Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTINUEVE
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VEINTINUEVE

Savannah

E l tiempo en el interior del almacén se había deformado hasta parecer una eternidad.

Sólo habían sido cuarenta y cinco minutos.

Ese era el tiempo que llevaba atrapada, observando cómo la línea oscura del agua devoraba los azulejos de la pared centímetro a centímetro.

Al otro lado del cristal reforzado de la puerta, la silueta inquebrantable de Ian permanecía estática.

El alivio que había sentido al verlo aparecer amenazó con marearme. Pero ahora no podía flaquear.

Durante esos tres cuartos de hora, el frío me había robado el aliento, pero me había devuelto la lucidez. La parálisis y el miedo que había azotado mi mente durante la última semana se había disuelto por completo en este sótano.

Qué absoluta y monumental pérdida de tiempo había sido castigarme a mí misma.

Había sido una ingenua, sí. Había aceptado a Phillip, soportando su mediocridad durante casi nueve años, autoconvenciéndome de que era lo máximo a lo que podía aspirar.

Pero crecer bajo la sombra asfixiante de una madre narcisista modelaba la mente para aceptar migajas y llamarlas amor.

Flagelarme ahora por no haber tenido una autoestima de acero en el pasado solo conseguía robarme la capacidad de disfrutar mi presente.

Y mi presente, a pesar mi situación actual, era algo con lo que sólo había soñado. Pero ahora era una realidad.

Mi hermana había regresado. Tenía una red de amigos leales que me sostenían cuando me tambaleaba y, si las revelaciones de las horas previas eran ciertas, tenía a un hombre dispuesto a desafiar y sacrificar absolutamente todo con tal de mantenerme a salvo.

Un escalofrío violento me sacudió la espina dorsal, devolviéndome a la cruel realidad del almacén.

El nivel del agua ya me lamía la cintura.

El temblor incontrolable de mis extremidades estaba empezando a dejar paso a un entumecimiento denso en mis piernas.

Como enfermera, conocía el significado: la falta de respuesta muscular era la antesala de la hipotermia severa.

A mi alrededor, el material médico y las cajas estancas bailaban una danza macabra. Bolsas de suero, rollos de gasa y recipientes de plástico flotaban en la superficie fangosa como los restos de un naufragio.

La radio prendida a mi solapa emitió un chasquido, seguido de la voz grave y estabilizadora de Ian.

— Falta muy poco, preciosa. —Su tono poseía una firmeza impecable, algo que me ayudaba a calmar la ansiedad y el miedo porque sabía que pasara lo que pasara Ian nos sacaría de ahí—.

El nivel interior está a punto de igualarse, pero el agua va a sumergir tu transmisor en cuestión de segundos.

Quítatelo. A partir de ahora, nuestros ojos serán la única línea de comunicación. Atenta a mis señales.

Asentí despacio, esperando que el movimiento fuera visible a través del cristal surcado de barro.

Con los dedos rígidos, torpes y mortalmente pálidos, logré desenganchar la pinza de la radio y dejarla caer al agua oscura.

El ruido del agua entrando empezó a disminuir a medida que los orificios en el vidrio quedaban anegados.

Ya sólo se veía una corriente de agua empujando el material flotante de un lado para otro.

Con el nivel del agua subiendo, una de las pesadas estanterías de acero inoxidable situadas a mi izquierda cedió con un quejido espantoso.

La estructura entera se desplomó hacia delante con una salpicadura atronadora, arrojando decenas de cajas al agua y creando una barricada de metal retorcido justo frente a mí.

El obstáculo bloqueaba casi por completo el corredor directo hacia la puerta, cerrando el acceso limpio para el equipo Alfa.

Me sobresalté, tragando una bocanada de aire helado, pero obligué a mi corazón a no desbocarse. El nivel del agua ya superaba la línea de mi cintura, oprimiéndome el diafragma con un peso asfixiante.

Al otro lado del vidrio reforzado, noté un cambio.

Las luces estroboscópicas de los cascos del equipo de bomberos parpadearon a espaldas de Ian.

Lo vi girar la cabeza un milímetro, lo justo para cruzar un intercambio de palabras en la oscuridad del pasillo.

Un latigazo de pánico me arañó la garganta.

Pero Ian regresó a mí. Su rostro, enmarcado por el casco, se volvió de nuevo hacia el cristal, ignorando el caos a sus espaldas. Conectó su mirada con la mía, transmitiéndome una autoridad inquebrantable, y levantó la palma de su mano enguantada, abierta y firme contra el cristal.

«Quieta. Prepárate».

Un chirrido metálico, agudo y ensordecedor, reverberó en las paredes de hormigón.

La estantería situada justo detrás de mí, desequilibrada por el desplazamiento masivo del agua y la vibración de la primera caída, comenzó a tambalearse peligrosamente.

El peso descompensado de las cajas superiores la empujó hacia delante en una caída ciega.

Mis piernas, completamente entumecidas por la hipotermia, no respondieron con la velocidad necesaria.

Solo pude girar el torso un palmo antes de que el acero cayera sobre mí.

El impacto me robó el oxígeno de los pulmones. Con un estruendo sordo, el armazón me golpeó, empujándome hacia delante hasta encajarme contra los restos de la primera estantería caída. Quedé brutalmente inmovilizada, atrapada por la cadera y las sin posibilidad alguna de liberarme.

El agua helada continuaba su ascenso, alcanzando la línea de mis clavículas.

El pánico arañó las paredes de mi garganta, pero en ese momento la enfermera de urgencias que había en mí tomó el control.

Era cuestión de segundos que mi cabeza quedara completamente sumergida en la oscuridad.

Con las extremidades entumecidas por el inicio de la hipotermia, necesitaba aguantar lo máximo posible bajo el agua.

Comencé a inspirar profunda y rítmicamente, forzando al diafragma a trabajar contra la presión del agua, realizando ciclos de hiperventilación para sobresaturar de oxígeno mi torrente sanguíneo.

Ian iba a llegar. No había ni una sola célula en mi cuerpo que dudara de ello. Nada en esta maldita montaña podía detener al hombre que amaba, pero hasta que él atravesara esa puerta, yo tenía la obligación de mantenerme viva para facilitar su trabajo.

El agua turbia me besó la barbilla, un tacto letal que me obligó a alzar el mentón hacia el techo. El agua me tapaba los oídos, deje de sentir. Solo me quedaba mirar al techo y rezar para que Ian fuera rápido.

Y entonces, el milagro ocurrió.

El agua a mi alrededor se agitó violentamente, salpicándome los ojos.

Una linterna rasgó la penumbra y, en un despliegue de fuerza bruta y pura adrenalina, la masiva estantería que me aprisionaba el pecho se movió.

El acero chirrió cuando Ian, hundido hasta el torso en el agua negra, agarró el armazón con ambas manos y lo arrancó de mi camino como si no pesara absolutamente nada.

Me incorporé, sacando la cabeza del agua, liberando mis oídos y Levanté la cabeza, parpadeé para apartar el agua sucia de mis pestañas. Lo vi.

Ian Collins llenaba el espacio. Grande e imponente. Su rostro estaba esculpido en piedra y sus ojos verdes brillaban con una determinación tan fiera, que el frío de mi cuerpo se evaporó por una fracción de segundo.

—Te tengo —dictaminó, acortando la distancia de una zancada y rodeándome la cintura con sus brazos sólidos, alzándome sobre el nivel del agua—. Ya estás a salvo, nena. Dios, me muero por besarte ahora mismo, pero va a tener que esperar. No tenemos tiempo.

Me aferré a los gruesos tirantes de su chaleco de kevlar, tosiendo y asintiendo.

Dios, deseaba abrazarlo durante un año entero.

Pero no había tiempo para eso. Por encima de su hombro ancho, a través del umbral, vi al equipo Alfa en acción.

Los inmensos cuerpos de Noah y Caleb estaban apuntalando la pesada hoja de la puerta semi-estanca hacia el pasillo, usando sus botas y sus espaldas para evitar que la corriente cerrara nuestra única vía de escape.

Su coordinación era silenciosa e impecable.

Eran murallas humanas conteniendo el caos.

Con una velocidad que desafiaba a la vista, Ian desplegó un arnés de evacuación de emergencia.

Ni siquiera tuvo que mirar. Sus manos enguantadas se movieron con una precisión perfecta, pasando las eslingas amarillas por debajo de mis brazos y alrededor de mi torso, ajustando las correas con un tirón seco que me dejó sin aliento.

El chasquido metálico del mosquetón principal anclándome directamente a la argolla de su propio arnés selló nuestra unión. Estábamos atados.

—Escúchame bien —me ordenó Ian, agarrándome el rostro con ambas manos, su pulgar acariciando mi mejilla helada para obligarme a mantener el foco—.

Déjate llevar. No nades, no luches contra la corriente.

Yo soy tu motor y yo soy tu ancla. Te guiaré por la línea de vida hasta la salida. ¿Confías en mí?

—Te confío mi vida entera —le respondí, con los dientes castañeteando, pero con la voz cargada de una convicción feroz—. Sé que no estoy en mi mejor momento, pero... yo también me muero por besarte, Collins.

Una media sonrisa, arrogante, aliviada y cargada de una promesa oscura, curvó sus labios a pesar del infierno que nos rodeaba.

—Guárdate esas ganas para después, Savannah —murmuró, su voz bajando una octava, rozando el terreno de esa intimidad posesiva que me volvía loca—. Porque cuando te saque de aquí y entres en calor, tengo planeado decirte unas cuantas cosas bastante importantes, y voy a necesitar toda tu atención.

Me aferró contra su costado izquierdo, protegiéndome con su cuerpo masivo.

—¡Salimos! —rugió Ian por encima del hombro.

—¡Vía libre, Collins! —respondió Caleb, tensando los músculos junto a Noah para asegurar el perímetro del marco.

Ian me empujó suavemente hacia delante, iniciando la marcha. Juntos, flanqueados por la fuerza implacable de Noah y Caleb, abandonamos el almacén y nos sumergimos de lleno en las aguas negras del pasillo inundado.