Ríete de las bodas Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Don Hierbajo —respondió.

—¿Y quién es don Hierbajo? —preguntó su hija.

—Pregúntale a la IA —se burló Nuria—. Es un guaperas que los Masters del Universo le regalaron a tu madre y que no estaba nada mal.

—¡Vivan los Masters del Universo! —levantó Alma su copa.

El grupo la secundó, y tras un «¡vivan!» y brindar, Natalia soltó una carcajada. Le gustaba sentir a su madre viva y activa. Se merecía disfrutar de la vida.

—¿Y tenemos foto de don Hierbajo? —preguntó.

Alma negó con la cabeza. Tan pronto como se montó en el taxi aquella noche, la borró.

—No, cielo —cuchicheó Nuria—. Pero doy fe de que estaba muy, pero que muy bien.

—Descríbelo, tía Alma —pidió Leyre junto a su novio José.

—Alto. Moreno —omitió lo de coreano para que no le preguntaran más—. Treinta y nueve años. Ojos oscuros. Manos grandes, y una preciosa sonrisa.

—Guauuuuu, mamááááá.

—¡Qué ideal! —afirmó Leyre.

—Tú sí que sabes, tía —metió baza Carolina.

—Confieso que era una auténtica monada —afirmó Alma con convicción, sonriendo con Nuria.

—¿Treinta y nueve años? —preguntó Estíbaliz boquiabierta.

—Sí.

—No me seas antigua, Estíbaliz, que te veo venir —soltó Nuria, antes de que Estíbaliz hiciera algún comentario al respecto.

Estíbaliz miró a su marido Alberto, que hablaba con el futuro marido de su hija Leyre.

—Por Dios, Alma, ¡dieciséis años menor que tú! —no pudo evitar decir.

Alma asintió.

—Cariño. Para mayor ¡ya estoy yo! —afirmó, segura y sin perder la sonrisa.

Todas soltaron una carcajada.

—¿Desde cuándo te gustan los jovenzuelos como a Nuria? —volvió a la carga Estíbaliz.

—Desde que folla como yo y los Masters del Universo se lo regalan.

—¡Por favorrrrr! —gruñó Estíbaliz.

Nuria sonrió. Tras sufrir el desengaño de su novio, había tomado la decisión de que todos los rollos que tuviera serían más jóvenes que ella. Pasaba de los maduritos.

—Tía Estíbaliz. La IA dice que la edad no define una relación —intervino Natalia, que estaba trasteando con el móvil—, si hay respeto, atracción mutua y comunicación.

Estíbaliz torció el morrillo.

—Tu madre para los rolletes tiene muy buen ojo —soltó Nuria con una gran sonrisa.

—Para los rolletes y lo que quiera —añadió Natalia.

Si alguien en el mundo se merecía ser feliz era su madre, una mujer que lo había dado todo por ella. Natalia solo deseaba su felicidad.

—Lo que hay que oír —protestó Estíbaliz.

—Anda, borra ese gesto de «señorita remilgada» y pregúntale si sabe el horóscopo que era —se mofó Nuria.

—¡Que te den! —soltó Estíbaliz medio en broma, medio en serio.

—Tía, ¿lo volverás a ver? —preguntó Leyre, viendo a su madre reír.

—No.

—¿Por qué?

—Fue divertido, pero este cuerpo que tengo no admite repeticiones.

—Sois lo peor, ¡que lo sepáis! —musitó Estíbaliz.

Alma y Nuria se rieron.

—Y lo dice la que se tiró a medio Madrid cuando estaba divorciada —observó Nuria—, e incluso hizo un trío con dos bomberos y en cierto crucerito se pasó por la proa y popa a un chi...

—¡Nuria!

—Mamáááá —murmuró Leyre incrédula.

—¡Tíaaaa! —rio Carolina.

—Mamá, ¿hiciste un trío? —insistió Leyre.

—¡Nuria, cierra el pico! —exigió Estíbaliz y, mirando a su hija, indicó—: Ni caso. Tu tía es muy exagerada. ¡Sagitario tenía que ser!

—Buenoooooo —se mofaron Nuria y Alma, haciendo reír a todas.

Siguieron disfrutando del rico banquete de bodas entre bromas y confidencias.

De repente, sonó una canción, y Virginia, la novia, se levantó de la mesa con su ramo y, tras pasearse por el salón, y darle un cariñoso beso a su hermana Carolina, se lo entregó a Leyre.

¡Ella era la siguiente novia! Ver aquello emocionó a Estíbaliz y sus amigas, Alma, Nuria y Romina, rápidamente la abrazaron.

Su hija era la siguiente en casarse y entendieron su emoción.

Tras el vals de lo más tradicional que los novios bailaron, la orquesta contratada comenzó a tocar música del momento que animaba a todo el mundo a salir a la pista.

Los novios estaban felices. Las familias también y los invitados estaban pletóricos. Era un bodorrio divertido en toda regla.

Tras echarse varios bailes, Alma volvió a la mesa a descansar un rato.

—¿Con quién hablas? —le preguntó a su hija, que estaba tecleando en su teléfono.

—Con un amigo... especial.

—Vaya... —murmuró, sorprendida y acalorada, se dio aire con la mano y preguntó—: ¿Desde cuándo tienes a ese amigo especial?

Natalia miró a su madre. Aquel tipo con el que llevaba unos meses saliendo en secreto era tremendamente especial para ella. No podía dejar de pensar en él.

—Tengo que contarte algo, pero hoy no, ¿vale? —contestó, sorprendiéndola.

Boquiabierta, quiso indagar más. Saber. Pero si algo le había enseñado a Natalia era a respetar los tiempos de cada persona para contar sus cosas, así que se limitó a sonreír.

—Mañana he quedado con Óscar y Blas —dijo su hija—, el que se ha hecho cura. Iremos al rocódromo. Nos apetece escalar un ratito.

—¡Perfecto! —asintió Alma.

El resto de la tarde, Alma fue testigo de cómo su hija estaba más enganchada al teléfono que a pasárselo bien. Eso le hizo entender que ese alguien especial era muy muy muy importante para ella.

—¿Y no sabes quién es? —le preguntó Nuria.

—Ni idea.

—¿Y por qué no le preguntas? —insistió Romina, observando a su hija, la recién casada, bailar con su padre.

Alma suspiró.

—Porque me ha dicho que hoy no —respondió.

—Pero ¿cuándo? —insistió Romina.

Alma se encogió de hombros.

—No lo sé. Solo sé que Natalia y yo siempre nos hemos respetado en ese sentido. Es mayor de edad. Es su vida. Y no hay más que hablar.

—Alma. Llévanos a casa.

Al oír la voz exigente de su padre, Alma indicó:

—En cuanto acabe la fiesta, que no creo que tarde mucho, os llevaré.

—Alma no nos lleva —protestó Paco, mirando a su mujer.

—Ya te lo dije —apostilló Cecilia—. Como siempre, es una egoísta y solo piensa en ella.

—Por Dios —murmuró Romina, molesta.

—A ver. Como mucho en media hora esto se acaba, ¿no os podéis esperar? —preguntó Alma, acostumbrada a aquellos desplantes.

Paco y Cecilia se miraron.

—Mira. Por no discutir y montar un numerito, esperaremos —claudicó Paco.

—Mejor me callo —bisbiseó Nuria, cuando se alejaron—, porque como diga lo que pienso, el numerito lo voy a montar yo.

—Sí. Mejor cállate —susurró Alma.

Estíbaliz, ajena a lo ocurrido, se acercó hasta ellas.

—Ay, Dios mío, que mi niña se casa el mes que vieneeeee ¡qué nerviossss! —dijo, con gesto demudado.

Todas sonrieron y continuaron disfrutando de la boda. Era lo que tocaba.

A la una menos diez de la noche, tras pasar un precioso día de celebración, Alma se despidió de sus amigas y se reunió con sus padres para llevarlos.

—¿Quieres que te acerque a tu casa? —le preguntó a su hija.

Natalia negó con la cabeza.

—No. He quedado.

Alma asintió. Se moría de ganas por saber con quién había quedado su hija, pero consciente de que debía respetar su silencio, tras darle un beso, acompañada por sus enfadados padres, se montó en su bonito coche y, tras cambiarse los zapatos de tacón por unas cómodas deportivas, arrancó su vehículo y se dirigió a su casa. Estaba agotada.

Durante el trayecto, su madre no paró de protestar. A todo en la boda le tenía que sacar puntilla.

—No me jorobes —murmuró Alma al ver que se le encendía el pilotito de la gasolina.

—¿Qué pasa? —preguntó su padre.

—Necesito gasolina urgentemente o nos quedamos tirados.

—Bendito sea Dios, ¡menudas horas para echar gasolina! —gruñó Cecilia—. ¡Solo falta que nos atraquen! Pero ¿tú dónde tienes la cabeza?

—Mamááááá...

—¡Qué desastre eres, hija! —protestó Paco—. Nunca cambiarás.

Por fortuna, encontró rápidamente una gasolinera y sin dudarlo se paró al ver varios coches repostando. Eso les daría más tranquilidad a sus padres.

—Cierra las puertas con el mando a distancia —le pidió su madre antes de que se bajara—. A estas horas, no se sabe lo que puede pasar. ¡A ver si nos van a secuestrar!

—De acuerdo, mamá.

Ataviada con un vestido largo en gasa color rosa chicle de lo más glamuroso, Alma entró en la gasolinera. Allí, tras bromear y pagar con el dependiente por lo elegante que iba, se despidió de él y con una sonrisa salió mientras se deshacía del moño que llevaba.

Al llegar a su coche vio a sus padres adormilados y, con cuidado, comenzó a repostar cuando oyó:

—¿Inspectora Santana?

El sonido de aquella voz hizo que a Alma se le acelerara el corazón. No. No podía ser. Se dio la vuelta y se quedó pasmada. Al otro lado del surtidor, Saem, el chico coreano que había conocido unas noches antes, estaba allí.

Sin poder evitarlo, sonrió. ¿En serio se había creído que era policía?

—Baja la voz. Mis padres duermen —susurró, señalando el interior del coche.

Saem asintió. Cuando estaba a punto de echar gasolina a su coche, había visto bajar a Alma del suyo al otro lado del surtidor y se quedó boquiabierto con el corazón desbocado. Estaba preciosa con aquel vaporoso y glamuroso vestido rosa.

Sin moverse de sus sitios, ambos prosiguieron llenando los depósitos de sus coches. Alma, mirando las deportivas que asomaban bajo su vestido, murmuró:

—Con tacones no me gusta conducir.

—Sara, ¿de dónde vienes tan elegante?

Oír que la llamaba Sara, que no era su nombre, le hizo gracia. Estaba claro que aquel Saem se había creído todo lo que ella le había dicho.

—De una boda —respondió. Se dio cuenta de que su madre la miraba—. Hoy se casó la hija de una de mis mejores amigas.

—Vestida así serías la más bonita de la fiesta.

Ella sonrió. ¡Qué caballeroso!

—Gracias por el halago... —musitó.

Guardaron silencio unos instantes. Él terminó de repostar, pero no se movió de su sitio.

—¿Tus ojos son azules? —preguntó, curioso.

Alma asintió. Llevaba lentillas azules. Le encantaba cambiar el color de sus ojos.

—Sí.

Saem creía recordar que tenía los ojos más oscuros, pero no le dio mayor importancia.

—¿Te apetece quedar otro día para tomar algo? —preguntó.

—No.

Boquiabierto por su rápida negativa, pero sin ganas de perderla de vista otra vez, dijo:

—¿Qué posibilidad había de que nos volviéramos a encontrar?

Aquello le hizo gracia a Alma.

—Una entre un millón —replicó, consciente de que sus padres no podían oírlos.

—Pues que sepas que verte me ha vuelto a acelerar el corazón.

Se mostró sorprendida, porque a ella le había ocurrido lo mismo, pero no dijo nada.

—¿Te propongo algo? —prosiguió él.

—Ya te he dicho que no. No seas pesado o...

—¿O pasaré la noche en el calabozo, inspectora?

Alma no pudo evitar una sonrisa y, sin esperarlo, en su mente se recreó la imagen de los dos teniendo sexo en la azotea. Cómo la tocaba. Cómo la miraba. Cómo la besaba. Cuando este dijo:

—Mi propuesta, Sara, es la siguiente —insistió él—; si nos volvemos a encontrar, para no ser un pesado, tú te acercarás a mí y yo prometo invitarte a cenar.

Alma, acalorada por lo que su mente le había hecho recordar, sonrió. Que se volvieran a encontrar y que ella se acercara a él era bastante improbable.

—Ah, no... no... no... Si nos volvemos a encontrar, seré yo la que te invite a ti a cenar —respondió ella—. Vivimos en el siglo XXI y, como mujer, me gusta invitar.

Saem sonrió. Discutir por aquello en aquel momento era una tontería.

—De acuerdo.

—¿Aceptas?

—Acepto.

Al oír aquello, Alma se horrorizó. Pero ¿qué narices estaba haciendo? Se sintió confundida por cómo su cuerpo y en especial su corazón se aceleraban.

—Ha sido un placer volver a verte, ¿cómo te llamabas?

—Saem —indicó algo molesto.

¿En serio no recordaba su nombre?

Alma sí lo recordaba, pero prefirió darle a entender que no era así.

—Saem, adiós.

Él hizo un gesto con la cabeza sin moverse de su sitio. Y una vez más vio cómo aquella mujer se marchaba dejándolo con el corazón descontrolado.

Tan pronto encendió el motor del vehículo, Alma oyó desde el asiento de atrás:

—¿Qué hacías tú hablando con ese chino?

No respondió. Solo se tocó el pecho y, al notarlo acelerado, suspiró.