TREINTA
Ian
C uatro días. Noventa y seis horas exactas desde que la saqué de aquel sótano inundado, y el pánico por casi perderla no me había abandonado ni un solo segundo.
El pueblo de Wildwater Falls seguía lamiéndose las heridas.
Las retroexcavadoras rugían desde el amanecer despejando las calles de escombros y barro, y el Hospital Regional operaba a medio gas, con los sótanos clausurados y los generadores supliendo los cortes intermitentes de la red eléctrica principal.
Por un milagro que desafiaba cualquier estadística de emergencias, la riada no se había cobrado ni una sola víctima mortal.
Todo se reducía a daños estructurales y heridos de distinta consideración.
Georgia, Hannah, Logan y el resto del equipo médico llevaban cuatro días encadenando turnos dobles, sosteniendo la primera línea del frente con una resistencia espartana.
Yo, por el contrario, había atrincherado a Savannah en mi piso.
Las primeras cuarenta y ocho horas logré mantenerla bajo un régimen de reposo absoluto.
Su cuerpo estaba exhausto y el pie suturado exigía quietud.
Sin embargo, al amanecer del tercer día, la enfermera de urgencias que llevaba en la sangre despertó con sed de batalla, intentando convencerme con argumentos clínicos impecables de que ya estaba lista para volver al hospital a arrimar el hombro.
Pero ni de broma iba a dejarla salir de mi piso.
La observé desde el marco de la puerta de la cocina, fascinado por su resiliencia.
Savannah había estado atrapada, sumergida en agua helada y rozando la parada cardíaca por hipotermia, y aun así, su instinto principal era levantarse y salvar a otros.
Suponía que los profesionales de primera línea estábamos forjados de esas forma: superábamos nuestros propios traumas salvando más vidas.
No me sorprendió su fortaleza. Lo que me tenía absolutamente descolocado era mi propia vulnerabilidad.
Yo era el hombre de hielo. El experto en extracciones imposibles.
Y sin embargo, cuatro días después, el terror de haber estado a punto de perderla seguía oprimiendo mi pecho.
Esa noche, frente a la puerta semi-estanca, había mirado directamente al abismo.
Si Savannah hubiera muerto, si no hubiéramos logrado equilibrar las presiones a tiempo, yo me habría quedado en este mundo como una carcasa vacía, respirando por inercia, con todo este amor inmenso latiendo dentro de mi pecho.
Ese miedo paralizante, esa certeza de que sin ella no podía respirar, era algo de lo que no me desharía jamás.
No se parecía en nada al dolor desesperado que me desgarró cuando el autobús escolar de Avery volcó hace doce años, ni a la culpabilidad ácida que me asfixió aquella madrugada, diez meses después, cuando llevé a mi hermana pequeña en brazos a urgencias con una sobredosis accidental.
Aquellas tragedias forjaron mi instinto protector.
Pero el terror de perder a Savannah había reescrito mi mente.
Así que me había convertido en su sombra, en su enfermero personal y en su guardián.
Me pasé los últimos cuatro días limpiando la herida de su pie, cambiándole los apósitos estériles con una suavidad que contradecía el tamaño de mis manos, y quedándome despierto en la penumbra de la madrugada, observando la cadencia de su respiración solo para asegurarme de que estaba bien mientras dormía.
En medio de nuestra burbuja de aislamiento, tuvimos visitas.
La más surrealista fue la de Evelyn Robbins.
La madre de Savannah apareció en mi puerta con una maleta de diseño y el pánico pintado en el rostro.
La furia de la riada le había recordado de golpe que en Wildwater Falls la naturaleza dictaba las reglas.
Huía de vuelta a las comodidades asépticas de la ciudad.
Me preparé para intervenir, tenso como la cuerda de un arco, pero Savannah me dejó sin palabras.
Sentada en mi sofá, miró a su madre con una indiferencia tan elegante, tan soberanamente curada, que me sentí estallar de orgullo.
No hubo reproches, ni lágrimas. Savannah se limitó a asentir y le deseó un buen viaje con un tono de voz que cortaba cualquier lazo.
Georgia, mucho más visceral, se había negado en redondo a verla.
Evelyn se marchó hace dos días, y con suerte, no volvería a envenenar el aire del valle en una década.
Por otro lado, mis padres habían actuado como un par de halcones sobreprotectores.
David y Catherine llamaban a diario, enviaban comida y preguntaban constantemente qué podían hacer.
Mi madre llegó al extremo de sugerir que nos trasladáramos su casa para que ella pudiera cuidar mejor de Savannah.
Ambos reaccionamos con un horror tan sincronizado y rotundo que casi nos echamos a reír al colgar el teléfono.
Nuestro piso era nuestro santuario. Necesitábamos este aislamiento.
Pero más allá de la sopa casera, David Collins me había revelado algo crucial.
El día anterior, mi padre me apartó a un lado durante una visita rápida y me confesó que, justo antes de que se desatara la tormenta, había tenido una conversación muy significativa con Savannah.
Una conversación sobre el pasado, sobre mis secretos financieros y sobre la mansión victoriana de los Robbins.
Esa revelación me había traído exactamente a este momento.
Cerré la llave de paso de la cocina, dejé el vaso de agua sobre la encimera y caminé hacia el salón, recogiendo los dos objetos que necesitaba mostrarle.
El atardecer teñía el espacio de tonos cobrizos, pero toda la luz de la habitación parecía gravitar hacia el sofá oscuro.
Savannah estaba sentada allí, con las piernas recogidas bajo el cuerpo para proteger su pie vendado.
Llevaba puesto un conjunto de pijama de seda verde esmeralda que me volvía loco.
Y ella era muy consciente de ello. La tela se adhería a las curvas de su cuerpo como una segunda piel, y el profundo escote en V bordeado de encaje negro dejaba a la vista la delicada línea de sus clavículas y el nacimiento de sus pechos.
Pero antes de arrastrarla a mi cama y no dejarla salir en una semana, teníamos despejar el aire entre nosotros.
Me detuve frente al sofá y la miré fijamente, dejando que mis ojos devoraran cada centímetro de su rostro.
—Tenemos que hablar, Savannah —dictaminé. Mi voz salió más grave de lo normal —. Tengo que contarte algo muy importante. Varias cosas, de hecho.
Savannah sostuvo mi mirada. Sus ojos avellana, brillantes y despejados de cualquier atisbo de duda o de aquel miedo que la atormentó la semana pasada. Simplemente asintió, seria y receptiva, acomodándose en el sofá.
Era el momento exacto de poner todas las cartas sobre la mesa.
Me dejé caer en el sofá de cuero oscuro a su lado, hundiendo el peso de mi cuerpo en los cojines.
En mi mano derecha sostenía una sobria carpeta de cartón prensado con el sello de la notaría del condado. En la izquierda, descansaba un paquete grueso, envuelto en papel de estraza.
Apoyé el paquete sobre la mesa de centro y me quedé mirando la carpeta que descansaba sobre mis muslos. Pasé el pulgar por el borde áspero del cartón.
—No sé ni por dónde empezar, Savannah —admití, con la voz más ronca de lo habitual.
Savannah se giró hacia mí, cruzando una pierna sobre el sofá con cuidado de no golpear su pie vendado.
—Empieza por donde te resulte más fácil, cariño. Te escucho.
Clavé mis ojos verdes en los suyos. No había forma fácil de soltar esta bomba, así que opté por mi estrategia predilecta: asalto frontal.
—Llevo casi nueve años enamorado de ti.
Savannah se quedó literalmente con la boca abierta. Sus labios se separaron, dejando escapar una pequeña exhalación inaudible, y sus ojos avellana se dilataron hasta convertirse en dos pozos oscuros.
Dejé escapar un suspiro largo, pesado, liberando el aire que llevaba reteniendo en los pulmones desde que cruzamos esa puerta.
—Hace doce años, la noche del accidente del autobús escolar...
—comencé, bajando el tono a un registro íntimo y cargado de memoria—.
Aquella noche me destrozó, pero también me instruyó en muchos sentidos.
Tienes que entender quién era yo entonces, Savannah.
En el instituto, yo era un puto chaval arrogante que se creía el rey del mundo.
Me sentía invencible. Phillip y la propia Georgia no iban desencaminados al llamarme imbécil; realmente lo era.
Era un niñato creído, alimentado por el apellido Collins y una dosis tóxica de testosterona.
Savannah parpadeó, aún procesando mi primera confesión, pero escuchando cada palabra con una atención reverencial.
—Ser bombero de rescate era algo que siempre había ansiado —continué, inclinándome hacia ella y apoyando los antebrazos en las rodillas—.
Pero, si te soy sincero, en aquel entonces lo buscaba por las razones equivocadas.
Buscaba la adrenalina del peligro, el riesgo puro, el subidón narcisista de saber que mis manos eran capaces de arrancar a la gente de las garras de la muerte.
Era una adicción al ego. Pero aquella tormenta...
la noche del accidente fue una bofetada de realidad a mano abierta.
La imagen del autobús destrozado en el fondo del barranco destelló en mi mente, vívida y atroz.
—Mi instinto de alpinista me llevó a encontrar el autobús antes que nadie.
Conocía la orografía de Wildwater Falls mejor que la palma de mi mano.
Pero cuando llegué allí... me di cuenta de que no tenía ni la más remota idea de cómo tratar con el horror médico.
Ver a todos esos chavales empapados, entrando en hipotermia severa, sangrando, con miembros aplastados y gritando de puro terror...
me superó. A pesar de la fachada que proyecté, el gran Ian Collins se quedó paralizado.
Tragué saliva, dejando que la vulnerabilidad de aquel recuerdo me desnudara frente a ella.