Capítulo 2 #3
—Tienes una edad tan bonita como tú. —Aquellas palabras la sorprendieron.
Era lo más romántico que un hombre le había dicho en su vida.
Él continuó—: Si alguien me atrae, me fijo en la persona, no en la edad.
Porque si algo aprendí hace tiempo es que la atracción entre dos personas no entiende de números ni edades, pero sí de sensaciones y emociones.
—Vaya...
Sus miradas se intensificaron. Estaba claro lo que pensaban. Lo que ambos deseaban. Saem se acercó más a ella y paseó su dedo por aquel lunar tan tentador.
—Soy caballeroso y nunca hago nada que una mujer no desee —murmuró.
Alma lo entendió. En el idioma que le hablaba le acababa de decir que solo seguiría si ella así lo deseaba.
—¿Sigues con el corazón acelerado? —preguntó, dejando caer el cigarrillo al suelo.
—Sí.
—Yo también. Y creo que es porque ambos nos ponemos.
—Sin duda alguna —afirmó Saem, dándole una explicación a lo que le ocurría.
—Nada de preguntas. Cero obligaciones y cero reproches —pidió ella, sin apartar su bonita mirada marrón de él.
—Me parece bien.
—Y otra cosa.
—Dime.
—Esto no se va a repetir.
—No lo pretendo.
Alma asintió. Aquel tipo caballeroso jugaba a su mismo juego. Por ello, acercando su boca a la de él, tomó la iniciativa y lo besó. Al hacerlo se encontró con unos labios tersos, dulces y sabrosos. ¿Por qué no?
Saem, por su parte, consciente de que ella deseaba lo mismo que él, se dejó llevar. No era hombre de hacer esas locuras. El sexo le agradaba, pero no con cualquiera. Pero aquella mujer, inexplicablemente, no solo le aceleraba el corazón. ¿Por qué no?
A partir de ese instante, olvidándose del mundo, los besos entre los dos se volvieron más locos, intensos, calientes y morbosos. Si un beso era caliente, el siguiente era ardiente, y cuando las caricias se hicieron más íntimas, Alma sacó su móvil y ante la sorpresa de Saem, exclamó:
—¡Selfi! —Acto seguido, y sin importarle la mirada de él, Alma hizo una fotografía. A continuación, le hizo creer que la había enviado a su amiga por WhatsApp y cuando guardó su teléfono, dijo—: Si me pasa algo, ella ya sabe a por quién tiene que ir.
—¿Lo estás diciendo en serio?
—Y tan en serio —afirmó, besándolo.
Boquiabierto por aquello que en la vida le había pasado, degustó aquel beso que lo estaba desarmando cuando Alma sacó de su bolso un preservativo y exigió:
—¡Póntelo!
—Qué mandona —se mofó él.
—Tengo edad para serlo y hay que cuidarse.
Viendo que ella le facilitaba el momento, sin perder tiempo, Saem se lo puso.
Parar aquel loco, caliente y morboso momento en la azotea del edificio era lo último que pensaba.
Y cuando Alma se bajó las bragas y se subió el vestido, Saem la cogió entre sus brazos y, alzándola en volandas sin esperar un segundo más, la penetró.
Ella clavó sus dientes en el mentón. Al hacerlo ambos jadearon y mirándose a los ojos enloquecieron.
Sexo en sus vidas tenían los dos, pero lo que estaban viviendo y disfrutando era diferente. Muy diferente.
El lugar, estar al aire libre bajo el cielo y la luna de Madrid y la intimidad les proporcionó un momento único e irrepetible, que, sin duda, ambos disfrutaban con deleite y pasión.
Durante varios minutos se dejaron llevar por el simple juego del sexo, mientras sus cuerpos se acoplaban una y otra vez, proporcionándose oleadas de placer indescriptibles, hasta que inevitablemente el clímax les llegó.
Pasados unos instantes en los que ambos rebajaron sus pulsaciones y, sobre todo, tomaron aire, Saem, dándole un tierno beso en la punta de la nariz, preguntó sin soltarla:
—¿Estás bien?
—¿Qué?
—Que si te encuentras bien.
A Alma la descolocó oír eso. ¿Otra vez aquella pregunta?
—No lo preguntarás porque soy mayor que tú, ¿verdad? —respondió a la defensiva y dándose aire con la mano—, y creas que porque tengo el corazón acelerado me puede dar un infarto, porque, mira, el infarto te puede dar a ti, aun siendo más joven.
—¡Pues claro que no!
Molesto, Saem la dejó en el suelo. Pero ¿a qué venía aquello?
—El selfi, cuando me vaya, lo borraré.
—¡Lástima, inspectora! Te iba a pedir que me lo pasaras.
—Buen intento. Pero no te voy a dar mi número de teléfono.
—Cachis, ¡he fallado! —Ambos sonrieron, y luego él aclaró—: Si te he preguntado si estabas bien era porque me interesa saber que lo ocurrido entre los dos ha estado tan bien para ti como para mí. Solo era por eso. Me enseñaron a ser caballeroso con las mujeres.
Alma, conmovida por aquella aclaración, le dio un beso en los labios con mimo.
—Te pido disculpas por haber sido una malpensada —replicó.
—Disculpas aceptadas.
—Maldita menopausia. ¡Por Dios, qué calor! —refunfuñó Alma, y miró su reloj—. Me voy a ir antes de que me convierta en calabaza.
—¿Te vas a ir ahora?
—Sí.
—¿No quieres otra copa?
—No.
—Puedo llevarte a tu casa, si quieres.
—No. Tú tienes que trabajar.
—Oye. Creo que...
—Más vale que dejes de escaquearte, amiguito —lo cortó—. No quiero que, por mi culpa, tengas problemas en el trabajo y eso recaiga sobre mi conciencia.
¡Qué considerada!, pensó él.
—¿Tu corazón más tranquilo? —se interesó.
—Sí —mintió ella—. ¿Y el tuyo?
—Relajado —también mintió él.
Pensó en decirle que él y su tío Mario eran los dueños de aquel local, y que además él era un valorado chef de cocina que tenía su propio restaurante en Madrid, pero ella parecía ansiosa por marcharse.
—Vamos. Bajemos de aquí —insistió ella, empezando a ponerse en marcha.
—Espera. —Alma se detuvo—. Yo te traje. Yo te llevo de vuelta.
Al ver su gesto, ella sonrió.
—Pues venga. Llévame de vuelta —le dijo, tendiéndole la mano.
En silencio abandonaron la terraza y se metieron en el ascensor sin soltarse de la mano. Aquello era nuevo para Alma. Nadie había cogido su mano con la firmeza y la seguridad que él demostraba. Nerviosa, acelerada y acalorada, no sabía qué pensar.
—Deja de mirarme así —le pidió, al ver que la miraba con insistencia.
—No sé mirar de otra manera.
Tras abandonar el ascensor, y todavía de la mano, bajaron las escaleras y, cuando entraron de nuevo en el local, dos chicas muy monas los saludaron con la mano. Ella se soltó.
—Madre mía, ¡qué exitazo el tuyo! —murmuró Alma, al ver cómo le sonreían.
Saem no pudo evitar una sonrisa. Si algo nunca le faltaba eran mujeres. Otra cosa era que él quisiera algo con las que le sonreían de forma habitual. Sabía que ser asiático era algo que siempre había llamado la atención.
—Ha sido genial, Saem, pero ahora, adiós —dijo Alma, antes de que él pudiera añadir algo, y estableciendo una distancia entre los dos que en la azotea no existía.
Saem se quedó parado mientras las chicas se aproximaban a él. Alma continuó caminando, se giró, le guiñó un ojo y se esfumó. Alargar aquella despedida era una tontería. ¿Para qué, si no se volverían a ver en su vida?
De pronto, Saem reaccionó, se zafó de las chicas y salió corriendo a la puerta del local. Tenía que encontrarla.
La vio al borde de la acera esperando un taxi.
—¿En serio te vas a marchar sin darme tu número de teléfono? —le preguntó, aproximándose a ella.
—Y tan en serio —afirmó Alma, sorprendida al verlo allí.
—¿Por qué? —insistió él
—¿Para qué? —preguntó ella.
Acostumbrado a que las mujeres le dieran su número de teléfono sin pedirlo, Saem levantó las cejas cuando ella se acercó y, justo en el momento en el que un taxi se detenía, le susurró:
—Quédate con que ha sido divertido.
Y tras darle un rápido pico en los labios, se montó en el taxi y desapareció, sin ser consciente de que mientras él contemplaba cómo el taxi se alejaba, se preguntaba quién era aquella mujer que le había descontrolado el corazón.