Capítulo 5
En las oficinas de Diva y Radiante, Alma miraba la pantalla de su ordenador. Concentrada, observaba los diseños que había terminado, cuando le sonó el teléfono y al ver el nombre de quién llamaba, saludó con una sonrisa.
—Buenos días, Emi.
Al otro lado del teléfono, Emi también sonrió. Aunque su hijo Carlos y Alma hacía años que se habían divorciado, ella la quería como una hija. Era especial. Atenta y cariñosa. Y más desde que su marido murió y Alma, más que su propio y único hijo, se ocupó de que ella estuviera bien.
—Hola, tesoro, ¿cómo va todo?
—Hoy el día ha comenzado fuertecito —respondió Alma, mirando con agrado la mesa de su despacho.
—¿Te sigues tomando las pastillas de trébol rojo que te compré para la menopausia?
Alma sonrió. Su exsuegra siempre estaba pendiente de ella.
—Sí, Emi. ¡Claro que sí!
—¿Cómo está mi periodista preferida? Llevo sin hablar con ella una semana.
—Perfecta y liada con su trabajo en la revista. ¡Ya la conoces!
—Te llamo para decirte que Susanita, la nieta de mi hermana Clara, ¡se casa! —le informó.
Alma sonrió.
—Vayaaaa, ¡pero qué sorpresa! —exclamó, como si no supiera nada.
—Sí, hija. La noticia nos ha pillado a todos de sorpresa.
—El amor es así: ¡loco e impredecible!
—Por cierto. El otro día fui al hospital a hacerme una prueba y de lejos vi a tu amiga Estíbaliz con su marido. ¿Se encuentran bien? —preguntó Emi.
Saber eso le sorprendió. Estíbaliz no les había dicho nada.
—Que yo sepa sí —respondió.
—Pues no sabes cuánto me alegro. Al verla, pensé que a lo mejor había recaído en lo que le pasó hace años.
A Alma se le erizó la piel. Estíbaliz, años atrás, había tenido unos tumores en el cuello uterino. Algo de lo que se trató y se recuperó.
—Por cierto —prosiguió Emi—. Mi hermana me ha pedido tu dirección para enviaros a Natalia y a ti la invitación de boda. Y Susana quiere tu teléfono para llamarte. Quiere pasarse por tu tienda de novias para que les enseñes a ella y a su pareja algo bonito y especial para ese día.
—¿Cuándo se casan?
—El 14 de febrero.
—¡Qué románticas! —se mofó Alma e indicó—: Dile que me llame cuando quiera.
—Y otra cosa. —Emilia bajó la voz—. Algo me dice que mi hijo Carlos sale con alguien.
—¿Y por qué lo crees?
—Porque lo veo muy pendiente del teléfono cuando viene a comer a casa. Y cuando lo llaman, sale a la terraza a hablar y sonríe como un tonto. Incluso ha cambiado de colonia.
Aquella noticia a Alma no le produjo ni frío ni calor. Desde que se habían divorciado, Carlos había tenido infinidad de relaciones con mujeres.
—Si es feliz, es algo bueno para él —replicó.
—¿Sentará alguna vez la cabeza este hijo mío?
Alma suspiró. Lo dudaba.
—Cuando menos te lo esperes —afirmó, para darle una cierta esperanza.
—Elija la que elija, ninguna será tan maravillosa como tú.
—Aissss, ¡que te comoooooo!
—¿Y tú cuándo te vas a volver a enamorar?
—Cuando conozca al hombre perfecto.
—Pero ¿haces por conocerlo?
Divertida, bromeó un rato y cambió de tema. Era especialista en hacer aquello.
Al colgar el teléfono, el recuerdo de Saem se instaló en su mente. Su sonrisa. Su mirada. Y antes de lo que imaginó su corazón se aceleró. Pero ¿qué le ocurría? E incapaz de no hacerlo, se recreó en lo vivido con él y se acaloró. Se acaloró mucho.
Dándose aire con la mano estaba cuando decidió llamar por teléfono a Estíbaliz. Quería saber a qué había ido al hospital, pero ella no se lo cogió. Llamaría más tarde.
Acalorada y cagándose en la puñetera menopausia estaba Alma cuando Nuria entró en su despacho.
—No me lo digas... que sé lo que te pasa —le dijo. Con la mirada ambas se entendieron, y Nuria admitió—: No puedo con una reunión más.
—Pues esta tarde te recuerdo que tenemos otra para hablar de la campaña de bodas verano 2027 que hemos firmado con cierta marca de zapatos.
—¡Qué día llevo hoy! —resopló Nuria.
—¿Qué pasa? —preguntó Alma, quitándose unas gafas.
Nuria se sentó en el glamuroso sofá color beige que Alma tenía en su despacho.
—Primero que el que llevaba el sofá nuevo a casa se ha retrasado una hora —explicó—. Y luego, encima, llego a la oficina y el tonto de Peláez me dice que la foto que hemos decidido que salga en el inicio de nuestra web, la ve excesiva y fuera de contexto.
—¿Excesiva y fuera de contexto?
—Según él, la modelo es demasiado mayor y que vaya en bicicleta no es glamuroso.
Alma buscó en su ordenador. No recordaba la foto que habían seleccionado. Luego contempló la imagen en la que se veía a una mujer madura vestida con un precioso vestido de novia, algo despeinada y montando en bicicleta.
—Pero si es perfecta —dijo.
—¡Es brutal!
—Estamos en temporada de bodas. Y es una foto rompedora, fresca y actual en la que queremos mostrar que cualquier mujer, da igual su edad, puede verse preciosa con un vestido de novia.
—Lo sé. Explícaselo a él.
—Ni caso a Peláez. Y sí. Hablaré yo con él.
—Mejor. Porque como lo tenga que hacer yo otra vez, te juro que vamos a terminar muy muy mal.
Alma asintió. Diva y Radiante era una tienda de vestidos de novias para todas las edades.
—¿Has hablado con Estíbaliz? —le preguntó, levantándose para sentarse junto a su amiga.
—No. ¿Por qué?
Sin querer alarmar a su amiga ante algo que posiblemente no sería nada, al escucharla tararear, preguntó:
—¿Qué canturreas?
—Una canción de Barry White.
—¿Cuál?
—En español se llama «Eres el primero, el último, mi todo».
—Woooo, qué romanticona te veo.
—Mi vecino, que sigue con Barry White a todo trapo. Y la verdad, sus canciones son tan buenas que no me quejo.
—Por cierto, ¿esta vez el sofá llegó en el color que tu querías?
—Sí. Esta vez, sí. Me encanta verte sin lentillas —continuó Nuria—. Si yo tuviera tu color de ojos, no habría lentillas que me los ocultaran.
Alma sonrió. Siempre le habían dicho que tenía un color verde de ojos muy bonito.
—Pero como son mis ojos —replicó—, pues me pongo lentillas de colores, que ¡me encantan!
Nuria asintió.
—¿Sabemos algo del ligue de Natalia? —quiso saber. Alma negó con la cabeza, y Nuria, riendo, aventuró—: ¿Y si no te lo ha dicho porque es un famosete?
Alma suspiró. Su hija, por su trabajo como periodista cultural, estaba muy metida en el mundo de la farándula.
—Podría ser.
—¿Quizá es un futbolista, un cantante o un actor? Y conociendo sus gustos, será un buenorro de mucho cuidado que viva el mundo liberal. —Y luego propuso—: ¿Qué te parece si hoy comemos sushi y seguimos preguntándonos con quién está nuestra lobezna?
—No al sushi . Sí a lo otro.
—Vengaaaa...
—Que no. Hoy no me apetece. Prefiero italiano.
—Estoy de antojoooo.
—¿De trillizos?
—Cuatrillizos.
—Pues va a ser que no. Hoy no me apetece.
—Llevo pensando en el sushi todo el día.
—Peor para ti.
Veinte minutos después, tras pasar por el despacho de Nuria para recogerla, juntas salieron de las oficinas que estaban situadas en pleno barrio de Salamanca, junto a su bonita tienda. Todo ello ubicado en una excelente y noble zona de la ciudad.
Entre confidencias, las dos amigas caminaban por la calle mientras observaban escaparates y entraban en algunas tiendas donde Nuria encargaba cosas para su nueva casa. Estaba emocionada.