Capítulo 9
Mientras corría se iba topando con varias mujeres con las que se cruzaba todos los días.
Era consciente de cómo le buscaban con la mirada y él les sonreía.
Saem sabía que por su físico asiático siempre había atraído a las mujeres que lo consideraban exótico y sensual.
Y desde el aterrizaje en España de los k-dramas coreanos, todo se acrecentó.
Corría para hacer un poco de ejercicio antes de ir al restaurante a trabajar, cuando la canción se cortó al entrarle una llamada.
—Hola, papá.
—Hola, hijo. ¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú? —Se detuvo.
—Bien. Te llamaba para proponerte comer juntos. ¿Qué tal lo tienes hoy? Necesito comentaros a ti y a Mario unas cosillas financieras del préstamo que pedisteis para el local.
Saem asintió. Su padre era un pez gordo de uno de los bancos hispano-asiáticos más ricos a nivel mundial. Era un tiburón de las finanzas y un excelente inversor, pero todo lo bueno que tenía en lo profesional le faltaba en lo personal.
—Hablé con Mario y sorprendentemente viene a comer —prosiguió—. Estoy por poner una crucecita en el calendario.
Saem se sorprendió. Su padre y su tío, a pesar de ser hermanos, no tenían nada en común, y con verse tres veces al año, ya era más que suficiente; si coincidían más significaba un choque inevitable, y ambos lo evitaban.
Los sábados Saem tenía mucho trabajo. El fin de semana, por fortuna para él, el restaurante estaba a reventar. Pero entendió que comer con su padre y con su tío era importante, así que no lo dudó y pensó en llamar a su equipo para que arrancaran con el servicio.
—Sin problema. ¿Dónde y a qué hora?
—A las dos en mi casa.
—¡De acuerdo!
—¿Te apetece comer bibimbap ?
Al oírlo, Saem se relamió. Aquel plato, que era uno de los más populares en la cultura coreana, le encantaba. Consistía en una base de arroz, cubierto por carne y una mezcla de verduras y huevo.
—Le diré a Haneul que lo prepare —afirmó Elías.
Mamá Haneul, además de ser su segunda madre, era la mujer que se ocupaba del buen funcionamiento en la casa de su padre. Aquella mujer coreana era prima de su madre y preparaba un bibimbap que era para chuparse los dedos.
—Estaré ahí a las dos en punto —confirmó.
Tras despedirse, Saem tocó con cariño la cabeza de Freya y comenzó a correr de nuevo, y su perra, encantada, lo siguió. Correr, para ella, era un juego.
Al volver a casa, lo primero que hizo fue llamar a Rosa, su asistente en el restaurante, y tras indicarle que llegaría por la tarde, le puso agua fresca a Freya.
—Alexa, pon Broken Record , de GSoul —dijo.
Instantes después, comenzó a sonar en toda la casa aquella bonita canción; Saem se desnudó y se metió en su amplia y cómoda ducha. Mientras tarareaba la canción y el agua caía sobre su cuerpo, recordó a Sara. Como decía la canción, no podía olvidarse de ella y no entendía el porqué.
Con los ojos cerrados pensó en su sonrisa, en su descaro, en cómo lo besó, y en cómo se entregaron al disfrute del placer aquella noche en la azotea.
Fue recordar su olor, su mirada, su tacto, su boca, sus besos, y el momento exacto en que ella le mordió la barbilla, y se puso duro como una piedra. Por lo que dejándose llevar por el momento, tocó con su mano su duro miembro y se masturbó, mientras la música sonaba.
Veinte minutos después, mientras sonaba la canción Make Me Happy , de la cantante surcoreana Whee In, salió de la ducha con una toalla alrededor de la cintura y se dirigió a la cocina a beber agua.
—¡Bendito sea Dios, rico! Qué espalda tienes —oyó a su espalda.
Al volverse, se encontró con su vecina Dolores, a quién él llamaba Preciosa, que, mirándolo desde la puerta, dijo—: Disculpa, hermoso, pero creí que no estabas.
Pasé para llevarme a Freya conmigo a casa, como todos los sábados.
—Saem la miró sonriente, y ella apostilló—: Si no tuviera setenta y ocho años, ¡te ibas a enterar tú!
Divertido, Saem soltó una carcajada.
—Cuidado, Preciosa, que ya sabes que a mí me gustan las maduritas interesantes.
Ahora la que soltó la carcajada fue ella. Lo sabía. Conocía sus gustos en cuanto a mujeres.
—Cuidado tú, que yo cuando me pongo los rulos y me pinto el morrillo, ¡soy irresistible! —soltó ella.
—Voy a comer con mi padre y con mi tío. Por eso estoy todavía aquí —le explicó.
—¿Qué quiere ese tonto del bolo?
Saem se rio. Su padre y Dolores, las pocas veces que se habían visto, no se habían caído muy bien.
—Quiere comentarnos unos temas financieros —respondió.
—¡Ay, madre!
—Tranquila. No será nada grave.
La mujer asintió. Adoraba a aquel muchacho desde el primer día que se lo cruzó en el portal y este con caballerosidad le llevó hasta su puerta el carrito de la compra.
Pero su padre era otro cantar. Sin conocerlo en profundidad, veía en él a un tipo estirado y altivo, nada que ver ni con Saem ni con Mario, su hermano, que era un hombre encantador.
Saem, para Dolores, era como un hijo. Su educación.
Su responsabilidad. Su saber estar. Su carisma.
Dolores y su marido Guzmán consideraron a aquel muchacho un amor desde el minuto uno en que lo conocieron.
Con el paso de los meses, aquel joven y nuevo vecino tan agradable se había convertido para ellos en alguien muy especial.
Meses después, cuando Saem buscó a alguien que se ocupara de su casa —por su trabajo no podía hacerlo él—, Dolores se postuló rápidamente para el puesto.
Encargarse de su casa y ganar unos eurillos le pareció una excelente idea.
Solo tenía que subir del piso cuarto al quinto, y Saem aceptó.
Mejor Dolores, que era de confianza, y no otra persona que no conociera.
La confianza entre ellos se afianzó y, con el paso de los años, Dolores pasó a ser Preciosa, un cariñoso mote que a la mujer le encantaba.
Ella y su marido Guzmán lo adoraban. No solo lo veían como un hombre guapo de increíble carisma, sino como alguien educado, responsable y que sabía estar y escuchar.
Las conversaciones entre los tres siempre eran interesantes, y saber que aquel joven les incluía en su vida y les tenía en cuenta, les hizo sentirse valorados y queridos.
Cuando Guzmán enfermó y murió, Saem estuvo al lado de Dolores.
Al no tener hijos, él le ofreció ese afecto y apoyo que necesitó, no dejándola sola en ningún momento.
Incluso se la llevó de viaje a Seúl con él para que desconectara.
Por eso, cuando, con los años, la idiota de la influencer lo abandonó, ella estuvo a su lado.
Conocía de primera mano todo lo que Saem había dado por esa relación, y al ver su sufrimiento, decidió, además de cuidarlo, hacerle un bonito regalo. Un perro.
La perrita de su sobrina había tenido cachorritos, y Saem necesitaba recibir un cariño extra al llegar a casa.
En un principio, Saem, al ver al cachorro, se descolocó. Con sus horarios en el restaurante y sus viajes, ¿cómo iba a cuidarlo? Pero Dolores, consciente de que el amor de esa perrita al llegar a casa era lo que Saem necesitaba, lo tranquilizó, y le indicó que ella le ayudaría a cuidarla.
—Por cierto, he hecho pisto manchego.
—Hummm, ¡qué rico!
—Esta noche, cuando traiga a Freya, te dejare un túper en la nevera.
Saem, agradecido, sonrió. Adoraba a Dolores.
—A ver, alhaja, ¿te quieres venir conmigo a casa? —le preguntó a la perra.
El ladrido de Freya fue rápido y contundente.
—¿Qué serie estás viendo ahora? —quiso saber Saem. Dolores con complicidad lo empujó y él, divertido, siguió indagando—: ¿Otra coreana?
—Una en la que Lee Min-Ho hace de monarca. Me la recomendó mi amiga Mari Carmen, y ¡está tannnnn guapo! —Saem sonrió. Como buen coreano, sabía quién era Lee Min-Ho; ella prosiguió—: Y que sepas que Conchita, la del quinto derecha, me dijo que cuanto más ve cierta serie, más te pareces a...
—Por Dios... —Se rio él, al saber a qué se refería.
Dolores asintió. Ella era una consumidora de series coreanas.
—Hermoso el muchacho de Crash Landing ; él y tú ¡parecéis familia! —afirmó.
Saem acarició con cariño la cabeza de su perra y tras darle un cariñoso beso a la mujer en la mejilla, dijo:
—Pórtate bien con Preciosa.
Cuando Dolores y Freya se marcharon, Saem regresó a su habitación para vestirse, canturreando y bailando la canción Water Color , de la cantante Whee In. Adoraba la música coreana.