TREINTA #2
—Y entonces, en medio de aquel infierno, apareció una niña.
Una chica de apenas quince años, que estaba herida, empapada y aterrorizada, pero que supo mantener la cordura mejor que nadie.
Tú, Savannah. Te vi poner a salvo a los heridos más graves y organizar un triaje clínico bajo la nieve y el hielo, haciendo una lista mental de prioridades con una sangre fría que yo, en toda mi arrogancia, no poseía.
Y, para colmo, tuviste la madurez letal de saber, con solo un vistazo, que Carson estaba tan mal que difícilmente saldría vivo de aquel barranco.
Los ojos de Savannah se llenaron de lágrimas al escuchar el nombre del chico, pero no la dejé apartar la mirada. Necesitaba que viera lo que ella significaba para mí.
—Aquello me hizo poner mis arrogantes pies sobre la tierra de un golpe brutal —le aseguré, con la voz vibrando de devoción—.
Fue la cura de humildad más salvaje de mi existencia.
Puso toda mi vida, mi carrera y mi futuro en perspectiva.
La imagen de esa chica valiente, la verdadera y única heroína de la noche, se me quedó grabada a fuego en el cerebro.
Así que empecé a seguirte la pista en el pueblo.
Solo eras una cría de quince años, y yo estaba acabando mi formación en la academia, pero me juré a mí mismo que me encargaría de cuidarte y protegerte desde la distancia.
Deslicé mi mano abierta sobre el cojín, acercándola a ella, pero sin llegar a tocarla, dejando que la tensión crepitara entre nosotros.
—Pasaron los años. Y esa cría valiente se convirtió en una mujer preciosa.
Una mujer dulce, inteligente y amable que me volaba la puta cabeza cada vez que me cruzaba con ella por las calles del pueblo.
Yo mismo me sorprendí al darme cuenta de que mi fascinación protectora se había transformado en un interés real, oscuro y devorador.
Te deseaba, Savannah. Te deseaba con una intensidad que me asustaba.
El pecho de Savannah subía y bajaba con rapidez bajo la seda del pijama. Una lágrima solitaria trazó un surco caliente por su mejilla.
—Luego, todo saltó por los aires —suspiré, frunciendo el ceño ante el recuerdo —.
Supe que Georgia se había marchado a Portland y que tu madre planeaba hacer exactamente lo mismo, dispuesta a abandonarte en el pueblo sin apoyo, sin familia y obligándote a malvender la casa de tu abuela.
Así que fui a ver a mi padre. Le pedí a mi padre me ayudara a comprar la casa con mis ahorros, parte de la herencia de mi abuela y su aval.
Quería salvar la casa de tu familia, tu hogar de la infancia.
—Ian... —susurró ella, con la voz ahogada.
—Quiero que entiendas algo —la corté suavemente, clavando mi mirada en la suya para que no hubiera lugar a malentendidos—. No tenía un plan maestro. No pretendía que esto fuera una retorcida declaración de amor, ni pretendía comprar tu voluntad, ni esperaba absolutamente nada a cambio.
—Ya lo sé —me interrumpió Savannah, rompiendo a llorar en silencio, con los labios temblando—.
David me lo contó ayer. Y también sé que usaste esa misma influencia para acorralar a Evelyn y exigirle que pagara íntegramente mi matrícula de la facultad de enfermería, bloqueando la venta si no lo hacía.
Asentí, sin una pizca de arrepentimiento.
—Solo intentaba cuidar de ti. Quería asegurarme de que pudieras desplegar las alas, preciosa. Que tuvieras opciones.
Me froté la nuca, sintiendo el pinchazo en el pecho.
—Cuando por fin cumpliste los dieciocho, cuando sentí que ambos éramos adultos y que ya no había barreras entre nosotros, decidí dar el paso. Yo tenía veintitrés recién cumplidos. La noche de la fiesta de verano, tenía planeado ir a buscarte. Iba a invitarte a salir.
Savannah se llevó una mano a la boca, intuyendo el desastre inminente.
—Pero esa fue exactamente la misma noche que te vi saliendo del cine—mi voz se volvió un susurro rasposo y duro—. De la mano de Phillip Brooks.
—Oh, Dios... Ian, lo siento muchísimo —sollozó Savannah, y la pena en su rostro era tan cruda que me partió el alma. Una nueva oleada de lágrimas empapó sus pestañas—. Fui una idiota. Ojalá... ojalá hubiera sido más lista. Ojalá me hubiera dado cuenta de quién estaba realmente ahí.
—No te castigues —le ordené de inmediato, acortando por fin la distancia y atrapando la lágrima de su mejilla con la yema de mi pulgar—.
Eras muy joven, Savannah. Tenías derecho a equivocarte.
Y en aquel momento, al veros juntos, tomé una decisión.
Decidí retirarme a las sombras. Si tú amabas a Phillip, si él era el hombre que habías elegido, yo iba a respetar tu decisión por encima de todo.
Seguiría vigilando tu espalda, pero no iba a interferir en tu vida.
O en tu felicidad. Así que me callé. Me tragué lo que sentía y me aparté.
Tomé una inspiración profunda, marcando el final del relato, el cierre de nuestra década de silencios y malentendidos. Agarré la sobria carpeta de cartón y se la puse en el regazo, sobre la seda esmeralda de su pijama.
—Estas son las escrituras originales de la casa de tu abuela. Están a tu nombre. Totalmente libres de cargas. Es tuya. Siempre lo ha sido.
Savannah miró la carpeta. Sus manos temblaron al rozar el cartón. El dique de sus emociones cedió por completo, fracturándose en mil pedazos bajo el peso de un amor y una lealtad que jamás había experimentado en su vida.
Soltó un sollozo desgarrador, un llanto desconsolado y catártico que limpiaba años de soledad y abandono. Sin dudarlo un segundo, sin importarle la lesión de su pie, Savannah ignoró la carpeta, se impulsó hacia delante y se abalanzó sobre mí.
Su cuerpo cálido colisionó contra mi pecho.
Abrió las piernas y se subió a mi regazo, sentándose a horcajadas sobre mis muslos, encajando su centro en mi entrepierna.
Sus brazos se enredaron alrededor de mi cuello como una soga, aferrándose a mí con fuerza mientras escondía el rostro en el hueco de mi hombro, llorando y empapando la tela de mi camiseta.
Mis manos reaccionaron al instante, buscando la desnudez de su espalda baja, atrayendo sus caderas contra las mías, sellando el contacto con una posesividad absoluta, dispuesto a dejar que llorara todo lo que necesitara, porque ahora, por fin, era mía.
Aflojé ligeramente mi agarre, lo justo para acunar su rostro entre mis manos enormes. Levanté su barbilla y comencé a besarle las mejillas empapadas, los párpados cerrados, la comisura de los labios, probando la sal de su llanto.
—No llores, preciosa... —le supliqué, con la voz convertida en un susurro ronco, acariciando sus pómulos con mis pulgares—. Te lo ruego, no llores más. Se me hace un nudo en el pecho que no me deja respirar. No soporto verte así.
Savannah tomó una bocanada de aire irregular y abrió los ojos. Se secó las mejillas con el dorso de la mano, recomponiéndose a duras penas.
—He sido una tonta, Ian —susurró, con la voz quebrada—. He sido una completa estúpida durante tantos años...
—Te prohíbo que hables así de ti misma —le ordené de inmediato, endureciendo el tono. Mis manos descendieron hasta su cintura, anclándola a mí con firmeza.
Savannah negó lentamente con la cabeza, aferrándose a la tela de mi camiseta.