin preguntas, ni compromiso ni obligaciones. ¿Verdad, Sara?

Ella hizo un gesto afirmativo. Pensó en rectificar su nombre. Decirle que se llamaba Alma y no Sara, pero realmente, ¿para qué? Con otros hombres con los que había estado, también se había inventado el nombre. ¿Por qué no seguir con la mentirijilla?

—¿Qué te parece el martes a las nueve de la noche? —propuso. Él asintió. Los martes era el día que justamente cerraba su restaurante—. Te llevaré a cenar a un sitio muy chulo. Ya lo verás.

—Me parece bien —afirmó, esbozando una sonrisa.

Entonces Saem, con tranquilidad, le entregó su teléfono móvil.

—Necesito tu número de teléfono —le pidió y de inmediato se percató del gesto de Alma, así que se apresuró a aclarar—: Es mejor tenerlo por si ocurriera algo. Imagina que un meteorito cae en mi casa. Debería avisarte, ¿no?

Ella, sonriendo, lo cogió. Tecleó su número y se lo devolvió. Él, sin dudarlo, le hizo una llamada perdida.

—Ahora tú también tienes mi teléfono —señaló cuando empezó a sonar el teléfono de Alma.

Ella levantó las cejas, Saem se acercó a ella y le dio un beso en los labios y se la quedó mirando de aquella manera que la ponía tan nerviosa.

—Nos podremos bloquear mutuamente si somos unos pesados. —Se rieron, y él preguntó—: ¿Dónde nos vemos el martes?

Era la primera vez que ella iba a invitar a cenar a un hombre.

—Qué te parece si nos vemos a las nueve en la plaza de Callao —propuso—. Junto al metro.

—Me gusta la puntualidad.

—A mí también —afirmó ella.

Luego Saem, agarrándola por la cintura, la acercó a él y notó cómo el vello de su cuerpo se erizaba.

—Recuerda, inspectora —le susurró al oído—. Tienes una cita conmigo.

Un nuevo beso llevó a otro. Y el siguiente a otros más. Besarse era como una droga para ellos. De repente comenzó a sonar el teléfono de Alma. Era Nuria.

—En un minuto estoy ahí —contestó con rapidez.

—Pero ¿dónde estás?

—¡Ya voy!

—Por favorrr, necesito meterme en la cama.

Se sintió fatal. Nuria había hecho el esfuerzo por ella.

—¡Juro que en un minuto estoy ahí! —se apresuró a añadir. Al colgar, le dijo a Saem—: Debo regresar con mi amiga.

Sin rozarse, caminaron hacia la puerta de la azotea. Una vez que la traspasaron, cogieron el ascensor, donde se volvieron a besar, y cuando las puertas se abrieron y salieron de él, al bajar las escaleras que los llevaba a la sala, Saem dijo:

—¿Te tomas ahora una copa conmigo?

A Alma le encantaría tomarse algo con él, pero pensó en su amiga.

—Lo siento, pero mi amiga no se encuentra bien y... —respondió, apurada.

—¿Necesitas que os lleve a casa? —la interrumpió él.

Ella se mostró encantada con aquella atención y caballerosidad.

—No, gracias. Tenemos GPS incorporado —se lo agradeció.

Sorprendido por su respuesta, sonrió, y antes de entrar en la sala, donde todo el mundo se divertía, Alma le dio un último beso que le hizo saber que ahí se quedaba lo ocurrido.

—¡Nos vemos el martes! —dijo.

Y sin más, salió a la barra, después a la sala mientras notaba los ojos de él clavados en su espalda.

Por fin se aproximó a Nuria, que estaba con un grupo de amigos.

—¿De dónde vienes? —quiso saber ella. Alma levantó las cejas, y Nuria, sabiendo que su amiga había ido a por ese «algo», al ver su sonrisita, cuchicheó—: ¿Don Hierbajo?

Alma asintió y divertidas se despidieron de los amigos, aunque antes de salir por la puerta, Alma echó una ojeada hacia atrás, y al ver que Saem la miraba con intensidad, dejándose llevar, le tiró un beso con gracia. Eso, a Saem, le encantó.

Esa noche, cuando Alma llegó a casa, se sentó de nuevo delante del televisor con Sugar en sus brazos. Necesitaba continuar viendo la serie y saber qué pasaba entre el capitán Ri y Se-ri.