Ríete de las bodas Capítulo 2
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Capítulo 2

En la fiesta privada organizada por una empresa de telefonía sueca que se celebraba en el local DeLokos sonaba música del grupo sueco Abba. Se veía a la gente disfrutando.

—¡Saem!

El mencionado, al oír su nombre, se volvió. En aquel improvisado cuarto, Saem, como chef, terminaba sus últimas elaboraciones cuando su tío y socio Mario se acercó y preguntó, metiéndose en la boca un chicle de sabor maracuyá:

—¿Cómo llevas el catering ?

—¡Lo tengo todo listo!

Saem, chef del evento, tras ver que todo estaba a su gusto, comenzó a dar directrices a los camareros sobre cómo servir y sacar la comida. Era importante. Tan pronto como los camareros comenzaron a sacar los platos, Mario y Saem chocaron sus manos.

—Ah, por cierto. Quiero darte algo —dijo Mario. Saem miró a su tío y cuando vio lo que le entregaba sonrió—. Ten un juego de llaves de mi piso nuevo. Nunca se sabe cuándo las puedo necesitar.

Saem asintió. Su tío acaba de mudarse a un precioso piso en el centro de Madrid.

—Me parece genial —afirmó, guardándose las llaves en el bolsillo.

Segundos después, Mario se alejó y Saem, tras ver que salían más platos, decidió darse una vuelta por el local para ver las reacciones de la gente ante su comida. Y sonrió al ver sus gestos de satisfacción.

En la sala, Saem se encontró a influencers , invitadas por la empresa sueca, que subirían estupendas reseñas a sus redes sociales, algo imprescindible para que las cosas funcionaran.

Y con su habitual profesionalidad, saludó a los suecos organizadores del evento.

Las relaciones profesionales se tenían que cuidar.

Al concluir los saludos, se dirigió de nuevo hacia donde estaba organizando el catering . Cuando vio que todo estaba en orden, volvió a la sala y al ver una de las barras congestionadas, sin dudarlo se metió en ella y comenzó a servir copas.

Al poco tiempo y con todo controlado, y mientras hablaba con unas chicas, se fijó en una mujer que en la pista lo daba todo con la canción Soltera , de la cantante Shakira.

La observó divertido mientras incomprensiblemente su corazón se aceleraba. Ella cantaba, reía, saltaba y bailaba la canción junto a otra mujer morena, y desde luego lo pasaban en grande.

La rubia que había llamado su atención, y que sin motivo aparente le había acelerado el corazón, era de estatura media, cuerpo con curvas y bonita sonrisa.

Quizá no era la mujer más despampanante del local, pero desde luego, para él, sí.

Y lo más importante. Era madurita. Siempre le habían atraído las maduritas.

¿Trabajaría en la empresa sueca o sería sueca?

Acabada la canción ella y su amiga salían de la pista cuando un hombre se acercó a ellas y la rubia lo abrazó.

¿Sería su pareja? Durante un rato, Saem les observó hablar e incluso vio cómo, al pasar un camarero con unas bandejas, ella cogía dos canapés.

Por su gesto supo que le gustaron. ¡Genial!

Aunque se percató de que le quitaba la rúcula que sobre ellos había.

Minutos después, dos hombres se les unieron y el que ya estaba con ellas se alejó. Saem lo siguió con la mirada y vio que se marchaba del local con una joven pelirroja. Eso le hizo saber que no era la pareja de la rubia y extrañamente le alegró.

De pronto le dio la sensación de ser un mirón, así que se dio la vuelta y se alejó. Pero ¿qué hacía observando de aquella manera a esa mujer?

Durante varios minutos deambuló por el local comprobando que todo estuviese bien, pero sus piernas volvieron al punto de partida y se descubrió buscando de nuevo a la mujer. Pero ¿por qué no podía apartar sus ojos de ella y el corazón le latía así?

Molesto por su tonto comportamiento, se percató de que mientras a la morena uno de los hombres le hacía gracia, a la rubia no. Solo había que ver cómo se alejaba continuamente de él, y curioso se acercó con disimulo hasta ellos.

—Adiós. Que la fuerza te acompañe lejos de mí —la oyó decir. Le hizo gracia el comentario y todavía más cuando, al ver que el tipo se alejaba sin rechistar, añadía—: Si la estupidez doliera, ese estaría en fase crítica.

Divertido, Saem sonrió por su inventiva. Aquella de sueca no tenía nada.

—Pues no va el imbécil ese que parece un burro despeinado —habló de nuevo la mujer, dirigiéndose a su amiga— y me dice que no pierda mi oportunidad porque, con mi edad, hombres como él pocos voy a conocer.

—¡Idiota!

—Gilipollas y caballornio más bien.

Ambas, sin percatarse de que Saem las escuchaba, prosiguieron hablando.

—¿Interesante el tuyo? —preguntó la rubia.

—Sergio. Treinta y siete años, boca apetecible y culito respingón —respondió la morena.

—¿Qué signo zodiacal es? —se mofó Alma.

—Para el ratito que lo quiero, como si es de Saturno —murmuró Nuria, con una sonrisa ante aquella pregunta, que era típica de Estíbaliz.

Saem, incrédulo, sonrió.

¿Y luego decían de los tíos?

Divertido por la complicidad y sobre todo por la claridad que se percibía entre ellas en aquella conversación, se alejó. No debía seguir cotilleando como lo hacía.

Instantes después, vio cómo la mujer que había llamado su atención se alejaba sola hacia una de las barras. Esperó su turno respetuosamente para pedir una copa, por lo que Saem, sin dudarlo, fue hasta esa barra, se metió en ella y le preguntó:

—¿Qué deseas?

Alma se giró hacia su derecha al oírle. Allí, un hombre moreno de inquietantes ojos asiáticos la miraba. Eso hizo que inexplicablemente su corazón se acelerara.

—Ellos van delante —indicó.

Saem sonrió. Qué considerada. Y apoyándose en la barra, levantó una ceja.

—Yo no me chivo, si tú no te chivas —susurró.

Aquello a Alma le resultó gracioso. Y sorprendida del buen español que hablaba aquel asiático, pidió:

— Gin-tonic .

—¡Marchando!

En silencio, Alma no apartó la mirada de aquel tipo que tras la barra le preparaba lo que había pedido y sin saber por qué motivo estaba haciendo que su corazón fuera a mil revoluciones.

Era bastante alto para ser asiático. Pelo moreno, ojos oscuros y dulcemente rasgados.

Su boca era interesante, dientes cuidados y sonrisa bonita.

Si su amiga Romina viera a aquel asiático, le gustaría. Solo le faltaba ser coreano.

—¿Qué le has dicho al tipo que estaba contigo que se ha ido tan rápidamente?

—¿Eres un voyeur , un cotilla o qué? —preguntó Alma, sonriendo.

Saem soltó una risotada; ella, intentando aparentar tranquilidad, a pesar de que él le ponía nerviosa, respondió—: Se pasó de listo, y le dije que soy inspectora de policía.

Por lo que, si seguía molestándome, llamaría a algún compañero y esta noche dormía en el calabozo.

Boquiabierto, Saem parpadeó. ¿Policía? ¿Los suecos habían invitado a la policía?

—¿Lo dices en serio?

—¿Tengo cara de mentir?

Saem sonrió. Aquella rubita tenía unos preciosos ojos marrones, y tras mirar el pequeño lunar que tenía sobre el labio superior derecho, se dio la vuelta y abrió la cámara donde estaba el hielo.

Con fingido disimulo, Alma lo escaneó. ¡Qué buen culito el de aquel morenazo!

Por su rosto, le calculó unos treinta y cinco años. ¡Una monada de hombre!

—Qué bien hablas español.

Saem asintió. Era un comentario que le hacían demasiadas veces.

—Gracias.

—¿Chino o japonés?

—Ni uno ni otro. Español y coreano.

¡¿Coreano?!, pensó ella. Definitivamente, su amiga Romina se desmayaría. Pero al ser consciente de que su pregunta había sido incorrecta, dijo:

—Te pido disculpas si mi pregunta te ha parecido una grosería.

—Tranquila. He oído cosas peores. —Guardaron silencio unos segundos, y él, al ver su apuro, añadió—: Madre coreana y padre español. Aunque sé muy bien que mi genética es totalmente coreana. Pero nací en Madrid como mi padre y tengo mi DNI como español.

—Siento mi desacertada pregunta —volvió Alma a disculparse.

—No pasa nada.

Ambos sonrieron.

—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.

—Saem.

—Bonito nombre.

—Diferente —apostilló él, que, sonriendo, añadió bajando la voz—: Aunque he de confesar que mi segundo nombre es Manuel.

—¿Saem Manuel?

Él asintió.

—Cosas de mis padres —dijo—. Aunque, por suerte, todos me llaman Saem. —Alma sonrió. Él preguntó—: ¿Y tú cómo te llamas?

—Sara —mintió.

—Precioso nombre.

—Gracias.

Saem terminó de preparar el gin-tonic y lo puso ante ella. Cuando Alma hizo ademán de sacar la cartera, él la detuvo.

—Invita la casa... Sara.

Esa voz...

Esa mirada...

Esa sonrisita...

Llevaba muchos años sola y divorciada como para saber que aquello era otra invitación. Entonces Nuria se le acercó con su acompañante y le dijo al oído mientras Saem atendía a otro cliente.

—Me voy con Sergio donde tú ya sabes.

Alma asintió. Donde tú ya sabes era un hotelito por horas, cuco y limpio, que ya conocían, y sin dudarlo, sacó su teléfono móvil del bolso y dijo graciosamente:

—¡Selfi!

Rápidamente, Sergio, Nuria y ella ante Saem, que en silencio los observaba, se hicieron una fotografía.

—Si le ocurre algo a mi amiga, te tengo fichado e iré a por ti —le dijo Alma a Sergio—. Soy inspectora del Cuerpo Nacional de Policía. Por lo tanto, ¡ojito!

Al hombre le cambió la cara. Aquella táctica la solían utilizar cuando alguna de las dos se marchaba con un tipo. Era una manera de saber con quién se iban.

—Qué monadaaaa... —le dijo Nuria a Alma en bajito, después de echar una ojeada a Saem.

—Demasiado joven quizá.

—Pero ¿qué dices? Si está en su punto justo.

Rieron.

—Es coreano —cuchicheó Alma.

—Nooooo.

Un gesto de diversión asomó a sus miradas.

—¿No le pediste a los Masters del Universo un rollito asiático?

—soltó Nuria, tras un último repaso a Saem—.

¡Pues aquí lo tienes! No te digo nada y te lo digo todo.

Si los Masters del Universo te han concedido el deseo, ¿se lo vas a rechazar?

—Las dos rieron, y Nuria añadió—: Me piro, loba. Mañana te llamo. ¡Besisssss!

Cuando Nuria y su acompañante se marcharon, Saem dejó de atender a otros clientes.

—¿En serio eres inspectora de policía? —le preguntó a Alma.