VEINTINUEVE #2
El agua negra y fangosa me acariciaba la mandíbula con dedos de hielo, un recordatorio constante de que un solo paso en falso me obligaría a tragar una sopa tóxica de bacterias y lodo.
Avanzábamos por el corredor anegado del nivel menos uno, y yo me aferraba a la línea de kevlar que me mantenía anclada al arnés de Ian.
La fatiga me aplastaba el pecho. Mi pijama sanitario, empapado y cubierto de barro, pesaba como una armadura de plomo, y mis pies descalzos, insensibles por el inicio de la hipotermia, se arrastraban por el suelo de linóleo invisible con una lentitud agónica.
Pero no estaba sola.
El equipo Alfa se movía con una sincronía que demostraba por qué eran la élite.
Noah abría el camino, utilizando su envergadura y una barra de acero para apartar con una precisión de letal los obstáculos que la riada había arrastrado hasta nosotros: cajas de suministros destrozadas, sillas de ruedas volcadas y gruesos troncos de pino.
A mis espaldas, cerrando la formación, Caleb vigilaba nuestra retirada, asegurándose de que la corriente no arrastrara escombros traicioneros que pudieran golpearnos por la espalda.
Y en el centro, mi ancla. Ian me guiaba con una mano firme sujeta a mi cintura, su pecho rozando mi espalda. Su voz, un susurro ronco y constante rozándome la oreja, era lo único que me impedía rendirme al entumecimiento.
—Sigue así, preciosa. Lo estás haciendo perfecto —me alentaba, su tono cargado de una posesividad feroz—. Un paso más. Respira por la nariz, mantén la boca cerrada. Te tengo.
Apreté los dientes, forzando a mis piernas a dar otra zancada ciega en la oscuridad.
Entonces, pisé algo.
No fue un roce. Algo afilado me desgarró la planta del pie derecho y me perforó la carne hasta el hueso. Un grito desgarrador escapó de mi garganta antes de que pudiera contenerlo. Mis rodillas cedieron al instante, incapaces de soportar el latigazo de dolor a pesar del entumecimiento de mis pies.
Ni siquiera llegué a hundirme.
Ian gruñó una maldición y, con una fuerza hercúlea que desafiaba la resistencia del agua pesada, me sujetó contra su pecho y tiró de mis correas, elevándome en vilo, arrancando mis pies del suelo anegado.
—¡Savannah! —exigió, con los ojos inyectados en pura alarma, escaneando mi rostro pálido—. ¿Qué sucede? ¿Qué te pasa?
—Algo... algo se me ha clavado en el pie, algo grande —jadeé, temblando convulsivamente, aferrándome a los gruesos tirantes de su chaleco de vuelo mientras el dolor me nublaba la vista.
—¡Maldita sea! —siseó Ian, apretando la mandíbula hasta que los músculos de su cuello se marcaron como cables de acero. Me ajustó aún más contra la dureza de su pecho, fusionando nuestros cuerpos—. No vuelvas a apoyar las piernas. No las muevas. Yo te llevo.
—¡Estamos a menos de veinte metros del hueco de las escaleras! —anunció Noah desde la vanguardia, iluminando el final del túnel negro con su potente frontal sumergible.
Ian me dio un apretón breve y poderoso contra sus costillas, infundiéndome confianza.
Escondí el rostro en el hueco de su cuello, el agua fangosa y la lluvia habían disuelto su olor, pero no me importaba, porque su piel era suave y me recordaba todo lo bueno que tenía la vida.
En medio del caos, del frío y del dolor abrasador de mi pie, una certeza se solidificó en mi alma: estaba segura.
Me sentía invencible entre los brazos de Ian Collins, porque sabía, con una convicción que trascendía la lógica, que este hombre jamás me dejaría caer.
Nunca me dejaría ir, en absolutamente todos los sentidos de la palabra.
Alcanzamos el pie de las escaleras de servicio. El agua comenzó a retroceder a medida que el terreno se elevaba. Noah se posicionó de inmediato en el descansillo superior, asegurando el perímetro y tensando la línea para que Ian pudiera sacarme a mí primero sin perder tracción.
Comenzamos a ascender, abandonando el agua gélida de la inundación.
Mis pies descalzos y ensangrentados rozaron el hormigón, pero Ian se detuvo en seco.
Sin perder el ritmo, se agachó ligeramente, pasó un brazo bajo mis rodillas, el otro por mi espalda, y me alzó en peso, acunándome contra su pecho como si yo no pesara más que una pluma.
—Ian, bájame —protesté, temblando, repentinamente consciente de mi peso—. Peso demasiado y además la ropa mojada. Puedo cojear hasta arriba apoyándome en ti...
Ian detuvo su ascenso. Bajó la mirada hacia mí, arqueando una ceja oscura. Me dirigió una mirada tan cargada de incredulidad e ironía que me sentí absurda por haber articulado la frase. Me estaba mirando, literalmente, como si me hubiera vuelto loca de remate.
Dejé escapar un suspiro tembloroso, derrotada por su instinto protector, y apoyé la cabeza en su hombro. Me rendí, dejando que él me llevara el resto del camino.
Cuando coronamos el último tramo y las puertas cortafuegos se abrieron, la luz halógena del vestíbulo me cegó por un segundo.
El estruendo de los generadores y las voces superpuestas me golpearon de golpe.
Estábamos rodeados. Había bomberos con trajes de intervención, policías locales, pero mis ojos solo enfocaron a mi grupo, a mi gente.
Georgia, Hannah y Logan irrumpieron a través del cordón de seguridad como un huracán médico.
Ian no me soltó hasta que depositó mi cuerpo con un cuidado exquisito sobre una silla de ruedas que un celador había acercado a toda prisa. Apenas mi espalda tocó el respaldo, Georgia se abalanzó sobre mí, envolviéndome en tres pesadas mantas térmicas directamente sacadas del calienta-sueros.
—Estoy bien, Gia, de verdad... —tartamudeé, con los labios amoratados y los dientes repiqueteando como castañuelas, rozando el límite de la hipotermia de segundo grado.
—Nosotras decidiremos si estás bien, Savannah —replicó Hannah con fiereza, agarrándome la muñeca húmeda para tomarme el pulso con dedos implacables—. Logan, revísale la vía aérea. Georgia, canalízale una intraósea si sus venas están colapsadas por el frío.
—¡Llevadla al box uno de trauma mayor, ahora! —ordenó Georgia, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas pero operando como la mejor doctora de urgencias que había visto—. ¡Y traedme el ecógrafo!
El celador hizo ademán de empujar la silla, pero yo extendí una mano frenéticamente, aferrando el grueso cinturón táctico de Ian. No quería separarme de él. El pánico residual de la oscuridad amenazaba con volver si él no estaba en mi campo de visión.
Ian interceptó mi mirada al instante. Su enorme mano enguantada cubrió la mía, apretándola con fuerza.
—Tranquila. No me voy a mover de tu lado, preciosa —me juró, con un tono grave y que no admitía réplica por parte de ninguno de los médicos presentes. Él caminaría a mi lado hasta el mismísimo infierno si hiciera falta. Lo sabía.
Mientras me empujaban hacia el pasillo iluminado de urgencias, capté el movimiento por el rabillo del ojo. Noah y Caleb acababan de rebasar las puertas de las escaleras, goteando lodo y agua negra.
Sloane, que había estado coordinando la logística junto al capitán de bomberos, rompió su habitual fachada fría.
Corrió hacia los recién llegados y, saltándose todos los protocolos de distanciamiento profesional, se abalanzó sobre Noah, envolviendo el cuello en un abrazo desesperado.
Noah, visiblemente sorprendido, se quedó rígido una fracción de segundo, pero enseguida dejó caer su equipo, rodeó la cintura de la directora médica y la apretó contra su pecho mojado, hundiendo el rostro en su cuello.
Parpadeé, estupefacta a pesar del frío, preguntándome qué diablos estaba sucediendo entre esos dos en la sombra.
A mi lado, Hannah no fue menos intensa. Se movió en rápidas zancadas, agarró a Caleb por las correas del chaleco, lo obligó a bajar la cabeza y le plantó un beso feroz, rápido y profundamente visceral, dándole las gracias.
Una vez dentro del box de urgencias, Ian permaneció anclado a mi lado, sosteniendo mi mano izquierda mientras el equipo trabajaba.
Logan levantó mi pie derecho, iluminando la planta con su linterna de exploración.
—Tienes suerte, Robbins —diagnosticó, limpiando la zona con suero a presión —.
Te has clavado una rama astillada bastante afilada.
Es una herida punzante y profunda, pero ha esquivado la fascia plantar y los tendones.
Solo ha dañado tejido blando. Te daré unos cuantos puntos de sutura, cobertura antibiótica de amplio espectro por el agua estancada, y con unos días de reposo absoluto estarás como nueva.
Solté un suspiro largo y tembloroso, dejando caer la cabeza contra la almohada de la camilla, sintiendo por primera vez que el peligro real se había esfumado.
Giré el rostro hacia la izquierda, encontrándome con la mirada verde, posesiva y abrasadora de Ian, que no me había soltado la mano ni un solo segundo.
—Supongo que, por una vez, me toca a mí ser la paciente —le dije, esbozando una sonrisa agotada pero sincera.
Ian se inclinó sobre la barandilla de la camilla, invadiendo mi espacio personal. Su pulgar desnudo trazó la línea de mi mandíbula, y cuando habló, su voz bajó a un registro ronco, íntimo y cargado de una promesa deliciosamente perversa que me hizo olvidar por completo la hipotermia.
—Y yo estaré encantado de ser tu enfermero personal, Savannah —susurró, con un destello oscuro y depredador en la mirada—. Te aseguro que mis cuidados intensivos no los vas a olvidar fácilmente.
Una breve y débil carcajada escapó de mis labios. Lo miré con todo el amor de mi alma, sintiendo cómo el calor, por fin, regresaba a mi pecho.