Ríete de las bodas Capítulo 4
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Capítulo 4

La fiesta en el antiguo colegio de Alma, Estíbaliz, Romina y Nuria estaba siendo divertida, aún con las miradas curiosas que de arriba abajo todos se echaban.

Reencontrarse con antiguos compañeros del colegio tras casi cuarenta años estaba siendo toda una aventura y más viéndose disfrazados. Era desternillante. Una auténtica locura. Allí estaban de nuevo los guapos. Los feos. Los normales. Los simpáticos y los invisibles.

Al llegar a la fiesta, en la pared había infinidad de fotografías de las fiestas de graduación de cuando todos tenían dieciséis años.

Había fotos grupales e individuales. Por ello, al entrar, todos tenían que hacerse una foto, que se colocaba junto a la de su adolescencia.

Así, todo el mundo que quisiera saludarse se podía localizar.

—Madre mía, en la vida hubiera reconocido a Anselmo —cuchicheó Estíbaliz.

Todas asintieron. El hombre que tenían a escasos metros de ellas era grande y atractivo, nada tenía que ver con el muchachillo escuálido y tímido que conocieron en su momento.

—Increíble. Ha pasado de ser un Shrek de pantano a prota de novela romántica —dijo Alma.

—La de ColaCaos que le tuvo que dar su madre.

—¡Ya te digo! —afirmó Romina.

—Según ha dicho Lorena, es directivo en una multinacional americana y le va muy bien —explicó Estíbaliz.

—Cuánto me alegro por él —dijo Alma.

Saludando a otros compañeros, se enteraron de que Lucía, Román y Lorenzo habían muerto.

Encontrarse con aquellas tristes noticias era algo que nadie esperaba.

Lucía murió a los veinticinco años víctima de un cáncer, Román en un accidente de tráfico y Lorenzo ahogado en el mar.

Estaba visto que la vida tenía sus planes para cada uno, y se hiciera lo que se hiciera, no se podían eludir.

Durante horas hablaron, rieron o se emocionaron con aquellas personas que, durante su niñez y adolescencia, tanto para bien como para mal, fueron parte importante en su vida.

—¿Os habéis dado cuenta de que el setenta y cinco por ciento de todos los que estamos aquí estamos divorciados o separados? —preguntó Alma.

Las chicas asintieron.

—Si el atractivo se midiera en cabello, aquí estaríamos en bancarrota —soltó Nuria, mirando a su alrededor.

—Serás cabrona —se mofó Alma, al saber que se metía con las calvicies.

—Pues, para mí, algunos tienen su puntito —afirmó Estíbaliz, y señaló discretamente a su derecha—. Ángel Rodríguez, aún calvete, es un madurito potentón.

—Y Sebastián García —afirmó Alma.

—No me jorobéis, pero si aquí hay más entradas que en un estadio. Vamos, que la bola de discoteca ya la traen incluida.

—¡Nuria! —la regañó Romina.

—Lo digo con cariño, mujerrrr...

Todas rieron.

—Marcos. Marcos Luengo, estamos aquí —oyeron decir a alguien.

Acto seguido, se giraron y se encontraron con un tipo vestido de pirata nada atractivo y de aspecto cansado.

—Por favorrr... —soltó Nuria en bajito.

—Se me acaba de caer un mito —cuchicheó Romina.

—Este de guapo unicornio ha pasado a reno con resaca —rio Alma.

—¿Pero no era altísimo?

—O así lo veíamos nosotras, Estíbaliz —afirmó Alma, tan sorprendida como las demás.

Elvira, una de sus antiguas amigas, al verlas comenzó a dar saltitos y grititos de emoción y se acercó a ellas para abrazarlas.

Estaba claro que los años habían pasado para todas, pero aún se reconocían.

Durante un rato disfrutaron poniéndose al día y recordando vivencias pasadas que les hicieron reír a carcajadas.

—No es por ser malvada, pero creo que el tiempo nos ha tratado muy bien —señaló Elvira, después de ver a lo lejos a dos mujeres.

Alma, Romina, Nuria y Estíbaliz miraron a unas mujeres de aspecto dejado y cansado. No sabían quiénes eran.

—Son Genoveva y Micaela —les informó Elvira.

Sorprendidas, parpadearon. Aquellas que en su momento fueron las guapas, divinas y guais del colegio, ahora eran todo lo contrario.

—Sabéis que no me gusta ser mala y criticona, pero parecen nuestras abuelas. —Romina no pudo evitar el comentario.

—Gracias, Virgencita, por mantenernos en perfecto estado de exhibición —se mofó Nuria.

Riendo por aquello estaban cuando la actual directora del colegio tomó el micrófono y dijo unas palabras de agradecimiento a todos los asistentes.

Minutos después, se bajaron las luces del salón y comenzó a sonar música de los años ochenta y noventa mientras unos camareros portando bandejas de canapés comenzaban a servirles.

Saem, que se encargaba del catering , desde la cocina del colegio indicó a un camarero:

—Saca esa bandeja, por favor.

Luego terminó de colocar unas cucharas de crema de patata con huevo de codorniz.

—Estas bandejas son las siguientes. Vamos. No perdáis ritmo —apremió a otros camareros.

Con diligencia y durante la siguiente hora, los jóvenes contratados por Saem para el evento sirvieron todas aquellas delicias que él y su equipo habían preparado.

Cuando acabaron, Saem, quitándose la chaquetilla, se colocó un delantal, cogió una bandeja de postres y salió a la sala.

Quería ver la reacción de los comensales al comer su bingsu de mango.

Divertido, observó a todo el mundo disfrazado cuando de pronto oyó una risotada. Rápidamente miró hacia su derecha, pero se encontró con varios grupos hablando y riendo. Reconocer a alguien bajo aquellos disfraces era complicado.

Saem prosiguió con su trabajo y enseguida vio cómo las mujeres le observaban, Claramente estaban interesadas en él, pero él siguió a lo suyo. Estaba trabajando y lo único que le interesaba era que todo estuviera perfecto.

Al llegar al final de la sala, hizo el mismo recorrido, pero a la inversa. Una mujer vestida de diosa griega lo paró.

—¿Qué es esto? —le preguntó.

— Bingsu —respondió Saem.

Alma, que regresaba del baño con Estíbaliz, al verle allí se quedó de piedra.

A un palmo escaso de ella estaba Saem. El camarero que conoció aquella noche en el DeLokos y posteriormente se encontró en la gasolinera.

¿Otra vez los Masters del Universo lo ponían en su camino?

Al verlo, el corazón se le aceleró y echándose el pelo oscuro hacia el rostro, le entraron los calores de la muerte.

Le había prometido que, si se volvían a ver, ella lo invitaría a cenar.

Pero no. Eso no iba a ocurrir. Vestida de hippie , con la peluca negra y las gafas rosas era imposible que la reconociera.

—¿Qué es el bingsu ? —preguntó Estíbaliz, ajena a sus tribulaciones, acercándose a Saem.

Él sonrió y con profesionalidad indicó, mirando con curiosidad a la de las gafas rosas.

—Es un típico postre coreano de hielo raspado, fruta, helado y leche condensada. Está muy dulce, y en este caso la fruta es el mango.

—Vaya... qué rico.

—¿Alma, nos cogemos uno?

¡Alma! Menos mal que le había dicho que se llamaba Sara.

—¡Genial! Tiene pintaza —afirmó.

Estíbaliz cogió uno, y cuando Alma cogió el otro, Saem, curioso, preguntó:

—Disculpa, ¿nos conocemos?

Alma quiso salir corriendo. Y al ver cómo Estíbaliz la miraba, para disimular su incomodidad y que no le preguntara, puso la voz más grave.

—No. Pero paz y amor, colega —respondió, y levantó dos dedos en un gesto divertido.

Cuando se marcharon, Saem no se movió. ¿De qué le sonaba aquella mujer?

Alma, con el corazón acelerado y desconcertada, tomó aire cuando se alejaron.

—¿«Paz y amor, colega»? —preguntó Estíbaliz, con tono de guasa.

Sonriendo, Alma la miró, y ella añadió—: ¿Te has fijado en lo atractivo que era el camarero?

¿Será chino, japonés, coreano, filipino?

—Alma no respondió. Sabía perfectamente de dónde era.

Estíbaliz seguía a lo suyo—: Un postre coreano, ¡verás cuando lo vea Romina!

Ambas sonrieron, y aunque Alma ya no volvió a ver a Saem, se preguntó: ¿por qué los Masters del Universo le hacía volverse a encontrar con él?