Capítulo 11
La fiesta de la boda se acabó a la una de la madrugada.
A las dos menos diez, tras dejar a sus padres en su casa, Alma llegó a la suya.
Con tranquilidad se desvistió, desmaquilló, se quitó las lentillas negras y se acostó.
Pero estaba tan despejada que sacó a su Eric Zimmerman del cajón y pensando en aquel camarero llamado Saem se masturbó.
Cada vez que pensaba en él, y en especial en su enigmática mirada, el cuerpo le ardía de una manera incontrolable, y tras tener varios estupendos orgasmos, lavó y guardó a Eric en el cajón, e intentó dormirse.
Tras dar mil vueltas en la cama sin poder dejar de pensar en Saem, al ver que eran las dos y media decidió levantarse. Se fumaría un cigarrito y bebería un poco de agua. La adrenalina de su cuerpo no le dejaba dormir.
Con Sugar siguiéndole, Alma fue a la cocina. Allí abrió el frigorífico, de donde sacó una botella fresca de agua. Sedienta, se dirigió bebiendo hacia el comedor, donde se sentó en el sofá, se quitó varias horquillas de la cabeza, se encendió un cigarrillo y por inercia puso el televisor.
Durante un rato cambió de canales hasta que se dio por vencida y entró en una de las plataformas digitales que tenía. Allí buscó el título de la serie coreana a la que sus amigas se habían enganchado y se dispuso a verla, relajada.
Un capítulo. Dos. Tres. Y cuando terminó el cuarto y vio que eran las seis de la mañana, se regañó.
¿Qué hacía viendo aquello a esas horas? Pero la respuesta estaba clara.
Aquella historia entre el capitán Ri y Se-ri la había enganchado de una manera que no esperaba, y estaba deseando ver el quinto capítulo.
Durante varios segundos dudó si irse a la cama o seguir con la serie, pero finalmente apagó la televisión. Tenía que dormir. Su hija vendría a comer para hablar con ella y quería estar lúcida y despejada.
Cuando estuvo en la cama, en su teléfono móvil buscó en internet el nombre verdadero del actor que hacía de capitán Ri. Y al ver las fotografías parpadeó. Nuria tenía razón. Aquel actor y Saem tenían cierto parecido. Aunque ¿no todos los asiáticos se parecían?
Inconscientemente, siguió pensando en la serie coreana.
La caballerosidad y la protección que el capitán Ri le otorgaba a Se-ri, la protagonista, era la misma que Saem le había demostrado a ella.
Pero la diferencia entre el capitán Ri y Saem era que mientras el primero, como buen coreano, solo miraba y no tocaba, Saem pasaba a la acción. En eso era muy español. Sonrió.
Cuando sonó el despertador a las once, Alma, agotada, lo apagó, y al sentir a su perro acurrucado a su lado, murmuró:
—Buenos días, Sugar.
El perrito, un yorkshire terrier de color claro, al oír su voz, comenzó a lamerle con cariño el cuello y las orejas. Sentía adoración por su dueña y pocas veces permitía que nadie se acercara a ella.
Tras jugar un rato con Sugar en la cama, finalmente Alma se levantó y se fue directa a la ducha. Con horror miró sus pintas en el espejo y tocándose el pelo se preguntó:
—¿Todavía tengo horquillas en la cabeza?
Sonriendo, se hizo burla a ella misma. Al quitarse el moño que le hicieron en la peluquería para la boda, su pelo se había quedado hecho un desastre. Abrió en su teléfono el Spotify, comenzó a cantar Te aviso, te anuncio , de Shakira, y bailando y cantando a pleno pulmón se metió en la ducha.
Mientras se enjabonaba le vino a la mente Saem.
Su mirada. Aquella mirada tan magnética que tenía no la podía olvidar, y cogiendo la alcachofa de la ducha, la posicionó entre sus piernas y llevó los chorritos del agua a su clítoris.
Volvió a pensar en Saem. En sus ojos. En su mirada.
En la curvatura de su boca cuando sonreía y en su sensualidad cuando simplemente se movía.
Imaginó que estaba ahí con ella. Que los chorros calientes que le daban en el clítoris eran la lengua de Saem y cuando la locura la inundó, gracias a su imaginación, un exquisito clímax la tomó haciéndola jadear.
Uff... cómo la ponía pensar en el asiático.
Acalorada, acelerada y placentera por lo que acababa de hacer, mientras se terminaba de duchar, miró a su perro Sugar. Como siempre, la observaba sentado en la puerta, y sonrió. Menudo voyeur estaba hecho Sugar y menuda escenita porno en la ducha le acababa de regalar.
Cuando acabó, se puso el albornoz y una toalla envolviendo su pelo, y se dirigió hacia el enorme salón con cocina incorporada. Sacó la carne picada del congelador. Tenía que hacer lasaña para Natalia, y mientras se tomaba el café con unas galletas, la descongeló en el microondas.
Estaba mirando cómo se descongelaba la carne cuando su teléfono pitó. Había recibido un mensaje.
Excaballornio Hola, Alma. Espero estés bien. ¿Estás en línea?
Al leer aquello de su ex, resopló. Él solo le escribía para pedirle dinero y tomando aire, contestó.
Yo Hola, Carlos. ¿Qué quieres?
Rápidamente vio que él escribía, y segundos después leyó:
Excaballornio Me sabe mal, pero ¿podrías dejarme 400 euros? Este mes me ha llegado el seguro del coche y voy fatal de dinero.
Gruñó ante la poca vergüenza.
Yo Te recuerdo que todavía no me has pagado lo último que te dejé.
Excaballornio Lo sé. Tienes razón. Pero últimamente ando bastante pelado. Por favor, necesito esos 400 euros y no se los quiero pedir a mi madre o a Natalia.
Leer eso le jorobó. Siempre las utilizaba a ellas para ablandarla y escribió.
Yo Ahora te hago un bizum.
Excaballornio ¡Gracias!
Sin darse tiempo a pensar, le hizo un bizum. Carlos era un sinvergüenza. Pero por evitarles el disgusto a su hija y a su exsuegra, cerró el tema. No iba a darle más vueltas.
Acabada de descongelar, metió la carne en el frigorífico y se fue a su habitación para vestirse. Se puso los vaqueros, una camiseta y las zapatillas de deporte, le colocó el arnés a Sugar y lo bajó a la calle. Su perrete necesitaba dar su paseo y hacer sus necesidades.
A las dos menos cuarto Alma y Sugar regresaron al ático. Liberó al perrete, se lavó las manos, puso música en su teléfono y comenzó a hacer la comida. Quería tenerlo todo listo para cuando Natalia llegara.
Con maestría preparó la lasaña. No era una excelente cocinera, pero lo que sabía hacer no se le daba mal. Y la lasaña era el plato preferido de su hija.
Tomándose una copa de vino estaba cuando sonó Risk It All , de Bruno Mars, y el camarero asiático le vino a la mente y se le aceleró el corazón.
Cada vez que escuchaba aquella canción, se acordaba de él.
Sentada sobre la encimera de la cocina observaba cómo se hacía la lasaña mientras tarareaba aquello de «Di que quieres la luna. Mírame aprender a volar».
¿Cómo sería que alguien te dijera algo así?
¿Qué se sentiría al sentirse querida de verdad?
Aquellas preguntas para ella no tenían respuesta.
Nunca había vivido un amor así y dudaba que lo viviera, porque la primera que no se daba la oportunidad era ella.
Tarareó: «Estoy intentando ser tu hombre, hasta el fin de los tiempos», con pesar suspiró y se encendió un cigarrillo.
Si en su juventud no había experimentado un amor como el que aquella u otras canciones describían, le costaba creer que ya en su madurez, a sus cincuenta y cinco años, lo hiciera.
La única pareja oficial que tuvo en su vida fue Carlos, el padre de Natalia, y ahora excaballornio. Y si algo le dejó claro él desde el primer momento fue que, por ella, nunca aprendería a volar.
Carlos fue el típico ligón del grupo y a ella le atraía su personalidad. En varias ocasiones sus amigas y su propia cabeza le gritaron que aquel chico no era para ella. Que lo olvidara. Pero, enamorada como una tonta, solo escuchó a su corazón. ¿Y si con el tiempo Carlos cambiaba?
A los pocos meses de conocerse, se quedó embarazada y, al enterarse, Carlos se lo tomó fatal. ¿Cómo podía ocurrirle a él eso? Dos días más tarde, cuando los padres de Alma hablaron con los de él, decidieron que se tenían que casar.
La boda se ofició en el juzgado de Móstoles por lo civil y no hubo banquete, ni vestido de novia ni nada que pudiera recordar como algo romántico, aunque las amigas de Alma, Nuria, Romina y Estíbaliz, junto con otros amigos, les hicieron una fiestecita informal en el bar de los padres de Roberto, el marido de Romina.
Alma y Carlos comenzaron a vivir juntos en un pequeño piso que se compraron en Móstoles, pero la convivencia entre ellos fue inexistente.
Alma se pasaba los días sola cuando llegaba de trabajar en el súper donde curraba, mientras Carlos se marchaba con sus amigos de juerga. Nunca compartieron cama ni momentos.
Cuando nació Natalia, a Alma se le llenó el corazón. Adoraba a esa pequeñita. Pero Carlos continuó en su línea. Aunque no dudaba de que quisiera a la niña, nunca había sido su prioridad. Eso a Alma no le importó. Ya estaba ella para cuidarla.
Durante sus años de casados nunca bailaron una canción. Jamás vieron una película juntos en el sofá. En ninguna ocasión la invitó a cenar y jamás de los jamases le había halagado ni le había hecho un regalo. La relación entre ellos era inexistente.
Y en el treinta cumpleaños de Alma, una vez que se desenamoró y se sintió fuerte, le pidió el divorcio y él sin dudarlo aceptó.
Eso sí, ante todos, Carlos dejó claro que el divorcio lo había solicitado ella.
Al enterarse, los padres de Alma le echaron una buena bronca.
¿Cómo se le ocurría pedir ella el divorcio?
Incluso llegaron a decirle que antes tenía que haberles perdido permiso.
Pero eso a Alma le entró por un oído y le salió por el otro.
Era su vida y, aunque sus padres siguieran sin entenderla, quería vivirla.
Estaba pensando en aquellas cosas cuando sonó el telefonillo de la casa. Sugar rápidamente se puso a ladrar y Alma, bajándose de la encimera de un salto, indicó:
—¡Es Natalia, tontorrón!