Ríete de las bodas Capítulo 10
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Capítulo 10

—José, ¿quieres recibir a Leyre como esposa, y prometes serle fiel en la adversidad y en la prosperidad, en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y en la pobreza, y amarla y respetarla todos los días de tu vida?

—Sí, quiero —respondió José.

La novia, radiante, sonrió, y el cura se dirigió a ella:

—Leyre, ¿quieres recibir a José como esposo y prometes serle fiel en la adversidad y en la prosperidad, en la enfermedad y en la salud, en la riqueza y en la pobreza, y amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

—Sí, quiero.

Desde uno de los bancos cercanos, Nuria y Alma sonreían.

—Lo de la fidelidad yo no me lo creería —murmuró Alma, viendo a sus padres sentados unas filas más adelante.

—Mamáááá —cuchicheó Natalia.

—Estoy con tía Alma —afirmó Carolina. Romina al oír a su hija, la miró, y ella añadió—: Mamá. Soy sincera. No me mires así.

—Tu madre y yo —matizó Nuria, dirigiéndose a Natalia— sabemos muy bien de lo que hablamos, pues durante años, gracias a dos caballornios, fuimos rayando los techos de Madrid.

—Y tanto —corroboró Alma, convencida.

—¡Tíaaaa Nuria! —murmuró Virginia, viendo el gesto de Natalia.

—Nuria, por Dios, ¿este es el mejor momento para hablar de eso? —protestó Romina.

—Podemos hablar de follar —se burló Alma.

—Se dice cuchi cuchi —rio Nuria.

—¡La madre que os parió!

—Mamá, no te alteres —le recomendó Carolina a su madre.

—¡Eso, como tú lo llamas, es parte de la vida!

—respondió Nuria. Y señalando a los invitados que atentamente seguían la ceremonia sentados en los bancos añadió—: A ver si te crees que todos estos que están aquí con caritas de no haber roto un plato son fieles a sus parejas.

O por el contrario más de uno o una está rayando el techo de la iglesia.

—Yo conozco a varios de los que están por aquí sentados, que van rayando los techos —indicó Alma con seguridad.

—Y yo —afirmó Carolina.

—¡Chicas, por favor! —les reprochó Romina.

—Por favorrr —intervino Roberto, el marido de Romina, con tono guasón.

Acabada la ceremonia, mientras los novios se hacían fotografías en el altar, Alma se acercó a sus padres. Sus amigas, por deferencia a ella, los invitaban a todas las bodas.

—¿Estáis bien? —preguntó.

—Hace mucho calor —protestó Cecilia, abanicándose.

Alma se mostró de acuerdo. Su madre tenía razón.

—¿No crees que el vestido que llevas enseña demasiado? —le recriminó su padre.

Inconscientemente, Alma se miró. Llevaba un bonito vestido compuesto por un corpiño rosa con falda de tul del mismo color.

—Pareces una cabaretera —gruñó su madre.

—Es la moda —replicó, sin perder su buen humor—. Y ya sabéis que a mí me gusta ir a la moda.

—Tú, como siempre, ¡tan moderna! —se quejó Paco, que añadió—: Por cierto, con esos ojos negros estas horrible. Pareces un vampiro.

Alma asintió. Negros. Verdes. Azules. Marrones. Daba igual el color de las lentillas. Ellos nunca le habían dicho un halago.

—¿Ese no es el marido de Estíbaliz? —oyó a su madre.

Alma al mirar a donde ella señalaba, hizo un gesto afirmativo.

—Es Luis y es su exmarido —matizó.

—Bendito sea Dios. Qué manera de magrearse en la casa del Señor —se escandalizó Cecilia—. Pero ¿quién es la muchacha que lo besa con tanto descaro?

Alma resopló. Allí estaba el exmarido de Estíbaliz con su nueva novia.

—Pues será una guarrilla —dijo su padre.

—¡Papá!

—Pues ya me dirás, Cecilia —prosiguió él—, qué hace esa muchacha tan joven con un hombre de esa edad que puede ser su padre. ¡Pues zorrear y guarrear! Está claro.

—Papá. Pero ¿qué dices?

—Digo lo que pienso. Mi verdad. Y como decís vosotros «los modernos», será una follamiga —sentenció él.

Sin ganas de discutir, Alma tomó aire. Sus padres eran críticos con todo.

—Id saliendo de la iglesia —les dijo—. Estaréis más fresquitos en el exterior.

Nuria y Romina se acercaron a abrazar a su amiga Estíbaliz, que, emocionada, lloraba como una magdalena. Junto a ella estaba su marido Alberto, y Nacho, el hijo que ambos habían tenido.

Alma, desde su posición, observaba a sus amigas, a las que adoraba con todo su ser, y sonrió al ver que Estíbaliz ya no lloraba. Ahora sonreía.

—¿De qué os reís? —preguntó, acercándose a ellas, al tiempo que se abanicaba.

—No te lo vas a creer —murmuró Romina—. Pero Estíbaliz se ha enganchado a la serie coreana.

—¡Tú también! —Alma no daba crédito.

Estíbaliz asintió.

—Adoro al capitán Ri —admitió, haciendo un corazón con ambas manos.

Se rieron a carcajadas.

—¿Te está dando el brote? —le preguntó Romina a Alma al ver que se abanicaba.

—Me cago en la menopausia —soltó Alma, que seguidamente preguntó—: ¿Parezco una cabaretera y una vampira?

Sus amigas la miraron.

—¿Nuevo piropo de tus encantadores padres? —aventuró Nuria.

Alma asintió y ellas, tras mirar a Paco y Cecilia que salían de la iglesia, movieron sus cabezas.

—Las lentillas negras con tu pelo rubio creo que te endurecen la mirada.

—Ni caso. Estás divina y glamurosa.

—Tal cual —confirmó Nuria.

A escasos pasos de ellos estaba Luis, exmarido de Estíbaliz y padre de Leyre, con su nueva novia. Una jovencita de la edad de la recién casada.

—¿Veis normal que traiga a la tal Vega a la boda? —dijo Estíbaliz.

Todas negaron con la cabeza. Luis cambiaba de novia como de camisa.

—¿Pero qué le verán? —preguntó Romina.

—Pregúntale a la IA —propuso Nuria con sorna.

—Y todas veinteañeras.

—Se debe de creer el DiCaprio español —dijo Alma, y añadió—: Mis padres ya han dado por hecho que la guarrilla es ella, no él.

—No son machistas tus padres, nooooo... —se quejó Nuria.

Aquello las hizo reír de nuevo.

—¿Cuántos años le sacará a esa nena? —preguntó Romina.

—Por lo menos treinta —conjeturó Estíbaliz.

—¡Qué horror! —exclamó Romina.

—A ver, lobas —dijo Alma, sin dejar de abanicarse—. Si el amor es verdadero, la diferencia de edad es lo de menos.

—Pero se llevan muchos años —murmuró Romina.

—A ver, Romina. Aquí el problema es que Luis es un picaflor. No la edad —intervino Nuria.

—Lo que es es un sinvergüenza —afirmó Romina.

—Me importa un pimiento con quién salga y se acueste mi ex —insistió Estíbaliz—. Pero, hombre, ¡esto es la boda de su hija! Un poquito de respeto por ella, ¿no creéis?

—Ahí te doy la razón —afirmó Alma.

—Y tanto —se mostró de acuerdo Nuria, viendo cómo él le tocaba el culo a la joven que lo acompañaba.

—Ay, DIOS... creo que me voy a desmayar —se acaloró Estíbaliz con semejante espectáculo.

Alberto, para que su mujer dejara de prestar atención a lo que hacía su ex, tras una seña a las chicas, se las llevó a la sacristía. Allí tenían que firmar en el libro de actas.

Mientras Romina y Nuria le daban aire a Estíbaliz con un abanico, Alma pensó en su ex inevitablemente. En Carlos. Por suerte para ella, apenas tenía comunicación con él ni lo veía. Natalia sí tenía contacto. Eran padre e hija, y eso ella siempre lo iba a respetar.

Minutos después y conscientes de que tenían que dejar unos segundos a Estíbaliz con su marido, las tres amigas salieron de la iglesia. Al hacerlo, Nuria, viendo a los amigos de los jóvenes preparar el arroz y los pétalos de rosa, dijo.

—Voy un momento al coche a por la purpurina, que me la he dejado en el asiento.

—Tras la boda de Virginia tuvimos purpurina en el cuerpo ¡un mes! —dijo Romina cuando vio alejarse a Nuria. Ambas rieron, y Romina añadió—: Lo de Luis no tiene nombre. No tiene respeto por su hija, y una vez más lo está demostrando al aparecer en la boda con su último ligue. ¡Es que lo machacaba!

Alma asintió. Pensaba como ella, y entonces se fijó en el marido de Romina.

—Pero qué guapetón viene hoy Roberto, ¿no? —le dijo.

Romina lo miró.

—El que es guapo, es guapo —respondió con una gran sonrisa.

Mientras hablaban sobre aquello, Alma vio a su hija sentada en un banco con Virginia y Carolina. Reían. Hablaban. Ver aquella complicidad, como la que tenía ella con sus madres, la emocionó.

—Madre mía, madre mía, ¡aquí va a haber movida!

—oyó decir a Nuria, que regresaba alterada, e hizo que le prestaran atención—.

He ido al coche a por los pétalos de rosa y, mira por dónde, lo tengo aparcado junto al imbécil de Luis.

Y resulta que apoyada en él hay una muchacha que no tendrá más de veinticinco años llorando.

Al verla, le he preguntado qué le pasaba y me ha dicho que se llama Lorena y que está aquí con la intención de liársela parda a Luis en la boda de su hija.

—¡No jorobes! —exclamó Alma.

—¡Ay, por Dios, a Estíbaliz le va a dar un infarto!

Horrorizadas se miraron. Tenían que hacer algo antes de que aquello jorobara la boda de Leyre y, por supuesto, antes de que a Estíbaliz le diera un ataque. Por lo que, dispuestas a salvar el momento como fuera, Alma, viendo a sus padres hablar con los de Romina, murmuró:

—Vamos. Tenemos que evitar el desastre.

—¿Y la purpurina? —preguntó Nuria.

—¡Que le den a la purpurina! —soltó Romina.

Sin apenas tiempo, y conscientes de que se iban a perder la salida de los novios de la iglesia, se dirigieron hacia el aparcamiento, y cuando llegaron junto a aquella muchacha que se retorcía las manos, Nuria saludó:

—Hola de nuevo, Lorena.

—Hola —respondió la joven, mirándola a ella y a las extrañas que la acompañaban—. Da igual lo que digáis —dijo de pronto—. Voy a joderle el día a ese cabrón.

Aquello les dio una idea del nivel de enfado de la joven.

—Lorena, soy Alma. Y puedo entender tu enfado con ese cabrón, pero...

—No —la cortó—. Tú no puedes entenderlo porque no estás en mi posición, no has vivido lo que yo he vivido con él y no te has creído sus mentiras.

—Tienes razón —admitió Nuria—. Quizá nosotras no podemos entender todo eso que tú has vivido, pero lo que sí entendemos es que a quien le vas a arruinar el día de su boda es a Leyre. ¿Eso lo entiendes tú?

Ella las miró.

—Mira, Lorena —intervino Romina—. Ese sinvergüenza no se ha portado bien contigo. Posiblemente te prometió cosas que nunca ha cumplido y...