Ríete de las bodas Capítulo 7
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Capítulo 7

Durante el servicio de la cena en el restaurante Mesa Trece, Saem trabajaba con concentración mientras escuchaba la tranquila y dulce canción My Love , de la cantante sur coreana Gummy, que salía de su teléfono móvil.

A Saem le gustaba la cocina. Había heredado esa afición de su madre y de su abuela, unas excelentes cocineras y sus primeras maestras.

En Seúl, lugar de procedencia de ellas, su abuela regentó un restaurante llamado El Dragón de Seúl, hasta que murió. Su madre tomó el relevo hasta que una terrible enfermedad, cuando Saem tenía diecisiete años, se la llevó.

Eso provocó que su padre, Elías, y él dejaran Seúl y se trasladaran a vivir definitivamente a España, a Madrid, el lugar donde Saem había nacido y al que adoraban, pues su padre era oriundo de allí. Y lo mejor, ahí estaban sus abuelos y su tío Mario.

El Dragón de Seúl cerró sus puertas cuando murió su madre.

Y el día en que Saem fue a despedirse de él, sentado en la mesa trece, la preferida de su madre y de su abuela, les prometió que algún día tendría su propio restaurante.

Una promesa que cumplió unos años después, tras estudiar fuera de España, y de tener no pocas discusiones con su padre, que no veía bien que su hijo fuera chef de cocina.

Cuando tenía treinta y cinco años, y gracias a la ayuda de su padre, que era un alto directivo en un banco hispano-asiático, consiguió un préstamo a bajo interés con el que compró un increíble local en la calle Alcalá donde montó un restaurante al que llamó Mesa Trece, en honor a sus predecesoras.

Un restaurante repleto de innovación, creatividad y fusión entre la cocina asiática y la española, que, al cabo de cuatro años, se había consolidado y funcionaba muy bien.

—Sale para la mesa cinco —indicó Saem mirando a uno de sus camareros—, dos de gambas al ajillo con mantequilla de eneldo y aquavit. Y dos tartares de atún con aguacate, alga wakame y pomelo rosa.

—Chef. —Saem se giró al oír a Ji Woo, que trabajaba de jefa de sala—. La mesa cuatro quiere felicitarte. —Saem asintió, y ella puntualizó—: Son los amigos de tu padre, Felipe y Elvira, con unos amigos.

—¡Joder! —exclamó Saem.

Cuando tenía veinte años, en una fiesta que organizó su padre en casa, había acabado con Elvira, la mujer de Felipe, en su habitación.

Ella y su marido eran muy liberales, por lo que a Felipe no le importó.

Durante una temporada se vieron para tener sexo.

Ella lo llamaba bomboncito asiático. Pero todo se terminó cuando él se marchó a Nueva York a estudiar.

Al regresar, Elvira lo volvió a intentar, pero Saem, ya con las ideas más claras, la rechazó.

Aun así, ella siempre que podía se le insinuaba.

Si con veinte años ya era una fiera en la cama, ¿cómo sería casi con cuarenta?

—Venga, tú puedes, ¡ánimo! —lo espoleó Ji Woo, con cierta guasa.

Saem sonrió, y después de limpiarse las manos con un paño húmedo, detuvo la música que brotaba de su teléfono móvil.

—Equipo, regreso en un minuto —les dijo a todos.

Consciente de que Felipe y Elvira, aparte de buenas personas, eran buenos clientes, Saem salió a la sala y se acercó a la mesa cuatro.

—Buenas noches, ¿todo bien por aquí? —saludó con cortesía.

Ellos levantaron la vista.

—Saem, queríamos felicitarte por tu exquisita tarta de queso japonesa. ¡Estaba espectacular! —dijo Elvira, tras humedecerse los labios.

—Muchas gracias, Elvira. Es un placer saber que os gustó tanto.

Todos lo felicitaron, mientras Elvira lo miraba con deseo.

—¿Habéis estado ya en DeLokos, mi nuevo local? —les preguntó.

—Tu padre me habló de él. Me comentó que tu tío Mario y tú os habíais asociado en algo. ¿Es el que está en plaza de España?

—Sí. Si os apetece, os doy unas invitaciones para que vayáis, lo conozcáis y os toméis algo a mi salud.

—¿Tú estarás? —preguntó Elvira, tocándole con disimulo la pierna.

Saem la miró.

—Si termino pronto aquí, posiblemente vaya a tomar una copa —mintió—. Pero tío Mario estará allí y le agradará veros.

Encantada, Elvira aceptó las invitaciones, y luego Saem se alejó para hablar con Ji Woo.

—Dales unas invitaciones para DeLokos —le pidió.

—Elvira está deseando comerte —murmuró Ji Woo, divertida.

—Pero eso no va a ocurrir.

Ji Woo sonrió y Saem regresó a la cocina. Tenía que seguir trabajando. De improviso, en su mente se instaló Sara, que rápidamente le aceleró el corazón. ¿Por qué ella no quería saber nada de él y mujeres como Elvira no dejaban de intentarlo?

Durante el servicio con su equipo, formado por su jefa de cocina Rosa, Jeremy, Carla y Yeon-Seok, sacaron adelante todos aquellos platos que los comensales les solicitaban, y cuando salió el último postre, Saem los miró y les sonrió al ver que el reloj marcaba las once y media.

—Servicio finalizado. ¡Buen trabajo, equipo! —les agradeció.

Como cada noche, todos sonrieron. La comida que preparaban era buena, pero el ambiente entre ellos era aún mejor.

El trabajo era laborioso y a veces, agotador.

Pero les encantaba. Aquella fusión de comidas y sabores era algo muy original, y, cuando comenzaron a limpiar, Saem se dirigió a su despacho. Estaba agotado.

Antes de sentarse ante su mesa, miró su teléfono y buscó en sus listas de Spotify a Whee In, una cantante surcoreana que le gustaba mucho.

Tarareando la canción Paraglide , abrió su portátil y varios correos le entraron.

Los revisaba cuando Ji Woo entró en el despacho.

Trabajaba en el restaurante como gerente y jefe de sala.

Se sentó frente a él mirando la pantalla del ordenador.

—¿Sigues viendo locales en Seúl? —le preguntó.

—Sí.

Ji Woo asintió. Conocía a Saem de toda la vida.

Y aunque él se marchó de Seúl al morir su madre, habían continuado en contacto hasta que ella, con los años, se había trasladado a vivir a España, concretamente a Madrid, donde Saem la ayudó durante años a salir adelante y, cuando abrió su restaurante, sin dudarlo la contrató.

—Hay un par de locales que, si siguen en venta cuando vaya a Seúl, los quiero ver —indicó Saem—. Ya sabes que siempre ha sido mi sueño tener un restaurante frente al río Han.

El teléfono móvil de Saem vibró al recibir un mensaje.

—¿Con quién hablas? —preguntó ella mientras Saem contestaba.

Saem dejó su teléfono sobre la mesa bocabajo.

—Contigo —respondió.

Ji Woo resopló. Él era hermético en cuanto a relaciones.

—Durante el servicio llamó tu tío Mario y me pidió que te dijera que lo llames cuando puedas —le comunicó.

Saem asintió. Adoraba a su tío. Tenía una excelente relación con él. Ahora lo llamaría.

—Por cierto —cuchicheó Ji Woo—. Tengo que decírtelo o reviento, la chica que vino la otra noche a buscarte me dio buena vibra. ¿Dónde la conociste?

—¡Paso!

—Vengaaaaa... Porfi... porfi... porfi... dime dónde la conociste.

—Me la presentó Juan Carlos hace unos meses.

Oír aquello a Ji Woo le gustó. Tras la ruptura de Saem con Olivia, su novia durante varios años, no había vuelto a salir con nadie.

—Es más joven de lo que te suelen gustar —observó. Saem no respondió. Se limitó a acariciar la cadena que llevaba al cuello. Ella volvió a la carga—: ¿Os habéis visto en más ocasiones?

—Sí.

—¿Te acelera el corazón?

—No. Y aquí se acaba esta conversación.

Ji Woo no siguió preguntando. Que lo atosigaran a preguntas lo agobiaba.

—Esta noche hemos hecho una buena caja —cambió ella de tema, enseñándole unos papeles—. Y para el fin de semana por la noche ya tengo casi llena la sala.

Saem se alegró. En el restaurante trabajaban muchas personas y necesitaba poder hacer frente a sus sueldos a final de mes. Cogió los papeles que ella le tendía.

Durante un rato hablaron sobre trabajo.

—Clara viene a buscarme y vamos a ir a tomar algo, ¿te animas? —le propuso Ji Woo cuando remataron.

—No. Tengo planes.

—¿Con quién?

—No te lo pienso decir.

Ji Woo sonrió. ¿Serían con la chica que ella había mencionado?

—Me parece estupendo que tengas planes —replicó.

La puerta del despacho se abrió y entró Clara. Saludó a Saem y le dio un beso en los labios a Ji Woo.

—¿Nos vamos, cielo? —preguntó.

Ji Woo se levantó, le dio un cariñoso beso a Saem y, tras coger su bolso, salió con Clara.

Al quedarse de nuevo solo en el despacho apuntó en una libreta cosas que sabía que debía comprar para la cocina del restaurante y luego se dirigió hasta un archivador.

Quería cotejar ciertas facturas. Al sacar una carpeta, algo cayó al suelo.

Al agacharse a cogerlo vio que se trataba de una foto de él y Olivia. Su exnovia.

Se la habían sacado en las cataratas del Niágara en uno de sus viajes, y en ella se les veía a los dos sonriendo y abrazados.

Su relación había sido bonita, aunque algo en su interior le gritaba que ella no era su destino, porque nunca le aceleró el corazón.

Destino. Una mágica palabra en la que su madre siempre creyó.

Durante años, su madre le contó que tenía un bonito sueño donde veía a Saem dichoso y feliz con la mujer que era su destino. Aquella que le aceleraba el corazón y tenía los ojos verdes como los zafiros.

Cuando Olivia y él se conocieron, ella trabajaba como influencer para grandes marcas, y Saem quiso ver en ella aquello que su madre le había vaticinado. Pero ni le aceleraba el corazón, ni tenía los ojos verdes. Eso a él no le importó. Quería conocer a Olivia. Le gustaba.

En un principio, a ella le hizo gracia que fuera chef.

La influencer y el chef, ¡sonaba bien! Pero, con el tiempo y cuando él se entregó a su profesión, lo odió.

Ella quería salir todas las noches e ir a eventos los fines de semana.

Y aunque Saem intentó darle eso que ella demandaba, llegó un momento en el que estaba agotado.

Tenía un restaurante que atender. Era su negocio, su vida, y ella tenía que comprenderlo.

Pero no. No lo hizo. Y tras infinidad de engaños y problemas, ella lo dejó.

Eso a Saem le destrozó. ¿En serio le importaba tan poco? ¿Realmente no lo quería? ¿De verdad que los años que habían pasado juntos para ella no habían significado nada?

Los tres primeros meses fueron duros para él.

La añoraba a cada segundo del día y no podía dejar de mirar los posts que subía a sus redes sociales, donde se la veía a ella feliz, llena de vitalidad.

Al final, cuando se dio cuenta de que aquello le hacía más daño, Saem tiró de su frialdad coreana y se centró en trabajar para olvidar.

Al sexto mes, ella apareció una noche en el restaurante acompañada por su novio actual.

Saem, en un principio, se quedó desconcertado.

¿Cómo podía hacerle aquello? ¿Cómo podía aparecer allí?

Pero también le hizo abrir los ojos y entender que ella no era su mujer. No era su destino.

Al cabo de un año ella comenzó a llamarlo. Decía que lo amaba. Que nadie la cuidaba y quería como él y se había dado cuenta de su error. Saem no la escuchó. Bajo ningún concepto iba a perdonar lo ocurrido. Ella no se lo merecía.

Así que tiró aquella fotografía a la papelera con indiferencia y comenzó a mirar las facturas que inicialmente quería cotejar. Olivia ya no era parte de su vida. Era su pasado.

Cuando acabó y volvió a su mesa, cogió su teléfono y sonrió al ver que quien le había escrito era la amiga divertida y liberal que le habían presentado. Y quedó con ella. ¿Por qué no?

A las tres de la mañana, tras pasar un rato agradable con ella en su casa, Saem se montó en su coche y regresó a su casa, situada frente al parque del Oeste. Dejó su vehículo en el aparcamiento del edifico y subió a su piso.

Cuando abrió la puerta y encendió la luz, la sonrisa se le ensanchó al ver cómo su perra, una cachorra de bóxer color canela de apenas nueve meses, corría hacia él.

—Hola, Freya, ¿cómo está mi chica?

La bóxer, enloquecida por ver a su persona favorita, se lo comió a lametones. Saem se sentó en el suelo y se dejó besuquear. Adoraba a su perra. Ella lo había hecho sonreír otra vez, y recibir su cariño desinteresado era lo mejor.

Al disminuir el ataque de efusividad de Freya, Saem se levantó del suelo y fue hasta el salón donde leyó una nota en la que ponía:

Freya cenó como una campeona. Hoy dimos un paseo bien largo por el parque y se comportó muy bien.

¡Buenas noches y descansa!

D OLORES

Sonriendo, dejó la nota. Era de su vecina Dolores. Una mujer que adoraba a su perra tanto como lo adoraba a él, y que se ocupaba de mantener la casa limpia y de pasear a Freya todos los días que él, por trabajo y otras obligaciones, no podía.

Tras comprobar que Freya tenía agua en su plato, Saem se desnudó y se duchó. Después se tiró en la cama y tras poner el despertador a las diez y media de la mañana, se durmió junto a su perrita, a la que le faltó tiempo para subirse a la cama.