Capítulo 8
En uno de los salones de la bonita y glamurosa tienda de novias Diva y Radiante del barrio de Salamanca, Estíbaliz vivía un bonito momento personal rodeada por sus amigas. Su hija Leyre tenía la última prueba del vestido de novia, pues se casaba en una semana.
A la prueba, además de Alma, Romina y Nuria, no podían faltar Carolina, Virginia y Natalia. Todas querían ver a Leyre con su vestido y todas querían opinar sobre él.
Mientras esperaban la aparición de la novia, hablaban, veían fotografías de la fiesta de disfraces y comían los ricos manolitos de sabores.
Natalia, algo alejada del grupo, wasapeaba en su móvil.
Cuando Alma salió del probador para reunirse con sus amigas y disfrutar aquel momento, curiosa, miró a su hija.
—¿El amigo especial o la IA? —indagó Nuria por lo bajini.
Alma se encogió de hombros. Días antes, cuando salieron de comer de casa de sus padres, mientras caminaban hacia sus coches, intentó sacar el tema, pero Natalia la toreó. Sin duda, había tenido una buena maestra.
—Por cómo sonríe, imagino que es con el primero —contestó.
—¿Y cuándo va a hablar contigo?
—No lo sé.
—¡Me muero por saber! —insistió Nuria.
—Pues yo ni te cuento —replicó Alma.
Las dos sonrieron. En aquel momento, una de las dependientas de la tienda les ofreció unas copitas de cava.
—Natalia, cielo —dijo Nuria, levantando la voz—. Deja de tontear con quien lo estés haciendo, y ven para brindar.
Segundos después, Natalia se unió al grupo, agarró a su madre de la cintura, cogió una copa de cava y, levantándola, dijo:
—Por Leyre. Por los vestidos que mi madre y la tía han diseñado y por que la boda sea ideal.
Riendo por aquella palabra que Leyre tanto decía, brindaron encantadas.
—Y por mí —apostilló Carolina, después de terminarse su rico manolito de tres chocolates—. Porque la siguiente en casarse ¡soy yo!
Oír eso hizo que Romina comenzara a llorar, y Alma, tras darle un cariñoso beso en la frente, dijo, mirando a Carolina:
—Vuestra prueba del vestido la tenemos en unos días. Aunque tu madre no lo olvidará, ¡recuérdalo!
Instantes después, las dependientas de la tienda descorrieron las cortinas, y ante ellas apareció una preciosa y emocionada Leyre, portando un increíble vestido de novia que le quedaba como un guante.
—Tía Alma, ¡me encantaaaaa! —afirmó la novia a punto de llorar.
Alma sonrió y se acercó a ella para darle su último toque.
—Me alegra saber que he conseguido crear lo que tú querías —afirmó.
—¡Es ideallll! —exclamó, emocionada.
—Aisss... que me da un telele. Mira que los virgo somos tranquilos, pero... pero ¡me da! —murmuró Estíbaliz, conmovida al ver a su hija.
—Estás guapísima, Leyre. Y tía Alma es una artista —intervino Carolina.
Romina, que acaba de pasar por aquello con Virginia, y tras la boda de Leyre volvería a hacerlo con Carolina, tomó la mano de su amiga.
—No llores y disfrútalo —le dijo, llorosa—. Este momento con Leyre es solo una vez en la vida.
—O dos... —matizó Alma.
Estíbaliz miró a su amiga.
—No la mires así —le dijo Nuria—. Precisamente tú te has casado dos veces.
—Espero que en mi caso sea para toda la vida —replicó Leyre.
—Claro que sí, cariño —afirmó Alma, para darle positividad.
—Madre mía, Leyre, ¡estás increíble! —la piropeó Natalia.
—Cuando te vea José, ¡va a flipar! —se mofó Virginia.
Estíbaliz, superemocionada por ver a su niña, se levantó de su silla y se acercó a ella.
—Eres la novia más bonita del mundo, mi amor —murmuró.
—Gracias, mamá.
Madre e hija se abrazaron. La dependienta, tras cruzar unas palabras con Alma, se acercó y preguntó:
—¿Cómo ve el vestido la madre de la novia?
—Impresionante. Ha quedado espectacular. —Todas asintieron. Leyre con aquel vestido estaba deslumbrante, y Estíbaliz indicó—: Sigo dudando en cuanto al velo. ¿Le pregunto a la IA?
Alma negó con la cabeza. La Inteligencia Artificial no iba a saber más que ella, y le enseñó distintos velos.
—A ver, lobezna —le dijo a Leyre—. Puedes elegir entre velo corto, largo, de hilo, mantilla. Pero con este vestido, lo que a mi parecer queda impresionante es un velo de tul bordado. ¿Quieres que te probemos uno?
Leyre asintió y cuando Alma, minutos después, terminó de ponérselo, tras un generalizado «ohhhhh», Estíbaliz aseguró, sin asomo de duda:
—¡Este, cariño! Para mí, este es tu velo de novia.
La futura novia sonrió. Si a su madre le gustaba aquel, no iba a elegir otro.
—¡Es ideal! —exclamó, mirando a su tía Alma.
Felices y contentas charlaban mientras Leyre se cambiaba de ropa y ellas bebían cava. El banquete de bodas se iba a celebrar en una finca que estaba en Las Rozas y Estíbaliz estaba emocionada.
Cuando Leyre salió del probador, la dependienta se aproximó a Estíbaliz.
—Señora, cuando quiera, puede probarse su vestido —le dijo.
Sobreexcitada, Estíbaliz se levantó.
—Venga. Madre de la novia, pruébatelo —la animó Alma.
Ella corrió hacia el probador y Alma sonrió. Sabía lo importante que era para ella aquel momento, así que la acompañó y al entrar las dos en el probador, Estíbaliz musitó, viendo el vestido:
—Ohhh... es precioso.
Alma sonrió. Había trabajado duro para que el vestido de su amiga fuera lo que ella le había pedido.
—¿Estás bien, Estíbaliz? —le preguntó mientras ella se desnudaba.
—¡Perfecta! ¿Y esa pregunta?
Alma se lo pensó. No quería romper aquel momento de felicidad de su amiga preguntándole por su visita al hospital.
—Por nada —respondió, sin dejar de sonreír—. Solo quería saber que estabas bien.
Una de las dependientas entró en el probador.
—Alma, ha venido la señora Ribagorda de todos los Santos y quiere preguntarte algo relativo al vestido de su hija.
Alma asintió. Aquella clienta no era fácil y tras guiñarle el ojo a su amiga, salió del probador y fue a atender a aquella mujer.
Cuando concluyó, Alma observó con orgullo los vestidos que había diseñado y que estaban a su alrededor.
Los había de gasa, tul, piqué, satén, mikado, duchese, organza, chifón, encaje, brocado, crepé.
La variedad era increíble. Los tocó con mimo.
Había creado cientos de vestidos de novia, que representaban cientos de ilusiones basadas en el amor.
Algo que ella nunca había experimentado con una pareja.
¿Podía la vida ser más injusta?
Sin pedir permiso, Saem volvió a aparecer en su mente, y como siempre el corazón se le aceleró. ¿Cómo sería tener una relación con un hombre como él? Pero se lo reprochó de inmediato. ¿Qué hacía pensando esas ridiculeces cuando seguro que él no se acordaba de ella?
Escondido en una carpeta en el cajón de su despacho, Alma guardaba su traje de novia ideal. Algo que diseñó un día solo para ella. Nadie lo había visto y nadie lo vería, porque aquel bonito boceto era su sueño, que nunca sería realidad.
—Si yo tuviera que elegir un vestido de novia para mí hoy, sería este —oyó decir a Romina.
Al volverse, Alma la encontró a su lado y mirando el vestido que ella sujetaba con la mano, dijo:
—Podrás ponértelo en tus bodas de oro.
—Pues anda que no queda.
—Todo llegará —afirmó Alma.
Ambas rieron. Romina colgó el vestido.
—¿Has vuelto a adelgazar? —le preguntó Alma.
Romina se encogió de hombros.
—Toda mi vida a régimen para adelgazar unos gramos de mierda y ahora resulta que mi mejor régimen es la organización de las bodas de mis hijas. —De nuevo sonrieron, y Romina, señalando un vestido, conjeturó—: Con este estarías monísima si le dieras una oportunidad al amor.
—Gracias. Pero va a ser que no... —replicó Alma, alejándose de los bonitos vestidos y cogiendo un manolito de pistacho de la caja que había sobre una mesa.
—¿Por qué?
—Porque, aunque soy una romántica, los unicornios maravillosos no existen. Además, ya me casé una vez, y con una boda tuve bastante.
Romina resopló y devoró el manolito que llevaba en las manos. La mala suerte que había tenido su amiga con su exmarido le seguía jorobando.
—Eso que tú tuviste no fue una boda —respondió—.
Fue un apaño en el ayuntamiento sin amor y sin ninguna gracia.
Y maldita sea, ¡tú te mereces un bonito amor que valore y sepa lo muchísimo que vales!
Te mereces conocer a un maravilloso unicornio, lucir un precioso vestido de novia y tener una boda por todo lo alto.
—Por favorrr —puso los ojos en blanco Nuria.
—¿Merezco un bonito amor como el tuyo y Roberto? —preguntó Alma.
—Claro que sí. Incluso mejor —aseguró Romina.
Leyre, la futura novia, sonrió. La emoción que veía en su madre por la boda la tenía desbordada.
—Tía —dijo, mirando a Alma—. Sé que estás feliz por mí, pero también sé que piensas que me falta algún tornillo por casarme, pero es que estoy loca por José y él lo está por mí.
Alma sonrió. Todas conocían su escepticismo en cuanto al amor y las bodas.
—Leyre, ya sabes que mi madre, aun dedicándose al negocio de las bodas, no cree en ellas ni en el amor —intervino Natalia.
—¿Cómo que lo que yo creo? —preguntó Alma, sorprendida, mirando a su hija—. ¿Acaso tú no crees lo mismo?
—Sigo pensando que casarse es una locura —musitó ella, encogiéndose de hombros y con la dulzura que la caracterizaba—, y que el amor es una lotería, pero a veces si esa combinación es perfecta, ¿por qué no dejarse llevar?
Leyre, Carolina y Virginia sonrieron al escucharla. La dependienta se acercó a la primera con unos papeles y esta le siguió hasta un mostrador junto con Virginia y Carolina.
Alma, al ver que su hija se quedaba sola mirando de nuevo la pantalla de su teléfono móvil, se aproximó a ella, y saltándose la primera de sus reglas, murmuró:
—Natalia, ¿cuándo me vas a contar...?
—Otro día —la cortó.
A Alma se le aceleró el corazón y le entraron los calores. Necesitaba saber. Natalia le dio un cariñoso beso en la mejilla y se alejó hacia donde estaban sus amigas para evitar las preguntas de su madre.
—Respira, que te estás poniendo azul —le recomendó Nuria a una Alma boquiabierta.
—Me está dando un brote de calor —dijo Alma, dándose aire con una revista.