Capítulo 11 #2
Segundos después, cuando su hija entró por la puerta, Sugar se tiró a por ella con verdadera adoración. Durante varios minutos madre e hija se rieron por el loco recibimiento que Sugar le hizo a Natalia.
—Hummmm, mamá, qué bien huele —dijo ella cuando el perro se tranquilizó.
—En quince minutos estará la lasaña —informó Alma, sonriendo y encaminándose hacia la cocina.
Natalia asintió. Por su gesto se le notaba que estaba algo tensa; oyó entonces que sonaba la canción Antología , de Shakira, y la comenzó a cantar.
Había crecido escuchando la música de aquella cantante. A su madre le encantaba. Y segundos después, madre e hija con complicidad cantaban aquella preciosa y sentida canción mientras se miraban y sonreían.
Cuando terminó la canción y comenzó otra, Alma, que ya no podía aguantar más, sacó una copa de vino para su hija.
—Bueno, corazón, ¡soy toda oídos! —dijo.
La joven sonrió y, asiendo la botella de vino que había sobre la encimera, se sirvió.
—He conocido a alguien —anunció.
—Muy bien.
—Y como dice la canción que acabamos de cantar, estoy locamente enamorada de él. ¡Es mi unicornio!
Alma sonrió. No era la primera vez que su hija le decía haber encontrado a su unicornio.
—Corazón, ¡eso es fantástico! —exclamó, tomando su mano.
—No sé cómo ha pasado —insistió Natalia, feliz—. Pero el caso es que no puedo quitármelo de la cabeza, no me canso de verlo, de hablarle, de tocarle, de besarle, y lo mejor de todo, mamá, ¡es que él siente lo mismo por mí!
Alma asintió. Que su hija tuviera un amor correspondido era lo mejor que le podía pasar. ¿Qué madre no querría la felicidad para su hijo?
—¿Es alguien de tu trabajo?
—No.
—¿Lo conozco?
—No.
—¿Voy a tener que preguntarle a la IA quién es?
—Mamááááá...
Feliz por Natalia, Alma se sentó en uno de los taburetes que había junto a la encimera y tomó su copa de vino.
—¿Y cómo lo conociste? —quiso saber.
—En una fiesta.
—Cuéntame...
—Nos presentó un amigo en común. Y bueno, comenzamos a charlar, intercambiamos número de teléfono y desde ese día no hemos parado de hablar y de vernos siempre que hemos podido.
Y mamá, ¡no veas cómo cocina! —Ambas rieron y luego Natalia, bajando la voz como si alguien fuera a oírla, musitó—: Es guapísimo.
Interesante. Puntual. Caballeroso. Me llama Preciosa.
Princesa. Amor. Es superatento y es muy muy sexual.
—¡Nataliaaaaa! —se mofó, llevándose la copa de vino a los labios.
Ver la felicidad en su hija era su propia felicidad.
—Quiero presentártelo la semana que viene.
—¿Presentármelo?
Natalia asintió.
—A ver, corazón. No vayas tan deprisa —le pidió, levantando la mano.
—Mamáááá.
—Que me lo presentes es innecesario. Es tu ligue. Os estáis conociendo y...
—Y quiero que lo conozcas, porque es mi unicornio.
Alma parpadeó. Saber que su hija había conocido a un muchacho le gustaba, pero conocerlo le sobraba, de momento.
—¿Es precipitado? —le preguntó.
—No.
—¿A él tampoco le parece precipitado?
—No.
—Pero ¿cuánto lleváis juntos?
—Tres meses.
¡¿Tres meses?! Alma resopló.
—A ver, corazón. Creo que... —dijo.
—Para mí es importante que lo conozcas, porque creo que es ¡mi unicornio!
—¡¿Crees?!
—Sí, mamá, lo creo.
—Natalia, ¿en qué quedamos hace cinco meses?
Al pensar en John, la joven resopló.
—Lo sé. Te prometí que no volvería a presentarte a ningún ligue. ¡Pero es que quiero que lo conozcas!
Aquella insistencia comenzó a rayar a Alma, que recordó lo que le había dicho una de sus amigas.
—¿Estás embarazada? —preguntó, bajando la voz.
—Noooooo. Pero ¡qué dices mamá!
Alma cogió aire, sin entender aquella prisa de su hija.
—Me parece bien que me cuentes que has conocido a alguien que para ti es especial. Pero, tesoro, solo os conocéis desde hace tres meses.
—También se lo iba a presentar a papá, pero está de viaje por Extremadura y no regresa hasta dentro de unos días. Así que se lo presentaré cuando regrese.
—¿Has hablado con tu padre de esto?
—Sí.
—¿Antes que conmigo? —preguntó, molesta.
Natalia, al ver el gesto de su madre, resopló.
—Vamos a ver, mamá. Papá me llamó esta mañana para saber qué tal estaba, y como le vi receptivo, aproveché y se lo comenté. No pienses cosas raras.
Alma asintió. En cierto modo, le molestaba que su ex hubiera sabido de aquello antes que ella, pero finalmente entendió a su hija.
—¿Y qué dijo? —quiso saber.
Natalia, al pensar en lo hablado con su padre, puso los ojos en blanco.
—De entrada, no le ha parecido bien que me haya enamorado —admitió—.
Perooooo le he recordado que tengo treinta y cuatro años.
Que soy una mujer independiente. Que, a mi edad, vosotros ya os habíais divorciado, y que yo me enamoro de quien quiero y cuando quiero.
—Alma sonrió, y justo en el momento en el que el horno emitía un sonido y le indicaba que la comida ya estaba preparada, Natalia añadió—: En definitiva, mamá, he quedado con papá en que se lo presentaré cuando regrese de su viaje.
—Por Dios, Natalia.
—¿Qué, mamá?
—¿A tu padre también se lo vas a presentar?
En silencio madre e hija se miraron. Entre ellas siempre había existido una excelente sintonía.
—Ese hombre me encanta —admitió Natalia. Ver su mirada a Alma le enterneció. ¿Realmente su hija se había enamorado de verdad? La joven insistió—: Venga, mamá, ¡quiero que lo conozcas!
Alma suspiró. Había conocido a varios de los novietes de Natalia.
—Te dije que no quería conocer a ninguno más hasta que no fuera el definitivo —replicó, sacando la lasaña del horno—. A John y a Andrés les cogí mucho cariño el tiempo que estuvieron contigo, y luego...
—Mamá, este es el definitivo.
—Natalia, eso no se sabe. Como diría tu tía Estíbaliz, como buena Cáncer que eres, eres entusiasta y...
—No me jorobes el sueño, mamááááá.
—¿Puedo saber al menos cómo se llama?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no...
—¿Y ver una foto de él?
—No.
—¡Pero Nataliaaaaaa!
La joven soltó una carcajada.
—¿Tanto secretismo es porque es futbolista, actor o cantante? —preguntó.
Divertida, la joven sonrió.
—De momento solo quiero que sepas que nos queremos.
Alma, tras suspirar resignada, hizo un gesto afirmativo, y Natalia, feliz, saltó y aplaudió.
—Lo sabrás el domingo, puesto que el sábado que viene es la boda de Carolina. Le diré que haga una reserva en un bonito restaurante y comeremos juntos. ¿Qué te parece?
—¿Las lobeznas lo conocen? —quiso saber.
—No, mamá —respondió ella, encogiéndose de hombros—.
Ni Carolina, ni Leyre, ni Virginia lo conocen.
Solo saben que salgo con alguien que me gusta mucho.
Y que si no lo llevo como acompañante a la boda de Carolina es porque no creo que sea el lugar donde lo tengas que conocer.
Y ahora, ¿qué tal si comemos? Estoy muerta de hambre.
Con la tensión por las nubes, Alma asintió. Estaba claro que su hija lo tenía todo estudiado, y cogiendo la espumadera, comenzó a cortar la lasaña en trozos.
—Pues a comer se ha dicho.
Esa tarde cuando Natalia se marchó, sin poder dejar de darle vueltas a lo que su hija le había dicho, llamó por teléfono a su amiga Nuria. Romina y Estíbaliz estaban con sus familias y quedó con Nuria para cenar. Necesitaba hablar del oculto amor de Natalia.