Ríete de las bodas Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Por Dios, Romina, deja de martirizarte por eso —respondió Alma—.

Aunque con Carlos todo fuera un desastre, gracias a él, tengo lo mejor que la vida me ha podido dar.

Natalia es mi mayor regalo y por ella repetiría todo mil veces.

Por lo tanto, ¡déjate de dramitas! Que yo el tema de mi excaballornio ya lo tengo más que superado.

Y solo espero que, si mi hija el día de mañana decide casarse, sepa elegir mejor que yo.

—¿Qué me tengo que pensar bien? —preguntó Natalia, que acababa de regresar.

—Romina dice que la siguiente en casarte serás tú —le explica Alma a su hija—, porque de una boda sale otra, y más si coges el ramo de la novia, y tú vas a asistir a tres más la de tu prima Susanita.

Natalia ocupó su sitió sin mirar a sus amigas. Desde hacía un tiempo se veía con alguien que le gustaba mucho. Lo llevaba tan en secreto que todavía no les había hablado de él a su madre ni a sus amigas.

—Siento decirte esto, tía Romina —contestó la joven—, pero las bodas no son lo mío, por muy enamoradiza que sea. En todo caso, viviré en pecado junto a una pareja abierta, porque me parece mucho más emocionante.

—¡Oh, por diossss! —protestó Romina, que nunca había entendido su mundo liberal.

—Lobezna. Qué orgullosa estoy de ti —afirmó Nuria.

Alma se rio y chocó con complicidad la mano con su hija. Conocía muy bien a Natalia. Era independiente, resuelta en la vida y respetaba su manera de ver y disfrutar el sexo.

—Reíros de las bodas —insistió Romina, que era la más tradicional del grupo—. Pero de la mía salió la de Estíbaliz, y de la de ella, la de Alma.

—Y ahí se cortó la tontería —se mofó Nuria, haciendo sonreír a las jóvenes.

—Eran otros tiempos, Romina —matiza Alma—. Y, sobre todo, nosotras éramos muy ingenuas e inexpertas.

—Por no decir unas tontas que creíamos que los unicornios existían.

—¡Nuria, no te pases! —la reprendió Estíbaliz.

—¡Que no me pase! Mira... cada vez que recuerdo lo tonta que fui con el caballornio de la Perla. Os juro que...

—Respira... respira... que te estás poniendo azul —musitó Alma.

Nuria asintió. Hablar del que había sido su ex hacía ya algunos años siempre la alteraba.

—¿Escuchasteis ya la canción de La perla , de Rosalía? —preguntó, y al ver que sus amigas asentían, prosiguió—: ¿Está o no está escrita esa canción para él?

Todas asintieron. La canción no podía definir mejor a aquel sinvergüenza.

Nuria, por norma, era una mujer con buen humor, excepto cuando mencionaba al que fue su novio durante diez años.

La Perla, como llamaban al tal Mario Alfonso, fue alguien a quien Nuria quiso mucho y se fio de él, hasta que, de la noche a la mañana, desapareció con cien mil euros que Nuria había pedido al banco para comprarse un piso.

Un piso que Nuria nunca se compró, pero cuyo préstamo pagó con mucho esfuerzo.

—Mira, lobezna —prosiguió Romina sin quitar ojo a Natalia—.

Que tu madre con cincuenta y cinco años se haya cerrado al amor y solo busque rollitos de una noche, aunque no me guste, puedo llegar a entenderlo.

Pero que tú, con treinta y cuatro años, pienses igual y abogues por las parejas abiertas para tener cuchi cuchi con quien quieras, ¡me horripila!

Se abrió el debate y todas opinaron sobre las relaciones y el amor. Como era costumbre, cada una tenía una visión diferente. La vida las había llevado por distintos caminos para poder opinar sobre ello. Al poco rato, las cuatro jóvenes se miraron. Tenían planes.

—Queridas, lobas —dijo Virginia, levantándose, al tiempo que lo hacían Leyre, Carolina y Natalia—, si no os importa, nosotras hemos quedado con las amigas para seguir celebrando mi despedida.

—Pero ¿no vamos a ir a un local de striptease ? Yo que me había hecho ilusiones de meterle eurillos en el paquete a algún chulazo —preguntó Nuria.

—Por Dios, Nuria, ¡qué ordinariez! —se quejó Romina.

—¡Qué ideal! —afirmó Leyre.

Las jóvenes se despidieron entre risas.

—¿Qué tal si ahora que se han marchado las lobeznas, las lobas nos vamos a tomar unas copitas? —propuso Alma, mirando a sus amigas—. Han abierto un sitio nuevo de copas cerca de plaza de España.

—Mírala, ¡qué puesta está! —se mofó Estíbaliz.

—Lo sé, porque Ricardo, mi vecino —explicó Alma, con una sonrisa—, trabaja para una empresa sueca. Y estuve hace dos días con él y me dio unas invitaciones porque hoy tienen una fiesta allí.

—Uisss, ¡Caramelito! —soltó Nuria.

Alma se rio. Ricardo la llamaba de aquella absurda manera, Caramelito, porque decía que sus besos eran dulces como los caramelos.

Todas sabían que Alma y Ricardo, cuando les convenía, tenían sexo.

Era con el único hombre que repetía por comodidad.

Ambos estaban divorciados. Solo querían divertirse sin compromiso y cuando les apetecía disfrutaban del momento. Nada más.

—No sé... —dudó Estíbaliz.

—El local se llama ¡DeLokos! Venga, ¡vayamos! —insistió, sacando las invitaciones de su bolso.

—¡Me apunto! —afirmó Nuria.

Romina miró el reloj. Eran las doce y diez de la noche.

—Me desmarco —dijo—. La boda de mi niña es el domingo, y quiero estar fresca como una lechuga. ¡Que soy la madre de la novia! ¡Y quiero estar espectacular!

—Pero si es viernes.

—Que noooo voy. ¡Quiero estar perfecta!

—¡Pero si ya lo eres! Y...

—No insistáis, ¡no voy a ir! —cortó ella con su habitual dramatismo—. Me voy a casita con mi unicornio, y no se hable más.

Ellas no insistieron. La conocían y sabían que, cuando Romina decía aquello de «no se hable más», no había nada que hacer.

—Venga. Te acerco en el coche —dijo Estíbaliz.

—¿Tampoco te vienes tú? —preguntó Nuria.

—¿Sola con vosotras dos? ¡Ni loca, que soy una mujer felizmente casada!

Cinco minutos después salieron del restaurante y se despidieron.

—¿Dónde está ese nuevo local? —preguntó Nuria, cuando vio alejarse a Romina y a Estíbaliz.