Ríete de las bodas Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Alma, que todavía estaba pensando en lo que Nuria le había comentado sobre que los Masters del Universo le habían concedido el deseo, asintió. ¿Y si lo aceptaba?

—Inspectora Santana —mintió como una bellaca.

En ese momento, Mariola, una joven de la empresa de telefonía sueca que conocía, se acercó hasta él.

—Hola, Saem —lo saludó.

—Hola, Mariola —respondió él.

La recién llegada, encantada de haber atraído su atención, se humedeció los labios con sensualidad, y justo en el momento en el que la música cambiaba para volverse más íntima y comenzaba a sonar una preciosa canción, murmuró:

—Te dije que vendría a la fiesta.

Saem se percató de la sonrisita de Alma, que rápidamente dijo:

—¡Os dejo! ¡Gracias por el gin-tonic !

Y sin más, se alejó con su bebida en la mano, mientras escuchaba aquella bonita canción de Bruno Mars que últimamente no se podía quitar de la mente.

Mientras Saem hablaba con Mariola, con la que había tenido un rollo tiempo atrás, no podía dejar de mirar hacia donde estaba Alma. Aquella enigmática mujer le había acelerado el corazón. No podía dejarla marchar sin más.

—Mariola —dijo—. Ya hablaremos en otro momento.

Sin importarle el gesto de la joven, Saem se alejó y se aproximó a Alma.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Alma notó de nuevo su corazón a mil. Pero ¿qué le ocurría?

—Sí —respondió.

Se quedaron en silencio. Saem no dejaba de mirarla y ella, nerviosa, daba vueltas a su copa en la mano.

—Esta canción es preciosa, ¿verdad? —dijo ella.

Saem asintió. Aquella canción de Bruno Mars le gustaba mucho.

—Tan preciosa como tú —respondió.

Alma lo miró boquiabierta. ¿En serio había dicho aquello? Y, azorada, miró a la joven con la que Saem hablaba segundos antes, que podría tener la edad de su hija.

—Creo que tu amiga desea seguir hablando contigo —replicó.

—Posiblemente. Pero estoy hablando contigo.

—Vaya... —murmuró sorprendida.

—Vaya... —repitió Saem, imitándola.

A Alma le agradó oír eso. Que prefiriera hablar con ella, que era una mujer madura, en lugar de con aquella joven tan preciosa, le gustó.

—Tú que trabajas aquí, ¿dónde podría fumarme un cigarrito? —le preguntó.

—No se puede fumar en el interior del local.

—Ya lo sé.

Saem levantó las cejas.

—Un agente de la ley queriendo saltarse la ley.

—¡Nadie es perfecto! —Y al ver cómo la miraba, añadió, sintiendo calor—: Mira, la realidad es que estoy en plena menopausia, y aunque eso de que nos volvemos medio locas es mentira, reconozco que cuando me da el brote de calor, ¡me cago en la madre que parió a la puñetera menopausia!

Por lo que un poquito de aire fresquito y un cigarrito me vendrían genial.

Boquiabierto, la miró. ¿Puñetera menopausia? ¿En serio le había dicho eso?

La realidad era que en el local no se podía fumar, pero quiso darle aquel capricho.

—¿Puedo cogerte de la mano? —le preguntó. Sorprendida por aquella pregunta, Alma parpadeó; él aclaró—: Es para llevarte a un sitio en el que te dará el fresquito y podrás fumar. ¿Puedo o no? —insistió.

—Puedes.

Saem agarró con determinación su mano.

—Vamos —indicó.

Dejándose guiar por aquel desconocido, y consciente de que la tal Mariola con gesto molesto los observaba, se metieron por detrás de una de las barras.

—Las damas primero —dijo él, abriendo una puerta.

—Qué caballeroso —se mofó, recordando lo que su amiga Romina le dijo de los coreanos.

—Siempre. Mi tío me enseñó —afirmó Saem.

Sorprendida por aquella galantería, cruzó el umbral seguida por él.

—Es por aquí —señaló Saem.

Subieron por unas escaleras que los condujo a un ascensor. En silencio y sin que él soltara su mano, subieron hasta la decimosexta planta. Al salir del ascensor y atravesar una puerta, cuyo paso le cedió él de nuevo, Alma se quedó sin palabras.

Estaban en la azotea del edificio. A sus pies estaba la Gran Vía de Madrid en todo su esplendor.

—¡Vayaaaa! ¡Qué vistas hay desde aquí! —exclamó soltando la mano de Saem.

Él hizo un gesto afirmativo. Ella tenía razón.

—¿Tanto calor tienes? —le preguntó, al ver que Alma se abanicaba con la mano.

Ella asintió y, con naturalidad, se levantó el cabello con la mano.

—¡Ardo de calor y el corazón me va a mil! —contestó—. La puñetera menopausia es lo que tiene. Que tan pronto me muero de calor como de frío.

A Saem aquel comentario le hizo gracia.

—¿Te va el corazón a mil? —preguntó.

Sin saber por qué Alma cogió su mano y la puso sobre su corazón.

—Compruébalo tú mismo.

Con ese gesto Alma supo que se estaba comportando como una «loba», pero, sin moverse, lo miró, dispuesta a aceptar el regalito de los Masters. ¿Por qué no?

A Saem se le secó la boca. Tener su mano sobre el corazón de ella le hizo ver que tenía razón. Lo tenía acelerado. Y con la misma naturalidad, cogió la mano de ella, se abrió la camisa y la puso sobre su pecho.

—A mí también me va a mil —indicó.

Se miraron en silencio. ¿Qué hacían? ¿Cómo habían llegado a ese momento?

—Va muy rápido.

—El tuyo también —afirmó Saem.

Durante unos segundos y en silencio se miraron a los ojos con intensidad hasta que, de pronto, ambos retiraron las manos al mismo tiempo.

—Estoy por llamar al Samur —dijo ella.

Sonrieron. Pero ¿qué estaban haciendo?

—¿Trabajas en la empresa de telefonía móvil sueca? —quiso saber Saem, intentando salir de aquella extraña situación.

—No.

—¿Y cómo habéis entrado tu amiga y tú esta noche en el local?

—Colándonos. —Aquella contestación lo descolocó, pero ella se apresuró a explicarle—: Teníamos unas invitaciones.

Tengo un amigo que trabaja para la empresa de telefonía que da la fiesta.

Él me las dio. —Saem asintió. Alma trató de centrarse y le recomendó—: Vuelve al trabajo, no vayas a tener problemas con tu jefe por mi culpa.

Tan pronto como me fume un cigarro, el corazón se me normalice y el puñetero brote de menopausia se haya relajado, prometo bajar por el mismo camino por el que hemos subido.

Él sonrió.

—Prefiero quedarme contigo hasta que el corazón se te normalice —le respondió sin sacarla de su error—. Si mi jefe se entera de que te subí aquí y te pasa algo, se molestará.

—¿Tengo pinta de que me va a pasar algo?

—No. Pero, me quedo más tranquilo —replicó él sin evitar una sonrisa.

Alma, desconcertada, acalorada, acelerada y divertida, asintió. Encendió un cigarrillo y se apoyó en la misma pared en la que estaba él.

—La luna está preciosa, ¿verdad? —murmuró, contemplando el cielo estrellado, tras dar una calada a su cigarrillo.

—Sí.

Se quedaron callados unos segundos observando la luna, mientras ella fumaba y se daba aire con la mano.

—¿Casada, soltera, divorciada? —indagó él, curioso.

—Te ha faltado lo de viuda.

Ambos rieron.

—Viuda —volvió a mentir ella.

—Lo siento...

Alma movió la cabeza para quitarle importancia.

—¿Y tú? —preguntó.

—Soltero.

—¿Soltero, con relación o sin relación?

—Tengo una relación con alguien muy especial —confesó él, moviendo la cabeza—, pero nos damos nuestro espacio. Nos gusta ser una pareja abierta.

Alma asintió. Aquel rollo le iba a su hija también.

—Si eso es lo que os gusta, ¡estupendo!

—¿Qué hace una policía como tú hoy aquí? —quiso saber él.

—Tomarse una copa. Los polis también nos divertimos cuando podemos.

Saem sonrió. La personalidad de ella era arrolladora.

—¿Qué te pareció el catering del evento? —siguió preguntando.

—Rico. Me gusta la fusión entre cocinas, pero para mi gusto demasiados hierbajos. En los dos canapés que tome había rúcula.

—Pues que sepas que esos hierbajos, como tú los llamas, o la rúcula, son ricos en fibra y un alimento valioso en minerales, vitaminas y compuestos bioactivos.

—¿Defensor de los hierbajos?

—¡A muerte con los hierbajos!

—Siento decirte que, en mi caso, de lo que come el grillo, poquillo —admitió ella.

—¿No te gustan las verduras? —preguntó divertido.

—Muy poquito.

—Eso es porque no las has cocinado bien.

—Si mi madre te oye decir eso, ¡te corta el cuello!

—Ambos rieron y ella, observando aquellos ojos tan atrayentes, añadió—: Me has preguntado y te he contestado.

El catering era bueno, a excepción de esos hierbajos que se empeñan en poner hoy los chefs modernetes del momento.

—Saem clavo sus ojos en ella. ¿Él era un chef modernete del momento?

—. ¿Por qué me miras así? —preguntó ella.

—¿Cómo te miro?

—Pues como lo haces.

Saem sonrió. El poder de su mirada asiática siempre desconcertaba.

—Curioso el lunar que tienes sobre la comisura derecha de tu labio superior, inspectora Santana —indicó él.

Le gustó que recordara su apellido, así que Alma hizo un gesto afirmativo. Estaba claro que la escuchaba cuando hablaba, y estaba claro que su corazón seguía acelerado porque ese tío la ponía. La ponía mucho.

—¿Acaso te estás insinuando? —preguntó, lanzándose a la piscina.

—¿Y si lo hiciera...?

—Sería raro.

—¿Raro por qué?

—Porque, según una amiga, los coreanos sois fríos y distantes.

—Soy medio español.

Alma sonrió. Buena matización.

—¿Qué edad tienes? —preguntó, clavando los ojos en él.

—¿Por?

—Simple curiosidad. Y no te tomes a mal lo que te voy a decir, pero los asiáticos tenéis esa piel tan tersa y luminosa que, si te soy sincera, soy incapaz de descifrar tu edad.

—El colegio ya lo terminé hace años —se mofó, y al ver que ella hacía un gesto gracioso añadió—: Treinta y nueve.

—¿En serio?..., te echaba menos.

—Es que los asiáticos envejecemos muy bien.

Ella esperó que le preguntara su edad. Era lo normal. Pero esa pregunta no llegó. Estaba claro que aquel era todo un caballero.

—Yo tengo cincuenta y cinco años —dijo ella.

—Te echaba menos, y no es por hacerte la pelota —matizó.

—Gracias.