Capítulo 3
—Virginia. Germán. ¿Venís a contraer matrimonio libres de coacciones y voluntariamente? —preguntó el sacerdote, mirando a los novios.
—Sí, venimos libremente —respondieron ellos, mirándose.
—Virginia. Germán —insistió el sacerdote—. ¿Estáis decididos a respetaros y amaros, siguiendo el modo de vida propio del santo matrimonio, durante el resto de vuestras vidas?
—Sí. Estamos decididos —asintieron los novios, felices.
En los bancos de la iglesia, sentadas entre los invitados, estaban las lobas y lobeznas.
—Alma... —murmuró Estíbaliz—, el vestido de Virginia es precioso y el de Romina ¡increíble!
—Lo sé —afirmó ella, que añadió—: Pero ante el juramento que acaban de hacer, ¡pobrecitos! No saben lo que dicen.
—¡Mamááá! —rio Natalia.
—Estoy con ella —apostilló Nuria con seguridad.
—Vaya dos, ¡cerrad el pico! —protestó Estíbaliz.
Alma sonrió. Si en algo era escéptica era en el amor. Tras divorciarse del que fue su marido durante nueve años, decidió blindar su corazón. No iba a volver a sufrir por amor.
Alma se casó por el juzgado y vestida de calle a los veintiún años con Carlos porque se quedó embarazada y sus padres los obligaron.
Si aquello no hubiera ocurrido, Carlos nunca hubiera accedido a hacer algo así, pues era muy ambicioso y Alma para él era poco.
En aquella época, Alma estaba enamoradísima de él, pero no era ni mucho menos correspondida.
Tuvo a Natalia a los veintidós, y con el paso de los años y tras desenamorarse de aquel hombre que pasaba de ella, se divorció a los treinta. Prefería estar sola que mal acompañada.
Durante los primeros años de su divorcio pasó de los hombres y se centró en retomar sus estudios de diseño y moda y trabajar en lo que pudiera.
Natalia era lo primero, por lo que estuvo en un supermercado, en oficinas limpiando, en varias tiendas de ropa y calzado y finalmente encontró un trabajo estable en la tienda de vestidos de novia de una amiga de Emilia, su exsuegra.
Una mujer maravillosa que siempre la trató con cariño y dedicación.
No como su hijo, que ahora solo acudía a ella para pedirle dinero cuando no llegaba a final de mes.
Y Alma se lo daba, porque tenían una hija en común.
En aquella tienda de novias, Alma aprendió cómo llevar y gestionar una tienda de vestidos nupciales y decidió tener la suya propia.
Diseñar le gustaba y los vestidos de boda le apasionaban.
Por lo que fue a por su sueño. Terminó sus estudios de diseño y moda nupcial y abrió su propio negocio de novias junto a su amiga Nuria.
Con los años y animada por sus amigas se permitió regresar al mercado de los hombres, donde comenzó a disfrutar del sexo sin complicaciones.
¿Acaso no se merecía endulzar su vida?
Alma, a partir de su divorcio, luchó para crearse una vida de mujer independiente gracias a que pudo contar con sus amigas, especialmente con Nuria y con su exsuegra.
Pero no con sus padres, que eran harina de otro costal.
Se había esforzado mucho para conseguir el título de diseño y moda y había trabajado sin descanso en la tienda con Nuria hasta que ambas asociadas sacaron adelante Diva y Radiante.
Con los años, y gracias al éxito obtenido, pudieron comprar un espacioso local en una de las mejores calles de Madrid, donde seguían trabajando con tesón y empeño.
Diva y Radiante se había convertido en un referente del sector de vestidos de novia a nivel nacional, y su página web era una de las más visitadas, por lo que había recibido infinidad de premios.
Gracias a lo bien que les iba, Nuria pudo quitarse la deuda con el banco que la Perla le dejó, y Alma, cuando Natalia se independizó, y necesitada de alejarse un poco de la toxicidad de sus padres, vendió su piso de Móstoles y se compró un precioso ático en una bonita urbanización de Boadilla del Monte, en Madrid, donde vivía con su perro Sugar, un yorkshire gruñón y de lo más protector.
Al acabar la ceremonia, Alma, sus amigas y sus hijas esperaron en el exterior la salida de los novios, a los que echaron arroz, pétalos de rosa y purpurina plateada. Según Nuria, la purpurina daba magia a la vida.
En un momento dado, Alma se fijó en su amiga Romina. Estaba preciosa, pero no paraba de llorar. El día le tenía muy emocionada.
El convite se celebró en un precioso palacete al norte de Madrid y la comida fue excepcional. Todos estaban comiendo y disfrutando del momento cuando la madre de Alma se acercó a la mesa donde estaba sentada su hija, su nieta y sus amigos.
—¿Cómo lo pasáis por aquí? —preguntó con gesto agrio.
Nuria levantó su copa. No la soportaba ni a ella ni a su marido. Nunca se habían portado bien con Alma.
—De lujo, Cecilia —indicó, con cierta tirantez.
Alma miró a su madre. Aunque quería a sus padres, la relación con ellos era tensa y complicada.
No habían superado la pérdida de Francisco, el hermano mayor, y menos aún que Alma se quedara embarazada.
Sus padres llevaban eso grabado a fuego y daba igual lo que hiciera porque siempre notaba un resentimiento hacia ella por la vergüenza que les había hecho pasar en su momento.
Alma creció con su hermano Francisco, un muchacho cuatro años más mayor que ella que la adoraba y que siempre había destacado en todo para orgullo de sus padres.
Francisco era un crack en todo lo que se proponía.
Había terminado su carrera de Derecho y trabajaba en un prestigioso bufete de abogados de Madrid para orgullo de todos.
Pero, por desgracia, una noche en que se quedó a dormir en casa de un amigo, Francisco murió a consecuencia de una fuga de gas.
Alma en aquel entonces tenía dieciocho años, y cuidó como pudo de unos padres desolados.
La muerte de Francisco hizo que a Paco y a Cecilia les cambiara el humor.
Dejaron de sonreír. Dejaron de ver el lado bonito de la vida y se olvidaron de que tenían otra hija.
Y cuando Alma con veinte años les dijo que estaba embarazada, todo explotó.
¿Cómo podía hacerles aquello su hija? ¿Por qué no era como el perfecto Francisco?
La llegada de Natalia fue para Alma un soplo de aire fresco, aunque para sus padres resultó una nueva incomodidad.
Pero para que su hija tuviera unos abuelos, Alma soportó todo con resignación.
Sin embargo, con el paso de los años, todo se recrudeció y Natalia también fue consciente de la situación y la aceptó como Alma.
Si su madre lo hacía, ¿cómo no iba a hacerlo ella?
Los años pasaron y cualquier cosa que hiciera Alma no convencía nunca a sus padres.
Nada estaba bien para ellos. Terminó de pagarles el piso de Móstoles.
Les compró un apartamento en Denia para que se fueran de vacaciones siempre que quisieran.
Los atendía cuando estaban enfermos. Pero nada era suficiente y a todo le sacaban punta.
A diferencia de Emilia, la madre de su exmarido, que tanto cuando estuvo casada como después de su divorcio siempre la trató con respeto y amor.
Todo lo que Alma hiciera, sus padres lo comparaban con lo que en su momento hizo Francisco. Pero eso a ella no le detuvo y siguió caminando. Debía hacerlo por su hija y por ella.
—Yaya, ¿has probado la carne? —preguntó Natalia.
—Sí. ¡Estaba riquísima! Y tu abuelo se ha puesto morado. —Todas sonrieron. Cecilia miró a su hija Alma y le recriminó al verla comer—: No comas tanto pan, que ya tienes cara de pan gallego.
—¡Yayaaaa! —protestó Natalia.
—¡Bendito sea Dios! Pero mírala —insistió Cecilia—. Se está poniendo redonda.
Alma tomó aire. Su madre. Era su madre. Nunca le decía nada bonito ni cariñoso.
—Sí, mamá. He engordado —admitió, encogiéndose de hombros y sabiendo que era mentira.
—¡Lo veis! —exclamó Cecilia—. Yo tengo razón. Soy su madre y la conozco muy bien. ¡Y esa cara de pan gallego es por algo!
Alma asintió y Estíbaliz, para evitar que Nuria soltara una de las suyas, decidió intervenir:
—Pues son los kilos mejor distribuidos que conozco.
—Sí tú lo dices —musitó Cecilia, con pesar.
Nuria cogió la mano de su amiga por debajo de la mesa. Quería que supiera que estaba con ella.
—Con cara de pan o sin cara de pan. Alma es la más guapa y glamurosa de la fiesta —soltó, incapaz de callarse.
—¡Sin lugar a duda! —secundó Natalia.
Alma sonrió. Sabía por qué lo hacían.
—El día que doña Cecilia no lleve la escopeta cargada, no será mi madre —murmuró cuando la vio alejarse.
—No sé cómo los soportas —musitó Estíbaliz con pesar.
—Porque son mis padres.
—Pues podrían demostrarlo, ¿no? —apostilló Nuria.
Alma y ella se miraron. Nuria, a diferencia de Romina y Estíbaliz, sabía de muchos feos y reproches que aquellas malas personas le hacían a Alma.
—Voy a decir una tontería que no va a ocurrir —dijo—. Pero si algún día encuentro un unicornio y me caso, que sepas que tus padres no estarán invitados a la boda.
—Me parecerá bien —afirmó Alma con seguridad.
Un nuevo brindis. Un nuevo beso de los novios.
—Por favorrr, ¡qué guapo está Roberto! —exclamó Nuria.
Todos miraron al padre de la novia, que sonreía. Al marido de Romina. Estaba muy guapo con su precioso y elegante chaqué. La madurez le sentaba muy bien.
—Está estupendo nuestro unicornio preferido —corroboró Alma.
Todas y cada una de ellas adoraban a Roberto. Él siempre había estado ahí desde el principio para Romina, las niñas y ellas. Roberto era un buen hijo, un marido atento, un padre maravilloso y un amigo increíble. Era el perfecto unicornio.
—Debería de haber más Robertos en el mundo —dijo Estíbaliz—, y que conste que no me quejo de mi Alberto, ¿eh?
Todas asintieron con la cabeza.
—¿Sabíais que los hierbajos son un alimento valioso en minerales, vitaminas y compuestos bioactivos? —señaló Alma mirando su plato.
—Miraaaa, la wikialma —se mofó Nuria.
Al hacer ese comentario, su mente voló hacia Saem y notó cómo su corazón se aceleraba de nuevo.
—Eso me dijeron —añadió Alma.
—¿Quién te dijo eso? —se interesó su hija.