Capítulo 6
En el interior de la tienda de Loewe, Saem se encontró con Ji Woo, amiga y jefa de sala en el restaurante, y su novia Clara. Tenían un evento en el que Ji Woo quería ir perfecta, y cuando salió del probador con un vestido celeste con escote palabra de honor, preguntó:
—¿Este qué os parece?
Saem, que estaba sentado en un sillón, la miró.
—Bonito. Pero, para mi gusto, el anterior te quedaba mejor —admitió.
—Estoy con Saem —afirmó Clara.
—¿Os gusta más el de color verde oliva?
Saem y Clara asintieron.
—¿Te he contado que Saem se está viendo con alguien? —soltó Ji Woo mirando a su novia.
Clara miró a Saem, que levantó las cejas. Para sus temas personales era muy reservado, y cuando Ji Woo vio que no pensaba abrir la boca, le guiñó un ojo a Clara.
—Me probaré el vestido verde oliva otra vez —cambió de tema—. Pero si elijo ese, tendrán que hacerme unos arreglillos y no podré llevármelo hoy.
Con una sonrisa de complicidad se entendieron y cuando comenzó a sonar por los altavoces de la tienda cierta canción de Bruno Mars, Saem sonrió.
Cada vez que la oía se acordaba de Sara.
Instantes después, cuando Ji Woo desapareció en el interior del probador, Clara y Saem prosiguieron hablando, aunque no de lo que inicialmente Ji Woo había mencionado.
Saem, para su vida privada, era muy parco en palabras.
Cuando Alma y Nuria entraron en Loewe, como siempre, sonrieron. Aquella era una de sus tiendas preferidas.
—¿Qué te parece este? —preguntó Nuria, dirigiéndose hacia un bolso.
—Te pega. Es muy tú —afirmó Alma sin dudar.
—¡Me lo compro! —exclamó Nuria—. Pero lo quiero en verde pistacho.
—¡Estupendo!
Mientras Nuria hablaba con la dependienta y esta iba al interior del almacén para ver si lo tenían en ese color, Alma miró a su alrededor y entonces lo vio.
A la derecha de la tienda, sentado cómodamente en uno de los sillones junto a una guapísima chica de pelo castaño, estaba aquel hombre con el que no paraba de encontrarse, y de nuevo se le aceleró el corazón. ¿Otra vez?
Se puso nerviosa. Debía escapar. No quería que la viera. De pronto se fijó en que uno de los probadores se abría y una guapa asiática salía de él.
Vio cómo Saem y la chica de pelo castaño se levantaban, hablaban con la del probador y con confianza los tres se abrazaban. ¿Sería alguna de aquellas la muchacha de la relación abierta? ¿O, por el contrario, serían otras chicas?
Nerviosa, buscó donde ocultarse. La muchacha desapareció dentro del probador, y Saem y la otra chica se dirigieron hacia un burro donde había colgados más vestidos. Se metió tras el mostrador y se agachó.
—¿Qué haces? —le preguntó Nuria al descubrirla.
Horrorizada, Alma miró a su amiga.
—¡Esto es horrible! —cuchicheó.
—¿Qué pasa?
—¿¡Otra vez!?
—¿Otra vez qué?
—Otra vez los jodidos Masters del Universo me la están jugando.
—Pero ¿de qué hablas?
—¡No mires para atrás!
—¿Por qué?
—Porque posiblemente te reconozca.
—¿Quién?
Obviando lo que su amiga había dicho, Nuria miró hacia atrás y reconoció al guaperas.
—¿Ese es el camarero coreano? —susurró.
—Sí.
—¿Don Hierbajo?
—Sí.
—¿El que te acelera el corazón, se cree que eres viuda, te llamas Sara y te encontraste en la fiesta del col...?
—Que sí, pesada. Y baja la voz.
—Recuérdame que cuando comamos les suplique a los Masters del Universo un rollito como él. Por favorrr, ¡qué mirada!
—¡Nuria!
—Madre mía, ¡qué tipo más sexi!
—Nuria, ¡cállate!
—¿No me digas que ya te lo ha acelerado? —le preguntó con cierta guasa. Alma asintió, y ella, que recordó algo, sentenció—: Esto que haces es trampa.
—¡No me jorobes!
—Le prometiste que, si os volvíais a ver, te acercarías a él y lo invitarías a cenar. Y esta es la segunda vez que te lo encuentras.
—¡No digas tonterías, por favor!
—¡Pero si es monísimo!
Alma con disimulo se asomó y vio que la otra chica salía del probador, y que Saem y las dos mujeres, tras hablar con la dependienta, caminaban hacia donde estaban ellas.
—¡Joder, Nuria, que vienen hacia aquí! —se alarmó.
Divertida, Nuria miró a su alrededor y señalando la puerta por la que había desaparecido la dependienta, dijo:
—Si encuentro una salida, ¿comemos sushi ? —Incrédula, Alma miró a su amiga, que se tocaba su inexistente barriga insistiendo—: Hazlo por mis trillizos.
Boquiabierta, resopló, pero ¿desde cuándo era tan chantajista? Y siseó.
—Alpacina. Comemos lo que quieras —siseó.
—La puerta de la derecha. Es la única escapatoria. Vamos, sal, ¡yo te cubro!
Sin tiempo que perder, Alma se incorporó y sin mirar atrás se escabulló seguida por su amiga.
—¿Qué posibilidad había de que nos volviéramos a encontrar? —murmuró cuando consiguieron su propósito.
—Los Masters del Universo, loba, te están gritando que pongas un asiático en tu vida. —Alma no contestó y Nuria, mirando por la rendija de la puerta, aventuró—: ¿Alguna será su novia o lo serán las dos? Dijiste que era de relaciones abiertas, ¿no?
—¡Nuria!
—Por favor... lo miran con adoración. Este está liado con las dos.
Alma no dijo nada. Se sentía ridícula allí escondida, pero no se movió. De pronto, apareció la dependienta que había ido a por el bolso.
—Disculpen, señoras, pero aquí no pueden estar —les dijo.
Ellas, con gesto de apuro, asintieron. Lo sabían.
—Lo sé, cielo —dijo Nuria, con un tono dramático, antes de que Alma pudiera intervenir—.
Y te pedimos todas las disculpas del mundo.
Pero resulta que la chica de pelo castaño que está en la caja con esa pareja asiática fue la novia de mi hijo Kike.
Y la muy lagarta lo dejó plantado en el altar hace dos semanas.
—¡Oh, Dios! —murmuró la dependienta horrorizada.
—Y... y... —prosiguió Nuria, dramatizando—. No quiero verla, ni organizar ningún escándalo. Pero esa mala pécora ha destrozado la vida de mi pobre Kike. Lo tendrías que ver. No duerme. No come. Mi niño está fatal. Y si estoy aquí metida, es para no arrancarle la cabeza.
La dependienta, tras comprobar que los tres estaban en la caja, y creyéndose todo lo que aquella mujer le decía, con gesto compungido, murmuró:
—Tranquilas. Las avisaré cuando se vayan.
—Gracias. Eres un amor —afirmó Nuria, abrazándola—. Una buena niña como tú es lo que se merece mi Kike.
Conmovida por sus palabras, cuando Nuria soltó a la dependienta, ella las miró.
—El bolso en verde pistacho no nos queda —le informó—, pero, si así lo desea, se lo podemos traer en unos días.
—Lo deseo —afirmó Nuria sin dudar.
Cuando salió la dependienta, Alma, estupefacta por la película que Nuria había montado, preguntó:
—¿Tu pobre hijo Kike?
—Era una mentira piadosa y he sido madre durante treinta segundos. Por favorrr, los quebraderos de cabeza que dan los hijos —se mofó.
Entre risas cómplices, pero en silencio, las dos amigas esperaron.
Alma los observaba a través de la rendija de la puerta.
Por sus gestos, estaba claro que tenían mucha confianza.
Saem estaba guapísimo de sport. Vestía pantalones negros, zapatillas de deporte y camisa blanca con rayas grises.
Su sonrisa era preciosa. Perfecta. Y cuando estaba disfrutando de las vistas, Nuria musitó:
—No es por nada, pero se te cae la babita.
—No digas tonterías.
—No digo tonterías. Lástima que no me hubiera fijado yo antes en él para que se me acelerara el corazón y lo que no es el corazón.
Alma dejó de mirar. Pero ¿qué hacía observando a aquel hombre con tanta atención?
Minutos después, regresó la dependienta.
—Señoras, ya pueden salir. Ya se han marchado —les comunicó.
Sin dudarlo, Nuria y Alma salieron de su escondite. La segunda comprobó que los tres ya no estaban. Esperó a que Nuria encargara su bolso, y se dispusieron a salir.
—Muchísimas gracias. Has sido muy amable —le dijo a la dependienta.
Ya en la calle, Nuria se fijó en que Alma miraba a su alrededor con inseguridad.
—Tranquila —le dijo—. Ya no están. —Alma asintió, tocando su corazón ahora relajado. Nuria añadió—: Comemos sushi y pagas tú.
Alma soltó una carcajada, y se fueron a almorzar. Tenían hambre.