Capítulo 8 #2
—¡La puñetera menopausia no respeta! —susurró Nuria.
—No entiendo por qué Natalia lleva lo que me tiene que contar con tanto secretismo —dijo Alma.
—Podéis pensar que las burbujas se me han subido a la cabeza —se metió Romina, tras beber un sorbo de su copa de cava—, pero yo creo que Natalia se ha enamorado.
—¿Otra vez? —se mofaron al unísono Alma y Nuria.
—¿Qué os parece mi vestido?
Alma, Romina y Nuria se giraron para contemplar a Estíbaliz. El vestido azul de corte sirena y escote asimétrico de gasa que se le ajustaba al cuerpo como un guante les hizo soltar un aullido cómplice. Estíbaliz supo que era una aprobación y se rio.
—Estás increíble —soltó Romina.
—Solo diré Diva y Radiante.
—¡Viva la madre de la novia! —levantó su copa Nuria.
Estíbaliz, feliz por ver las reacciones de sus amigas, dibujó una gran sonrisa en su rostro. Entre ellas no había mentiras. Todo se lo decían les gustara o no, y que dijeran aquello era bueno. En ese momento su hija y sus amigas entraron en la sala.
—Mamááá, ¡estás ideallllll! —gritó Leyre.
—Tíaaaaa, ¡pero qué pibónnnn! —exclamó Natalia.
—Esplendorosaaaaa —Virginia no se quedó atrás.
—Guauuuuuu —aulló Carolina.
Estíbaliz se miró en el espejo. Le agradaba lo que en él veía. Aquel vestido era justo lo que le había pedido a Alma.
—El azul es el color ideal para los virgo —declaró—. Es mi color.
Una hora después, cuando salieron de la tienda de novias, todas hablaban mientras Natalia wasapeaba con su móvil.
Solo tenía ojos para su teléfono. Instantes después, las cuatro jóvenes se marcharon.
Tenían sus propios planes, por lo que las amigas, como era viernes, decidieron irse a cenar juntas. Los viernes eran suyos.
Ya en el restaurante, disfrutando de la cena, Nuria dijo:
—Por cierto. Tengo que contaros una cosita, ¡ya tengo las entradas para ir a ver a Shakira!
—¡Me muero de felicidadddddd! —afirmó Alma.
Encantadas aplaudieron. Por fin la loba madre visitaba España en su tour mundial; Estíbaliz, emocionada, preguntó:
—¿Al final para que día las conseguiste?
—Para el 25 de septiembre.
—¡Perfecto! —rio Romina.
Todas se miraron con gesto feliz. El 25 de septiembre sería un excelente día para disfrutar y recordar cuando Nuria miró a Romina.
—Menos mal que solo tienes dos hijas que se casen —le dijo—, porque si tuvieras cuatro, a la cuarta no llegabas. Pero ¿tú has visto las ojeras que tienes?
Romina asintió.
—Os juro que la boda de Carolina y Pablo me tiene totalmente desconcertada —confesó—. Hace dos días llegó enfadada como una mona y nos dijo a su padre y a mí que no se casaba. ¡Que anuláramos todo! Y al día siguiente, estaba tan contenta por la boda. Roberto y yo ya no sabemos qué esperar ese día.
Las amigas se miraron.
—Tachadme de inoportuna —dijo Nuria—, pero creo que Carolina va a cometer un gran error.
—Yo también lo creo —afirmó Romina con pesar.
—¡Y yo! —apostilló Estíbaliz.
Entre ellas se abrió el debate. Cada una comentaba lo que creía oportuno comentar.
—¿Sigues pensando en lo que ha dicho Natalia? —le preguntó Nuria a Alma, al verla más callada de lo normal.
Alma asintió. Y puso al día a Estíbaliz de lo ocurrido, porque se lo había perdido.
—Ay, Dios mío, que la niña se nos ha enamorado —dijo Estíbaliz.
—¿Otra vez? —se mofó Nuria.
—Pero esta vez de verdad —asintió Romina.
—¿Tú crees?
—Lo creo.
—Pero ella me lo hubiera dicho.
—¡O no! —matizó Nuria.
Alma resopló. Su hija y ella siempre lo comentaban todo. Entre ellas no había tabúes.
—Quizá no te lo ha contado por tu reticencia al amor —observó Nuria.
—¡Pero qué tontería es esa! —bramó Alma—. Yo quiero que sea feliz. Y si encuentra a un chico con el que se complementa, ¿cómo no me voy a alegrar por ella?
—¿Y si está embarazada? —cuestionó Romina—. Y como tiene parejas abiertas no sabe de quién es el bebé.
—Por favorrr —gruñó Nuria, llenándose la copa de vino.
—Natalia es muy moderna —insistió Romina—. Quizá está embarazada, ha decidido ser madre soltera y el chico que te quiere presentar no es el padre del bebé. Por eso tiene que hablar contigo y se lo está pensando tanto.
—¿Cómo eres tan peliculera? —se burló Estíbaliz.
—Será por todas esas series que ve —se rio Nuria—. Por cierto, ¿has terminado de ver la del capitán Ri?
Romina suspiró. Adoraba aquella serie.
—Sí —respondió—. Y ahora he comenzado a ver otra llamada Treinta y nueve , en la que trabaja la protagonista de la serie del capitán Ri, y me tiene en un sinvivir.
—A propósito, hablando de asiáticos, ¿os ha contado Alma que se lio con un coreano muy del estilo del capitán Ri? ¡Se ve que eso de pedirles a los Masters del Universo a veces se cumple!
Alma miró a su amiga Nuria. Pero ¿por qué contaba aquello?
—¿¡Coreanooooo!? —preguntó Romina, antes de que ella pudiera replicar.
Sin poder evitarlo, Alma sonrió cuando Estíbaliz apostilló:
—Vaya... otra que abre fronteras.
—¡Y otras cosas! —soltó Romina.
Y se rieron a carcajadas.
—Vale. Conocí a un coreano de mirada increíble —claudicó Alma—, mono y caballeroso, además de ardiente en el sexo y...
—¿Ardiente en el sexo? —la interrumpió Romina—. Pero si los coreanos ni se tocan, ni se besan, ni...
—Este es medio español —aclaró, divertida, Alma al pensar en Saem.
—Los coreanos, para el tema sexo, son reservaditos —insistió Romina como experta en series coreanas.
—El que yo he conocido no —afirmó Alma, tocándose ya su acelerado corazón.
—¿Entonces tú y él...?
—Sí, Romina. Hemos follado.
—¡Almaaaaaa! —protestó ella.
—¿Y qué signo del zodiaco es?
—Estíbaliz —murmuró Alma, tocándose un ojo—. ¡Y yo qué sé!
—Pues deberías saberlo. Los signos del zodiaco hablan mucho de la persona.
—Por favorrr...
Tras un rato de risas por las burradas que en confianza se decían, Alma se quitó las lentillas marrones que llevaba.
—Que sepáis que los guionistas de esas series coreanas que, por si no estáis enteradas, se llaman k-dramas, o doramas, suelen ser mujeres. Y lo que hacen es crear a hombres a la carta. Altos, guapos, exitosos, tiernos y protectores.
Sorprendidas, todas miraron a Nuria.
—¿Y tú como sabes eso? —quiso saber Romina.
—Porque me informé en la IA. —Sin quitarle ojo de encima, todas levantaron las cejas cuando Nuria confesó—: Vale. Lo admito. ¡Me he enganchado a Crash Landing !
—¡Tú!
—¡Yo!
—¡Tú, viendo una serie coreana! —se mofó Estíbaliz.
—Si la vieras, te gustaría —contraatacó Romina.
—¡Tengo cosas mejores que hacer! —se defendió Estíbaliz.
Alma y Estíbaliz, incrédulas, se miraron cuando Nuria cogió las manos de Romina y afirmó:
—Ahora entiendo que estés como loca por el capitán Ri. Por favorrr... ¡cómo mira a la prota! ¡Qué protector es con ella!
—¡A que sí! —afirmó Romina, haciendo un corazón con las manos.
Nuria al ver aquello divertida la imitó.
—Queréis dejar de ser tan ridículas, que ya tenemos una edad —las regañó Alma cariñosamente.
Acabada la cena, las cuatro amigas decidieron irse a un local a tomar algo. Allí se encontraron con varios conocidos, entre ellos, Alberto y Roberto, maridos de Estíbaliz y Romina respectivamente. Tres horas después, Romina, Estíbaliz y sus maridos se marcharon, y se quedaron solas Nuria y Alma.
—Creo que nos vamos a hacer un selfi con el amigo de Alberto —dijo Alma—, sin preguntarle el signo zodiacal.
Nuria lo miró. Aquel tipo, llamado Enrique, al que habían conocido aquella noche, era un divorciado madurito interesante que solo tenía ojos para Alma.
—¡A por el selfi! —se mostró de acuerdo Nuria.
Después de hacerlo, y esta vez sin explicar el porqué de ello, Alma y Enrique se marcharon del local. Ya eran mayorcitos como para saber lo que deseaban.
Alma llamó por teléfono a uno de los hoteles por horas que conocía. Y tras ver que tenían una habitación libre, la reservó y se dirigieron hacia allí. Su casa era su castillo y allí nunca llevaba a sus follamigos.
Las siguientes dos horas Alma y Enrique disfrutaron de sexo frío, placentero y sin compromiso.
Si algo había aprendido Alma en esas citas era que tenía que buscar su placer, pues la gran mayoría de aquellos tipos solo pensaban en el suyo.
Al cabo de las dos horas, se despidieron con cordialidad a la puerta del hotel, y Alma paró un taxi, se montó y se marchó.
Había tenido un ratito divertido de sexo.
Mirando por la ventanilla del taxi, Alma disfrutaba del viaje, cuando por su mente se cruzó el guapo y sexi camarero del DeLokos. ¡Saem! Hasta su nombre era sexi.
Recordar cómo la besó, cómo la miró, cómo se preocupó por ella después del sexo o cómo su mano paseó por el interior de sus muslos le erizó todo el vello de su cuerpo. Inconscientemente, lo comparó con Enrique. Y aunque lo había pasado bien con él, con Saem había sido muy diferente.
Pero ¿por qué había sido diferente? ¿Y por qué seguía acelerándole el corazón?