Capítulo 12
Cuando Saem dejó encaminado y controlado el servicio de cena en Mesa Trece, se despidió de su equipo y se marchó hacia DeLokos. Allí había quedado con su grupo de amigos.
Cuando llegó al local, estaba a reventar y mucho más esa noche, que era la del «DeLokoKaraoke», que se celebraba una vez a la semana. Después de saludar a varios de los camareros, al ver que sus amigos aún no habían llegado, su tío Mario y él se dirigieron hacia el pequeño despacho.
Durante un buen rato ambos miraron los papeles que Elías, padre de Saem, les había entregado.
El tiempo que llevaban en funcionamiento les estaba dado unas buenas cifras y se felicitaron, encantados.
Aquel local de copas era algo en lo que habían invertido juntos, después de que Mario dejara su anterior trabajo por motivos personales, y no podía estar saliendo mejor.
Acabada la improvisada reunión, salieron a la sala donde se encontraron con el grupo de amigos con los que había quedado Saem. Carlos, Sofía, Rai, Lucía, Esmeralda, Manu y algunos más.
Nuria y Alma entraron en el DeLokos.
—Comienzo a preguntarme qué hacemos aquí —dijo Alma.
—Buscar a tu regalo de los Masters del Universo. Al sexi camarero. Alias don Hierbajo. —Nuria sonrió. A pesar de la congestión que tenía, por el tonto catarro que se había pillado, indicó—. ¡Te morías por venir!
—Lo sé.
—Si tú no quieres ir a un sitio, no vas así te maten. Peeeeroooooo aquí estamos. ¡Y ambas sabemos por qué!
Alma sonrió. Si alguien la conocía esa era Nuria, y tocándose el ojo y percatándose de que había salido sin lentillas, murmuró:
—Te odio...
—¡Pero me quieres más! Y, por cierto, no es por jorobar, pero una cervecita y nos vamos a casita, que estoy para meterme en la cama y sudar.
Alma asintió. Nuria, a pesar de no encontrarse bien, como buena amiga estaba haciendo el esfuerzo de salir con ella.
—Son las once y diez —dijo, mirando el reloj—. En una hora, como mucho, nos vamos.
—¡Perfecto!
Sin soltarse del brazo, llegaron a la sala principal. Allí, como era de esperar, la gente se divertía, y Alma miró a su alrededor en busca de Saem, pero no lo vio.
—¿Ves a don Hierbajo?
—No.
En ese instante un camarero pasó junto a Nuria y, ante el gesto de sorpresa de Alma, ella lo paró.
—Disculpa, guapetón. Buscamos a un compañero tuyo —le interrogó—. Un guaperas asiático, alto y con un culito monísimo, llamado Saem.
Al oír aquella descripción, el camarero sonrió. ¿Saem compañero?
—Creo que está al fondo —respondió con tranquilidad, sin sacarla de su error—. Junto a la barra de la derecha.
—¡Gracias! —Nuria se fijó en la cara de Alma y le preguntó—: ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?
Alma negó con la cabeza y no dijo nada, ¿para qué?
Como les había indicado el camarero, fueron hacia el fondo del local y entonces Alma lo vio y el corazón se le aceleró. Tenía una copa en la mano y charlaba entre risas.
—Una de dos —musitó Nuria, que lo vio también—. O tiene mucho morro o no está trabajando hoy.
Alma la entendió, cuando Saem, ajeno a que era observado, se tocó el cabello con sensualidad.
—Por favorrr —dijo Nuria—. Cuando el capitán Ri se echa hacia atrás el pelo es muy del estilo.
Desde su posición, Alma examinó a Saem. Su amiga tenía razón. Él y el capitán Ri tenían cierto parecido, pero calló. Seguramente los coreanos guapos se parecían entre ellos y no pensaba admitir que ella también había caído en las redes de la serie coreana.
Alma lo escaneó con cierto deleite. Pantalón vaquero, camiseta blanca sobre camisa azul de rayas abierta y, lo mejor, su enigmática mirada.
Pero ¿desde cuándo le volvían loca los asiáticos?
Nuria de un tirón, y muerta de la risa por ver cómo su amiga lo observaba, la hizo moverse e ir hasta la barra para pedir algo de beber. Se pidieron dos cervecitas y Nuria, al ver cómo varias mujeres se acercaban a él y le sonreían, no pudo evitar el comentario:
—No te digo nada, y te lo digo todo.
—Paso.
—¡¿Cómo que paso?!
Dándose la vuelta para no mirar, Alma clavó los ojos en su amiga.
—Está muy solicitado. Y... no pienso ser una más.
—¡Estamos aquí! —se mofó Nuria, sonándose la nariz y añadió—: Hemos venido para que lo invites a cenar y te lo tires de nuevo. No lo olvides.
—Que no.
—¿Al menos pregúntale el signo del zodiaco?
—¡Tú eres tonta!
La siguiente media hora, y ajeno a las miradas de Alma, Saem disfrutó con sus amigos del momento. Brindaban. Bebían. Bromeaban. Estar juntos siempre era sinónimo de diversión. De pronto, al darse la vuelta, se fijó en la mujer que estaba junto a la barra. ¿En serio aquella era la inspectora?
Haciéndose el distraído, pudo comprobar que ella lo observaba. Lo tenía localizado. En un momento dado, la miró. Sus miradas coincidieron y ella rápidamente apartó la suya. Aquello le hizo gracia a Saem. La inspectora se hacía la interesante y si quería jugar, jugarían.
Cuando las luces cambiaron y todo se volvió más íntimo, la primera canción que sonó fue Risk It All , de Bruno Mars. Saem pidió al DJ que la pusiera a posta, sin saber que cada vez que ella la escuchaba, lo recordaba también.
Mientras sonaba aquella dulce, romántica y bonita canción y varias parejas enamoradas bailaban y se besaban, Saem y Alma se buscaban con la mirada.
En varias ocasiones, sus miradas se encontraron, pero él no se movió. La primera vez que la vio, fue él quien fue tras ella. La segunda vez en la gasolinera, él puso todo de su parte. Pero esta tercera vez, tendría que ser ella quien diera el primer paso.
Nuria, viendo que su amiga, a pesar de que disimulaba, no podía quitar la mirada del grupo del fondo, dijo:
—¿Qué tal si vas a saludarlo?
—¡Ni loca!
—Pues voy yo...
—¡Ni se te ocurra!
—Te recuerdo que eres una loba.
—¡He dicho que no! —Divertida, Nuria soltó una carcajada, y Alma, molesta, cuchicheó—: Me ha visto, como yo lo he visto a él y...
—¿Desde cuándo necesitas tú que la otra persona dé el primer paso? Además, vuestro trato era que, si os veíais de nuevo, tú te acercarías a él. Y, joder, Alma, ¡hemos venido a eso! ¿No?
Alma resopló. Nuria tenía razón.
—Que no, Nuria. Que no —respondió, incapaz de moverse del sitio.
—¿No te acercas porque sus amiguitas son más jóvenes que tú?
Nuria había dado en el clavo. La diferencia de edad entre ella y las chicas con las que él estaba era tangible.
—¡Mejor vámonos! —exclamó, molesta.
—Ni hablar. Me apetece otra cerveza —se negó Nuria.
Después de pedir las copas, Alma animó a su amiga a cambiarse de lugar. No quería seguir estando en el campo de visión de Saem. Y menos aún quería que sus ojos continuamente lo buscaran.
Pero ¿qué le ocurría?
Nuria conocía perfectamente a Alma. Las presiones nunca le habían gustado porque era algo que le bloqueaban. Sabía que cuando ella dudaba por «algo», lo mejor era darle su espacio para que ordenara sus ideas: Y si quería ese «algo», sin duda Alma actuaría. Solo se tenía que tranquilizar.
Estaban posicionándose en otro espacio del local, cuando unas chicas subieron al karaoke y comenzaron a cantar la increíble canción de Shakira con Bizarrap Music Sessions #53/66 , y todo el mundo se vino arriba. Ellas las primeras.
Divertidas, disfrutaban de aquella canción tan empoderadora y real como la vida misma, cuando Alma chocó con alguien y, al volverse para disculparse, se encontró con Saem, que bailaba con una de las chicas de su grupo.
Durante unos instantes se miraron. El corazón a ambos se les desbocó.
La semioscuridad del local no les dejaba verse en su totalidad, pero, a Alma, Saem se le antojó guapo. Sexi. Tentador.
—Inspectora, ¡tú por aquí!
Alma, sintiéndose ridícula, asintió. Pero ¿qué le ocurría? Joder, ¡que ya era una mujer adulta! ¿Por qué aquel hombre con su mirada la hacía quedarse sin palabras? E intentando responder con normalidad, y no parecer tonta profunda, solo se le ocurrió decir.
—Ya ves...
Saem esperó. Deseaba que ella dijera algo más. Que pusiera algo de voluntad. Y al ver que no decía más se despidió.
—¡Pásalo bien!
Acto seguido, se dio la vuelta junto a su amiga y saltando al compás de la música se alejó, momento en el que Alma miró a Nuria.
—¿Has dicho «Ya ves»? —le preguntó ella, estupefacta.
Horrorizada por aquello, Alma resopló. Acababa de hacer uno de los mayores ridículos, y cuando iba a responder, aparecieron unos conocidos y comenzaron a hablar con ellos.
La siguiente media hora, a pesar de que intentó reír y disimular, se sintió tonta. Ridícula. A pesar de que procuraba no mirar, inconscientemente veía a Saem disfrutar de la noche con sus amigos y, en un momento dado, necesitada de aire y de fumarse un cigarrillo, le dijo a Nuria:
—Ahora vuelvo.
—¿Dónde vas?
—Necesito fumarme un cigarrillo.
—¡Voy contigo!
Alma negó con la cabeza.
—No. Quédate con el grupo. Enseguida vuelvo.
Alma se alejó y, recordando el camino por el que la había llevado Saem la otra vez, cruzó la barra y se metió por una puerta. Necesitaba llegar a la azotea.
Saem que, como Alma, tenía un ojo puesto en lo que ella hacía en todo momento, al ver que se alejaba se alarmó. ¿De verdad se marchaba sin decirle nada? Pero al ver lo que ella hacía supo adónde iba. Y sin pensárselo decidió correr por las escaleras. Tenía que llegar antes.