Ridge (Wildwater Falls 3) VEINTIOCHO #3
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VEINTIOCHO #3

Nos estábamos equipando con la frialdad implacable que precedía a los rescates de nivel extremo. Noah y yo nos ajustamos los arneses de inmersión táctica, comprobando por triplicado la resistencia de los mosquetones de acero inoxidable y las eslingas de rescate.

Mientras pasaba la cuerda de kevlar por la anilla de mi pecho, Hannah cruzó el espacio que la separaba de su hombre. Agarró a Caleb por las correas del chaleco y estampó sus labios contra los de él con una intensidad desesperada, ajena a las miradas de los demás.

—Mantente de una pieza, Piloto —le exigió la cirujana contra su boca, con los ojos brillando de fiereza—. Confío en ti a muerte. Sé que vas a salvar a mi mejor amiga.

Caleb le devolvió el beso, esbozó una de sus sonrisas ladeadas que rebosaban arrogancia y le guiñó un ojo.

—Por nada del mundo dejaría a mis chicas solas, cirujana. Volveremos antes de que te des cuenta.

Me giré para recoger el frontal sumergible y me encontré de bruces con Georgia.

La brillante doctora Robbins, habitualmente envuelta en un aura de perfección, se plantó ante mí completamente sobrepasada. Tenía lágrimas reales acumulándose en los ojos.

—Tráela, Ian —me rogó, con la voz quebrada —. Por lo que más quieras. Tráela de una pieza.

Sostuve su mirada sin titubeos.

—Savannah es lo único que me importa en este maldito mundo, Georgia —le juré, con gravedad —. No existe la opción en la que yo regrese sin ella.

Georgia apretó los labios y, en un reflejo inesperado que demostraba lo mucho que nos conocíamos todos en aquel pueblo, imitó exactamente el mismo cabeceo corto, seco y estoico que yo solía hacer cuando sellaba una promesa de sangre.

Noah, Caleb y yo cruzamos una última mirada.

Un triángulo perfecto de lealtad forjada en mil abismos.

Cerré los ojos durante un segundo. Inhalé el aire saturado de humedad y visualicé su precioso rostro.

La curva de su sonrisa, el brillo de sus ojos avellana, la forma en que mi nombre sonaba en sus labios.

—El nivel del agua en el pasillo está descendiendo. Las bombas están absorbiendo el volumen exterior —anunció el capitán Smith.

—Voy a preparar el percutor neumático y las brocas de diamante para el vidrio reforzado —indicó Caleb, revisando el equipo pesado—. Cuando la línea de vida esté establecida y asegurada, entraré con uno de los bomberos para causar la inundación controlada.

Noah y yo avanzamos hacia las puertas de las escaleras de servicio.

El agua fangosa nos recibió con un frío brutal que me aplastó el pecho al instante, pero mi mente estaba anestesiada.

Descendimos paso a paso. El nivel nos llegó rápidamente por encima del pecho, rozándonos el cuello.

La corriente era espesa, una sopa negra plagada de ramas arrancadas, escombros y cajas de plástico flotando a la deriva.

Avanzamos con una lentitud agónica. Fui taladrando pitones de expansión en la pared de hormigón cada dos metros, asegurando la cuerda de la línea de vida con mis mosquetones, mientras Noah tensaba desde atrás.

A mitad del recorrido, nos detuvimos sumergidos hasta la punta de la barbilla para establecer un anclaje cuádruple, asegurando una zona de salida de máxima tracción.

Estaba tenso, cada fibra de mi cuerpo vibrando como un cable a punto de partirse, pero mi concentración era de acero.

— Línea al cuarenta por ciento. Las presiones de los diques aguantan —actualizaba Caleb por la radio, midiendo nuestros tiempos.

Tras avanzar varios metros más a través del corredor negro, el haz de mi linterna chocó con el acero de la puerta semi-estanca.

Pero el camino no estaba despejado. Un tronco de pino masivo, arrastrado por la fuerza inicial de la riada, estaba medio encajado contra el marco, bloqueando el arco de apertura de la hoja metálica. Si no lo quitábamos, la puerta se atascaría al abrirla.

—¡Noah, palanca! —ordené por encima del sonido del agua.

Trabajamos hombro con hombro bajo el lodo. Mis músculos ardieron mientras usábamos nuestros cuerpos y una barra de acero para desencajar la madera hinchada, empujándola a un lado hasta asegurar un arco de extracción limpio.

Me acerqué a la puerta. El nivel del agua exterior tapaba casi la mitad del vidrio reforzado superior. Limpié el lodo del cristal con el guante y enfoqué la luz de mi frontal hacia el interior.

La vi.

Estaba al fondo del almacén, encaramada en la balda más alta de una estantería de suministros. Estaba completamente envuelta en un capullo dorado de mantas térmicas. Al ver el destello de mi linterna cruzando la penumbra, Savannah levantó la cabeza de golpe.

Nuestros ojos se encontraron a través del vidrio sucio y del agua.

El impacto de su mirada me dejó sin aliento. Savannah reaccionó de inmediato. Se deslizó de la estantería, cayendo al agua helada que en el interior ya le llegaba por las rodillas, y avanzó vadeando hasta pegar sus manos al cristal, justo frente a mí.

Levanté mi radio y le hice una señal para que usara la suya. Su transmisor, sujeto a la solapa superior de su pijama, estaba seco.

Pulsé el botón.

—Esta no es la cita que tenía planeada para esta noche, preciosa.

— No puedes decir que lo nuestro es aburrido ¿eh? —soltó con una media sonrisa— Ian... —Su voz se volvió seria, envuelta en un suspiro que me perforó el alma—. Dios mío. Me alegro muchísimo de verte.

Asentí, tragando el nudo afilado que me ahogaba la garganta. Estaba a centímetros de ella, podía ver la palidez de sus mejillas y el leve temblor de sus hombros.

— ¿Podéis abrir ya la puerta? —preguntó, apoyando la frente contra el vidrio.

—Va a ser un poco más complicado que eso, preciosa —le expliqué, usando ese tono ronco, bajo y envolvente con el que solía susurrarle en la cama —.

Vamos a tener que inundar la sala donde estás.

Voy a quedarme aquí pegado, sin moverme un centímetro del cristal.

En cuanto las presiones se igualen y la hoja ceda, entraré a por ti.

La observé ajustarse la manta dorada alrededor de los hombros con dedos temblorosos.

—Chica lista, por envolverte en esas mantas —la elogié.

Savannah se encogió de hombros con una pequeña sonrisa cargada de ironía.

— Al menos tenía material de sobra para elegir. —La sonrisa flaqueó, dejando asomar la realidad de la situación—. Ian... ¿esto que vais a hacer es seguro?

No iba a mentirle. Ella era personal de emergencias.

—Es peligroso —admití sin titubear—. Pero es la opción más rápida para sacarte de aquí antes de que entres en hipotermia severa. Y te juro por mi vida que no me voy a mover de esta marca sin ti.

Savannah asintió. La confianza ciega, absoluta y feroz que brilló en sus ojos avellana me golpeó como un rayo.

—¿Qué necesitas que haga? —preguntó ella, preparándose.

—Retírate a la zona más alejada y despejada del fondo, junto a las paredes —le indiqué, viendo por el rabillo del ojo cómo los focos de Caleb y del teniente de bomberos iluminaban el agua del pasillo al acercarse a nuestra posición—.

Cuando perforemos el vidrio reforzado, el agua entrará como una tromba.

El nivel que te llega ahora por las rodillas va a subir más rápido.

No te asustes. Mantente firme sobre tus piernas, aguanta la subida hasta que el flujo se detenga.

En cuanto pase, abro la puerta y te saco.

— Entendido.

—Aléjate de la puerta, Savannah. Prepárate.

La vi retroceder paso a paso, alejándose del cristal hasta anclarse contra la estantería del fondo.

Caleb se posicionó a mi lado, sujetando el pesado percutor neumático por encima de la línea de agua, mientras Noah me aseguraba la eslinga principal al arnés de rescate. Le hice un gesto afirmativo a nuestro piloto.

—Vamos allá —murmuró Caleb, encendiendo la máquina.

El ruido fue atronador. La broca de diamante perforó el vidrio reforzado en dos puntos estratégicos bajo el agua, a poco más de un metro del suelo. Caleb no veía nada, el agua era oscura y opaca. Pero su pulso no vaciló.

El estómago se me encogió en un puño de puro terror cuando vi la fuerza bestial con la que el agua negra e implacable irrumpió a través de los agujeros, inundando la pequeña sala con un rugido ensordecedor.

El nivel interior empezó a subir a una velocidad vertiginosa, engullendo las piernas de Savannah, amenazando con arrastrarla.

Levanté mi radio, pegando el rostro al marco destrozado.

—¡Mírame a mí, Savannah! —le rugí por el canal, imponiendo mi voz por encima de la furia del río, clavando mis ojos verdes en los suyos—. ¡Mírame solo a mí, preciosa! ¡No mires el agua!

Ella clavó su mirada en la mía a través de la tormenta interior, aferrándose a mis ojos como a su única línea de vida mientras el agua turbia le trepaba por la cintura.

La impaciencia me arañaba las entrañas, una bestia rabiosa golpeando los barrotes de mi pecho, exigiendo reventar el metal a patadas para poder rodearla con mis brazos y sacarla del infierno de una maldita vez.