Ridge (Wildwater Falls 3) EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Savannah

E l tiempo había adquirido una textura diferente desde la noche en que el río intentó tragarse el pueblo.

Habían transcurrido apenas unas semanas, y las primeras ráfagas de un invierno prematuro ya descendían por las laderas montañosas de Wildwater Falls, blanqueando las copas de los abetos y colándose por las rendijas del hangar principal de la base de rescate aéreo.

Estábamos de celebración. El aire olía a queroseno, a café recién hecho y al glaseado de la enorme tarta que descansaba sobre una de las mesas de herramientas reacondicionadas.

El mando de la base acababa de oficializar el ascenso de Clover Donovan a jefa de comunicaciones, un reconocimiento más que merecido tras su impecable y milimétrica coordinación durante el caos de las inundaciones.

Clover se había formado inicialmente como técnico sanitario de vuelo, pero tras su especialización en la academia había descubierto su verdadero talento: mantener la frialdad necesaria para coordinar a los equipos de rescate durante las peores emergencias.

Clover estaba radiante, con las mejillas encendidas por la emoción y los ojos brillantes, mientras intentaba defenderse, sin mucho éxito, de las bromas implacables de su hermano Caleb y de Noah, que la flanqueaban como dos torres de músculo y sarcasmo.

Con una copa de sidra caliente entre las manos, desvié la mirada a través del hangar y lo encontré.

Ian estaba de pie junto a uno de los helicópteros, charlando de forma distendida con el comandante de la base.

Llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey de punto grueso que se adaptaba a la perfección a la anchura monumental de sus hombros.

Se le veía relajado y despojado por fin de la tensión que lo había consumido durante la crisis.

Sonreí contra el borde de mi copa. Las últimas semanas habían sido una vorágine de reconstrucción en el hospital y de un descubrimiento personal devastadoramente dulce.

Prácticamente me había instalado en su piso.

Mis cosas colonizaban su baño, mi ropa se mezclaba con la suya en los cajones, y despertar cada mañana bajo su cuerpo se había convertido en la única forma en la que concebía empezar el día.

Mi sonrisa flaqueó una fracción de segundo cuando mis pensamientos derivaron hacia mi hermana.

Georgia no había querido asistir a la fiesta.

Mi pecho se contrajo por la preocupación; desde la noche en que casi muero atrapada en aquel sótano, Georgia había entrado en un estado de letargo funcional, un bucle depresivo y apagado que enmascaraba doblando turnos en la sala de urgencias.

El terror por perderme había agrietado su perfecta coraza de doctora, y sabía que, tarde o temprano, ese dolor tendría que drenar.

Un gritito agudo y jubiloso me sacó de mis reflexiones.

A escasos metros de mí, Hannah y la pequeña Octavia daban buena cuenta de sus trozos de tarta.

Caleb abandonó a su hermana y se acercó a ellas por la espalda con un sigilo depredador.

Envolvió la cintura de Hannah con sus enormes brazos, atrayéndola contra su pecho, y hundió el rostro en su cuello, depositando un beso largo que le arrancó una carcajada cristalina a la siempre estoica cirujana.

Octavia, ajena al momento de intimidad de sus padres, no dejaba de dar saltitos alrededor de las botas tácticas de Caleb, tirando del bajo de su chaqueta e insistiendo a gritos para que la subiera a los mandos del Alfa Uno.

Cerca de las compuertas, Logan y Avery charlaban en un tono más tranquilo. El vientre de Avery empezaba a evidenciar la curvatura del embarazo bajo su suéter de lana, y la forma en la que Logan la observaba era la prueba tangible de que las segundas oportunidades existían en este pueblo.

Entonces, sentí el peso físico de su mirada.

Giré la cabeza y conecté directamente con los ojos de Ian a través del hangar. Había dejado de prestar atención al comandante. Me estaba mirando fijamente. Era la mirada que me advertía que me preparara. Era la promesa silenciosa de lo que ocurriría en cuanto pudiéramos estar a solas.

Un calor líquido, pesado y delicioso se acumuló en mi bajo vientre. Me relamí los labios, incapaz de saciarme, adicta a él.

Justo cuando Ian hizo el ademán de acortar la distancia para venir hacia mí, un estruendo metálico en la puerta principal del hangar cortó la atmósfera festiva de raíz.

Las pesadas compuertas peatonales se abrieron de golpe, dejando pasar una ráfaga de viento gélido.

En el umbral apareció un hombre. Alto, masivo, con los hombros anchos y una postura indudablemente militar.

Llevaba unos vaqueros desgastados, botas de combate llenas de barro, un jersey de lana gruesa y un enorme petate de lona militar colgado descuidadamente sobre un hombro.

Cuando dio un paso hacia la luz de los halógenos, el aire abandonó mis pulmones.

Era Cormac Donovan.

El hermano mellizo de Caleb había finalizado por fin su servicio activo en el extranjero como médico de combate en operaciones especiales. Su retorno para incorporarse a mi bloque de urgencias era el secreto peor guardado del hospital, pero nadie esperaba que aterrizara esa misma noche.

El silencio duró un segundo, hasta que Clover dejó caer su vaso de plástico al suelo.

—¡Cormac! —gritó, con la voz rota por un sollozo de pura incredulidad.

Corrió hacia él, lanzándose a sus brazos con una fuerza que habría derribado a cualquier otro hombre.

Cormac soltó el petate, envolvió a su hermana pequeña y hundió el rostro en su pelo, cerrando los ojos con un suspiro de agotamiento y alivio que resonó en todo el hangar.

Caleb fue el siguiente, soltando a Hannah para acercarse a zancadas a su mellizo, chocando las manos y fundiéndose en un abrazo rudo mientras Octavia corría a unirse a la melé familiar para dar la bienvenida a su tío.

La escena era de una emotividad abrumadora. Cuando el resto del equipo se acercó a palmearle la espalda al recién llegado y el bullicio volvió a adueñarse de la base, Clover, secándose las lágrimas de felicidad con el dorso de la manga, empezó a organizar la logística de inmediato.

—Dios mío, no lo puedo creer... —murmuró Clover, riendo y llorando a la vez—. Voy a organizar una cena de bienvenida para ti en casa esta misma noche.

—Disculpad.

La voz masculina que resonó desde la entrada abierta del hangar no era un grito, pero tenía un deje burlón y peligrosamente magnético, que silenció a toda la sala en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Estoy invitado también a esa cena? —preguntó el hombre, recostado con una indolencia calculada contra el marco de metal de la puerta.

Todos nos giramos al unísono, sorprendidos por la intromisión.

Entrecerré los ojos hacia la figura que descansaba entre las sombras del atardecer.

Tenía el cabello oscuro, la postura canalla de quien se sabe dueño de cualquier lugar que pise, y unos rasgos familiares que encajaron en mi cabeza al instante.

Era Patrick O’Malley. El hermano pequeño de Hannah.

El aire en el hangar se volvió repentinamente denso, cargado de una electricidad que erizaba la piel.

Observé a Clover. La nueva jefa de comunicaciones de la base de rescate, la mujer que había gestionado el fin del mundo sin pestañear, estaba completamente paralizada.

Sus ojos estaban muy abiertos, fijos en el recién llegado, y su respiración parecía haberse detenido de golpe.

Una sombra de dolor le cruzó la mirada, algo profundo y crudo que no supe identificar.

Patrick se separó del marco de la puerta. Con las manos metidas en los bolsillos de su cazadora de cuero y una sonrisa que era mitad arrogancia y mitad provocación pura, clavó sus ojos oscuros exclusivamente en ella.

—Hola, muñeca.

FIN