Capítulo 10 #2
—Dejé a mi novio porque me dijo que me quería —la interrumpió—.
Durante cuatro meses me hizo creer que yo era la mujer de su vida, y, hace dos semanas, me echó de su casa y comenzó a salir con Vega, mi compañera en la escuela de modelos.
Lo llamo y no me coge el teléfono. Voy a su casa y no me abre la puerta, y yo. .. yo ¡necesito una explicación!
—¡Otro caballornio! —profirió Nuria.
Un silencio incómodo se instaló entre ellas.
—La explicación es que es un sinvergüenza —sentenció Alma—, que se aprovecha de las chicas inexpertas como tú, que os creéis todo lo que dice.
No hay otra explicación. Y no, cariño. El mejor desprecio a este tipo de hombres es olvidarlos y que no vuelva a formar parte de tu vida.
No te merece. Como no merece que tú estés aquí llorando por él.
Lorena comenzó a llorar. Sabía que Alma tenía razón. Lo sabía. Pero estaba furiosa. Rabiosa. ¿Cómo había sido tan tonta? ¿Cómo se había dejado engañar por él?
Alma, al oír los gritos de «¡Vivan los novios!», fue consciente de que en cualquier momento los invitados comenzarían a llegar al aparcamiento para recoger sus vehículos.
—Sé que estás enfadada y molesta por lo que te ha ocurrido —dijo—, pero, como diría mi padre: «No hay mejor desprecio que no hacer aprecio». Por lo tanto, pasa de él. No lo busques. Olvídalo. Esa persona no te merece. ¿Acaso no lo ves? ¿De verdad no ves que te resta más que te suma?
—¡Lo odio! —gritó la joven.
—Escúchame, Lorena —prosiguió Alma—. Mientras sigas anclada en esa rabia y en ese dolor, no vas a salir adelante y mucho menos vas a ser feliz.
Los sinvergüenzas como Luis nunca van a cambiar.
Son inmaduros Peter Pan, que nunca crecen y que se morirán sin saber lo que es el respeto, la complicidad y el amor.
Sé que es duro lo que has vivido. Que te engañen y te tomen por tonta no es agradable, pero debes remontar.
—A mí otro «perla» como Luis me engañó como a una tonta, pero eso me hizo aprender a no dejarme engañar por ningún hombre más —afirmó Nuria, y concluyó—: Y si yo pude superarlo y seguir adelante, tú también podrás.
Lorena lloraba y todas la miraban.
—No... no sé si voy a poder —murmuró.
—Puedes. ¡Claro que puedes, cielo! —insistió Alma—.
Todos y todas, da igual la edad que tengamos, podemos remontar cuando nos lo proponemos, para así decirnos un día: ¡yo pude porque me respeté y me quise!
Por lo tanto, Lorena, respétate y quiérete.
Y si lo que buscas es un bonito y sano amor, ya llegará.
Porque igual que hay caballornios como Luis, no has de olvidar que también hay miles de unicornios maravillosos que te pueden hacer feliz.
La joven no podía parar de llorar. Alma la abrazó.
—Todo pasa, cielo —le dijo con dulzura—.
Aunque creas ahora que no, todo pasa. Y por favor, no pagues con Leyre el daño que su padre te hizo.
Ella no es Luis. Leyre es una joven encantadora que tiene derecho a vivir el día de su boda con felicidad.
No se lo estropees porque el cabrón de su padre no se haya portado bien contigo.
Durante varios segundos, Alma y la joven permanecieron abrazadas, y cuando finalmente se separaron, Lorena, tras unos segundos en los que limpió las lágrimas, murmuró.
—Tenéis razón. Leyre no se lo merece.
Nuria y Romina respiraron aliviadas, y tras una última sonrisa, Lorena se dio la vuelta y tomando aire se marchó.
—Ni una palabra de esto a Estíbaliz o colapsará. Ya se lo contaremos otro día.
Ellas asintieron.
—Madre míaaaaaa, Alma, qué bien hablas, jodía —musitó Nuria.
—Es que lo que ha dicho le ha salido del corazón —convino Romina.
—Corazón o no, lo importante es haber salvado la boda a Leyre —afirmó Alma.
Con el corazón encogido, las tres amigas se miraron.
—Si un caballornio como Luis le hace eso a mi hija, no sé lo que le hago —amenazó Romina.
—Yo me lo cargo —manifestó Alma con seguridad.
—Nunca entenderé a los tíos que solo buscan novedad y sexo, pero se embarcan en relaciones que luego lo que provocan es dolor —dijo Nuria.
—Yo tampoco lo entiendo. Soy divorciada. Tengo sexo cuando quiero, y no jorobo la vida de nadie. No busco una relación y siempre lo dejo bien claro. ¿Tan difícil para ellos es dejarlo claro también?
—Alma, es que si lo dejan claro —señaló Romina—, muchas veces no tendrían sexo.
—Pues que se joroben y sean honestos. Jugar con la vida y los sentimientos de la gente no es lícito. Es terrible. Joder, que esa muchacha, Lorena, no supera los veinticinco años, como no los supera la tal Vega que está con el cabronazo de Luis, que tiene sesenta.
—La diferencia entre hombres y mujeres —dijo Nuria—, salvo excepciones, es que nosotras, si no queremos nada más que sexo, lo dejamos claro y no implicamos a los sentimientos.
Pero los hombres, con tal de conseguir ese polvo, son capaces de recitarte la Biblia en verso prometiendo lo que nunca será, y luego pasa lo que pasa.
Si nos apuramos, aún les podremos echar la purpurina —propuso Nuria al oír otro «¡Vivan los novios! ».
Sin perder un segundo, las tres amigas corrieron hacia la puerta de la iglesia, y ante la cara de sorpresa de Estíbaliz que las vio aparecer desde el aparcamiento, comenzaron a echar la purpurina.
—Pero ¿dónde estabais? —preguntó con gesto tenso.
—¡Culpa mía! —mintió Nuria—. Se me olvidó la purpurina y fuimos al coche a por ella. ¡Vivan los noviossssss!
Minutos después, cuando todos se dirigieron hacia sus coches para ir al banquete en Las Rozas, Natalia, cogida del brazo de su madre, caminaba muy sonriente.
—¿Y esa radiante sonrisa? —preguntó Alma.
—Porque soy feliz. —Alma asintió. Natalia prosiguió—: Mamá...
—Dime corazón.
—¿Puedo hacerte una pregunta, y que no te rayes?
Alma levantó las cejas. Que su hija le dijera de antemano que no se rayara, la puso en alerta.
—Claro que sí, corazón.
—¿Qué te parecería vivir fuera de España?
—¿A qué viene esa pregunta? —se sorprendió Alma. Natalia no contestó. Su madre insistió—: ¿Te quieres ir a vivir fuera de España?
—No.
—¿Entonces?
—A ver, mamá...
—No, a ver, mamá, no. Natalia, dime qué...
—Te he pedido que no te rayes.
—¿La revista para la que trabajas quiere mandarte fuera?
—No.
—¿Entonces?
—Mañana hablamos, mamá. Hoy no. ¡Vale!
—Pero...
—Mamá, por favor. —Alma, tras tomar aire, claudicó. No le quedaba otra. Su hija preguntó—: ¿Te parece si mañana comemos juntas en tu casa a las tres y haces tu riquísima lasaña de carne?
Alma asintió. Se moría por saber. Necesitaba entender qué era aquello de vivir fuera de España, pero procuró mantener la calma.
—Me parece fenomenal —respondió.
Segundos después, ambas se montaron en el vehículo y se marcharon hacia Las Rozas.
Como era de esperar, el banquete de bodas fue esplendoroso. Conociendo a Estíbaliz, allí no faltaba ni un detalle, y cuando sonó cierta música y Leyre se levantó con su ramo de novia en las manos, todos aplaudieron, y más cuando se lo entregó a Carolina. ¡Era la siguiente en casarse!