Ridge (Wildwater Falls 3) TREINTA #3
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TREINTA #3

—Déjame terminar. La noche de la cena en casa de tus padres...

cuando mi madre fue tan sumamente mezquina y tú te levantaste y le dijiste aquello tan duro.

Cuando le echaste en cara que era una mala madre y que su narcisismo me había empujado directamente a los brazos de Phillip...

algo hizo clic dentro de mí. Me hiciste abrir los ojos, Ian.

Me di cuenta de lo maleable que había sido.

Me dejé manipular por el miedo a no ser suficiente y perdí años preciosos de mi vida intentando encajar en un molde mediocre.

Acarició la línea de mi mandíbula con la yema de los dedos, mirándome con una tristeza infinita.

—Y lo peor de todo... es que si hace nueve años te hubieras acercado a mí, ni siquiera sé si hubiera aceptado una cita contigo.

Tú eras tan grande, tan seguro, tan intenso...

Me hubiera aterrorizado no estar a tu altura.

Me arrepiento tanto de no haberme centrado en mí misma, de no haber trabajado en mi propia autoestima para ser lo suficientemente valiente como para aceptarte entonces.

Cerré los ojos un segundo, sintiendo un pinchazo en las costillas al escuchar su confesión.

—Savannah, escúchame —le pedí, obligándola a mirarme—.

Es muy fácil juzgar el pasado desde la perspectiva que tienes ahora.

Eres una superviviente, preciosa. Hiciste lo que pudiste con las herramientas emocionales que te dieron.

Así que te suplico que dejes de obsesionarte con la idea de los años perdidos.

Ya no existe el pasado. Solo existimos tú y yo.

Savannah esbozó una media sonrisa, acuática y preciosa, y asintió.

—Tienes razón. Estar en ese sótano, atrapada en el agua helada con el tiempo agotándose, lo puso todo en perspectiva.

Sí, perdí parte de mi juventud con un imbécil.

Pero salí de allí viva. Y ahora... ahora estoy rodeada de lo mejor que me ha pasado en la vida.

Mi hermana ha regresado. Tengo amigos de verdad.

Tengo a los Collins, que me cuidan como si fuera suya.

Y te tengo a ti... —Hizo una pausa, y un atisbo de vulnerabilidad asomó a sus ojos—. Si es que aún me quieres.

Un gruñido posesivo e incrédulo vibró en mi pecho. Agarré su nuca, enredando los dedos en su cabello, y acorté la distancia hasta que nuestras frentes chocaron.

—Te amo más que a mi propia vida, Savannah Robbins —le juré, con una ferocidad que hizo vibrar el aire entre nosotros—. Y te juro por Dios que jamás voy a dejarte escapar de nuevo. Eres mía.

Savannah no necesitó escuchar más. Se lanzó contra mi boca, devorándome en un beso intenso, salvaje y desesperado. Fue un choque de lenguas ardiente, una colisión donde volcamos toda el hambre, el miedo de la tormenta y el anhelo de una década entera.

Cuando por fin nos separamos para coger oxígeno, ambos respirábamos con dificultad. Sus labios estaban hinchados y enrojecidos, y su mirada ardía con una luz nueva.

Entonces, bajó la vista hacia la mesa de centro y reparó en el bulto envuelto en papel de estraza.

—Y... ¿qué es el otro paquete? —preguntó, con la voz un poco ronca por la excitación.

Me incliné sin que ella se bajara de mi regazo, tomé el paquete pesado y se lo puse en las manos.

—Ábrelo.

Savannah rasgó la cinta de papel. Cuando el envoltorio cedió y el grueso cuaderno de cuero curtido, ligeramente abombado por la humedad reciente, quedó a la vista, el tiempo pareció detenerse en el salón.

Se quedó absolutamente petrificada. La emoción la amordazó; no podía articular palabra.

—Durante la primera oleada de la inundación, antes de que el hospital colapsara, tuvimos un rescate técnico con grúa en el obrador —le expliqué, acariciando su cintura con movimientos circulares —.

El muy imbécil de Phillip casi se ahoga por salvar este recetario.

Estaba atrapado en el despacho anegado y se negaba a salir sin él.

Cuando lo saqué y vi a qué se estaba aferrando con tanta desesperación... me di cuenta de lo que era.

El asco tiñó mi voz al recordar al pastelero.

—Así que, cuando lo dejé sano y salvo en el polideportivo, le exigí que lo dejara en el asiento del helicóptero. No tuvo agallas para discutírmelo. Era tu legado, no el suyo.

Savannah abrió la cubierta de cuero con manos temblorosas. Sus dedos acariciaron las páginas manchadas de harina, repasando la delicada caligrafía de su abuela y las pequeñas anotaciones y correcciones hechas en los márgenes.

Apretó el cuaderno contra su pecho, cerrando los ojos mientras gruesas lágrimas de felicidad silenciosa resbalaban por sus mejillas.

—Gracias... —susurró, con la voz rota por una gratitud insondable—. Ian, Dios mío... gracias.

Le quité el recetario de las manos y lo dejé caer al suelo, sin que me importara lo más mínimo la reliquia. Lo único que me importaba era la mujer que tenía sobre mí. Agarré sus caderas y la atraje de nuevo contra la dureza de mi cuerpo, rozando mi nariz con la suya.

—No quiero tus gracias, preciosa —le murmuré, rozando sus labios en una provocación deliberada, oscura y llena de promesas—. Solo necesito que me digas, mirándome a los ojos, que vas a quedarte conmigo.

Savannah enredó sus dedos en el cuello de mi camiseta, clavando su mirada avellana en la mía con una determinación feroz.

—Nada en este maldito universo podría separarme de tu lado.